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Full text of "Jorge Abelardo Ramos - Las masas y las lanzas"

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BIBLIOTECA DEL 

PENSAMIENTO NACIONAL 


JORGE ABELARDO RAMOS 

REVOLUCIÓN Y 
CONTRARREVOLUCION 
EN LA ARGENTINA 

1. Las masas y las lanzas 

(1810-1862) 











biblioteca 

federal 

digital 


i 



nuestra Cultura 



Secretaría de 

Cultura 

Presidencia de la Nación 


COMPARTIR Y EMANCIPAR EL SABER 


La edición y reedición digital de estas obras es una apuesta por enriquecer el 
acervo cultural de la Nación y un paso fundamental en la lucha por garantizar el 
consumo igualitario de los bienes culturales. 

Esta biblioteca reúne los objetivos de la Dirección Nacional de Acción Federal 
que, a través de diferentes programas, alienta y promueve la inclusión, la 
revisión histórica y la reflexión crítica para todas las provincias, en pie de igual¬ 
dad. Asimismo, la iniciativa se enmarca entre los propósitos del Instituto de 
Cultura Pública que lleva adelante la mencionada dirección. 

La Biblioteca Federal representa, para la Secretaría de Cultura de la Nación, el 
fortalecimiento de uno de sus principales núcleos de acción: la federalización y 
democratización del saber. 

Con más fuerza que nunca, en acciones de esta magnitud, se persigue la descen¬ 
tralización de los contenidos de carácter histórico y artístico que definen una 
identidad y constituyen un patrimonio público inalienable. 

Dentro de esta biblioteca habita un ideal, la tentativa de construir un relato 
escrito en representación de aquellos que quedaron relegados en los escombros 
de la historia. Porque cuando el mercado deje de ser el terreno en que se libra la 
batalla por el derecho a la cultura, el saber popular tendrá el poder emancipador 
para defender la soberanía y la pluralidad. 


Dra. María Elena Troncoso 

Directora Nacional de Acción Federal 
Directora de Asuntos Jurídicos (a/c) 

Secretaría de Cultura de la Presidencia de la Nación 


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Diseño de tapa: STUDIO 16 
Diseño de interior: Carlos Almar 
Ramos, Jorge Abelardo 

Revolución y contrarrevolución en la Argentina 1: las masas y las lanzas : 1810-1862 . - la ed. - Buenos Aires : 
Continente, 2012. 

176 p.;23x16 cm. 

ISBN 978-950-754-354-8 
1. Historia Argentina. I. Título. 

CDD 982 

7 de la presente edición:Ediciones Continente 
Pavón 2229 (C1248AAE) Buenos Aires, Argentina 
Tel.: (54 11) 4308-3535 - Fax: (54 11) 4308-4800 
e-mail: info@edicontinente.com. ar 

Queda hecho el depósito que marca la ley 11.723. 

Libro de edición argentina 

No se pennite la reproducción parcial o total, el almacenamiento, el alquiler, la transmisión o la transformación de 
este libro, en cualquier forma o por cualquier medio, sea electrónico o mecánico, mediante fotocopias, 
digitalización u otros métodos, sin el permiso previo y escrito del editor. Su infracción está penada por las leyes 
11.723 y 25.446. 

Este libro se terminó de imprimir en el mes de abril de 2012, 
en Cooperativa Chilavert Artes Gráficas, 

Chilavert 1136, CABA, Argentina - (5411) 4924-7676 - imprentachilavert@gmail.com 
(Empresa recuperada y autogestionada por sus trabajadores) 

Encuadernado en Cooperativa de Trabajo La Nueva Unión Ltda., 

Patagones 2746, CABA, Argentina - (5411) 4911-1586 - cooplanuevaunion@yahoo.com. ar (Empresa recuperada y 
autogestionada por sus trabajadores) 

Las tapas fueron laminadas en Cooperativa Gráfica 22 de Mayo (ex Lacabril), 

Av. Bemardino Rivadavia 700, Avellaneda, Bs. As., Argentina - (5411) 4208-1150 - lanuevalacabril@gmail.com 
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A Laura, Víctor, Martín, Paula, 
Ximena, María Victoria, Joaquín 
y Francisco Abelardo 


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\ ndice 


Prólogo, por Pacho O 'Donnell 


Las dos Españas en la revolución americana 

En España se pone el sol 
El despotismo ilustrado 
La crisis de un imperio posible 
Moreno y el intervencionismo de Estado 
Moreno, adversario del librecambismo 
La pandilla del barranco 
La provincia-metrópoli 
La aparición histórica del gauchaje 
La rebelión gauchesca 

Las masas y las lanzas 

Cómo escribían una Constitución los unitarios 

El militar y el estanciero 

Los generales se hacen caudillos 

El motín de Arequito 

La dictadura del puerto único 

Pancho Ramírez, Supremo Entrerriano 

Antagonismos entre el litoral y el interior 

Artigas y la nación en armas 

El programa revolucionario del artiguismo 
La derrota porteña en Cepeda 
Ramírez traiciona al Protector 


Los hombres de casaca negra 


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El hechizo de Europa 
La burguesía comercial en el poder 
El unitarismo de frac 
La Ley de Enfiteusis y su secreto 
La filantropía de la Banca Baring 
La guerra con el Brasil 

La fracción rivadaviana da un golpe de Estado 

Los ganaderos rompen con Rivadavia 

El país de Facundo 

Los ingleses en las montañas riojanas 

La tierra purpúrea que Inglaterra perdió 

El dorreguismo como tendencia 

Los unitarios y el crimen de Navarro 

Paz y Facundo: la tragedia mediterránea 

El álgebra y la lanza 
La capitulación de López 

El nacionalismo ganadero 

La política porteña: unitarismo y rosismo 

Rosas y el capitalismo agrario 

Los tres sectores de la economía argentina 

La Ley de Aduanas y la ausencia de una política dinámica 

Ferré, Rosas y Carlos Antonio López 

Los mercaderes de opio bloquean el Río de la Plata 

La clausura de los ríos 

El Estado-tapón 

La Vuelta de Obligado 

Buenos Aires y el federalismo provinciano 

Caseros y el Imperio británico 


La provincia soberbia y rebelde 


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Un ganadero entrerriano en Buenos Aires 

Los últimos caudillos se reúnen en San Nicolás 

La burguesía porteña rechaza el Acuerdo 

Se abrazan unitarios y rosistas porteños 

Mitre fusila al general Costa, héroe de Martín García 

Nuevos partidos porteños: pandilleros y chupandinos 

La guerra económica entre la ciudad porteña y la Confederación 

Derqui y el drama de Pavón 


PROLOGO 


“Revolución y contrarrevolución en la Argentina”, historia de una parcela de esa Nación 
fragmentada e inconclusa que es América Latina 

Por Mario Oporto* 


La primera edición de "Revolución y Contrarrevolución en la Argentina", apareció en 1957 
publicado por Amerindia. Habían pasado dos años del derrocamiento de Juan Domingo Perón y 
algunos meses de los asesinatos del General Juan José Valle y sus seguidores, ocurrido en 
cárceles, cuarteles y basurales. 

La obra de Jorge Abelardo Ramos llegaba entonces a una sociedad política cuyo clima de época 
eran los intentos "gorilas" de la "Revolución Fusiladora" de borrar la experiencia histórica más 
intensa del pueblo argentino y los esfuerzos del peronismo por organizarse por fuera del Estado 
y sostener la resistencia al régimen dictatorial. 

El "Colorado" Ramos tenía 36 años. Había nacido en el barrio porteño de Flores el 23 de enero 
de 1921. 

"Revolución y Contrarrevolución en la Argentina" no era su primer libro. En 1949 escribió 
"America Latina: un país. Su historia, su economía, su revolución", en una búsqueda inicial de 
explicar el proceso latinoamericano desde el marxismo pero con una visión nacional. Aquella 
primera obra -polémica y desafiante- era acompañada por su actividad de periodista y político. 
Numerosos artículos con su nombre o con variados seudónimos (Sevignac, Víctor Almagro, 
Pablo Carballo, Víctor Guerrero) aparecieron en Democracia, La Prensa o en publicaciones 
políticas que desde la izquierda habían brindado apoyo crítico al gobierno peronista. 

En 1951 apareció "Alem, historia de un caudillo", y en 1954 "Crisis y resurrección de la litera¬ 
tura argentina". Por lo tanto, en 1957, cuando llega "Revolución y Contrarrevolución en la 
Argentina", su autor era un activo militante, talentoso escritor y original historiador, quien 
heredaba el ideal hispanoamericano de Manuel Ugarte y que se había formado en el material¬ 
ismo histórico en grupos trotskystas desde su adolescencia. 

"Revolución y Contrarrevolución en la Argentina" tuvo gran impacto en el debate político 
argentino y en las nuevas visiones del pasado que se enfrentaban a la historiografía "mitrista". 
Tuvo también muchas ediciones: en 1961 fue la segunda; una tercera ampliada en dos tomos en 
1964, y en 1970 una cuarta editada en seis volúmenes. 

Alrededor de esta obra se consolidaba el pensamiento de la Izquierda Nacional, fortalecido en la 
práctica política con la fúndación del Partido Socialista de la Izquierda Nacional en 1962 y con 
la aparición de, tal vez, su obra fúndamental: "Historia de la Nación Latinoamericana" en 1968, 
publicada por Peña Lillo. 

Las ideas socialistas; el antiimperialismo; el nacionalismo latinoamericanista de izquierda; la 
necesidad de la Revolución Nacional; el enfrentamiento entre países opresores y países oprimi¬ 
dos; el análisis de la condición semicolonial de la Argentina; la contundente crítica a una izqui¬ 
erda antinacional, liberal y portuaria; la "balcanización de la Patria Grande"; las masas como 
sujetos de la historia, entre tantos otros conceptos, los desarrollará en "Revolución y Contrarrev¬ 
olución" en una búsqueda de explicar la historia de los argentinos. 


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Es acertado Omar Acha cuando señala que la producción intelectual que la izquierda nacional 
aporta a la cultura política argentina es principalmente historiográfica. 

En "Revolución y Contrarrevolución en la Argentina", Ramos relata la historia de una parcela de 
esa Nación fragmentada e inconclusa que es América Latina. Lo hace destacando como contra¬ 
dicciones principales que ordenan el proceso histórico, el del enfrentamiento entre el interior y 
Buenos Aires, la unidad nacional y los intereses del Puerto, la Nación independiente y el imperi¬ 
alismo, las masas y la oligarquía. En esas contradicciones se resolverá el carácter revolucionario 
o contrarrevolucionario de cada acontecimiento histórico. 

Los ideales y las fuerzas que trabajan por la unidad continental se verán permanentemente 
enfrentados, como una constante de nuestra historia, a los intereses secesionistas de las oligar¬ 
quías desintegradoras y proimperialistas. Para Ramos narrar la historia de la Nación es pregun¬ 
tarse por la definición, el origen y el porvenir de la Nación misma. Es definitorio el primer 
párrafo de su obra: "La historia de los argentinos se desenvuelve sobre un territorio que abrazó 
un día la mitad de América del Sur. ¿De dónde proceden nuestros límites actuales? El origen de 
estas fronteras ¿responde acaso a una razón legítima? ¿Nos separa una barrera idiomática, cierta 
muralla racial evidente? ¿O es, por el contrario, el resultado de un infortunio político, de una 
vicisitud de las armas, de una derrota nacional? Sin duda aparece como fruto de una crisis 
latinoamericana, puesto que América Latina fue en un día no muy lejano nuestra patria grande. 
Somos un país porque no pudimos ser una Nación y fuimos argentinos porque fracasamos en ser 
americanos. Aquí se encierra todo nuestro drama y la clave de la revolución que vendrá". 

Estaba casi todo dicho. A desarrollar esa tesis, a contestar esos interrogantes, dedicó no solo su 
obra sino también su vida de militante político. 

"Revolución y Contrarrevolución en la Argentina" se abre a partir de ese deslumbrante inicial 
párrafo a una interesante y controvertida agenda historiográfica: plantea la Revolución Ameri¬ 
cana desde el choque de las dos Españas. Reivindica la acción de Moreno y su Plan de Opera¬ 
ciones. Marca el antagonismo entre el Interior y el Litoral. Destaca el programa revolucionario 
de Artigas. Golpea al proyecto rivadaviano. Traza un paralelo entre Paz y Facundo Quiroga. 

Mira a Rosas desde la pertenencia de clase, lo ubica como parte de los intereses bonaerenses y 
destaca su defensa de la soberanía nacional en Obligado. Rescata a Pedro Ferré. Analiza a 
Urquiza. Destruye a Mitre en uno de sus capítulos más destacados. Valora a los caudillos. 
Compara a José Hernández y a Sarmiento. Resalta al Chacho Peñaloza y a Felipe Varela. Tam¬ 
bién a López Jordán y a Adolfo Alsina. Llama Revolución a la de 1880 y desarrolla una particu¬ 
lar y polémica visión de Roca y del "roquismo". Estudia la historia en clave "alberdiana". 
Denomina contrarrevolución a la del ‘90 y traza relaciones entre el roquismo y el yrigoyenismo. 
Escribe páginas destacadas cuando introduce al siglo XX y analiza la "factoría pampeana". 
Interpreta al Radicalismo como movimiento nacional. Juzga el papel histórico del Socialismo 
"juanbejustista" y del comunismo stalinista. Exalta a Manuel Ugarte. Pinta los "años locos". 
Muestra el ataque conservador a Yrigoyen y la restauración oligárquica con el golpe de 1930 y 
la década infame. Describe al imperialismo inglés y a sus lacayos locales. Pone en escena a los 
militantes del pensamiento nacional y al papel de FORJA. Narra, en textos memorables, las 
jornadas de octubre de 1945. Estudia el peronismo desde la categoría de "bonapartismo" tomada 
del Marx del 18 Brumario. Apoya desde la izquierda la "era del peronismo" y busca en el mov¬ 
imiento obrero el puente entre la revolución nacional y el socialismo. En sucesivas ediciones irá 
ampliando su agenda historiográfica hacia la historia del presente. 

Será esta una obra fundamental en la historia del pensamiento político de la izquierda nacional, 
del nacionalismo popular y democrático, y del revisionismo marxista, federal y latinoamericano. 

En sus páginas se vislumbra la continuidad de un camino que iniciaran Alberdi, Juan Alvarez y 
Manuel Ugarte. Y se escucha un diálogo silencioso y permanente con Jauretche o con Scalabrini 
Ortiz. 


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La influencia del pensamiento de Ramos y de su interpretación de la historia tuvo hondas 
repercusiones en todo el continente. Las polémicas que desató -muchas duras e intensas-, 
contribuyeron a enriquecer el pensamiento nacional y popular. 

La Argentina que avanza tensada entre la revolución nacional y la contrarrevolución oligárquica 
tiene, en esta ya obra clásica del pensamiento nacional latinoamericano, una guía ineludible de 
análisis, pero también un compendio de interrogantes a resolver y nuevas preguntas a formular. 


^Diputado de la Nación 


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Las dos Espadas en la revolución americana 


La historia de los argentinos se desenvuelve sobre un territorio que abrazó un día la mitad de 
América del Sur. J De dónde proceden nuestros límites actuales? El origen de estas fronteras 
) responde acaso a una razón histórica legítima? V Nos separa una barrera idiomática, cierta 
muralla racial evidente? V O es, por el contrario, el resultado de un infortunio político, de una 
vicisitud de las armas, de una derrota nacional? Sin duda aparece como ñuto de una crisis 
latinoamericana, puesto que América Latina fue en un día no muy lejano nuestra patria grande. 1 
Somos un país porque no pudimos integrar una nación y fuimos argentinos porque fracasamos en 
ser americanos. Aquí se encierra todo nuestro drama y la clave de la revolución que vendrá. 

El ímpetu continental de los revolucionarios de Mayo había nacido en límites más vastos y 
complejos que los que hoy nos definen como Estado. Nuestra irrupción a la vida histórica se 
expresa en grandes campañas que recorren la América toda. Pero el reflujo posterior disuelve la 
antigua unidad. Aquella grandiosa nación que midieron las espadas de Bolívar y San Martín es 
amputada en veinte Estados. Los ejércitos de argentinos, colombianos y orientales, altoperuanos, 
venezolanos y chilenos que mezclados combatieron contra la reacción absolutista en América, se 
disociaron en dos decenas de ejércitos opuestos. Allí permanecen, montando la guardia en las 
fronteras de nuestra insularidad. 2 De ese hecho nació el mito antihistórico de nacionalidades que 
jamás existieron en el común origen y que son el símbolo provincial de nuestra debilidad frente al 
imperialismo moderno. La Nación, que hasta 1810 era el conjunto de América hispana, y en cierto 
sentido, también España, se disgrega en una polvareda difusa de pequeños Estados. 3 Vanidosos y 
ciegos, se reservan la soberanía de su propia miseria. Mientras disputan con sus vecinos 
mezquinas lonjas territoriales, los grandes Imperios, poderosos por esta balcanización, ofrecen sus 
buenos oficios como árbitros de nuestras disensiones de campanario. 4 En el siglo que presencia el 
movimiento de las nacionalidades, la América indoibérica pierde su unidad nacional. 5 En nuestros 

1 Manuel Ugarte, El porvenir de América Latina, Sempere, Valencia, 1910, p. 18. 

2 José León Suárez, Carácter de la revolución americana, Librería La Facultad, Buenos Aires, 
1919, p. 48 y ss. 

3 Simón Bolívar, Proclamas y Discursos del Libertador (recop. por Vicente Lecuna), Impirenta 
del Comercio, Caracas, 1939, p. 315. 

4 Daniel Florencio O’Leary, Bolívar y las Repúblicas del Sur, América, Madrid, 1919, p. 95 y ss. 

5 Bolívar, en su “Carta a Jamaica”, 1815, declaraba su propósito de t formar de todo el mundo 
nuevo una grandiosa y sola nación, con un solo vínculo que ligue sus partes entre sí y con el 



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días se festeja dicha tragedia: esta monstruosidad ilumina sombríamente la pérdida de la 
conciencia nacional latinoamericana. * * * * 6 Recobrarla por un acto de reposesión de nuestro pasado 
histórico será el primer paso de nuestra revolución. El proletariado latinoamericano del siglo XX 
se ha convertido en el heredero de todas las tareas nacionales que la historia dejó sin resolver. 7 8 
Sería imposible evaluar lo que fuimos y lo que somos, si ignoramos por qué dejamos de ser. La 
Revolución de Mayo, que los reaccionarios seudodemocráticos de la Argentina actual santifican 
para ocultar su significado, es parte indivisible de un grandioso proceso iberoamericano que 
encuentra su centro hirviente en la Revolución española de 1809. Examinar la historia de las dos 
Españas nos permitirá comprender su patético desdoblamiento y su aventura americana. 

En España se pone el sol 

La clave de la decadencia “lenta e ingloriosa” de España debe buscarse en la debilidad 
orgánica de su burguesía industrial, el único y verdadero elemento centralizador de los Estados 
modernos. Ortega y Gasset señalaba en El Espectador que t a España le había faltado el gran 
siglo educador (...) Cuanto más se medita sobre nuestra historia —diría—, más clara se advierte 
la desastrosa ausencia del siglo XVIII. Este ha sido el triste destino de España, la nación 
europea que se ha saltado un siglo insustituible t 7 Ortega aludía al Siglo de las Luces, tan 
injuriado en nuestros días por la reacción feudal refugiada en los ideólogos fascistas, pero que al 
fin de cuentas fue el siglo del triunfo político e intelectual de la burguesía moderna. Al suprimir en 
su revolución victoriosa las estalactitas feudales, abrió el camino no sólo a la emancipación de la 
personalidad, sino a una potente expansión de las fuerzas productivas. 

El carácter históricamente atrasado de España pesó como un fardo sobre las espaldas de sus 
hijos. V Cuáles eran sus causas? Después de alcanzar un período de grandeza mundial —la palabra 
“grandeza” será una palabra forzosamente española en España— se puso el sol. Mientras Europa 

todo (...) o Qué bello sería que el Istmo de Panamá fuese entre nosotros lo que el Corinto 

para los griegos! Ojalá que algún día tengamos la fortuna de instalar allí un augusto 

congreso de los representantes de las Repúblicas H. (Cit. en Carlos Ibarguren, San Martín 

íntimo, Peuser, Buenos Aires, 1950, 2a ed., p. 134.) 

6 Jorge Abelardo Ramos, América Latina: Un país, Octubre, Buenos Aires, 1949, p. 59. Véanse, 
asimismo: Manuel Gálvez, Don Francisco de Miranda: el más universal de los americanos. 
Biografía, Emecé, Buenos Aires, 1947; y Raúl Víctor Haya de la Torre, Adonde va 
Indoamérica, Indoamérica, Buenos Aires, 1954, p. 32 y ss. 

7 León Trotsky, Por los Estados Unidos Socialistas de América Latina, Coyoacán, Buenos 
Aires, 1961, p. 30. 

8 El Espectador, Revista de Occidente, Madrid, 1929, tomo VII, pp. 106 y 107. 



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desarrolla el capitalismo y la burguesía conquista el poder político, España queda al margen de ese 
proceso y, en cierto sentido, fuera de Europa, es decir, de ese Occidente magnético que daría 
cosas tan importantes al mundo. Si en su viaje a la península Sarmiento dirá: t He estado en 
Europa y en España ti, 9 disociando despectivamente a la tierra ibérica del tronco continental, en 
nuestros días se plantea todavía la “desafricanización” de España, es decir, su integración al orbe 
técnico y espiritual del Viejo Mundo. Todos los españoles insignes han juzgado el hecho de que 
Africa comience en los Pirineos como la gran desgracia nacional de España. 

La burguesía española había sido frecuentemente aplastada. Una de ellas fue la derrota de la 
sublevación de los comuneros de Castilla y de las hermandades de Valencia. Esta tentativa 
antifeudal de las ciudades españolas en el siglo XVI ahogó el poder económico de los centros 
urbanos, los derechos políticos del “tercer Estado” y las reivindicaciones de las masas populares. 
t Las cabezas de los conspiradores —escribía Marx aludiendo a don Juan de Padilla y sus amigos 
— cayeron en el patíbulo y las viejas libertades de España desaparecieron ti. 10 La unión de la 
monarquía, la Iglesia y la nobleza totalmente sobrevivida fue fatal para el crecimiento económico 
de España; las propias disensiones de la Casa real con los señores, a los que aplastó sin transigir 
con la burguesía, no dejaron a las ciudades la posibilidad de intervenir independientemente en el 
destino nacional. El duelo clásico se entabló entre la España negra y la España revolucionaria. 

Apoyado en las inmensas riquezas de la lejana América que constituían un patrimonio personal 
de la monarquía, Carlos V pudo reprimir sin dificultades en 1519 y 1520 la rebelión de los 
comuneros. Los metales preciosos bañados en la sangre de Atahualpa fueron inyectados en las 
arterias esclerosadas de una sociedad agonizante. * 11 Ellos aceleraron la crisis de España. La 
ausencia de una gran industria imprimió su sello a la exangüe economía española. Al depreciar la 


9 Suárez, ob. cit., p. 20. 

10 Carlos Marx, La revolución española, Ed. en Lenguas Extranjeras, Moscú, 1958, p. 9. 

11 Cien años más tarde: t Una arroba de lino valía en poder de nuestros ganaderos hacia la 
mitad del siglo XVII, 30 reales, y labrada 3.750, es decir, 125 veces más que el valor 
primitivo. La arroba de encajes de este hilo, delgados y preciosos, llegaba a valer casi tanto 
como la arroba de oro ti . Y luego: t España decayó en el siglo XVII de su antigua 
prosperidad y grandeza. Las flotas y galeones que cargados de oro y plata venían de las 
Indias, dieron ocasión a que los españoles perdieran su industria y aplicación al trabajo. 
Esta condición inconsiderada destruyó la agricultura, arruinó las fábricas y trocó en 
esterilidad la natural abundancia de nuestro suelo. Apenas desembarcaban aquellos tesoros 
en Sevilla, cuando desaparecían el oro y la plata del reino, mientras que Francia, Inglaterra, 
Holanda e Italia, y en general las naciones aficionadas a la industria, sin poseer cerros como 
el Potosí, sangraban a España con sus telares, imán de los metales preciosos ti (Manuel 
Colmeiro, Historia de la Economía Política en España, Madrid, 1863, 2 volúmenes). 



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moneda y elevar los salarios, todos los precios se fueron a las nubes: tales fueron los resultados de 
la lluvia de oro proveniente del Nuevo Mundo. La “revolución de los precios” arruinó a la España 
imperial. 12 Si su gloria nunca estuvo más alta que en los siglos del Descubrimiento y la Conquista, 
la formidable empresa destruyó los fundamentos de la sociedad española. 11 

Un rey burócrata y sombrío, espejo de un mundo en disgregación, gobernaba el maravilloso 
país de Alfonso el Sabio. Felipe II abandonará la explotación de las minas españolas. Los 
ingenieros desaparecieron; los técnicos no sabían cómo emplear sus conocimientos. Felipe ordenó 
cegar las minas de España para no depreciar el valor del “oro de las Indias”. 14 Toda la vida 
económica y financiera reposaba en los audaces galeones que cruzaban el Atlántico. Durante su 
reinado la población de España desciende de 10 millones a 8 millones de almas. El historiador 
portugués Oliveira Martins escribe: 

Sólo el obispado de Calahorra tenía 17.000 clérigos, tan dignos de castigos, dice Cabrera, que el empleo de 
alcalde de la prisión episcopal estaba dotado con 1.500 ducados. La clerecía representaba la cuarta parte de la 
población adulta; un censo hecho durante el reinado de Felipe II (1570) dio 312.000 curas, 200.000 clérigos de 
órdenes menores y 400.000 frailes La vitalidad de los órganos nacionales, agotada en tantos años de grandiosas 
empresas, desapareció de la tierra patria, y España parece un espectro, oprimida por un trono que todo lo 
absorbe. Gil Vicente dice que “Pronto ya no habrá villanos. „ Todos del rey! „ Todos del rey!”. 15 

Una locura tenebrosa parece gobernar los actos del monarca frailesco. Los magos y 
charlatanes de las finanzas, que prometen fórmulas providenciales, suscitan su interés. Alguien 
propone un día de ayuno de toda la nación para dar su importe al rey; otro dice haber descubierto 

12 Rodolfo Puiggrós, La España que conquistó al Nuevo Mundo, Costa Atnic, México, D.F., 
1961, p. 120 y ss. 

El mismo autor indica que las ciudades españolas exigieron a Carlos que t aprendiera a 
hablar castellano t. España vivía bajo el flagelo de aventureros flamencos y borgoñones, acólitos 
del monarca extranjero. Carlos —por lo demás, ya Carlos V— abrió las puertas de la aduana 
española a la importación de sedas extranjeras y arruinó a la industria española (ob. cit., p. 182). 

13 León Trotsky, La revolución española y la táctica de los comunistas, Fénix, Madrid, 1933, p. 
54. 

14 Rafael Altamira, que intenta una deplorable y frustrada defensa de Felipe II, menciona en su 
Historia de España una carta del monarca a su hermana en la que Felipe confiesa t estar 
dispuesto a quemar 60 o 70.000 hombres si fuera necesario para extirpar de Flandes la 
herejía tf (ob. cit., Sudamericana, Buenos Aires, 1946, 2 I ed., p. 384). 

15 J. R Oliveira Martins, Historia de la civilización ibérica. El Ateneo, Buenos Aires, 1946, p. 
306. 



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un polvo misterioso que se transforma, con un poco de azogue, en plata rutilante. Felipe II 
escucha a todos con delectación. Durante el gobierno de Carlos V había en Sevilla 16.000 telares 
de seda y lana; cuando sube al trono Felipe II sólo quedan cuatrocientos. 16 A comienzos del siglo 
XVIII, el siglo que asistirá al triunfo de la Revolución francesa y la Independencia de las colonias 
norteamericanas, la situación de España podía reflejarse en unas pocas cifras: si dejamos a un lado 
el ejército de hombres de sotana, había 722.724 nobles; 276.900 criados de nobles; 50.000 
empleados en la hacienda pública; 19.000 empleados en otros ramos, y 2 millones de mendigos. 

Toda la España ulterior del chulo y del torero estaba prefigurada en esa desdichada tierra de 
frailes, nobles y mendigos, envuelta en las miasmas feudales que caracterizaron históricamente el 
poder de los Austria. Sobre el Imperio en minas se eleva el genio de la picaresca. Entre las risas y 
las ahogadas lágrimas de sus grandes espíritus, la altanera España engendra una literatura nutrida 
de su propia tragedia. 17 


El despotismo ilustrado 

El absolutismo de la monarquía española se expresó particularmente en la persona del Borbón 
Carlos III. Forjado en el marco de la descomposición general del país, el absolutismo no logró 
nunca asumir un papel decisivo en la modernización de España. A sus excelentes leyes, se oponían 
las grandes fuerza feudales, y en particular la Iglesia, que monopolizaba la cultura y la tierra. De 
ahí que el régimen absoluto, centralizador por definición, vivió en un perpetuo compromiso con 
los sectores feudales más reaccionarios de la España negra. Este compromiso se verificó a costa 
del desarrollo industrial y de la emancipación espiritual del país. 18 

Al ingresar en el siglo XIX, España estaba gobernada por Carlos IV, un Borbón, vástago 
irresoluto de aquel Carlos III que rodeado de un puñado de brillantes estadistas había intentado 
contagiar a España el espíritu de modernidad que soplaba desde la Francia revolucionaria. El 
régimen de los Borbones será conocido como el régimen del “despotismo ilustrado”. 19 Este 


16 Ibíd., p. 307. 

17 En su Historia de la literatura y el arte, dice Arnold Hauser: t A pesar de sus triunfos y 
tesoros, la victoriosa España hubo de ceder ante la supremacía económica de los 
mercachifles holandeses y de los piratas ingleses; no estaba en condiciones de aprovisionar a 
sus héroes probados en la guerra; el orgulloso hidalgo se convirtió en hambriento, si no en 
picaro y vagabundo tf (ob. cit., Guadarrama, Madrid, 1962, p. 398). 

18 G. Renard y G. Weuleresse, Historia económica de la Europa moderna, Argos, Buenos Aires, 
1949, p. 46. 

19 Hans Roger Madol, Godov. El fin de la vieja España, Revista de Occidente, Madrid, 1943, 2 I 
ed., p. 4. 



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sistema respondía en cierto modo a la peculiar situación española: las ideas más avanzadas del 
siglo, que eran las liberales, cundían por todas partes y penetraban en todas las esferas; pero en 
España el predominio social de los nobles y la gravitación de la Iglesia constituían poderosos 
obstáculos. Como la postración general del país exigía, sin embargo, la adopción de una política 
burguesa (desarrollo de la industria, educación común, preparación de técnicos, investigación 
científica, etc.), la burocracia borbónica se hizo intérprete de esa necesidad. En sus grandes 
estadistas —el conde de Aranda, Floridablanca, Campomanes, Jovellanos— se refugió el 
pensamiento moderno. “Todo para el pueblo sin el pueblo”, tal era la divisa de estos aristócratas 
volterianos, escépticos en el credo y crédulos en la ciencia, amigos de los príncipes ilustrados, 
protectores de las artes y las industrias, voraces lectores: una restringida posibilidad que la 
historia acordó a la España decadente para remontar su curso. 20 

El despotismo ilustrado pretendía “aburguesar” el país desde arriba, sin democratizar desde la 
raíz la vieja estructura; en esa limitación, impuesta por la debilidad de la burguesía, la hostilidad 
de la Iglesia y la indigencia social del país, yacía el secreto de su fracaso. Hasta las tierras 
americanas llegó la influencia espiritual de estos borbónicos que eran la versión monárquica y 
absolutista del progreso de la época. Si en España el marqués de Esquiladle hacía acortar las 
capas raídas del ejército de mendigos y ordenaba a sus tropas cortar las barbas y los cabellos a esa 
corte de los milagros que constituía el abismo social de Madrid, enviaba a las Indias los virreyes 
más emprendedores, como Vértiz; hecho simbólico, Vértiz, discípulo de Campomanes, creó el 
Colegio de Humanidades en Buenos Aires y el alumbrado público, que había costado en la capital 
de España una sublevación del pueblo más atrasado incitado por los frailes. 21 

El comercio libre con todos los puertos de España y América es obra de la era borbónica, del 
mismo modo que la protección de las industrias autóctonas. Sólo la energía indomable del gran 
rey pudo imponer las numerosas medidas de modernización en España, entre otras, la expulsión 
general de los jesuítas, el ejército civil más perspicaz y temible del Vaticano. 22 Así como la 
Compañía de Jesús constituía el partido ilegal del Papado en su lucha contra el protestantismo, la 
masonería fúe el partido secreto de la burguesía europea en ascenso, que libraba su acción en las 
altas esferas de las naciones feudales declinantes, ganando para su causa, en grandes batallas 
intelectuales, a los nobles más evolucionados de su tiempo. De ahí que los ministros de Carlos III 

20 Vicente Fidel López, Historia de la República Argentina. Su origen, su revolución y su 
desarrollo político, Kraft, Buenos Aires, 1913, 10 volúmenes, tomo I, p. 362 y ss. 

21 López, ob. cit., p. 421. 

22 Luis Alberto Sánchez, Breve historia de América, Coli, México, 1944, p. 341. 



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fueran jefes de la Masonería española, del mismo modo que Miranda, Bolívar, San Martín y 
muchos otros caudillos de la Revolución americana se organizaban en logias. Desaparecida la 
función revolucionaria de la burguesía moderna, la masonería la sobrevivió, cayendo en nuestros 
días bajo el control del imperialismo; su ideología será “liberal” como hace dos siglos, pero este 
liberalismo ya será la antítesis de aquel otro que cumpliera fines históricamente progresivos. La 
orientación reaccionaria de la burguesía mundial ha convertido a la masonería en una simple 
cadena de transmisión de la política imperialista en América Latina. 

La muerte de Carlos III y el ascenso al trono de su hijo Carlos IV no hizo sino señalar las 
contradicciones y la impotencia del despotismo ilustrado. El hombre de la pareja real será su 
mujer María Luisa, que adopta al joven Godoy como amante y lo impone a la corte y al 
gobierno. 2 ’ Este incidente galante se prolongará durante muchos años y se verá en el valido y 
plebeyo Godoy a la encamación de la burguesía española, que asciende al poder real en brazos de 
la reina infiel. Subrepticiamente, la burguesía revela su presencia: Godoy continuará de una 
manera mucho más primitiva, vacilante e incierta la tradición liberal de los estadistas de Carlos III. 
Pero la política borbónica se había agotado; el hijo del rey era Femando, el que sería Séptimo, el 
rey felón, desleal, ultramontano. 

Vemos encamadas en la propia familia real las dos Españas: el liberalismo borbónico y la 
reacción feudal. A nuestra América habían transmigrado ambos: si la burocracia monopolista de 
los virreinatos contaba en sus cuadros a los reaccionarios de la España negra, también había 
discípulos de Aranda, Floridablanca y Campomanes. Manuel Belgrano era uno de ellos y la 
juventud revolucionaria de 1810 había aprendido su Rousseau en las traducciones españolas. 
Como bien dice Julio V. González en su estudio sobre Jovellanos, Vieytes, Belgrano y Moreno 
eran lectores de los publicistas de la España nueva, entre ellos, el más genial de todos, Bernardo 
de Ulloa. 24 Su obra Restablecimiento de las fábricas, tráfico y comercio marítimo de España será 
una anticipación del famoso “Plan de Operaciones” de Moreno en la hora del poder y del terror: 
los hombres de Mayo se hicieron revolucionarios en las fraguas españolas. 25 

23 Jacques Chastenet, Godoy. Príncipe de la Paz, Argos, Buenos Aires, 1946, p. 30. 

24 Julio V. González, Jovellanos. Su vida y su obra, Homenaje del Centro Asturiano de Buenos 
Aires, 1945. 

25 Enrique del Valle Iberlucea, Los diputados de Buenos Aires en las Cortes de Cádiz y el nuevo 
sistema de gobierno económico de América, Martín García, Buenos Aires, 1912, p. 149 y ss. 
Al comentar las ideas de Ulloa, dice Del Valle Iberlucea: t El aumento de la población habría 
de conseguirse con el desarrollo de la industria, procurando que desaparezca el mal de traer 
todos los géneros con que se visten los españoles, de naciones extranjeras tf (ob. cit., p. 150). 



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La crisis de un imperio posible 

El águila napoleónica dominaba el cielo de Europa. En su lucha gigantesca contra Inglaterra, 
Bonaparte se vio obligado a invadir España. Gran Bretaña encabezaba el bloqueo continental 
contra la Revolución francesa, cuya potencia irradiante no había muerto con el nuevo César. Los 
jacobinos sobrevivientes de la ola termidoriana eran generales de Bonaparte y todo su régimen, 
con la pompa prestada de la vieja Roma, trasudaba capitalismo, código civil, relaciones burguesas 
de producción, secularización de las costumbres, nuevos tiempos. Por eso Inglaterra le salió al 
paso y el emperador, esclavo de su estrategia antiinglesa y del mesianismo derivado del poder 
único, envió sus tropas a España. 

Todo el edificio dinástico se derrumbó. La corte se rindió a la voluntad de Bonaparte. 
Femando, el heredero del trono, se arrodilló ante el invasor, que impuso a su hermano José como 
nuevo rey de España. 26 El núcleo de los “afrancesados”, es decir, el sector ilustrado de la nobleza 
liberal que rodeaba a la corte desde Carlos I, colaboró con el rey francés. Incurrió en el trágico 
error (muy explicable por lo demás, si se tiene en cuenta el tradicional horror de la nobleza por la 
soberanía popular) de ver a los extranjeros bajo el resplandor de la Revolución francesa, cuyas 
conquistas ambicionaban para España. Para los intelectuales “afrancesados” revestía mayor 
importancia el conjunto de medidas que Napoleón adoptó durante su breve hegemonía en España, 
que la resistencia nacional del pueblo contra el invasor; pero esto último, que se reveló esencial, 
debía implicar necesariamente la modernización política y la liquidación de la monarquía. 27 

Durante su permanencia en España, Bonaparte suprimió la Inquisición, redujo a una tercera 
parte los conventos existentes, derogó los derechos feudales, barrió con las aduanas interiores. 
Pero la tremenda importancia histórica de estos actos resultaba inferior al movimiento de masas 
que el invasor extranjero suscitó. El pueblo en armas reproducía a su manera la Revolución 
francesa y se plegaba con su instinto profundo al siglo XIX. Fue de esta manera que los elementos 
liberales ligados al viejo despotismo ilustrado se encontraron en el mismo bando que la inepta 
dinastía borbónica, los cortesanos adulones, la alta nobleza, la jerarquía eclesiástica y los mandos 
superiores del Ejército, para los cuales la voluntad real, que había abdicado ante el vencedor, 
revestía mayor significado que la independencia nacional. 

A esta crisis respondió todo el pueblo de España el 2 de Mayo, iniciando el levantamiento 

26 S. N. Rostovsky, V. M. Mirochevsky y B. K. Rubtzov, Nueva historia de América Latina, 
Problemas, Buenos Aires, 1941, tomo I, p. 104. 

López, ob. cit., tomo II, p. 226. 


27 



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nacional que constituye una de las más heroicas páginas de la historia moderna. Pérez Galdós 
habría de perpetuar en su ciclo novelesco las grandes jomadas. No olvidemos ese 2 de mayo en 
Madrid. De ese levantamiento arranca la existencia histórica de los americanos del Sur. Sólo 
estuvieron con el pueblo algunos sectores del ejército, que se lanzaron a organizar la guerra de 
guerrillas y que mantuvieron en jaque a los generales napoleónicos durante seis años. 28 

La situación del Ejército español merece una observación especial. Su descontento se 
expresaría a lo largo del siglo XIX mediante el sistema del “pronunciamiento”, otra palabra 
acuñada en España; por medio de estos motines expresábase la irritación de las capas de la 
burguesía o de la clase media urbana, de los campesinos empobrecidos y de los profesionales 
arruinados. Por un lado, el Ejército era la única posibilidad de ascender en la escala social —fuera 
de la Iglesia—, lo que tenía como resultado la democratización de sus filas. Desde otro punto de 
vista, se manifestaba en sus cuadros la sensibilidad política nacida de su origen más plebeyo y la 
fuerza que le otorgaba la cohesión nacional de su estructura tanto más relevante cuanto que 
España nunca logró hasta hoy borrar sus tendencias centrífugas. 29 

Pero si la única clase social en que podía apoyarse el Ejército era la burguesía, ésta vivía 
aterrorizada por las sucesivas derrotas de varios siglos. De una insuperable cobardía, grandes 
sectores de la burguesía industrial catalana se trasladaron durante la revolución a Mallorca, 
temerosa de su piel. De este modo el Ejército español debió jugar un papel independiente en la 
política del país, aunque asumiendo la representación de algunos intereses nacionales. Ese ejército 
estaba influido por la ideología del liberalismo revolucionario. Gran parte de sus oficiales 
encabezaron la resistencia nacional contra el invasor. El general San Martín se formó en sus filas, 
del mismo modo que los hombres de Mayo habían sido educados por los maestros del liberalismo 
español. 

Todo el pueblo de España se puso instantáneamente de pie. Se organizaron de inmediato 
Juntas populares que asumieron la representación del poder vacante: el rey Carlos IV y el príncipe 
heredero Femando, que ya era VII, permanecían cautivos de Napoleón. Femando VII, fue 

28 Ernesto Palacio, Historia de la Argentina, Peña Lillo, Buenos Aires, 1954, p. 161. 

29 t En el país del particularismo y del separatismo, el ejército ha adquirido, por la fuerza de 
las cosas, una importancia enorme como fuerza de centralización y se ha convertido, no sólo 
en el punto de apoyo de la monarquía, sino también en el conductor del descontento de todas 
las fracciones de la clase dominante y, ante todo, de su propia clase (...) Las contradicciones 
en el ejército corresponden ordinariamente a las distintas armas. Cuanto más calificada es el 
arma, esto es, cuanta más inteligencia exige por parte de los soldados y oficiales, más aptos 
son éstos para asimilarse las ideas revolucionarias t (Trotsky, La revolución española y..., 
ob. cit., p. 56). 



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llamado “el Deseado” por el pueblo, que luchaba en su nombre pero que de hecho hacía su propia 
guerra. Las Juntas populares se unificaron en una Junta Central y se nombraron diputados para las 
Cortes españolas, que se reunieron en Cádiz. La revolución nacional española llamó a las 
posesiones americanas a enviar diputados y declaró la igualdad de derechos entre españoles y 
americanos, del mismo modo que la abolición de los derechos abusivos sobre los indios, 
reconociendo al territorio de América como t parte esencial e integrante de la monarquía 
española tt. 30 

El levantamiento revolucionario en toda América no fue sino la prolongación en el Nuevo 
Mundo de la conmoción nacional de la vieja España que pugnaba por remozarse. Nuestra 
Revolución de Mayo, que adquiere casi simultáneamente un carácter continental, no fue un 
levantamiento contra España. „ Dos Españas había y luchamos con una de ellas contra la otra! No 
fue para desasimos de España que Mayo nació, sino para hberamos juntos del yugo absolutista. 
Americanos y españoles combatieron mezclados en los dos campos. Si las Cortes revolucionarias 
de Cádiz incorporaban a América a su seno como la gran provincia española de ultramar, la otra 
España, por boca del virrey del Perú, llamaba a los americanos t hombres destinados por la 
naturaleza para vegetar en la oscuridad y abatimiento tt. 31 

Asumiendo la representación del espíritu de su época, el Inca Yupanqui, diputado americano, 
contestaría en Cádiz a los españoles reaccionarios que deseaban expulsar a los franceses 
manteniendo la subordinación de América: t Un pueblo que oprime a otro no merece ser libre ti. 32 

El regreso de Femando VII y la derrota de la revolución ibérica fue nuestra derrota. La 
victoria femandina acarreó a España un siglo y medio de frustración del que aún no se ha 
repuesto y nos lanzó a la independencia, para no capitular ante la reacción absolutista. 

Pero esa independencia, privada de un núcleo centralizador en América Latina, nos costó la 
unidad nacional. 

Poco antes de la invasión francesa a España, tuvo lugar la invasión inglesa en 1807 en el Río 

30 Decreto de las Cortes del 14 de octubre de 1810 que sancionaba t el inconcluso concepto de 
que los dominios españoles en ambos hemisferios forman una misma y sola monarquía, una 
misma y sola Nación y una sola familia, y que por lo mismo los naturales que sean 
originarios de dichos dominios europeos o ultramarinos, son iguales en derechos a los de 
esta Península ti (Del Valle Iberlucea, ob. cit., p. 91). 

31 Mariano Moreno, Escritos políticos y económicos, Ocesa, Buenos Aires, 1961, p. 227. 

32 En mi libro Historia de la Nación Latinoamericana, Peña Lillo, Buenos Aires, 1968, p. 136, 
he relatado la historia de esa fiase y su eco en las ideas de Marx. (Elay una nueva edición de 
esta obra, bajo el sello de Peña Lillo / Continente, Buenos Aires, 2011; al respecto de esta 
referencia del autor, véase cap. IV, pgfo. 19., pp. 128 y 129. [N. de E.J) 



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de la Plata. En esa lucha cuyo protagonista fue el pueblo de Buenos Aires debe buscarse el origen 
de las fuerzas armadas argentinas, que nacieron combatiendo a las tropas británicas. Convendrá 
no olvidar en nuestros días este hecho profundamente simbólico. 33 Esos hacendados, peones, 
labradores, tenderos e intelectuales de comienzos del siglo XIX aprenden el manejo de las armas. 
Los invade el sentimiento de su propio poder ante la presencia de una fuerza que habla una lengua 
extraña y deposita su fe en una religión ajena. El estallido de la Revolución de Mayo, la invasión 
napoleónica y la creación de Juntas americanas similares a las formadas en la península, abren 
paso a su vez a una generación política que, tal como ocurrió en España, se dispone a llevar a la 
práctica la nueva idea de la soberanía del pueblo en el manejo de sus destinos. 34 

Mariano Moreno será su figura de rasgos más acusados; este joven enérgico, tan astuto como 
ardoroso, que revelará en pocos meses una intuición política asombrosa para su edad y su medio, 
será el más grande revolucionario de su época, el que disfrutará más efímeramente del poder y 
sobre quien la gloria se ensañará como en pocos para volver irreconocible su verdadero 
programa. 35 

Moreno asumirá la representación americana de la corriente más avanzada de la España en 
armas. Pero es un hijo robusto del continente criollo. Es mucho más radical que sus maestros 
liberales. La idea a que han rendido tributo muchas generaciones de argentinos, es que la 
Revolución de Mayo y su personaje central eran expresión del comercio Ubre, es decir, estaban 
asociados al interés y a la benevolencia británicos. Nuestra revolución es interpretada como 
norteamericana por el ejemplo del Norte, inglesa por el liberalismo británico, francesa por los 
libros de los enciclopedistas. Muy pocos han juzgado conveniente emparentaría con el vasto 
proceso revolucionario iniciado en la península. 36 Entre los argentinos, Alberdi primero, José León 
Suárez, Manuel Ugarte y Julio V. González, más tarde, por el contrario, han reafirmado el 
carácter de la Revolución americana y su filiación hispánica. 

La Revolución de Mayo fue objeto de las intrigas y maquinaciones de Gran Bretaña. Es un 
hecho documentado que varios prohombres de la revolución estaban a sueldo de los ingleses, 
como Saturnino Rodríguez Peña —organizador de la fuga del general inglés Beresford—, y que 
los intereses de numerosos comerciantes españoles, criollos o ingleses residentes les dictaban la 

33 Jorge Abelardo Ramos, Historia política del Ejército argentino. Peña Lillo, Buenos Aires, 

1959, p. 7. 

34 José Ingenieros, La evolución de las ideas argentinas, Elmer, Buenos Aires, 1956, tomo I, p. 

95. 

35 Rodolfo Puiggrós, La época de Mariano Moreno, Partenón, Buenos Aires, 1949, p. 46 y ss. 
Suárez, ob. cit., p. 57. 


36 



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lucha por el comercio libre. 37 No se ha escrito aún el libro que narre los entretelones de la política 
británica durante la víspera de la Revolución de Mayo. La apertura de los archivos del Imperio 
británico y su edición comentada, cuando los obreros ingleses tomen el poder, constituirá en el 
futuro una prueba insuperable del genio político inglés y de su insuperable perfidia. 

Desde el primer día de Mayo se plantearon los antagonismos en el despliegue de la 
revolución. Conviene distinguir las tendencias fundamentales. Moreno representaba el 
jacobinismo revolucionario, es decir, la idea de la Nación en armas contra la reacción absolutista 
española y las maquinaciones de Inglaterra, poniendo a esta última en la segunda línea de peligro. 
La ideología de Moreno carecía de base material inmediata; era el producto de todo un sistema de 
ideas transmitido desde el corazón de la revolución española en marcha. 38 El jacobinismo no podía 
tener viabilidad sin la existencia del Tercer Estado, es decir, de la burguesía industrial. De ahí el 
fulgor asombroso del partido morenista y su rápido crepúsculo. 

Por otro lado, estaban los comerciantes monopolistas españoles, encabezados por f Izaga, que 
veían tanto en el intercambio libre con los ingleses como en el triunfo del partido morenista, la 
extinción de sus privilegios políticos y comerciales. 39 

El tercer grupo estaba constituido por los comerciantes e importadores (apoyados por los 
ganaderos) interesados en el tráfico con Inglaterra, y con el comercio exterior en general. 40 Su 
representante más notable sería Rivadavia, verdadero fúndador del partido unitario y precursor 
del mitrismo. 41 

Belgrano y Moreno se lanzaron con toda su generación a la lucha, pero fueron vencidos. Ya 
no quedaba lugar sino para la reaccionaria política rivadaviana, que tan desgraciadas 
consecuencias debía acarrear para el país. 

La fama que rodea la “Representación de los Hacendados” ha servido para sumir en la 
oscuridad el “Plan de Operaciones”. Verdadera síntesis del genio político de Belgrano, dicho 

37 Ricardo Piccirilli, Rivadavia, Peuser, Buenos Aires, 1952, p. 63. 

Rodríguez Peña recibía 10 chelines diarios, lo mismo que Aniceto Padilla, de Guillermo 

White, quien así lo informa a Lord Castlereagh el 10 de septiembre de 1807. 

38 Juan Bautista Alberdi, Grandes y pequeños hombres del Plata, Gamier, París, 1912, p. 69. 

39 Manuel Moreno, Vida y Memorias del doctor don Mariano Moreno, Rosso, Buenos Aires, 
1938, p. 50 y ss. 

40 Rodolfo Puiggrós, Historia económica del Río de la Plata, Siglo Veinte, Buenos Aires, 1948, 
p. 83. 

41 Haydée E. Frizzi de Longoni, Rivadavia y la economía argentina, edición del autor, Buenos 
Aires, 1947, p. 65. 



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documento es el elemento decisivo para interpretar la naturaleza de la Revolución de Mayo y la 
razón de su eclipse. Ese plan fue redactado bajo la influencia de un esquema preparado por 
Belgrano bajo la orden de la Junta de Gobierno, que así lo determinó el 18 de julio de 1810. 

Los modernos apologistas oligárquicos del 25 de Mayo, que no son sino los agentes nativos 
del imperialismo, los ladinos “democráticos” que sostienen a la clase ganadera y a las fuerzas 
retardatarias, insisten en presentamos el año 10 como la fecha nupcial de la joven Argentina con 
su amigo británico. Prefieren pasar por alto la lucha del partido morenista, no por breve y trágica 
menos significativa, y glorificar los acontecimientos de Mayo bajo el signo del librecambismo más 
puro. Al mismo tiempo, Ricardo Levene y sus acólitos, tan pudorosos de mezclar la historia con 
la política, han negado la autenticidad del “Plan de Operaciones”. 42 

Con criterio certero, Piñero, Puiggrós, Rosa y otros autores han demostrado, por el contrario, 
su completa legitimidad, y la mano de Moreno en su espíritu y en su texto. Sin este “Plan de 
Operaciones”, elemento capital de la revolución sofocada, toda la cuestión de Mayo se vuelve 
indescifrable, planea en el aire y sólo se explicaría como producto de una alianza entre 
importadores porteños y exportadores ingleses. Es precisamente el propósito que guía a las 
apasionadas exégesis de los cipayos. 

Moreno y el intervencionismo de Estado 

El punto de vista de los revolucionarios de Mayo, expresado por Moreno en su “Plan”, 
algunas de cuyas proposiciones se llevaron a la práctica, nace de una comprensión profunda de 
nuestra realidad. El destino de la revolución española era incierto. El Virreinato del Río de la Plata 
debía desenvolver su política con sus propias fuerzas. Pero en este inmenso territorio 
semidesierto, poblado de indios, gauchos, artesanos primitivos, inmensos rebaños de cabezas de 
ganado realengo y algunas pocas ciudades predominantemente comerciales, el puerto de Buenos 
Aires había venido a convertirse en la cabeza del movimiento comercial del Virreinato. 43 

42 Ricardo Levene, Ensayo histórico sobre Ia Revolución de Mayo y Mariano Moreno, A. 

Martínez, Buenos Aires, 1925. 

En esta obra, lo mismo que en los artículos publicados por Groussac en La Biblioteca, se 
desconoce la legitimidad del Plan. El propósito no es erudito, sino político. Disociar a Moreno del 
Plan es indispensable para despojar a la Revolución de Mayo de su carácter latinoamericano y 
subordinarla al librecambismo británico. Puiggrós, en la obra ya citada, deshace por completo la 
impostura seudocientífica. 

43 Alberdi, ob. cit., p. 128. 



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Su sistema económico reposaba esencialmente en la actividad de los comerciantes 
monopolistas españoles, en los criollos e ingleses ligados al contrabando y en los ganaderos que 
deseaban vender a Europa sus excedentes. No existía virtualmente burguesía industrial, ni 
capitales, ni técnicos para montar un aparato productor realmente nacional y poderoso. En tales 
condiciones Moreno concibió el “Plan de Operaciones”. No se trataba tan sólo de un esquema de 
la defensa militar y política de la revolución. Implicaba ante todo una concepción económica de 
índole americana poseída de un carácter eminentemente creador. 44 

En dicho Plan, Moreno propone expropiar a 5 o 6.000 personas pudientes (prestamistas, 
ganaderos, grandes comerciantes monopolistas) a fm de obtener un capital de 200 o 300 millones 
de pesos t que serían puestos en diferentes giros en el medio de un centro facilitando fábricas, 
ingenios, aumento de agricultura, etc.f 

Una cantidad de 200 o 300 millones de pesos —decía— puestos en el centro del Estado para la fomentación de 
las artes, agricultura, navegación, etc. producirán en pocos años un continente laborioso, instruido y virtuoso, sin 
necesidad de buscar exterionnente nada de lo que necesite para la conservación de sus habitantes, no hablando 
de aquellas manufacturas que, siendo como un vicio corrompido, son de un lujo excesivo e inútil, que deben 
evitarse principalmente porque son extranjeras y se venden a más oro de lo que pesan. 45 

Como vemos, lejos de soñar con un Estado modesto, desinteresado, “libre” y generoso, tal 
como convenía a los ingleses, Moreno proyectaba compensar la debilidad de las fuerzas 
económicas nacionales con el fortalecimiento del Estado, asignando a éste una función de 
empresa, de banquero y de industrial, con el fin de echar las bases para un capitalismo nacional 
todavía inexistente. La idea de expropiar las fortunas parasitarias no podía ser más audaz para esa 
época y su medio. Continúa siendo válida en nuestros días. Obsérvese que Moreno establecía 
expresamente la limitación de importar aquellas “manufacturas” de tipo suntuario, por las que 
tanta predilección sienten los núcleos oligárquicos de ayer y hoy. 

Moreno prohibía en su “Plan” a cualquier particular explotar minas de plata o de oro, tarea 
que reservaba para la Nación y cuya violación se castigaba con la pena capital. Con el propósito 
de impedir la emigración de metálico, prohibía asimismo por el plazo de 15 a 20 años vender 
cualquier clase de establecimiento, salvo por causas bien claras para el Estado. Por otra parte 

44 En Mariano Moreno y la revolución nacional, Norberto Galasso analiza en detalle la 
significación del Plan de Operaciones (ob. cit., Coyoacán, Buenos Aires, 1963). 

45 Mariano Moreno, ob. cit., p, 297. 



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quedaba vedado a los extranjeros, en virtud de la razón anterior, negociar con otros países sin 
intervención y control estatal, de donde se infiere que Moreno era un totalitario avant la lettre. 
Este conjunto de medidas permitiría al Estado, bien munido de fondos, t procurar todos los 
recursos que sea menester introducir, como semillas, fabricantes e instrumentos, y comenzando a 
poner en movimiento la gran máquina de los establecimientos para que progresen sus 
adelantamientos tí. 46 

Moreno, adversario del librecambismo 

Al mismo tiempo, nuestro joven jacobino propone el envío de agentes secretos al Brasil que, 
disfrazados de comerciantes, organizarán la insurrección de Río Grande primero y luego la de 
todo el territorio para incorporarlo al complejo político de la revolución haciéndoles t gustar de 
la dulzura de la libertad y derechos de la naturaleza 1t, declarando simultáneamente la abolición 
de la esclavitud. Prosa rousseauniana a un lado, convengamos en que Moreno no era un 
contemplativo y que la “libertad”, la “dulzura” y la “naturaleza” poseían para él un sentido bien 
específico. 

En el orden de la política estratégica, Moreno (ese mismo Moreno que los camafeos escolares 
nos presentan con el aire de un demócrata rooseveltiano) estimaba que convenía mantener 
temporalmente buenas relaciones con Inglaterra, ofreciéndole ventajas comerciales t aunque 
suframos algunas extorsiones ti, 47 pues frente a la reacción absolutista que podía levantar cabeza 
en la España convulsionada, convenía apoyarse en alguna potencia extracontinental. No dejaba de 
observar, sin embargo, que Inglaterra es una de las naciones t más intrigantes por los respetos 
del señorío de los mares (...) por dirigirse siempre todas sus relaciones bajo el principio de la 
extensión de miras mercantiles, cuya ambición no ha podido nunca disimular su carácter ; 48 
aunque señalaba también la conveniencia de indisponerla contra Portugal, para facilitar la 
maniobra de Buenos Aires de incorporarse Río Grande del Sur. Y este famoso “librecambista”, ya 
en el poder, dirá en su “Plan” que era preciso acusar a las autoridades españolas y a Cisneros de t 
haber destruido la felicidad pública í al otorgar t franquicias del comercio libre con ios 
ingleses, el que ha ocasionado muchos quebrantos y perjuicios tí. 49 

En suma, Moreno planteaba una verdadera política revolucionaria, no porteña, como ocurrirá 

46 Ibíd., p. 301. 

47 Ibíd., p. 303. 

48 Ibíd., p. 302. 

Ibíd., p. 289. 


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inmediatamente después de su caída, sino nacional americana. Moreno sostuvo el monopolio del 
comercio exterior, fundamental ayer como hoy para la defensa económica de un país semicolonial; 
el control de cambios y del tráfico de oro y divisas; la expropiación de las grandes fortunas 
improductivas y su utilización por el Estado para el desarrollo de la industria nativa, de la 
educación técnica, de la agricultura y de la navegación; el monopolio estatal de la industria 
minera; la expansión americana del movimiento revolucionario y la aplicación de medidas severas 
para exterminar los focos de la contrarrevolución. 

Frente a todas las fuerzas regionales que pugnaban efectivamente por el comercio libre — 
ganaderos, importadores, exportadores y comerciantes porteños—, Moreno se levantó como la 
encamación misma de la revolución continental que buscaba construir una nación con España, si 
era posible, y sin España de todos modos. De ahí que Moreno aparezca en nuestra escena 
histórica, al nacer los argentinos a la vida pública, como el teórico y el estadista del 
intervencionismo estatal, propulsor del capitalismo por métodos revolucionarios. 

La caída de Moreno por obra de la tendencia saavedrista, cuya ideología liberal conservadora 
se adaptará perfectamente a las necesidades de la burguesía comercial porteña probritánica, cierra 
el capítulo auténticamente revolucionario de Mayo. El coronel Saavedra, militar cándido y 
engreído, obtuso y temeroso de Dios, dirá en una carta a Chiclana que t el sistema robesperiano 
que se quería adoptar en ésta, la imitación de la revolución francesa que intentaba tener por 
modelo, gracias a Dios que han desaparecido . 50 

San Martín estaba, por el contrario, muy lejos de esa aversión que Saavedra experimentaba 
hacia la figura del “Incorruptible” de la Revolución francesa, y que veía reencarnada en la figura 
de Moreno. 

El organizador de la victoria de los Andes no era un liberal conservador de estiipe borbónica 
del género de Saavedra o Rivadavia, sino un revolucionario intrépido, educado en la tradición de 
1789. Por esa razón pudo escribir a su confidente Guido: 

Más vale andar con ojotas que el que nos cuelguen. En fin, amigo mío, todo es menos malo que el que los 
maturrangos nos manden, y más vale privamos por tres o cuatro años de comodidades que el que nos hagan 
morir en alto puesto y, peor que esto, es el que el honor nacional se pierda. Hasta aquí llegó mi gran plan. Ojalá 
tuviésemos un Cristóbal o un Robespierre que lo realizase, y a costa de algunos años diese la libertad y 
esplendor de que es tan fácil nuestro suelo . 51 

50 Levene, ob. cit., II, p. 173. 

51 “Carta a Tomás Guido”, fechada en Mendoza el 14 de mayo de 1816, cit. en Eduardo B. 



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o Qué lejos se coloca este San Martín del héroe abstracto dibujado por los historiadores 
oficiales, o del varón antijacobino del revisionismo rosista! 

Al caer Moreno, comienza la crisis monetaria. El gobierno de Buenos Aires, presionado por 
los ingleses y los comerciantes, autoriza en 1811 la libre exportación de oro y de plata 
amonedados. Esta medida no sólo descapitaliza al país, sino que eleva los precios de los artículos 
de consumo. Ya en el primer Triunvirato, cuyo inspirador es su secretario Rivadavia, heredero 
político del saavedrismo, se permitirá el ingreso al país del carbón europeo, se rebajarán los 
derechos aduaneros para los tejidos extranjeros y se abrirán las puertas de la Aduana a numerosos 
artículos que entraban en competencia ruinosa con los productos de nuestras industrias 
territoriales. Los comerciantes extranjeros eran, a su vez, igualados en derechos con los 
comerciantes criollos. Se sancionaba de este modo la preeminencia del capital comercial inglés 
sobre Buenos Aires y del poder económico del Puerto sobre el Interior. 52 

La pandilla del barranco 

Edificada sobre las barrancas que caían suavemente al río barroso, la pretenciosa ciudad era 
conocida desde los tiempos coloniales, en las cortes europeas, por el oficio predilecto de su 
“gente decente”: el contrabando y su comercialización. Los burgueses de mostrador se destacaban 
por su habilidad para burlar las disposiciones fiscales y la prohibición de comerciar con 
extranjeros; sabían hacerlo tan bien como manejar fructuosamente la vara de medir. Toda esta 
clase mercantil, cuyos apellidos de campanillas resonarán incesantemente en nuestra historia 
política, habíase ganado en la Europa de comienzos del siglo XIX un mote muy significativo: se la 
llamaba la “pandilla del barranco”. Curioso nombre, en verdad, que tan bien calzaba a la burguesía 
comercial de la naciente ciudad-puerto. 

Santísima Trinidad de Buenos Aires era, en las primeras décadas del siglo, una desordenada 
aldea de calles sin empedrar, carente de arquitectura digna de mención, ceñida de quintas y 
envanecida por un patriciado comercial o ganadero de reciente cuño americano y de vagos cuanto 
pregonados orígenes peninsulares. 53 Los negros hormiguereros o pasteleros y las morenas 

Astesano, La movilización económica de los ejércitos sanmartinianos. El Ateneo, Buenos 

Aires, 1951, p. 92. 

52 José María Rosa, Defensa y pérdida de nuestra independencia económica. Haz, Buenos Aires, 

1954, p. 52. 

53 Santiago Calzadilla, Las beldades de mi tiempo, Estrada, Buenos Aires, 1944, p. 10. 



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lavanderas, que alegraban la costa munidas de sábanas de Irlanda, los artesanos de los más 
diversos gremios, esclavos en su mayoría, constituían en realidad la base social de la economía 
doméstica. Por las calles pantanosas veíase pasar a los vendedores de plumeros, generalmente de 
humilde color, a los afinadores de pianos, y también al viento reseco de la barbarie más temida por 
la sociedad porteña: a galope, y siempre de paso, algún gaucho misérrimo (pero con cabestro de 
plata) arrancado a la pampa o la pulpería de las orillas por algún azar, echaba sobre las parroquias 
céntricas su sombra dolorosa y siniestra. 54 

Los señores distinguidos de la grey aldeana hacíanse acompañar por un esclavo y su farol. 
Construidas de barro, pero con grandes patios cubiertos de árboles añosos, las residencias 
contaban con habitaciones enormes, decoradas sobriamente, con la escasez de refinamiento que 
posteriormente asimilóse a la virtud gentilicia: tiempo después de la Revolución de Mayo, las 
grandes familias adornaron sus hogares con toda clase de chirimbolos procedentes del mundo 
entero. A la severidad española, no perdida del todo, sucedió un afán de deslumbramiento que 
abrazó por entero a la sociedad porteña, embriagada de aspiraciones cosmopolitas. Así tuvieron 
su entrada, alrededor de 1830, en los hogares de pro, esteras de la India, delicados muebles 
norteamericanos, pianos franceses, cristales y relojes ingleses. 55 En muchos hijos de familias 
linajudas prendió el embrujo de Europa por medio de la “filosofía”, como llamábase 
genéricamente a las cosas del espíritu, o de las luces. Los libros sellaban el encantamiento: 
Leminier o Rousseau, los enciclopedistas o la conflagración romántica, el sociahsmo utópico, sus 
mitos ingenuos y, globalmente, la variada literatura histórica y política europea impregnaron de 
una coquetería nueva a la juventud y también la hicieron pensar en el país, aunque sin 
comprenderlo del todo. En ese cuadro nació la generación de Mayo, tan halagada como 
incomprendida por la posteridad. 

Algunas familias porteñas se habían emparentado después de las invasiones inglesas con 
oficiales británicos, anclados definitivamente en el Río de la Plata. La afición por los extranjeros 
rubios estaba muy difundida en esa aristocracia mercantil de Buenos Aires, como la llamaría 
Rosas, cuyos intereses se fúndían muy naturalmente con la metrópoli inglesa. 56 Un autor evocará 
algunos de los salones de la época, presididos por las bellezas en boga. La señorita Melchora 

54 Un Inglés, Cinco años en Buenos Aires, Solar, Buenos Aires, 1942, p. 94. 

55 Samuel Trifil, La Argentina vista por viajeros ingleses: 1810 - 1860, Gure, Buenos Aires, 

1959, p, 58. 

56 José Antonio Wilde, Buenos Aires desde setenta años atrás, Espasa Calpe Argentina, Buenos 

Aires, 1948, p. 154. 



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Sarratea t estaba tan bien enterada de los asuntos públicos y privados tt, que era t tenida como 
entusiasta partidaria de los whigs, el partido político liberal de las Islas Británicas ty. Como se 
ve, la señora Victoria Ocampo ha tenido distinguidas predecesoras. Ana Riglos, por su parte, 
perteneciente a la familia de don Miguel de Riglos, llamado “lord inglés” por sus amigos t era 
siempre la más cortejada en la tertulia y la más querida por la mayoría de los marinos ingleses. 
Pero, nadie manejó los negocios de Downing Street con mayor suceso y brillantez que lo hiciera 
Mariquita Sánchez, ejerciendo su diplomacia femenil en su espléndida mansión solariega en la 
calle Empedrados ty. 

La Aduana ya daba varios millones de pesos en concepto de pagos de derechos. La clase 
comercial de Buenos Aires se capitalizaba rápidamente y nuevos refinamientos aparecían en la 
ciudad pampeana, que se elevaba como un faro de civilización a un paso del salvaje. Pianos y 
armonios ingleses se instalaban en los salones y animaban las tertulias. “Los ainglesados” 
formaban legión, las modas inglesas imperaban. Se bailaba mucho y bien: el minué, la contradanza 
española, la contradanza francesa, y también el cielito y la montonera. En los comedores y 
dormitorios aparecían lámparas con caireles de cristal de roca; las niñas se perfumaban con el 
agua de Murray y en los saraos se servían las comidas criollas en vajilla de oro china. 57 Los 
tenderos refinaban sus gustos. 

Pero mientras la política librecambista enriquecía a Buenos Aires, arruinaba el interior del país; 
entretanto, se abría un abismo entre la capital y las provincias. Si Buenos Aires, Montevideo, 
Entre Ríos, Santa Fe y Corrientes tenían costas marítimas o fluviales y productos para la 
exportación (cueros, tasajos, lanas), las provincias mediterráneas vivían únicamente de los 
recursos del mercado intemo y de sus industrias territoriales, nacidas de la insuficiencia industrial 
española, que nunca había podido abastecer a las colonias americanas. Como el monopolio 
virreinal cerraba el paso a los productos ingleses competitivos, las industrias argentinas del 
interior florecieron. 58 Grandes sectores de nuestra población autóctona reposaban en esa 
producción industrial incipiente. Los vinos, aguardientes y ñutas secas de Cuyo, los tejidos 
cordobeses, los minerales, algodones y ganados de Catamarca y La Rioja, los alcoholes, suelas y 
tejidos salteños constituían el fundamento económico de todo el interior argentino. 59 Pero la 

57 Wilde, ob. cit., p. 82. 

58 Ricardo Levene, Investigaciones acerca de la historia económica del Virreinato del Río de la 
Plata, Universidad de la Plata, La Plata, 1928, tomo XI, p. 129. 

59 Juan f lvarez, Estudios sobre las guerras civiles argentinas, Círculo Militar, Biblioteca del 
Oficial, Buenos Aires, 1938, 3 I ed., p. 24. 



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derrota de la tendencia revolucionaria morenista nacional en Buenos Aires y el pase del control 
gubernativo a manos del grupo comercial porteño originaron una caudalosa corriente de 
mercaderías inglesas que amenazaron las bases mismas de la economía provinciana. En 1817 un 
periódico de Buenos Aires decía: 

Un ligero conocimiento del país basta para comprender que dentro de muy pocos años de independencia más de 
10 millones de sudamericanos se vestirán de efectos europeos (...) consta por un cálculo moderado que 
actualmente, unos con otros consumimos de 30 a 40 pesos anuales de aquellas mercaderías. Luego el consumo 
anual montará a 300 o 400 millones de pesos. Suma que en verdad espanta. 60 

Pocas cifras nos mostrarán la esencia de las guerras civiles inminentes: un poncho inglés 
costaba 3 pesos; el mismo artículo elaborado en los telares criollos tenía un valor de 7 pesos. Si 
una vara de algodón británico podía comprarse por casi 1 y de real, el producto provinciano 
resultaba a 2 t reales. Los productos de las ferreterías de Sheffield, de las alfarerías de Worcester 
y Staffordshire y de los telares de Manchester inundaban irresistiblemente el mercado argentino, 
con la imitación exacta y estandarizada de los artículos criollos. 61 

Ya en el debate sobre librecambio y proteccionismo planteado por la consulta del virrey 
Cisneros en 1809, el síndico del Consulado, Yániz, en nombre de los comerciantes monopolistas 
españoles, considera puntos de vista que si bien eran esgrimidos en interés del monopolio, 
expresaban la indiscutible realidad económica del interior industrial. 

Yániz argumentaba que 

sería temeridad querer equilibrar la industria americana con la inglesa. Estos sagaces maquinistas nos han traído 
ya ponchos, que es el principal ramo de la industria cordobesa y santiagueña, y también se le ha asegurado al 
síndico que han traído estribos de palo dado vuelta a uso del país (...) Los pueden dar más baratos, y por 
consiguiente arruinarán nuestras fábricas y reducirán a la indigencia a una multitud innumerable de hombres y 
mujeres que se mantienen con sus hilados y tejidos, en forma que por dondequiera que se mire no se verá más 
que desolación y miseria. 62 


La provincia-metrópoli 

La oligarquía porteña podía disponer a su antojo de la dirección de la política económica, pues 

50 Rosa, ob. cit., p. 58. 

51 f lvarez, ob. cit., p. 25. 

Rosa, ob. cit., p. 38. 


62 



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su poderosa palanca eran el puerto y la Aduana de Buenos Aires. Quien la controlara sería 
librecambista o proteccionista, abriría las puertas al asfixiante comercio extranjero o administraría 
las rentas aduaneras en beneficio de la nación entera. De ahí que el problema de la ciudad de 
Buenos Aires, de su puerto, su aduana y su crédito público, fuera señalado notablemente por 
Alberdi como la cuestión cardinal del destino argentino. Alberdi la resumía así: para poner en 
manos del virrey todos los recursos financieros y políticos del poder, el rey fijó la capital de su 
residencia en Buenos Aires, entregándole el gobierno de dos cosas diferentes: la provincia- 
metrópoli, o sea, de Buenos Aires y la ciudad de Buenos Aires unidas, y el cargo de virrey de todo 
el Virreinato. 

Como la ciudad donde vivía el virrey era el único puerto de entrada y salida del territorio para 
el intercambio comercial, el virrey concentró en sus manos toda la renta derivada del puerto, el 
crédito y el tesoro público formado por ese movimiento de todas las provincias, que Buenos Aires 
fiscalizaba por su situación geográfica. De esta manera, la monarquía española se aseguraba de un 
golpe el control político general del Virreinato, agrupando en una sola mano todo su caudal 
financiero. 

Así planteadas las cosas, según Alberdi, existían dos dependencias: una interior y doméstica de 
las provincias del país con respecto a la provincia-metrópoli. La otra era exterior del país entero, 
con respecto a España. 

La esencia de todo el drama argentino (y la fuerza motriz de la balcanización de las provincias 
del Sur) fue, unida a la política británica, la siguiente, según escribe Alberdi: 

Las leyes coloniales españolas, para hacer efectivo el monopolio de esa parte de América dieron por único puerto 
a todas las provincias del Plata la ciudad de Buenos Aires, en que residía el virrey general. 

Esa legislación debía hacer de Buenos Aires la tesorería de todas las provincias argentinas, el día que la renta de 
aduana viniese a ser la principal renta general. Así sucedió y ese día llegó con la revolución de 1810 contra 
España. La revolución contra España, suprimiendo el Gobierno general del Virrey, residente en Buenos Aires, y 
dejando, por esa supresión, a las provincias aisladas para su gobierno interior, dejó a la provincia de Buenos 
Aires poseedora exclusiva y única del puerto, de la aduana y de la renta de todas las otras provincias argentinas, 
por todo el tiempo en que ellas estuviesen sin gobierno general y común. 

Prolongar indefinidamente este estado de cosas, era equivalente a dejar en manos de Buenos Aires todos los 
recursos de los pueblos argentinos. La tentación era irresistible y Buenos Aires cayó en ella. Convertir esta 
prolongación en sistema permanente de Gobierno fue el pecado y la falta de Buenos Aires, no su invención. 
V Quién fue el primero que reconoció y se apercibió que ese estado de cosas constituía la fortuna local de Buenos 
Aires? Nadie: las cosas mismas lo dieron a conocer, y hace honor a Buenos Aires el que ninguno de sus hombres 


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públicos hubiese tenido la idea de hacer una política de la falta de gobierno. He aquí el modo como Buenos Aires 
se apercibió de que ese desorden cedía todo en su provecho local exclusivo, aunque en daño y ruina de la 
Nación. Derrotada varias veces por las provincias litorales en sus luchas republicanas de supremacía política, 
Buenos Aires se encontró en sus derrotas y, a pesar de ellas, más fuerte y rica que sus vencedores y, 
naturalmente, a la cabeza de ellos. 

Viéndose caer de pie en todas sus caídas, no tardó en apercibirse de que la causa de ese fenómeno consistía 
simplemente en que sus pies calzaban una plancha de oro, cuya gravedad bastaba para enderezar su cuerpo 
como por sí mismo, luego que sus vencedores la abandonaban caída en el suelo. Esa plancha de oro era el 
impuesto de aduana que todas las provincias vertían en su puerto. 63 

La Revolución de Mayo, que asumió la soberanía popular en nombre del rey prisionero, y 
luego la independencia, en 1816, anularon la dependencia exterior. Pero la interior, es decir, la 
sumisión de las provincias interiores con respecto al bloque provincia bonaerense-ciudad porteña, 
continuó. Destruida la política nacional de Moreno, que contemplaba los intereses generales, y 
entronizada en el gobierno de Buenos Aires la tendencia rivadaviana probritánica, la oligarquía 
porteña se adueñó de esa máquina virreinal. Usufructuó la provincia-metrópoli y negóse a repartir 
las rentas aduaneras y el control político nacional con el resto de las provincias argentinas. Así 
nació la idea porteña de que la ciudad-puerto y la provincia bonaerense eran inseparables y que el 
producto de la Aduana pertenecía exclusivamente a Buenos Aires. Nadie pudo convencer con 
razones a estos nuevos virreyes de que la opulencia porteña y bonaerense se derivaba de rentas 
aduaneras que eran el fruto del intercambio engendrado por la actividad de todo el país. Instalada 
como un recaudador en las puertas del Plata, la oligarquía porteña se embolsaba la riqueza 
argentina. 

Mientras Buenos Aires se perfumaba y bailaba el minué, el interior era reducido a la 
desesperación; diezmadas por las guerras de independencia, arruinadas por la invasión de 
mercaderías británicas y usurpadas sus rentas por la orgullosa metrópoli, las provincias argentinas 
se replegaron. Surgieron entonces jefes armados al mando de tropas irregulares que defendieron 
como pudieron “las autonomías” provinciales y resistieron la política absorbente de Buenos Aires. 
Los caudillos aparecieron cuando Moreno había dejado de existir y con él una política 
genuinamente nacional. 

Así nació el “federalismo”, resultado del despojo de la riqueza argentina por una sola 


63 


Juan Bautista Alberdi, “Crisis permanente en las Repúblicas del Plata”, en Obras selectas, 
Buenos Aires, 1920, tomo VII, pp. 137 y 138. 



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provincia. El monopolio del rey fue suplantado por el monopolio de la oligarquía porteña. La 
metrópoli bonaerense hizo del país su propia colonia. Aludiendo a las maniobras oligárquicas para 
usurpar el poder nacional desde Buenos Aires, ya en 1810 Moreno había escrito lúcidamente 
sobre los fines que lo habían impulsado para convocar y constituir un Congreso constituyente, el 
mismo que los saavedristas y rivadavianos expulsaron: 

La convocación del Congreso no tuvo otro fin que reunir los votos de los pueblos para elegir un gobierno 
superior de estas provincias, que subrogase al del Virrey y demás autoridades que habían caducado. Buenos 
Aires no debió erigir, por sí mismo, una autoridad extensiva a los pueblos que no habían concurrido con su 
sufragio a su instalación. 64 

Esa fue la razón por la cual derribaron a Moreno los saavedristas y rivadavianos. Saavedra, 
Rivadavia y Mitre probarían el carácter antiargentino y antilatinoamericano de la burguesía 
comercial porteña, que es una sola y misma cosa. 

La aparición histórica del gauchaje 

El triunfo del librecambismo y la orientación oligárquica después de la caída de Moreno 
señalan la aparición histórica del gauchaje en nuestra vida política. Este hombre clásico de 
nuestras llanuras será el héroe central de la historia argentina. Por extensión, gaucho será desde 
las guerras civiles todo nuestro criollaje, esa aleación racial formada por el vástago de español y 
de indio, cuando no indio puro, que constituirá el tipo étnico fundamental del país, antes de 
complementarse con la irrigación sanguínea de la vieja Europa. En su remoto origen, el gauderio, 
predecesor del gaucho, nace en la infinita pampa. 65 El adelantado Pedro de Mendoza había 
arrojado a las praderas inmensas sus yeguadas, que desaparecieron como tragadas por el desierto 
sin fin. Las siete vacas de la Conquista también se desvanecieron durante un siglo. Multiplicadas 
en la fertilidad de los pastos y las lluvias, la pampa fue un mar de cueros, la veta inextinguible de 
la ganadería. 

El rey comenzó, en el principio del siglo XV111, otorgando derechos de vaquerías a algunos 
beneficiarios. El ganado era hacienda cimarrona, sin dueño, y los hombres que merodeaban en la 

64 Mariano Moreno, ob. cit., p. 249. 

65 Horacio C. E. Giberti, Historia económica de la ganadería argentina. Raigal, Buenos Aires, 

1954, p. 30. (Véase también Emilio A. Coni, Historia de las vaquerías del Río de la Plata, 

Madrid, 1930.) 



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pampa carneaban una vaca para comer sin rendir cuenta a nadie. El sol y la lluvia, los animales 
cerriles y la holganza, el paisaje tremendo, la astucia derivada del conflicto con la naturaleza, la 
desconfianza y el desprecio hacia la ciudad febril y mercantil, la soledad, la fuerza y la destreza 
física que todo el medio le imponía hicieron del gaucho un admirable ejemplar humano. Conoció 
al caballo, libre como él, y lo hizo su lugarteniente y su camarada, su torre vigía, su carro de 
combate. Inventó sus armas, heredó otras del indio salvaje y se acopló a la naturaleza hostil hasta 
dominarla con una sabiduría que a los civilizados pareció milagrosa. Un viajero dice que t 
sencillas, no salvajes, son las vidas de esta “gente que no suspira ” de las llanuras ti , 66 La 
relación entre el hombre y la Naturaleza no estaba viciada de hipocresía social y se daba en forma 
pura; la majestad del escenario y el ocio lo inclinaron a la meditación poética, al proverbio y a la 
seducción de la música. 

Darwin preguntará en Mercedes a dos hombres por qué no trabajaban: t Uno me respondió, 
gravemente, que los días eran demasiado largos;y el otro, que por ser demasiado pobre ti. 67 

Hasta que la Revolución de Mayo conmueve toda la estructura tradicional, el gauchaje había 
vivido bajo la divisa: “la pampa y las vacas para todos”. La propiedad privada no tenía en los 
campos de Buenos Aires fronteras muy precisas; las alambradas no existían y la posesión efectiva 
de los ganados, aunque pertenecían a dueños nominales cuyos títulos eran herencia de viejos 
privilegios reales, rara vez se alcanzaba plenamente. 68 

En estas condiciones, el gaucho era el señor de la pampa; desjarretaba una vaca cuando tenía 
hambre, vendía su cuero en la pulpería más próxima o lo cambiaba por los más indispensables 
artículos de consumo, sus “vicios”. 

Los más civilizados de estos seminómades se empleaban temporariamente en la yerra o esquila 
de las estancias o se dedicaban al contrabando. Concluida esa faena de ocasión, el gaucho siempre 
tenía a su inmediato alcance la carne asegurada, la pampa y su aventura oceánica. 

El comercio libre destruyó el viejo estilo de vida del gauchaje. Miles de gauchos dedicados al 
contrabando fueron anonadados por el nuevo régimen legal. La dorada edad del cuero también 
tocaba a su fin. El desarrollo de la industria saladeril, que se expandió poderosamente con las 

66 Carlos Alberto Leumann, La literatura gauchesca y la poesía gaucha, Raigal, Buenos Aires, 
1953, p. 206. (Véase en el apéndice de la ob. cit. la “Noticia histórica de los gauchos”, un 
ejemplo de lo más notable escrito en el género.) 

67 Carlos Darwin, Diario de viaje de un naturalista, cit. en VVAA, El gaucho a través de los 
testimonios extranjeros (1773-1870), selección, prólogo y notas de Eduardo Jorge Bosco, 
Emecé, Buenos Aires, 1947, p. 30. 
f lvarez, ob. cit., p. 68. 


68 



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facilidades de exportación, transformó a la carne vacuna en la parte más preciada del animal. La 
nonna tradicional de sacrificar vacas libremente fue quebrantada; si antes de la Revolución el 
gaucho carneaba una vaca para comer y sólo existía la obligación tácita de entregar su cuero al 
propietario, la comercialización más completa del vacuno acarreó la situación que Juan f lvarez 
define así: t trabajar algunos meses en el saladero y comprar la carne que se pudiese, al precio 
pagado por los consumidores del extranjero tt. 69 

El criollo pampeano se sintió acorralado por el hambre. El gobierno de Buenos Aires, cuyos 
descendientes históricos, como Güiraldes, escribirían un siglo después, desde París, sutiles 
evocaciones del gauchaje, dictó un decreto en 1812 declarando libre de derechos la exportación 
de carnes; simultáneamente fijaba un impuesto del 20% a la que se consumiese en el mercado 
intemo. Una política semejante, que estrangulaba a los gauchos, no podía imponerse sin una 
acción represiva. 

En 1815 aparece el famoso decreto sobre la “vagancia”: todo individuo de la campaña que no 
fuese propietario, sería considerado sirviente y quedaba obligado a reconocer un patrón, que le 
otorgaría una “papeleta”, a ser visada cada tres meses, bajo pena de ser considerado “vago”. 70 Se 
consideraba vagancia transitar el territorio sin permiso del juez de paz. Como es lógico suponer, 
dicho juez era un agente de los ganaderos, propiciadores de la monstruosa ley. Los gauchos 
declarados “vagos” sufrían cinco años de servicio militar, o dos de conchabo obligatorio la 
primera vez y diez la segunda, en caso de no resultar aptos para las fatigas del ejército. Este 
decreto preparó la consolidación económica y política de la oligarquía bonaerense. 

Amparados en la ley de la vagancia, los terratenientes acapararon las mejores tierras, 
usurparon los campos de los labradores empobrecidos que trabajaban más de 2.000 quintas 
productoras de trigo y otros cereales, y las transfomiaron en campos de pastoreo cercanos al 
puerto exportador. Muchos campesinos criollos, arruinados por la voracidad terrateniente, 
engrosaron las montoneras provincianas o se hicieron guerreros del ejército privado de Rosas, el 
gran estanciero que surgiría poco más tarde. Si esto último evitó la formación de montoneras en 
la provincia de Buenos Aires, fue porque la riqueza de la provincia-metrópoli permitió sostener en 
sus opulentas estancias a grandes peonadas y soldados, que usufructuaron a su modo la situación 
de privilegio que toda la provincia ejercía sobre el país agotado y hambriento. 

69 Ibíd., p. 73. 

70 Véase Jacinto Oddone, El factor económico en nuestras luchas civiles, La Vanguardia, 
Buenos Aires, 1937, en que se estudian las relaciones entre la ley de vagancia y la guerra 
gaucha. 



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La rebelión gauchesca 

La carne tuvo un precio fundamentalmente determinado por el mercado exterior. El sacro 
Registro de propiedad de ganaderos terratenientes, con el poder político en sus manos, se irguió 
sobre la pampa, hasta ayer sin límites. Los otros gauchos, los criollos pastores del litoral, se 
organizaron en montoneras; también exportadora y librecambista, asimismo ganadera, esa región 
carecía del privilegio porteño de la Aduana y del movimiento comercial bonaerense; los 
estancieros litorales no podían mantener ni ejército de línea ni ofrecer un nivel de vida al gauchaje. 
La montonera, la guerra civil y el saqueo fueron el único recurso que los gauchos litorales 
encontraron para sobrevivir. 71 

El criollaje de las provincias mediterráneas, ahogado por la invasión comercial inglesa, que 
destruía sus industrias territoriales, y por la miseria fiscal del terruño, en virtud de la absorción de 
las rentas nacionales por Buenos Aires, opuso sus lanzas a los ponchos ingleses y su federalismo a 
la prepotencia porteña. Todo el país se levantó para luchar. 

V Qué había ocurrido, al fin, en los primeros años de la Revolución de Mayo? Al resultar 
frustrada la tentativa revolucionaria nacional de Moreno, el partido morenista encontró un nuevo 
jefe en la persona de Bernardo Monteagudo. Acorralado por la fracción rivadaviana, fue 
desterrado y debió desplegar su genio como ministro de San Martín y de Bolívar. Cayó asesinado 
por la reacción de Lima. 72 

Hacia 1814, con la caída de Napoleón la revolución liberal española agonizaba. Regresa al 
poder Femando VII, anula todas las conquistas constitucionales del movimiento popular hispano 
y restaura la España negra, más cruel que nunca. 73 El destino de América se define y la 
independencia aparece como inevitable: es la independencia con respecto a la reacción feudal 
entronizada. Nace así a la vida política autónoma un inmenso continente socialmente inmaduro 
para ejercerla como un poder soberano. 

Al no existir un foco económico centralizador en América hispana, una burguesía industrial 
capaz de congregar férreamente los particularismos regionales, la nación latinoamericana tiende a 
disgregarse, siendo inútiles todos los intentos de San Martín y Bolívar por salvar la unidad en la 

71 f lvarez, ob. cit., p. 74. 

77 Véase Bernardo Monteagudo, Obras políticas , La Facultad, Buenos Aires, 1916, p. 252; en 
especial, su Ensayo sobre la necesidad de una federación general entre ios estados hispano 
americanos y plan de su organización, p. 76. 

Palacio, ob. cit., p. 212. 


73 



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independencia. La grandiosa posibilidad de la nación latinoamericana es ahogada y el siglo XIX 
asistirá a su trágica balcanización. Los distintos grupos económicos de las regiones se lanzan a su 
propia lucha, azuzados por Gran Bretaña, que verá en esa disgregación la mejor garantía de su 
dominación imperial. Una precocidad pérfida asociaba a la plutocracia norteamericana a esta 
tarea. Pues ya en los albores del siglo XIX los Estados Unidos puritanos y ahorristas que Alexis 
de Tocqueville observara entre admirado y desdeñoso, desempeñaban un papel decisivo en las 

intrigas diplomáticas para la fragmentación de América Latina .^ 74 En las luchas que 
inmediatamente se suceden triunfan los sectores económicos regionales predominantes. En el Rio 
de la Plata serán ganaderos y comerciantes. 75 

Destruido el fundamento político peninsular en cuya llama ardiente se habían forjado, los 
hombres de la generación revolucionaria americana mueren, desaparecen, emigran o consagran su 
espada a la independencia continental, como San Martín, que niégase a intervenir en los conflictos 
interiores a punto de estallar. El poder político converge en las manos de los sectores 
económicamente consolidados de cada región. En Buenos Aires, la dictadura del puerto 
encenderá la guerra civil. 


74 William R. Manning, Correspondencia diplomática de los Estados Unidos concerniente a la 
independencia de las naciones latinoamericanas, La Facultad, Buenos Aires, 1932. 

75 Bernardo Frías, Historia del general Giiemes y de la provincia de Salta o sea de la 
Independencia argentina, Rómulo D’Uva, Salta, 1973, tomo V, p. 26 y ss. 



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Las masas y las lanzas 


Los hermanos Robertson pertenecían a esa falange de viajeros ingleses que el Imperio 
derramó generosamente sobre el Nuevo Mundo; eran comerciantes, diplomáticos y espías, todo a 
su vez, el ojo viajero de una raza enérgica y experta. Sus recuerdos, memoriales e informes han 
permitido reconstruir el pasado argentino en detalles sugerentes que muchos hijos del país 
desdeñaron evocar, pues un pueblo sólo comienza a escribir memorias en su madurez histórica. 
Un día los hermanos Robertson llegaron a la tierra purpúrea y describieron irónicamente la 
persona del gran caudillo oriental: 

V Qué creéis que vi? „ Pues al Excelentísimo Protector de la mitad del Nuevo Mundo, sentado en un cráneo de 
novillo, junto al fogón encendido en el piso del rancho, comiendo carne de un asador y bebiendo ginebra en 
guampa! (...) Tenía alrededor de 1.500 secuaces andrajosos en su campamento, que actuaban en la doble 
capacidad de infantes y jinetes. 76 

Esta visión puramente europea y ahistórica de la originalidad nativa en las horas iniciales de 
un pueblo ya era inadecuada para los hijos de Albión: cuando todavía vagaban por las islas 
británicas bárbaros con hacha de piedra, los árabes habían recreado la matemática y la astronomía 
y los vástagos de la América desconocida concebían religiones solares, acueductos, artesanías, 
músicas y una literatura legendaria. 

Si los ingleses así juzgaban la poderosa figura de Artigas, resulta inaudito que los propios 
latinoamericanos de la posteridad hayan adoptado los juicios de los mercaderes extranjeros que 
nos conocieron, y que la historia argentina, frente a sus caudillos populares, viva prisionera de las 
interesadas mistificaciones ajenas. Pero la noción misma de verdad es un producto variable de la 
historia en movimiento. Las clases sociales dominantes son las que imponen en cada época su 
regla de valores. Está muy lejos de nuestro ánimo ejercer el método de señalar los “errores” de 
apreciación en que incurren los historiadores de ayer y de hoy sobre la historia de los argentinos. 
Cada juicio transmite diáfanamente los intereses sociales y políticos de quien los expresa. De ahí 
la importancia que reviste describir con toda objetividad las opiniones de las diversas escuelas 

76 J. P. y G. P. Robertson, Cartas del Paraguay, cit. en José Luis Busaniche, Estampas del 
pasado, Hachette, Buenos Aires, 1959, p. 301. 



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históricas, que son, en último análisis, escuelas de partido. 

La época de las masas y las lanzas abraza setenta años de nuestra historia, el ciclo capital de 
nuestras disensiones civiles. Observemos incidentalmente que nuestras “guerras civiles” lo son 
sólo hasta cierto límite. La participación en ellas de Buenos Aires, asociada estrechamente a los 
intereses extranjeros, confiere a estos conflictos un sentido que trasciende los marcos 
estrictamente intemos. Preferiríamos llamar a estas luchas “guerras nacionales”, tanto por sus 
participantes, como por sus fines. 

En pocos momentos de la historia universal, que tantos héroes dramáticos ha proporcionado a 
la literatura, se encontrarán episodios más seductores y criaturas tan poseídas de epos novelesco 
como los que encierra nuestra propia historia. Sólo la paciente mediocridad oficial y sus 
medallones escolares han podido infundir a los argentinos desde su infancia una indiferencia tan 
profunda hacia el pasado de su pueblo como el que se advierte con toda evidencia en nuestros 
días. Esta opacidad requiere una explicación. Yacen razones profundas en ella, que surgirán 
naturalmente de este relato a su debido tiempo. La consideración oficial de la palabra “caudillo” la 
ha relegado a una sino nim ia puramente injuriosa. Los héroes de las masas y las lanzas han sido 
lapidados por la oligarquía triunfante. Gauchos, caudillos y montoneros fueron degradados a la 
condición de ladrones de ganado, de meros delincuentes annados, indignos de análisis. Las 
arengas ecuestres de los proceres adictos bastaron para narrar una historia confusa y heroica, 
simplificada hasta el hastío con fómnulas en las que todo el mundo ha dejado de creer: barbarie o 
civilización, Mayo y Caseros, organización nacional o anarquía, libertad o despotismo. 

Veamos por orden el juicio de la historia oficial y de sus variantes modernas. Para Mitre, el 
más importante agente de la oligarquía porteña, la historia no constituía una ciencia aérea sino una 
rama literaria de la política militante. En una carta a Vicente Fidel López decía: 

Los dos, usted y yo, hemos tenido la misma predilección por las grandes figuras y las mismas repulsiones contra 
los bárbaros desorganizadores como Artigas, a quienes hemos enterrado históricamente. 77 

En cuanto a López, historiador de más amplio vuelo y vitalidad, porteño asimismo, escribía: 

Los caudillos provinciales que surgieron como la espuma que fermentaba de la inmundicia artiguista, eran jefes 
de bandoleros que segregaban los territorios donde imperaban a la manera de tribus para mandar y dominar a su 


77 


Vicente Fidel López, Manual de la historia argentina, Rosso, Buenos Aires, 1928, p. 243. 



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antojo, sin formas, sin articulaciones intermedias, sin dar cuenta a nadie de sus actos, y constituirse en dueños de 
vidas y haciendas. 78 

De las opiniones de Mitre y López se han nutrido la literatura histórica oficial, los textos de 
los tres ciclos de la enseñanza argentina y las cátedras de historia del Colegio Militar de la Nación; 
en cuanto al Colegio Naval, la formación histórica de los cadetes no hubo menester de textos ni 
de cátedras: hecho inaudito, carecen en sus programas de cursos sobre historia argentina. Ahora 
bien, los partidos políticos y tendencias políticas del país han vivido esclavizados de esta mortal 
leyenda. El doctor Juan B. Justo, fundador del Partido Socialista, escribió en “La teoría científica 
de la historia”: 

Las montoneras eran el pueblo de la campaña levantado contra los señores de las ciudades (...) pretendían 
paralizar el desarrollo económico del país y mantenerlo en un estancamiento imposible. 79 

Tal era el político científico, “maestro” del socialismo. Teórico de la antigua izquierda en el 
ciclo inmigratorio, Justo arrastró toda su vida el lastre positivista y su respeto por los hechos 
consumados. Adolecía de una incapacidad orgánica para entender a Am érica Latina en toda su 
barbarie creadora y para emplear un método crítico capaz de develar el enigma de esa barbarie. Se 
había formado bajo la influencia dominante de las cooperativas belgas y del parlamentarismo 
inglés, de las vacas australianas y de los pollos yanquis, con un respeto reverencial a la estadística 
y un indisimulado desprecio por las razas oprimidas. Era un Kipling prosaico, un admirador 
pequeñoburgués del Hombre Blanco. Sus ideas históricas las tomó prestadas del mitrismo, como 
casi todos los partidos y tendencias políticas del país. Socialistas, stalinistas, radicales, liberales y 
hasta ciertos nacionalistas rindieron homenaje a esa convención inviolable que excluía a Mitre de 
las disputas históricas. 80 

18 López, guiado por una total ceguera porteña, añade: t Artigas fue un malvado, un caudillo 
nómade y sanguinario, señor de horca y cuchillo, de vidas y haciendas, aborrecido por los 
orientales que un día llegaron hasta resignarse con la dominación portuguesa antes que vivir 
bajo la ley del aduar de aquel bárbaro ^ (López, ob. cit., tomo IV, p. 451). 

79 Juan B. Justo, “La teoría científica de la historia y la política argentina”, en La realización del 
socialismo, La Vanguardia, Buenos Aires, 1947, p. 166. 

80 El profesor José Luis Romero es un socialista de izquierda que asocia curiosamente su 
devoción por Juan B. Justo con la simpatía hacia la Revolución cubana. 

En lo que respecta a su propio país, el profesor Romero es más moderado. Opina del 

pueblo armado de las provincias lo siguiente: t Para las masas populares, los intereses 



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Pero esta “incapacidad orgánica” de Justo para entender el país se derivaba de que las ideas 
dominantes de su tiempo estaban impuestas por la hegemonía angloporteña en el Río de la Plata. 

Los comunistas de la Argentina, por ejemplo, serían inexplicables desde el punto de vista 
puramente político si se desconoce su posición ante la historia nacional. Toda política es el 
coronamiento de una concepción total del país donde se aplica, la concreción actual de un pasado 
en ella implícito y en cierto sentido la continuación moderna de una lucha lejana. Si se desea 
saber, por ejemplo, cuáles son las razones fundamentales que movieron al Partido Comunista a 
sostener a Braden en 1945, será preciso conocer su opinión oficial sobre las montoneras criollas 
de hace un siglo, predecesoras naturales de los argentinos del siglo XX que intervinieron 
decisivamente en las jomadas de octubre de 1945. Juan José Real ha expresado la posición formal 
del Partido Comunista, o dicho en otros términos, la visión mitrista del stalinismo. 

En su Manual de historia argentina, Real expone las ideas históricas oficiales del Partido 
Comunista. La identidad entre los stalinistas y el mitrismo es completa. Para Real el general Juan 
Bautista Bustos es un hombre “fatídico” (p. 138); en cuanto a la guerra civil del año XX, 

el pueblo asiste indiferente y asqueado a estas luchas (p. 311); han errado los que han atribuido a los 
acontecimientos del año XX altas finalidades político-sociales y un contenido democrático popular que no 
tenían. Fue un episodio —nada glorioso, nada popular— de la lucha que se desarrollaba entre las fuerzas 
porteñas que habían luchado contra la Primera Junta... (p. 27). 

comarcanos constituyeron los únicos que adquirieron fuerza y realidad, y la idea de la nación 
que pesaba tanto sobre los hombres de Buenos Aires no surgió en su espíritu pese a los 
insistentes clamores de la capital. Y pronto, cuando apuntó la oposición entre la comarca y 
Buenos Aires, la nación pareció una mera superestructura creada por esta última para mantener 
sus privilegios. Esta estrecha concepción del patriotismo originó una tendencia localista y 
disgregadora que fue aprovechada con habilidad por los caudillos para asegurar su 
predominio, agitando la bandera de las autonomías locales contra la prepotencia de Buenos 
Aires U. De modo que este izquierdista profesor toma partido por la burguesía porteña contra las 
masas del interior, por el Puerto contra la Nación, por el separatismo porteño contra la Unión 
Federal. (V. José Luis Romero, Las ideas políticas en Argentina, Fondo de Cultura Económica, 
México, 1959, 3 I ed., p. 101. La primera edición de esta obra lleva fecha de 1946. Pero el 
profesor Romero no ha cambiado de opinión. En Cuba es castrista, y mitrista en la Argentina. Es 
un perfecto modelo universitario en el género, un izquierdista for export.) 



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Ridiculiza la magnitud de nuestras guerras civiles, y después de mencionar el número de 
combatientes de Ramírez y López (1.600 hombres), agrega: 

A eso se reducían las famosas “masas” que tanto han dado que hablar en nuestra historia. Estas “masas” se irán 
achicando a medida que la guerra civil se desarrolle (p. 282). 

En historia, como en política, el stalinismo persiste en no ver a las masas, ni en 1820, ni en 
1945. Es una verdadera obsesión. 81 

A estos “marxistas” liberales se impone oponerles el pensamiento de Alberdi, un liberal del que 
pueden aprender mucho los verdaderos marxistas: 

Los pueblos, en aquella época, no tenían más jefes regulares y de línea, que los jefes españoles. No podían 
servirse de éstos para hacerse independientes de España: ni de los nuevos militares que Buenos Aires les 
enviaba, para hacerse independientes de Buenos Aires. 

Alguna vez, temiendo más la dominación de Buenos Aires que la de España, los pueblos se valían de los 
españoles para resistir a los porteños, como sucedió en el Paraguay y en el Alto Perú; y en seguida echaron a los 
españoles sin sujetarse a los porteños. Más de una vez Buenos Aires calificó de reacción española lo que, en ese 
sentido, sólo era reacción contra la segunda mira de conquista. V Qué hacían los pueblos para luchar contra 
España y contra Buenos Aires, en defensa de su libertad amenazada de uno y otro lado? No teniendo militares en 
regla, se daban jefes nuevos, sacados de su seno. Como todos los jefes populares, eran simples paisanos las más 
veces. Ni ellos ni sus soldados, improvisados como ellos, conocían ni podían practicar la disciplina militar. Al 
contrario, triunfar de la disciplina, que era el fuerte del enemigo, por la guerra a discreción y sin regla, debía ser 
el fuerte de los caudillos de la independencia. De ahí la guerra de recursos, la montonera y sus jefes, los 
caudillos; elementos de la guerra del pueblo; guerra de democracia, de libertad, de independencia. Antes de la 
gran revolución no había caudillos ni montoneras en el Plata. La guerra de la independencia los dio a luz, y ni 
ese origen les vale para obtener perdón de ciertos demócratas. El realismo español fue el primero que llamó 
caudillos, por apodo, a los jefes americanos en que no querían ver generales. 82 

De izquierda a derecha, y en la práctica viva que no miente, la historia argentina resulta así 
polarizada en la literatura ultrajante fundada por Sarmiento. Los partidos de hoy reproducen la 
visión histórica de los partidos de ayer, fundados en las mismas clases sociales de la ciudad- 

81 Véase Juan José Real, Manual de historia argentina, Fundamentos, tomo I, Buenos Aires, 
1951. Asimismo, véase Alvaro Yunque, Breve historia de los argentinos, Buenos Aires, Futuro, 
1957; apología stalinista del partido unitario. 

82 Alberdi, Grandes y pequeños hombres del Plata, ob. cit., p. 131 y ss. 



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puerto. Mitre, López, Juan B. Justo, los comunistas actuales, ninguno falta en este cuadro de 
unanimidad asombrosa. El panorama se completa si incluimos en él a un nacionalista 
protoporteño, admirador de Juan Manuel y de la cultura grecorromana. Héctor Sáenz Quesada 
describe así, irónicamente, el país 

tal cual era: pampa y travesía; gauchos melenudos de pies de loro y plebe africana de goteras adentro; aldehuelas 
insolentemente erigidas en capitales de provincias; el General Peñaloza jugando al monte con sus coroneles 
echados sobre su poncho, y en el cuarto vecino, híjar por medio, su mujer y el chinerío, durmiendo la siesta en 
camisa; los Taboada, sobrinos de Ibarra, dueños de la única tienda de Santiago, impidiendo con las milicias que 
se instalen competidores; el tío analfabeto de Artigas peleándose borracho en las pulperías; Otorgues vejando a 
Montevideo hasta la desesperación; el capitán Guerra de Dolores, tendiendo el recado una noche bajo un 
algarrobo y despertándose al día siguiente sin percatarse que estaba en plena Plaza Mayor de La Rioja; el 
solazo, el viento, la sabandija, el mío mío, el desaliño, el degüello y el carcheo. Y la ciudad porteña, con vista al 
mar y a la civilización, defendiendo con su “gente decente”, a pesar de todo, la cultura europea contra la 
guaraní, la quechua o la sudanesa.. , 83 

El fundamento profundo de esta coincidencia entre tendencias en apariencia tan dispares, debe 
buscarse en que el sistema oligárquico —de ayer y de hoy— encontró en la ciudad de Buenos 
Aires su plataforma material, su nexo con el capital extranjero y con su poderosa influencia 
cultural. La ciudad-puerto, desde los tiempos de la pandilla del barranco, concentró en sus límites 
la mayor parte de la riqueza y la cultura del país, del cual se nutría, y este hecho fue decisivo para 
la modelación de los partidos políticos y la falsificación de la historia. Foco de civilización vuelto 
de espaldas al país hambriento, Buenos Aires fue durante más de un siglo la Shangai, la Calcuta, 
Río o Saigón de América Latina, plataforma dilecta de los intereses antinacionales. Para perpetuar 
sus privilegios presentes, los partidos debieron modificar el pasado, y al difamar a las masas 
populares de ayer, justificar su alejamiento de las masas populares de hoy; unos con argumentos 
liberales, otros con grotescas imitaciones verbales del materialismo dialéctico, pero todos unidos 
en el designio de proscribir de la vida histórica real a la multitud creadora. Ayer gaucha, 
montonera o “bárbara”, luego shnple peonaje realengo y hoy clase obrera industrial, esas masas 
populares argentinas reactuaron sobre la historia escrita y dejaron su marca en la historia 
verdadera, aquella que está por escribirse y que la inteligencia revolucionaria debe generalizar sin 
miedo en una nueva formulación que abrace al país desconocido. 


83 


Véase revista Diálogo , Buenos Aires, 1954. 



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Para describir la época terrible de las masas y las lanzas, revélase necesaria la exposición 
somera de la situación política por que atravesaban las viejas Provincias Unidas del Río de la Plata 
cuando la independencia las enfrentó a su nuevo destino. 

Cómo escribían una Constitución los unitarios 

El Congreso Nacional reunido en Tucumán en 1816 había declarado la independencia de las 
Provincias Unidas. La Santa Alianza levantó la cabeza con la caída de Napoleón; la restauración 
de Femando VII señaló el triunfo de la España negra. La desarticulación producida en América 
Latina por las fuerzas centrífugas regionales ante la crisis del proceso revolucionario en España, 
hacía de la declaración de la Independencia un acto trágico e inevitable. Pero ni la Asamblea del 
año XIII ni el Congreso de 1816 habían resuelto el problema cardinal. Este era, como hemos 
señalado, la cuestión del puerto, de la Aduana y del crédito público. Después de tres años de 
tumultuosas sesiones, durante las cuales se entrechocaron tenazmente los intereses regionales 
irreconciliables, el Congreso reunido en Tucumán decidió trasladarse a la ciudad porteña. Esta 
medida obedecía al propósito de los ganaderos bonaerenses y de la burguesía comercial porteña 
de obtener una influencia decisiva en sus resoluciones. Se trataba de marcar con el sello de sus 
privilegios el espíritu y la letra de la futura Constitución. 84 

Durante nueve meses discutióse agriamente el texto que debía organizar la vida argentina. La 
Constitución del año 1819 fue el factor desencadenante de la crisis del año 20, que ya germinaba 
desde la caída de Moreno. El librecambismo ruinoso de los porteños, la política centralista que los 
rivadavianos llamarían “unitaria”, y la posesión de las rentas en manos de Buenos Aires habían 
convertido la primera década posrevolucionaria en el prólogo de la guerra civil. La Constitución 
de 1819 le confirió un carácter oficial. Sancionado el 22 de abril, este documento era aún más 
antidemocrático que la antigua Ordenanza de Intendentes de la época colonial española: dejaba en 
manos de los directores supremos del Estado, radicados en Buenos Aires, una suma de poderes 
todavía mayor que la que detentaban los virreyes imperiales. 85 

Basta decir que los cabildos del interior carecían de facultades para designar las autoridades 
provinciales. Si éste era el rasgo político de la Constitución unitaria del año 19, su fundamento 
económico no hacía más que reafirmar la injusta exigencia de la ciudad de Buenos Aires, y de los 
comerciantes y hacendados en ella radicados, de mantener en sus manos exclusivas el control del 

84 Bartolomé Mitre, Historia de Belgrano y de la independencia argentina, Suelo Argentino, 
Buenos Aires, 1950, p. 304. 

85 José Luis Busaniche, Domingo Cullen, Ferrari, Buenos Aires, 1939, p. 18. 



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puerto único, es decir, las palancas fundamentales de la renta perteneciente a todo el pueblo 
argentino. 86 

La Gaceta de Buenos Aires expresaba editorialmente, el 15 de diciembre de 1819, la voluntad 
de la provincia-metrópoli de conservar el viejo privilegio real: 

Los federalistas quieren no sólo que Buenos Aires no sea la capital sino que, como perteneciente a todos los 
pueblos, divida con ellos el armamento, los derechos de aduana y demás rentas generales: en una palabra, que se 
establezca una igualdad física entre Buenos Aires y las demás provincias, corrigiendo los consejos de la 
Naturaleza que nos ha dado un puerto y unos campos, un clima y otras circunstancias que la han hecho 
físicamente superior a otros pueblos y a la que por las leyes inmutables del orden del universo, está afectada 
cierta importancia moral de un cierto rango. 

Y agregaba: 

Los federalistas quieren en grande lo que los demócratas jacobinos en pequeño. El perezoso quiere tener iguales 
riquezas que el hombre industrioso; el que no sabe leer, optar por los mismos empleos que los que se han 
formado estudiando; el vicioso, disfrutar el mismo aprecio que los hombres honrados. 87 

He aquí toda la doctrina de la pandilla del barranco. 

El militar y el estanciero 

En ese momento se desempeñaba como Director Supremo de las Provincias Unidas el general 
Juan Martín Pueyrredón, perteneciente al patriciado ganadero. Hombre acaudalado, Pueyrredón 
poseía vastas extensiones de tierras en la provincia de Buenos Aires e innúmeras cabezas de 
ganado. El Director Supremo estaba estrechamente asociado al general San Martín, que 
representaba el jacobinismo revolucionario proveniente de la revolución democrática española 
(era su último representante en tierra americana), mientras Pueyrredón se había hecho intérprete 
ya de la campaña bonaerense. Dichos intereses comenzaban a eliminar de la política porteña 
cualquier otra consideración. San Martín encamaba la ideología de toda la Revolución americana, 
en su condición de político militar desvinculado de los ganaderos y comerciantes. La crisis entre 
San Martín y Pueyrredón se plantea en 1819 —año decisivo—. Este desencuentro entraña el 


87 


Mariano Pelliza, Historia argentina, Lajouane, Buenos Aires, 1889, tomo I, p. 225 y ss. 
f lvarez, ob. cit., p. 38. 



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desgarramiento de aquella juventud continental vinculada a los revolucionarios españoles. Al 
fracasar la revolución democrática en España con la restauración de Femando el Cretino, la 
independencia de América fue un acto defensivo ante la España negra. 88 

La destrucción del foco de centralización nacional radicado en España abrió la era de nuestra 
balcanización. América Latina se fragmentó bajo la influencia de los intereses económicos 
regionales. Los estancieros del Plata y los comerciantes porteños se apoderaron del puerto y la 
Aduana, sucediendo en ese monopolio al rey; y se olvidaron de la patria grande. Pueyrredón 
vacilaba entre la extensión de la Revolución americana y los mezquinos intereses portuarios que 
volvían la espalda al continente. 

Los horrores de la guerra civil proyectaron su sombra amenazante: la Constitución unitaria 
engendraba el caudillaje y la montonera. Buenos Aires creaba la barbarie, la ciudad “unitaria” 
impulsaba el separatismo. 89 Al no poder participar de las rentas nacionales, las provincias debieron 
aislarse para sobrevivir; impedidas por la prepotencia porteña de controlar el puerto nacional y 
frenar la ola de mercaderías extranjeras, las provincias levantaron aduanas interiores y protegieron 
así, con métodos “bárbaros”, las industrias territoriales. 90 El “federalismo” no reconoce otras 
causas. Buenos Aires convertiría esta palabra célebre en la piedra de toque de un malentendido 
secular. 

La aprobación de la Constitución unitaria de 1819 originó la caída del director Pueyrredón. 
Nombrado Director Supremo el general Rondeau, su ministro de Guerra, el doctor Tagle, decidió 
utilizar las fuerzas del ejército sanmartiniano principalmente radicadas en Cuyo y el ejército del 
Norte dirigido por Belgrano, con el objeto de aplastar el levantamiento de los montoneros. Con 
sus caudillos al frente, las cohortes gauchescas se alzaron contra esa Constitución que tendía a 
perpetrar el monopolio porteño. 

La resistencia de San Martín a “desenvainar su espada en nuestras guerras civiles” —mientras 
cambiaba secretamente correspondencia con los caudillos—, decidió al doctor Tagle a sustituirlo 


88 Ricardo Levene, El genio político de San Martín, Kraft, Buenos Aires, 1950, p. 116 y ss. 

89 Ingenieros, ob. cit., p. 9. 

90 Juan f lvarez, Ensayo sobre la historia de Santa Fe, Buenos Aires, 1910, p. 250: t Reapareció 
un pasado lejano. Volvieron las aduanas interprovinciales, y los derechos de tránsito, y 
volvieron los municipios a odiarse como se habían odiado en los primeros tiempos del 
coloniaje: no pudiendo vivir del tráfico exterior fuerza era volver a la explotación mutua. 
Prácticamente el comercio con Europa vía Buenos Aires quedó para Santa Fe tan dificultado 
como bajo Felipe II. Debió popularizar a Artigas su decisión de comerciar con Inglaterra vía 
Banda Oriental (tratado de 1817)11. 



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en el mando del ejército de Cuyo. 91 Su reemplazante fue el general Marcos Balcarce. 

Así se desinteresaban los agentes de la oligarquía porteña de la Revolución americana en Chile 
y Perú. Sin embargo, una partida de montoneros santafesinos pertenecientes a las fuerzas de 
Estanislao López apresó a Balcarce, permitiendo este hecho, nada fortuito, que San Martín 
tuviera tiempo de trasladarse a Chile. Salvó de este modo su ejército, sustrayéndolo al despotismo 
porteño para lanzarlo a la propagación de la Revolución latinoamericana. 

Véase cómo uno de los historiadores argentinos más reputados, don Vicente Fidel López, 
juzga el episodio: 

Si el Gral. San Martín hubiera querido obedecer a su gobierno nunca jamás se habría presentado una ocasión 
más favorable para salvar el orden público y el organismo nacional. Todo era cuestión de aplazar un año la 
frenética ambición de expedicionar sobre el Perú, que lo devoraba. Con sus tropas unidas a las del ejército de 
Tucumán y a las de la capital, podría haber concentrado diez mil hombres sobre Santa Fe y Entre Ríos y ahogar 
en el Uruguay, entre la frontera argentina y las tropas portuguesas, todos los caudillos montoneros sin dejar uno 
solo capaz de caminar en dos pies. 92 

San Martín procedió justamente de manera inversa: mantuvo sus contactos con la montonera, 
en la que veía, con su fina intuición política, al pueblo en armas. 

San Martín mantuvo incesante correspondencia con los caudillos. Rechazando las exigencias 
porteñas de batir a las montoneras, escribe a Artigas: t Mi sable jamás saldrá de la vaina por 
opiniones políticas t . (Véanse testimonios de la admiración sanmartiniana por las virtudes 
militares de Güemes y Artigas en la obra de Levene.) 

Estanislao López correspondía en los mismos términos a San Martín. Después de Guayaquil, 
retirado de la vida pública y residiendo en Mendoza, San Martín es objeto del odio del grupo 
rivadaviano. Con su esposa enferma, el triunfador de Maipo proyecta viajar a Buenos Aires. 
Estanislao López le escribe: 

Sé de una manera positiva, por mis agentes en Buenos Aires, que a la llegada de V. E. a aquella capital, será 
mandado juzgar por el gobierno en un Consejo de Guerra de oficiales generales, por haber desobedecido sus 
órdenes de 1819 haciendo la gloriosa campaña de Chile, no invadir Santa Fe, y la expedición libertadora del 
Perú. Para evitar ese escándalo inaudito y en manifestación de mi gratitud y la del pueblo que presido, por 
haberse negado V. E. tan patrióticamente en 1820 a concurrir a derramar sangre de hermanos con los cuerpos del 

91 Levene, ob. cit., p. 123. 

López, ob. cit., p. 338. 


92 



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Ejército de los Andes que se hallaban en la provincia de Cuyo, siento el honor de asegurar a V. E. que a un solo 
aviso estaré con mi provincia en masa a esperar a V. E. en el Desmochado para llevarlo en triunfo hasta la plaza 
de la Victoria. 93 


Los generales se hacen caudillos 

La desobediencia de San Martín garantizó la libertad de Chile y del Perú, y arrojó una 
significativa luz sobre el sentido profundo de nuestras guerras civiles. Su correspondencia con el 
caudillo Estanislao López, de Santa Fe, revela en todo caso que el libertador del Nuevo Mundo 
no veía en el caudillaje alzado la encamación de fuerzas caóticas y diabólicas. Del mismo modo, 
sus juicios posteriores sobre Rivadavia y el clan unitario porteño indican que en el pensamiento 
sanmartiniano no se confundían el liberalismo de la Revolución hispanoamericana con el 
librecambismo rivadaviano y sus socios británicos. San Martín era el político continental de una 
gran nación posible. Rehusó poner su espada al servicio de los ganaderos y comerciantes de 
Buenos Aires y pagó esa decisión con su muerte política y militar. 94 

Años después, San Martín escribió al chileno Pedro Palezuelos: 

Tenga usted presente lo que se siguió en Buenos Aires por el célebre Rivadavia, que empleó en sólo madera para 
hacer andamios para componer la fachada de lo que llaman Catedral, sesenta mil duros; que se gastaban ingentes 
sumas para contratar ingenieros en Francia y comprar útiles para la construcción de un canal de Mendoza a 
Buenos Aires; que estableció un banco en donde apenas habían descuentos; que gastó cien mil pesos para la 
construcción de un pozo artesiano al lado de un río y en medio de un cementerio público y todo esto se hacía 
cuando no había un muelle para embarcar y desembarcar los efectos, y por el contrario, deshizo y destruyó el 
que existía de piedra y que había costado seiscientos mil pesos fuertes en tiempo de los españoles; que el 
Ejército estaba sin pagar y en tal miseria que pedían limosna los soldados públicamente; en fin, que estableció el 
papel moneda, que ha sido la ruina del crédito de aquella República y de los particulares. Sería de no acabar si 
se numerasen las locuras de aquel visionario y la admiración de un gran número de mis compatriotas creyendo 
improvisar en Buenos Aires la civilización europea con sólo los decretos que diariamente llenaban lo que se 
llamaba Archivo Oficial. 

Belgrano, por su parte, acató la orden del Directorio. Débil, bondadoso, más intelectual que 
soldado, este abogado que la Revolución hizo general, y que dio al país las grandes victorias de 
Tucumán y Salta, que carecía de camisas y hasta de comer algunos días, ya estaba enfermo de 

93 Leoncio Gianello, Estanislao López, El Litoral, Santa Fe, 1955, p. 147. 

94 Levene, ob. cit., p. 161. 



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muerte. Al bajar con el Ejército del Norte para deshacer las montoneras litorales, sus fuerzas, 
compuestas de soldados gauchos, fueron presas de una rápida descomposición. Los oficiales, 
provincianos en su mayor parte, comprendieron las razones de la lucha y se negaron a intervenir 
en ella. El carácter sórdido de la política porteña no era un secreto para nadie. Todo lo porteño 
trasuntaba comercio, dinero, codicia. Era muy difícil que las tropas fogueadas en las guerras 
continentales fueran persuadidas por los porteños de que el peligro estaba en las montoneras, es 
decir, en sus hogares, sus aldeas, sus hermanos. De este estado de ánimo nació el motín de 
Arequito. 

Al llegar a la posta así llamada, en los límites de la provincia de Córdoba, el general Bustos, 
jefe del Estado Mayor del Ejército del Norte, sublevó gran parte de las tropas con el apoyo de sus 
más destacados oficiales: el coronel Alejandro Heredia, el comandante José María Paz, el capitán 
lbarra, que rehusaban plegarse a la guerra civil. 95 

fferedia, más tarde gobernador de Tucumán por muchos años, sería el protector de Juan 
Bautista Alberdi, le enseñaría los primeros rudimentos de latín y le dispensaría una beca; su amigo, 
otro general llamado Juan Facundo Quiroga, donaría el dinero que al gobernador tucumano le 
faltaba para facilitar los estudios del talentoso joven Alberdi. Este último, en compañía de Marco 
Avellaneda y Marcos Paz, dedicaría en 1833 una “Corona Lírica” al caudillo gobernador, 
considerado el mandatario más ilustrado de su tiempo. El bárbaro riojano pagando con sus onzas 
la educación del futuro autor de Bases...: este singular episodio fue desdeñado por Sarmiento en 
su mistificado Facundo. El otro sublevado de Arequito fue el comandante José María Paz. 
Entraría en la historia como el más notable estratega de su tiempo. Pero a lo largo de toda su vida 
se le reprocharía a Paz el “error de Arequito”. En vano protestaría en sus eximias Memorias sobre 
las razones que en esa hora creyó válidas. Para vengarse de su talento, para remachar sus 
capitulaciones posteriores ante Buenos Aires, la oligarquía lo considerará “unitario”, atribución 
errónea que en su momento examinaremos. 

El motín de Arequito 

El motín de Arequito no era producto de la iniciativa personal de Bustos, sino que reflejaba, 
como ya lo hemos indicado, la profunda desintegración del ejército frente al centralismo de 
Buenos Aires; así lo probaron los escuadrones del ejército de Los Andes acantonados en San Luis 
y San Juan, que se sublevaron simultáneamente. 


95 


José María Paz, Memorias, Almanueva, Buenos Aires, 1954, tomo I, p. 164 y ss. 



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Al frente de sus tropas, en Córdoba, Bustos fue proclamado gobernador de la provincia. En 
tal carácter convocó a una Asamblea de diputados provinciales, que al desconocer la Constitución 
aprobada en Buenos Aires, proclamaba: 

Que como provincia soberana y libre no conocía dependencia ni debía subordinación a otra; que miraba como 
uno de sus principales deberes la fraternidad y la unión con todos y las más estrechas relaciones con ellos, en 
tanto que reunidos en congreso general se ajustaran los tratados de una verdadera federación en paz y en guerra 
a que aspiraba de conformidad con los demás pueblos. 96 

Sobre la personalidad del general Bustos han ofrecido Paz, Vicente Fidel López y otros, 
algunas precisiones, teñidas probablemente por las pasiones de la época. Dícese que no era un 
genio en materia militar; se distinguía por su pachorra vernácula, que para los porteños era 
materia de burla y no un resultado del atraso impuesto por Buenos Aires al interior. Aun los 
historiadores adversos reconocen que a pesar de todas las calumnias lanzadas contra el 
federalismo provinciano, en las cuales se incluyó a Bustos, resultó inocultable su apoyo a San 
Martín en la campaña del Perú. 

López escribe que 

aseguró su asiento con la parte del ejército acantonado en la ciudad, haciendo un gobierno autocrático, pero 
manso y bonachón en sus procederes, salvo algunos puntapiés o empellones, que era su manera habitual de 
corregir a los que le incomodaban, aunque fuesen sacerdotes. 97 

Santiago del Estero encontró su caudillo natural en el comandante Felipe Ibarra, participante 
en el motín de Arequito y combatiente de las campañas de la Independencia. 

t En Mendoza y demás pueblos —escribe el general Paz en sus Memorias — hubo también 
cambios de gobierno, reemplazando a los nombrados por el gobierno nacional, los elegidos por 
el pueblo, ti 

El mismo general Paz ofrece preciosos testimonios de las razones profundas del levantamiento 
de las masas: 

No será inoficioso advertir —escribe— que esa gran facción de la República que fonnaba el Partido Federal no 

96 Rolando M. Riviére, El gobernador Juan Bautista Bustos, Imprenta de la Einiversidad, 
Córdoba, 1958, p. 30. 

López, ob. cit., p. 339. 


97 



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combatía solamente por la mera forma de gobierno, pues otros intereses y otros sentimientos se refundían en uno 
solo para hacerlo triunfar: primero, era la lucha de la parte más ilustrada contra la porción más ignorante; en 
segundo lugar, la gente del campo se oponía a la de las ciudades; en tercer lugar, la plebe se quería sobreponer a 
la gente principal; en cuarto, las provincias celosas de la preponderancia de la capital, querían nivelarla; en 
quinto lugar, las tendencias democráticas se oponían a las miras aristocráticas y aun monárquicas que se dejaron 
traslucir cuando la desgraciada negociación del príncipe De Lúea . 98 

En efecto, todo confluía para hacer del gobierno directorial de la ciudad de Buenos Aires el 
poder más impopular del país. Sobre la Constitución de 1819 Rivadavia había escrito desde 
Europa que había merecido t los unánimes elogios de los sabios tf. „ Mal argumento para los 
caudillos! 

El Congreso unitario, en las manos firmes del doctor Tagle, hombre de la fracción rivadaviana 
antinacional, en pleno ejercicio de la diplomacia secreta, negociaba una alianza de las Provincias 
del Río de la Plata con el Reino de Portugal, contra España. Contemplábase en esas negociaciones 
la posibilidad de coronar como monarca de estas provincias al príncipe De Lúea o anexar el 
territorio argentino al Imperio portugués. Debe tenerse presente, para apreciar bien el significado 
de esta política, que desde el siglo XVI hasta el siglo XX Portugal ha sido lugarteniente 
internacional del Imperio británico, cuya política disgregadora encuentra su mejor ejemplo en la 
escisión de la península ibérica. 

Las tratativas de una solución monárquica o anexionista del destino común del pueblo 
argentino no pudieron ser mantenidas mucho tiempo; contribuyeron a extender una ola de 
indignación general en todas las provincias. 

Al mismo tiempo, y como resultado de esta política, el Directorio porteño abandonó el 
destino de la Banda Oriental a las tropas portuguesas que luchaban contra Artigas. El gran 
caudillo oriental que al frente del gauchaje de las campañas había combatido la do min ación 
española, enfrentábase así, simultáneamente, a dos fuerzas: el centralismo bonaerense, que lo 
obligó a levantar la bandera del federalismo para defender su patria grande, y las tropas lusitanas, 
que pretendían anexar la Banda Oriental al Brasil para controlar el Río de la Plata y el Paraná." 

En la descripción de esta política porteña debe apreciarse brevemente su significado esencial: 
jaqueo a la Revolución americana encabezada por San Martín; intrigas y cabildeos para instalar al 
príncipe De Lúea en el trono del Plata; abandono de la provincia oriental al control británico- 

98 Paz, ob. cit., pp. 165-176. 

99 Eduardo Acevedo, José Artigas, Barreiro y Ramos, Montevideo, 1933, p. 835. 



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portugués para estrangular a Artigas; movilización de los ejércitos libertadores contra las 
provincias interiores sofocadas por la dictadura portuaria. Tales son los resortes decisivos de la 
crisis del año 20. 100 

A la insurrección de las provincias ya citadas deben agregarse los acontecñnientos de 
Tucumán: al alejarse el ejército de Belgrano llamado por el Directorio para aplastar a las 
montoneras del litoral, un terrateniente tucumano, don Bernabé Aráoz, al frente de las masas 
rurales, se levanta contra el centralismo portuario y es elegido gobernador de la provincia. 

El mismo papel desempeña Güemes en Salta, que asociado a San Martín defendía el norte 
argentino contra la presión de las tropas españolas. Mientras Aldao se erigía en caudillo de 
Mendoza, don Estanislao López, al frente de sus montoneras, controlaba Santa Fe, y Pancho 
Ramírez ejercía su influjo en Entre Ríos y Corrientes, estos dos últimos como lugartenientes de 
Artigas, Protector de los Pueblos Libres. Corresponde observar, sin embargo, algunas diferencias 
que separaban entre sí a las provincias interiores y a sus caudillos representativos. 101 

La dictadura del puerto único 

Las montoneras —“gauchos que peleaban en montón”— aparecieron en los territorios 
litorales. Tanto el federalismo artiguista de la Banda Oriental como el federalismo de Estanislao 
López o Pancho Ramírez, no eran sino el acto reflejo de la absorción política realizada por los 
diversos gobiernos surgidos en Buenos Aires desde la Revolución de Mayo. El control de los ríos, 
el monopolio del puerto único, la confiscación de la renta aduanera que entraba en Buenos Aires y 
que pertenecía a todo el Virreinato del Río de la Plata, lesionaba gravemente los intereses de las 
provincias ulteriores. 

Es preciso distinguir, no obstante, entre las llamadas provincias del interior y las provincias 
litorales. La Banda Oriental, Santa Fe, Entre Ríos y en cierto modo Corrientes, tenían con Buenos 
Aires un poderoso vínculo que era al mismo tiempo factor de disputa: las rutas fluviales que 
comunicaban a las provincias litorales con Buenos Aires y con el comercio exterior. La política de 
las fuerzas bonaerenses era discriminatoria. Utilizaban el puerto por derecho divino, 
despreocupándose del litoral. Esta actitud originó un movimiento de retracción y autodefensa de 

100 Reyes Abadie, Bruschera, Melogno, El ciclo artiguista. Documentos de historia nacional y 
americana, Medina, Montevideo, 1951, tomo II, p. 523 y ss. 

101 Diego Luis Molinari, „ Viva Ramírez!, Coni, Buenos Aires, 1938, p. 27 y ss. (Véanse Leandro 
Ruiz Moreno, El general Don Francisco Ramírez, Nueva Impresora, Paraná, 1955, p. 125; y 
Santiago Moritán, Mansilla, Ramírez, Urquiza, Peuser, Buenos Aires, 1945, p. 128.) 



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las provincias mencionadas, que levantaron la bandera del federalismo como divisa política para 
proteger con las armas su modo de existencia. Debe tenerse en cuenta que la región del litoral se 
caracteriza por sus llanuras óptimas para la producción ganadera, ligadas a vías navegables con 
salida al Atlántico. 

El Río de la Plata —escribe Juan f lvarez— es la arteria por donde se comunican con Europa enormes zonas de 
territorios brasileños, bolivianos y paraguayos, además de las provincias argentinas de Corrientes, Entre Ríos y 
Santa Fe. Sujetar los productos de tan inmensa región al puerto único de Buenos Aires —desprovisto en aquella 
fecha de muelles y hasta de aguas hondas— era empresa que sólo por la fuerza podía imponerse, y en efecto, 
sólo duró lo que el éxito de las armas que la afianzaron . 102 

Debe establecerse como verdad inconmovible que el llamado federalismo de las provincias 
litorales, incluida la Banda Oriental, nació como consecuencia directa del centralismo porteño, 
fuerza motriz del enervamiento y desintegración del antiguo Virreinato del Río de la Plata. 

Desde el punto de vista puramente económico, he aquí una descripción elocuente del 
antagonismo entre Buenos Aires y el interior: 

La revolución y la emancipación política habían producido irreparables pérdidas al interior. Fue imposible, por 
ejemplo, revivir el tráfico de muías que se realizaba entre el litoral y Peni, o restablecer el comercio con Bolivia, 
Chile o Perú en su nivel prerrevolucionario. Las provincias podían ejercer cierto grado de fiscalización de los 
mercados internos. Podían reducir al mínimo el impacto de las importaciones sobre las industrias vernáculas y 
realizar de este modo un ajuste ordenado de la estructura económica. En las industrias de vino y cognac de 
Tucumán y las provincias de Cuyo, las fábricas de artículos de cuero de Santiago del Estero y Córdoba, la 
industria textil de Córdoba y finalmente en las industrias de artesanía, en todos esos sectores de la economía 
nacional una política de protección podría mitigar al menos el proceso de la declinación económica. Esta 
política, suponiendo que fuera de alcance nacional, no sólo podría salvar de la ruina la industria nativa, sino 
también pennitir una gradual modernización de los equipos industriales del interior. Porque era razonable 
suponer que teniendo los beneficios asegurados las industrias locales estarían en condiciones de buscar con buen 
éxito los recursos monetarios y el personal técnico necesarios para elevar el nivel de la producción industrial. La 
protección haría subir indudablemente el precio de los artículos de consumo, pero también provocaría un cambio 
en la distribución de los ingresos nacionales favorables al interior, logrando de ese modo una economía nacional 
más equilibrada. Pero una política comercial proteccionista en escala nacional era irrealizable, precisamente por 
las mismas razones que condujeron al interior a solicitarla. El dominio por parte de Buenos Aires del puerto 
marítimo del país fue el factor decisivo. Buenos Aires sólo aceptaría el proteccionismo con la condición de que 


102 


f lvarez, ob. cit., p. 46. 



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ella saliera ganando con la medida tanto como el interior. Pero eso estaba descartado. De todas las provincias de 
la Confederación, Buenos Aires era la que menos interés tenía en alentar una política comercial restrictiva . 103 

Los caudillos, expresión política de las masas de la campaña, se transformaron en generales. Y 
los antiguos guerreros de la Independencia, de regreso a la tierra natal, se convirtieron en 
caudillos de sus provincias respectivas. La leyenda de su barbarie no ha resistido el análisis, 
aunque sus triunfos militares fueron simétricos a su muerte literaria, consumada por la pluma del 
unitarismo rivadaviano o mitrista, generalmente a sueldo de las escuadras extranjeras o de los 
tenderos enriquecidos de Buenos Aires. Por eso José Gervasio de Artigas ha sido estigmatizado 
en nuestra literatura histórica como la encamación del salvajismo gaucho. Al frente de los peones 
y gauchos de la provincia oriental se levantó para resistir con las armas en la mano, primero a los 
españoles, luego a los portugueses y al mismo tiempo a la burguesía comercial del puerto de 
Buenos Aires y Montevideo, compuesta en su mayor parte de extranjeros. Consideróse siempre 
como un caudillo argentino. Su grandioso papel será examinado en las próximas páginas. 

Pancho Ramírez, Supremo Entrerriano 

El general Francisco Ramírez, por su parte, era descendiente del marqués de Salinas, don Juan 
Ramírez de Velazco, conquistador y fundador de ciudades, gobernador de Salta y Tucumán. 

“Cabalgador mancebo”, con la sangre guaraní dibujándole el rostro anguloso y viril, montado 
con gracia nativa en un alazán hermosamente puesto, Ramírez no era justamente el “bárbaro” de 
la leyenda porteña, t No fue Ramírez —escribe un cronista— un “aprendiz de carpintero ”, como 
dijo Vicuña Mackenna, ni “chusquero”, como afirma Andrade, y mucho menos “caudillo 
bárbaro ”, según expresión de López; fue un caudillo caballeresco, capaz de concebir ideas y 
desarrollarlas; organizador por instinto, se recomienda en la historia de nuestra revolución 
social como el caudillo de más carácter y disciplina en su ejército .t 

Casada en segundas nupcias, su madre alumbró a sus medios hermanos; uno de ellos, José 
Ricardo López Jordán, su compañero de empresa y padre del que fuera más tarde Ricardo López 
Jordán, el sucesor de Urquiza en el federalismo entrerriano. 104 

Ramírez participó en las luchas por la Independencia junto al general Rondeau y como auxiliar 
del ejército de Belgrano en su campaña del Paraguay. Transformado en jefe de la provincia de 

103 Mirón Burgin, Aspectos económicos del federalismo, Hachette, Buenos Aires, 1960, p. 164 y 
ss. 

Moritán, ob. cit., p. 116. 


104 



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Entre Ríos, toda ella bajo la influencia artiguista, abundante en ganadería y asfixiada por el 
monopolio bonaerense, Ramírez organiza un gobierno regular en medio de una inaudita penuria 
de medios que la rica provincia de Buenos Aires no había conocido nunca. 105 

Sus cualidades militares han sido juzgadas por una autoridad inapelable. El general Paz afirma 
en sus Memorias que 

no está de más advertir que el Gral. Ramírez fue el primero y el único entonces de esos generales caudillos que 
había engendrado el desorden que puso regularidad y orden en sus tropas. A diferencia de López y Artigas 
estableció la subordinación y adoptó los principios de la táctica, lo que le dio una notable superioridad . 106 


En lo que atañe a López, carecía de sangre aristocrática, lo que no lo hacía mejor ni peor. 
Estaba íntimamente asociado a la lucha contra los indios en la frontera del norte santafesino. Fue 
soldado de Belgrano en el Cuerpo de Blandengues que estuvo en el Paraguay, aprendiendo luego 
por sí mismo, en numerosas campañas, los secretos y trucos de la guerra civil. Su prestigio en los 
puestos militares de Santa Fe lo llevaron a ejercer patriarcalmente el gobierno de la provincia 
desde 1819. Guerrero nato, Julio Irazusta le atribuye el perfeccionamiento técnico de la guerra 
gaucha, mediante la invención de la infantería montada, guerra que, como ya se ha dicho, es 
prototípica de los países escasamente desarrollados y que fue la expresión del pueblo en armas. 107 

La similitud de las condiciones económicas y geográficas de las provincias del litoral con la de 
Buenos Aires, establecía desde su origen una diferencia con la situación de las provincias 
mediterráneas. Para Entre Ríos, Santa Fe y Buenos Aires, por ejemplo, los intereses ganaderos 
dictaban una política librecambista. La divergencia del litoral con Buenos Aires radicaba en que la 
ciudad porteña pretendía apropiarse en su exclusivo beneficio del comercio exterior y los 
beneficios de la Aduana nacional situada en Buenos Aires. 108 


105 Ibíd., p. 130. 

106 Paz, ob. cit., tomo I, p. 179. 

107 Julio Irazusta, Ensayos históricos, La Voz del Plata, Buenos Aires, 1952, p. 101. 

108 Theodorick Bland, norteamericano, informaba a su gobierno en 1817: t Si observamos ¡a 
situación de los pueblos de la unión y las diversas vías de comunicación que los ligan por 
tierra o por agua, resultará la ventajosa posición de Santa Fe como puerto de entrada y 
depósito para todo el país hacia rumbos Oeste y Norte. Con tales ventajas había empezado a 
funcionar y el comercio afluía allí. Pero Buenos Aires se interpuso y declaró que ningún 
tráfico podía hacerse por Santa Fe sin haber seguido la vía de la misma ciudad de Buenos 
Aires. Tan odioso e injusto monopolio debía sublevar el espíritu del pueblo y constituir una 
prueba de la verdad de los principios sostenidos por Artigas. Por lo tanto, resolvió desligarse 
de Buenos Aires y actualmente figura como aliado de Artigas ti. 



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Con esas rentas, Buenos Aires sostenía una flota de guerra para estrangular el río y un ejército 
de línea bien equipado para enfrentar al litoral embravecido. Esta última región (y bien lo veremos 
a lo largo de 70 años) oscilaba continuamente entre el interior y Buenos Aires, a la que amenazaba 
con plegarse a provincias mediterráneas en un frente nacional, si los porteños no le otorgaban 
ventajas especiales. Según lo demostrarían los acontecimientos posteriores, el litoral practicará 
siempre una política oportunista y traicionará al interior en cada momento decisivo: Ramírez, 
López, Urquiza. 

Antagonismos entre el litoral y el interior 

Las provincias mediterráneas, en cambio, no tenían productos exportables. Combinaban una 
próspera manufactura con la economía natural. Como lo hemos indicado en el capítulo 
precedente, las artesanías e industrias domésticas constituían ya durante la época colonial el 
fundamento económico de las provincias interiores: olivares y minerales en La Rioja, los vinos de 
Cuyo, la elaboración del cuero en Corrientes, los tejidos cordobeses, las sedas y tejidos de Salta, 
etc., requerían una legislación protectora, capaz de amparar y propulsar el desarrollo de la 
producción artesanal incorporándole todos los adelantos técnicos. 

El antagonismo entre las provincias litorales y mediterráneas constituyó uno de los factores 
del predominio ulterior de Rosas, que supo apoyarse alternativamente en unos y otros caudillos, 
según las regiones que representaran. En el año terrible, la política despótica de Buenos Aires no 
podía soportarse un día más. La crisis va a estallar. Todo ese año gira alrededor de la lucha contra 
Artigas y el artiguismo, el más temible enemigo de la burguesía porteña. El programa de la 
confederación sudamericana y el caudillo que lo sostenía dominan la primera década 
revolucionaria. 


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Artigas y la nación en armas 


A Alberto Methol Ferré, 
Carlos Real de Azúa, Vivián Trías, José Claudio Williman 

y Washington Reyes Abadie 


El eclipse de los grandes revolucionarios latinoamericanos del siglo XIX no pudo ser más 
patético. Sólo es comparable al silencio posterior que sepultó sus actos. Bastará indicar que 
Bolívar, habiendo concebido la idea de crear una gran nación, desde México al cabo de Hornos, 
concluyó dando su nombre a una provincia y, para condensar más aún el infausto símbolo, murió 
vencido en su propia aldea. 

Abandonado por el gobierno de Rivadavia, San Martín renuncia a completar su campaña 
continental y se retira de la vida pública. Olvidado, muere en Francia treinta años más tarde. En el 
caso de Artigas, la ironía se vuelve más trágica y refinada aún. Desde hace un siglo, su estatua 
evoca a un procer del Uruguay. Había luchado por la Nación y la posteridad le rinde tributo por 
haber transfigurado la Nación en provincia y la provincia en Nación. Su carrera se despliega en 
sólo una década, y agoniza en el desierto paraguayo, en la soledad más total, a lo largo de otras 
tres. Se trata de la víctima más ilustre de una impostura porteña a la que es preciso poner término, 
pues alude a un hombre clave de nuestra frustración nacional. 

El derrumbe del Imperio español arrojó a la historia mundial a las semidormidas colonias 
americanas. Por todas partes brotaron los doctores de Chuquisaca, los hijosdalgo iluministas, los 
tenderos, gauchos, soldados o hacendados que descubrieron una patria inmensa y una época digna 
de ella. Bolívar abandonó los salones de la Europa galante para empinarse en el Janículo y jurar 
desde la colina romana la libertad del Nuevo Mundo. El primero de los unificadores, Miranda, 
embriagado por el Himno de los Ejércitos del Rin, desembarcó en las costas venezolanas para 
blandir una nueva bandera. San Martín peleó con los franceses en Bailón, y se lanzó enseguida al 
océano para defender la revolución que, vencida en España, se afirmaba en América. Moreno leía 
a Rousseau para concebir luego la estrategia jacobina del “Plan de Operaciones”. En la Banda 
Oriental, en fin, aparecía José Gervasio de Artigas, de antigua y linajuda familia, hacendado y 
oficial de Blandengues, ese cuerpo armado del paisanaje que la guerra de fronteras forjó en la 
lucha contra el indio. 


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La singularidad de Artigas reside en que fue el único americano que libró en el Rio de la Plata 
casi simultáneamente una lucha incesante contra el Imperio británico, contra el Imperio español, 
contra el Imperio portugués y contra la oligarquía de Buenos Aires. 109 

Esta rara proeza no agota su significado. Obsérvese que es Mariano Moreno el primero que 
llama la atención en documentos oficiales sobre la valía militar de Artigas, ya reputado en la 
Banda Oriental desde los tiempos de los españoles. Su base social es la campaña oriental, de 
donde nace, en la sociedad primitiva de la Colonia, una especie de aristocracia del servicio 
público, según la calificación del historiador inglés John Street, formada por t las familias de los 
primeros pobladores, cabildantes, estancieros modestos y soldados ti. Los estancieros apoyaron 
inicialmente a Artigas, dice Real de Azúa, para t resistir a los pesados tributos exigidos por 
Montevideo para la lucha contra la Junta de Buenos Aires; evadir la nueva “ordenación de los 
campos” y la revalidación de los títulos que las autoridades españolas pretendían imponer ti. 110 

Su más ancha base, que se hundía en las profundidades del pueblo oriental, estaba constituida 
por los gauchos, peones, indios mansos y el mundo social agrario que la acción de los 
Blandengues de Artigas había defendido de las depredaciones de los bandidos, t vagos, ladrones, 
contrabandistas e indios Charrúas y Minuanes ti, que infestaban la campaña oriental, según diría 
el diputado por Montevideo a las Cortes de Cádiz, exaltando la figura de Artigas en España. Pero 
su marco histórico es el mov imi ento de nacionalidades típico del siglo. Artigas pertenece a la 
generación revolucionaria de San Martín y Bolívar. 

La desarticulación del Imperio español libró a sus solas fuerzas a las provincias ultramarinas. 
Sus jefes más lúcidos se propusieron conservar la unidad en la independencia, asumiendo la idea 
nacional que los hberales levantaban sin éxito en la España invadida. Los americanos 
reaccionarios combatieron junto a los godos contra nosotros, y con nosotros usaron las armas los 
españoles revolucionarios que vivían en América. Tal fúe el dilema. A diferencia de San Martín, 
que se asignó la misión de extender la llama revolucionaria a través de los Andes y sólo le cupo 
luchar contra los realistas, lo mismo que Bolívar y Moreno, Artigas se erigió en caudillo de la 
defensa nacional en el Plata y al mismo tiempo en arquitecto de la unidad federal de las provincias 
del Sur. Defendió la frontera exterior, mientras luchaba para impedir la creación de fronteras 
interiores. Fue, en tal carácter, uno de los primeros americanos y, sin disputa, el más grande 
caudillo argentino. 

109 Véase Emilio Ravignani, Historia constitucional de la República Argentina, Peuser, Buenos 
Aires, 1926. 

110 Carlos Real de Azúa, Elpatriciado uruguayo, Asir, Montevideo, 1961, p. 18. 



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En este hecho reside todo el secreto de su grandeza y la explicación de su “entierro histórico” 
—según las palabras de Mitre—. Cuando Buenos Aires sustituye a España en la hegemonía sobre 
el resto de las provincias, todas ellas se levantan contra Buenos Aires. Pero de todos los caudillos 
es Artigas el que más hondo y lejos ve el conjunto de los problemas históricos en juego. Escribir 
su historia sería en cierto modo reescribir la historia argentina y, por ende, reescribir este libro, 
pues también nosotros hemos pagado tributo a la falsía de nuestro origen y también nosotros, 
víctimas solidarias de la balcanización, hemos “balcanizado” a Artigas, amputándolo de nuestra 
existencia histórica para confinarlo a la Banda Oriental. 

Entre Mitre y López, las dos figuras mayores de la historia oficial, han hecho del Artigas 
histórico lo mismo que la burguesía porteña logró hacer con el Artigas vivo. Escribe Mitre: 

El caudillaje de Artigas, o, sea el “artiguismo” localizado en la banda oriental, y dominando por la violencia o 
por afinidades los territorios limítrofes, obtuvo por la primera vez carta de ciudadanía, y se le reconoció el 
derecho de resistencia. El artiguismo oriental, dueño de Entre Ríos y Corrientes, sintió dilatarse su esfera de 
acción disolvente, aspiró por la primera vez a dominar los destinos nacionales, con sus medios y sus propósitos. 
Divorciado de la comunidad argentina sin principios vitales que inocularle, sin más bandera que el personalismo, 
ni más programa que una confederación de mandones, en que la fuerza era la base, empezó a chocarse con los 
régulos argentinos de la orilla occidental del Uruguay... 

Las veloces lecturas romanas de Mitre no le dejaron una idea bien clara de quién era Régulo, 
pero la superficial condenación de los caudillos ha hecho escuela. 

El mismo Mitre no puede menos que admitir la influencia real de Artigas en las Provincias 
Unidas: 

A Santa Fe siguió Córdoba, que se declaró independiente; arrió la bandera nacional, que quemó en la plaza 
pública, enarbolando la de Artigas, se incorporó a la Liga Federal, poniéndose bajo la protección del caudillo 
oriental, y se adhirió a la convocatoria del Congreso de Paysandú, promovido, sin programa político y con 
objetos puramente bárbaros y personales. De aquí la primera resistencia de Córdoba a concurrir al Congreso de 
Tucumán . 111 


El programa revolucionario del artiguismo 


111 Bartolomé Mitre, ob. cit., Anaconda, Buenos Aires, 1950, p. 383. (Ya citado en nota 9, pero 
bajo otro sello editorial. [N. de E.J) 



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Como primera aproximación, bastará que en esta edición indiquemos lo esencial del 
artiguismo. 112 Los argentinos ignoran que entre 1810 y 1820 el artiguismo era el poder político 
dominante en gran parte de nuestro actual territorio. Aclamado por los pueblos reunidos en la 
Liga Federal como “Protector de los Pueblos Libres”, Artigas ejercía su influencia en las 
provincias de la Banda Oriental, Misiones, Corrientes, Entre Ríos, Córdoba y Santa Fe. El 
gobierno directorial de Buenos Aires sólo alcanzaba a dominar la provincia-metrópoli y un 
puñado de provincias, donde ya empezaba a fermentar, por lo demás, la idea federal. J Qué 
significaba esto? Pura y simplemente que el federalismo expresó la reacción general de los pueblos 
del interior ante las despóticas tentativas de Buenos Aires por subyugarlos a su política 
exclusivista. Pero el magno peligro para los intereses de la burguesía porteña y montevideana 
consistía en el artiguismo, que aspiraba a organizar la Nación con la garantía de plenos derechos 
para cada una de las provincias que concurrieran a formarla. El riesgo de una poderosa 
Confederación sudamericana que sucediese al Virreinato en las fronteras históricas, era demasiado 
considerable para la política británica. 

He aquí la concepción del “uruguayo” Artigas: Convención de la Provincia Oriental, firmada 
por Rondeau y Artigas, 19 de abril de 1813. Texto de sus dos primeros artículos: 

Art. 1 II -La Provincia Oriental entra en el Rol de las demás Provincias Unidas. Ella es una parte integrante del 
Estado denominado Provincias Unidas del Río de la Plata (...) Art. 2 1 -La Provincia Oriental es compuesta de 
Pueblos Libres, y quiere se la deje gozar de su libertad; pero queda desde ahora sujeta a la Constitución que 
organice la Soberana Representación General del Estado, y a sus disposiciones consiguientes teniendo por base 
inmutable la libertad civil. 

Año 1813. Proyecto de Constitución artiguista: 

112 El presente capítulo sobre Artigas no estaba incluido en las dos primeras ediciones. [N. de A., 
3 I edición.] 

La I a edición de Revolución y contrarrevolución en la Argentina (Amerindia, Buenos Aires, 
1957) salió en un solo tomo. El autor se refiere en esta nota a la edición publicada en dos 
tomos por Plus Ultra (Buenos Aires, 1965). Dichos tomos comprendían cinco libros con los 
siguientes títulos: I. Las masas y las lanzas ; II. Del patriciado a la oligarquía ; III. La bella 
época', IV. El sexto dominio', V. La era del bonapartismo. En ediciones posteriores (cinco 
tomos), los títulos de los tomos IV y V fueron reemplazados por La factoría pampeana y La 
era del peronismo, respectivamente. [N. de E.] 



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Art. 1 H -El título de esta confederación será: Provincias Unidas de la América del Sud. 2 1 -Cada provincia 
retiene su soberanía, libertad o independencia y todo poder, jurisdicción y derecho que no es delegado 
expresamente por esta confederación a las Provincias Unidas juntas en Congreso. 113 

Si ése era el programa expreso de Artigas, el de Gran Bretaña consistía justamente en el 
esquema inverso. 114 No podía admitir que un solo Estado controlara la boca del río. Se imponía 
separar al puerto y campaña de Montevideo para dejar a las provincias libradas al monopolio del 
puerto bonaerense. 

t Río de Janeiro era entonces el baluarte portugués de la política inglesa; y así se produce la 
invasión portuguesa planeada por el general Beresford, el mismo actor de las invasiones 
inglesas al Río de la Plata en 1806. Se debía consolidar a Buenos Aires segregando 
rápidamente al Uruguay. Con esta separación las Provincias Unidas estaban inexorablemente 
condenadas al puerto único de Buenos Aires tf, escribe Alberto Methol Ferré. 115 

Los portugueses invaden la Banda Oriental, ocupan la provincia y derrotan a Artigas por 
completo en Tacuarembó el 22 de enero de 1820. 

Buenos Aires había firmado en 1818 un convenio con Portugal, cuya cláusula 5 I decía: 

Libertad recíproca de comercio y navegación entre ambas partes con exclusión de los ríos interiores, salvo el 
caso de que los portugueses penetrasen a ellos en persecución de Artigas y sus partidarios. 

He aquí la opinión que merecía al brigadier Pedro Ferré la lucha de Artigas: 


113 Véase Reyes Abadie y otros, ob. cit., tomo I, p. 197. 

114 De Artigas a Felipe Gaire: 

t Mi muy estimado pariente: 

Las circunstancias hoy en día no están buenas. Los porteños 
en todo nos han faltado; no tratan más que de arruinar nuestro país; de este modo será de 
Portugal o del inglés; ellos están muy lejos de la libertad; yo hoy en día me veo en grandes 
aprietos porque todo el mundo viene contra mi. Los amigos me han faltado en el mejor tiempo, 
yo he de sostener la libertad e independencia de mi persona hasta morir. 

José Artigas H 

115 Alberto Methol Ferré, “Artigas o la esfinge criolla”, en Marcha, Montevideo, mayo de 1961. 



Mientras las provincias estuvieron sujetas a Buenos Aires, no había imprenta en ellas. De aquí es que han 
quedado sepultados en el olvido el Gral. Artigas y la independencia de la Banda Oriental; sus quejas por la 
persecución que sufría por este patriotismo; las intrigas del gobierno de Buenos Aires para perderlo, hasta el 
grado de cooperar para que el portugués se hiciera dueño de aquella provincia antes que reconocer su 
independencia; como entonces sólo hablaba Buenos Aires aparece Artigas en sus impresos como el mayor 
salteador. (Así aparecen todos los que se han opuesto a las miras ambiciosas del gobierno de Buenos Aires.) Si 
alguna vez se llegan a publicar en la historia los documentos que aún están ocultos, se verá que el origen de la 
guerra en la Banda Oriental, la ocupación de ella por el portugués, de que resultó que la República perdiera esa 
parte tan preciosa de su territorio, todo ello tiene su principio en Buenos Aires, y que Artigas no hizo otra cosa 
que reclamar primeramente la independencia de su patria y después sostenerla con las amias, instando en 
proclamas el sistema de federación, y entonces, tal vez resulte Artigas el primer patriota argentino. 116 


Tacuarembó asesta un golpe decisivo al potencial bélico de Artigas en la Banda Oriental. Se 
tendrá presente que las tropas portuguesas que invaden la Banda se componían de unos 15.000 
veteranos, perfectamente armados y fogueados en la guerra contra Bonaparte. Artigas, por su 
parte, sólo contaba con una provincia que en esa época apenas tenía una población total de unos 
cuarenta mil habitantes en la campaña y unos veinte mil en la ciudad de Montevideo, que por 
supuesto le era hostil. Tan sólo unos ocho mil hombres componen su tropa principal, annada de 
bayonetas y sables de latón e impedida de practicar la guerra de montonera, a la manera de 
Güemes en Salta, por las particularidades de la topografía oriental. Por lo demás, ya en 1820 la 
clase de estancieros y en general todo el “patriciado” lo había abandonado, por la proyección 
revolucionaria de su política agraria: 117 si la burguesía comercial de Montevideo lo rechazó 

116 Pedro Ferré, Memoria del brigadier general Pedro Ferré - Octubre de 1821 a diciembre de 
1842, Coni, Buenos Aires, 1921, pp. 70 y 71. 

117 En el Reglamento Provisorio de la Provincia Oriental para el fomento de su campaña y 
seguridad de sus hacendados, dado a conocer desde el Cuartel General, el 10 de septiembre de 
1815, se lee en el artículo 6 1: t Por ahora el Sr. Alcalde Provincial y demás subalternos se 
dedicarán a fomentar con brazos útiles la población de la campaña. Para ello revisará cada 
uno, en sus respectivas jurisdicciones, los terrenos disponibles; y los sujetos dignos de esta 
gracia, con prevención que los más infelices serán los más privilegiados. En consecuencia, 
los negros libres, los zambos de esta clase, los indios y los criollos pobres, todos podrán ser 
agraciados con suerte de estancia, si con sus trabajo y hombría de bien propenden a su 
felicidad y a la de la Provincia í. En el artículo 12 - se estipulaba: t Los terrenos repartibles 
son todos aquellos de emigrados, malos europeos y peores americanos que hasta la fecha no 
se hallan indultados por el jefe de la Provincia para poseer sus antiguas propiedades t. Y, 
por fin, en el artículo 19 - se dice lo siguiente: t Los agraciados, ni podrán enajenen; ni 
vender estas suertes de estancia, ni contraer sobre ellos débito alguno, bajo la pena de 
nulidad hasta el arreglo formal de la Provincia, en que ella deliberará lo conveniente ^ 
(Reyes Abadie y otros, ob. cit., tomo II, p. 446 y ss.). 



siempre con todas las fuerzas, en virtud de su política industrial proteccionista, 118 los estancieros 
no tenían más remedio que aborrecer al caudillo que elevaba su política por encima de la patria 
chica y que en el caos de la guerra civil y la invasión extranjera ponía todos los recursos de la 
provincia en juego. 119 Esto se verá muy claramente cuando, después del desastre militar de 
Tacuarembó, numerosos estancieros y comandantes de campaña, hasta entonces partidarios de 
Artigas, capitulen ante Lecor y acepten la dominación portuguesa de la Provincia Cisplatina, 
como lo había hecho ya la burguesía montevideana, que recibió al jefe portugués bajo palio y 
lluvia de flores. En un oficio que jefes y oficiales de Canelones dirigen al general Lecor, 
poniéndose a sus órdenes, se lee una alusión al reparto de tierras iniciado por Artigas: t Bajo el 
sistema adoptado por Don José Artigas, no se tendía sino a destruir la propiedad de la 
provincia...V. 

Con respecto a la política agraria de Artigas, Methol Ferré dice lo siguiente: 

No hay duda que la refonua agraria artiguista tuvo enonnes proyecciones y puedo apuntar que aún en 1884 a P. 
Bustamante le sorprendía la osadía de quienes reclamaban derechos invocando “donaciones” de Artigas. Y de 
muestra final baste indicar que todavía hoy el Banco Hipotecario del Uruguay no considera válidas las salidas 
fiscales originadas en mercedes de tierras del gobierno de Artigas, y sí acepta, por ejemplo, las provenientes del 
ocupante portugués Barón de la Laguna. 120 


Sólo en los cronistas, memorialistas y olvidados historiadores de provincias, custodios de la 


118 Según el Reglamento Provisional de derechos aduaneros para las provincias confederadas de 
la Banda Oriental del Paraná, Cuartel General, 9 de septiembre de 1815 (v. Reyes Abadie y 
otros, ob. cit., tomo II, p. 389), los derechos de importación estaban graduados para estimular 
la industria nacional, con tasas de un 40% para la introducción de ropas hechas y calzados; 
caldos y aceites, un 30%, y un aforo de un 25% para todo efecto de ultramar, salvo el azogue, 
las máquinas, los instrumentos de ciencia y arte, libros e imprentas, pólvora y azufre y 
armamento de guerra, lo mismo que oro en todas sus formas. Todos los frutos procedentes de 
América tenían solamente un derecho de un 4% de introducción. Para la exportación hacia el 
interior, estaban los productos libres de derechos. Artigas decía al gobernador de Corrientes a 
este respecto, el 10 de septiembre de 1815: t Con este motivo mandé a ese gobierno un 
reglamento provisorio con los derechos correspondientes a formar el equilibrio comercial con 
las demás provincias y asegurar un resultado favorable con las demás ti (ob. cit., p. 391). 

119 Además, en las Instrucciones orientales para los diputados de 1813 se lee: 117 1 - Que todos 
los dichos derechos impuestos y sisas que se impongan a las introducciones extranjeras serán 
iguales en todas las Provincias unidas, debiendo ser recargadas todas aquellas que 
perjudiquen nuestras artes o fábricas, a fin de dar fomento a la industria de nuestro territorio 
ti (ob. cit., p. 371). 

120 Methol Ferré, en art. cit. 



patria vieja, se encuentran hoy recogidos los testimonios fidedignos del pasado. Uno de ellos es el 
salteño Bernardo Frías, historiador del norte argentino y de Güemes. Su obra fundamental consta 
de ocho tomos. Comenzó a publicarse en 1902. Pero sólo llegaron a editarse en 60 años los cinco 
primeros tomos, todos agotados. Los restantes permanecen inéditos. Escribe el doctor Frías: 

Era de este modo Artigas el único gobernante argentino que acudía en defensa de la integridad nacional, y como 
este deber obligaba en primer ténnino al gobierno de la Nación antes que a un jefe de provincia, y el gobierno de 
la Nación se mantenía como extraño, sin tomar parte en la defensa común, comenzaron a alarmarse los pueblos, 
sospechando que el gobierno de Pueyrredón iba de acuerdo con el Brasil. Con esta sola actitud pasiva que 
asumía el gobierno, quedaba descubierto el crimen de marchar de acuerdo y aliado con el extranjero para 
aniquilar a un gobernador de provincia. Artigas, que lo comprendió antes que ninguno, se volvió al director para 
decirle: “Confiese Vuecelencia que sólo por realizar sus intrigas puede representar ante el público el papel 
ridículo de un neutral. El Supremo Director de Buenos Aires no puede „ no debe serlo! Pero sea Vuecelencia un 
neutral, un indiferente o un enemigo, tema justamente la indignación ocasionada por sus desvíos, tema con 
justicia el desenfreno de unos pueblos que sacrificados por el amor de la libertad, nada les acobarda tanto como 
perderla”. 121 

El doctor Frías, en su notable obra, expone detalladamente la infamia porteña. En lugar de 
ayudar a Artigas contra los portugueses, toleraba la codicia de los comerciantes de Buenos Aires, 
que aprovisionaban Montevideo contra los intereses de la Nación. Frías llama a Pueyrredón el 
“Iscariote argentino”. 

La derrota porteña en Cepeda 

La derrota de Tacuarembó asimismo reconoce otra causa capital: la connivencia de los 
directoriales de Buenos Aires —con Pueyrredón a la cabeza— con los portugueses, y que 
perseguía el objetivo de entregar a Portugal la Banda Oriental para destruir a Artigas y quebrar en 
el litoral la influencia de sus lugartenientes Ramírez y López. Mientras Pueyrredón practicaba esa 
política de suicidio nacional, en la que revelaría su proñinda perfidia la burguesía porteña, 
ordenaba a San Martín y a Belgrano, generales de los ejércitos de Cuyo y del Norte, que bajaran a 
las provincias del Centro a aniquilar la montonera. San Martín, que mantenía correspondencia con 
Artigas y los caudillos litorales, rehusó t desenvainar su sable en la guerra civil ti y marchó a la 
conquista de los Andes; Belgrano obedeció la orden: su ejército se rebeló en el motín de Arequito. 


121 


Frías, ob. cit., tomo IV, p. 217 y ss. 



En ese momento, según observa Acevedo, 122 Artigas ha perdido la Banda Oriental, pero su 
influencia en las provincias argentinas es más fuerte que nunca. Sufre una defección: su 
lugarteniente Fructuoso Rivera, el que será luego conocido como “don Frutos”, o bautizado por 
Rosas, el “Pardejón Rivera”, se arregla con los portugueses y abandona al Protector de los 
Pueblos Libres. 

En tiempo de Artigas, los diputados en Salta Rieron elegidos al grito de “ „ Mueran los 
porteños!”. Cuando el irlandés Campbell, jefe de la escuadrilla de Artigas, llegó a Santa Fe, fue 
recibido por el vecindario a los gritos de Viva la Patria Oriental!”. Por su parte dice Herrera: 

V No saben que el nombre de porteños es odiado en todas las Provincias Unidas o Desunidas del Río de la 
Plata?, escribía Fray Cayetano Rodríguez al doctor Molina. Los cordobeses pidieron que se borrase el nombre 
de porteños en las calles, plazas, colegios y monasterios. 123 

Derrotado por los portugueses en su tierra natal, Artigas pone en ejecución un meditado plan. 
Traicionado por los porteños y ya que se revelaba imposible vencer a los portugueses con las 
provincias rioplatenses divididas y con la pérfida Buenos Aires en contra, se imponía primero 
derrotar a Buenos Aires, organizar la Nación y volver su poderío unificado hacia la reconquista de 
la Banda Oriental. 

Al dirigirse a las provincias convocándolas a la lucha contra Buenos Aires, Estanislao López 
invitaba a los cordobeses a marchar, prometiéndoles t los más felices resultados y la protección 
invencible del inmortal Artigas, vencedor de riesgos y minador de bases de toda tiranía y el 
héroe que cual otro Hércules dividiría con la espada sus siete cabezas ti. 124 

La batalla entre las fuerzas artiguistas de Santa Fe y Entre Ríos contra el ejército del nuevo 
director Rondeau se libró en la cañada de Cepeda el 1 3 de febrero de 1820. La montonera triunfó 
de manera decisiva. Pero la victoria y la traición marcharon juntas. Con Cepeda caía el régimen 
directorial y el Congreso de Tucumán, instrumentos porteños. El nuevo gobernador de Buenos 
Aires fue don Manuel de Sarratea, y como habría de ocurrir durante más de medio siglo, Buenos 
Aires compensaría sus fracasos militares con los recursos financieros de su puerto. Este será, en 
definitiva, todo el drama. 

El pánico invadió a la ciudad de Buenos Aires: 

122 Acevedo, ob. cit., p. 841 y ss. 

123 Puiggrós, Historia económica..., ob. cit., p. 70. 

124 Acevedo, ob. cit., p. 880. 



Se esperaba por unos momentos un saqueo a manos de cinco mil bárbaros desnudos, hambrientos y excitados 
por las pasiones bestiales que en esos casos empujaban los instintos destructores de la fiera humana que como 
“multitud inorgánica” es la más insaciable de las fieras conocidas: cosas que debe tener presente la juventud, 
expuesta por exceso de liberalismo a creer en las excelencias de las teorías democráticas que engendran las 
teorías subversivas del socialismo y del anarquismo contra las garantías del orden social”. 125 

Así juzga López ese momento. 

Ramírez acampó con sus hombres en el pueblo de Pilar, a unas quince leguas de la ciudad. 
Desde allí planteó sus exigencias a los mercaderes aterrorizados. En primer lugar, Ramírez exigía 
la disolución del Congreso y del Directorio. Todo fue rápidamente aceptado. La Constitución, lo 
mismo que el Directorio, se desvaneció ante las lanzas federales. 

La segunda exigencia consistía en la publicación de los documentos producidos por la 
diplomacia secreta del Congreso recién extinguido; este acto demostró que se había llegado a un 
acuerdo con los franceses para imponer en el Río de la Plata al príncipe De Lúea, miembro de la 
Casa de Borbón y cuya corona estaría bajo el protectorado del gobierno de Francia. 

El Tratado del Pilar, suscrito el 26 de febrero del año 1820 por los gobernadores de Buenos 
Aires, Entre Ríos y Santa Fe, entre una nube de lanzas, establecía, además, la libre navegación de 
los ríos Paraná y Uruguay. Esta última era una reivindicación ñindamental para los caudillos 
litorales, obligados a destruir por la fuerza de las armas el monopolio porteño del gran río. 

Un historiador adversario ha dejado un evocador testimonio de ese instante de la vida 
argentina: 

Después del tratado, Sarratea se pemiitió volver a Buenos Aires acompañado de Ramírez, de López y Carrera y 
de numerosas escoltas de hombres desaliñados, vestidos de bombachas y ponchos sin que pudiera distinguirse 
quiénes eran jefes y quienes soldados. Toda esta chusma ató los redomones en las verjas de la Pirámide y subió 
al Cabildo de Mayo donde se les había preparado un refresco de beberaje en festejo de la paz. Fácil es 
conjeturar la indignación y la ira del vecindario al verse reducido a soportar tamañas vergüenzas y 
humillaciones. 126 

Pero el Tratado del Pilar desató las pasiones del localismo porteño. Sumida en el más 
espantoso desorden, la ciudad fue teatro de las disputas de todas las facciones por el poder. En un 

125 López, ob. cit., p. 341. 

Ibíd., p. 344. 


126 



mismo día se sucedieron tres gobernadores; ganaderos, comerciantes y militares discutieron 
ásperamente la situación creada por la montonera. J Transigir con ella, cumplir el convenio del 
Pilar? „ Qué locura! V Abrir el río a esa plebe andrajosa? V Qué político porteño podría ser tan 
insensato? 127 

En los círculos áulicos de la burguesía portuaria, sin embargo, sabíase que las concesiones de 
Sarratea, inaceptables para Buenos Aires, no habrían de cumplirse. El Tratado del Pilar, por el 
contrario, constituía una puñalada en la espalda de Artigas. 

Ramírez traiciona al Protector 


Sarratea era uno de los más antiguos e irreconciliables enemigos de Artigas. López atribuye a este personaje 
“procedimientos desparpajados y moralidad poco segura” además de “viveza pervertida”, “principios morales 
poco delicados”, “extraña mezcla de buen carácter y de cinismo, de habilidad y desvergüenza”. Y agrega: 
“Trapalón y entremedio, como decía T. M. de Anchorena, y movido siempre por una incorregible afición a tretas 
y manejos embrollados, no era tan malo que pudiera ser tenido por un malvado de talla para despotizar por la 
fuerza y por la sangre, ni por peligroso siquiera fuera de los enjuagues y escamoteos que lo hacían despreciable 
más bien que perverso”. 128 

Con tal gobernador es que los lugartenientes de Artigas celebraron el Tratado del Pilar. Dicho 
convenio violaba las órdenes expresas del Protector, pues se limitaba a formular una platónica 
expresión de deseos en lo tocante a la ocupación portuguesa del territorio patrio, cuya 
reivindicación por las armas quedaba librada a la buena voluntad de Buenos Aires, justamente la 
provincia cuyos intereses le habían dictado facilitar dicha ocupación extranjera. No se trataba de 
ceguera diplomática de los lugartenientes de Artigas, como podría suponerse, sino la puesta en 
práctica de una política que se revelaría fatal durante mucho tiempo. La traición de Ramírez hacia 
Artigas, de López hacia Ramírez, de López hacia Quiroga, de Urquiza al partido federal luego, 
compendiaban la defección de los intereses litorales a la causa global del interior y de la unidad 
nacional. Esa defección encontraba su más profundo ñindamento en el carácter librecambista de la 
política económica que dictaban a Entre Ríos y Santa Fe sus producciones exportables, similar en 
este aspecto a la provincia de Buenos Aires. Sus divergencias con la burguesía porteña radicaban 
en que esta última monopolizaba el puerto y cerraba los ríos interiores a la navegación comercial 

127 Leoncio Gianello, Compendio de historia de Santa Fe, Castellví, Santa Fe, 1950, p. 123. 

128 Acevedo, ob. cit. p. 888. 



extranjera, exigida por dichas provincias y acaparada por Buenos Aires. Esta última —durante 
todo el período de Rosas— amansó a los caudillos litorales con dádivas, ganado y otras 
concesiones, para separarlas de las provincias mediterráneas; si bien es cierto que éstas eran el 
refugio del espíritu federal nacionalista, eran fatalmente incapaces de oponer una fuerza 
económica y militar suficiente para levantar ejércitos y poner fin al monopolio de Buenos Aires. 
Ramírez, López y Urquiza serían los pequeños caudillos del localismo, el “federalismo” aldeano 
agonizante después de la ruina del Protector de los Pueblos Libres. 

Los documentos son abrumadores a este respecto: Pancho Ramírez pacta con Buenos Aires 
después de Cepeda, el 23 de febrero de 1820, a espaldas de Artigas, que se retiraba diezmado de 
la batalla de Tacuarembó, pero resuelto a reiniciar la lucha. Cuatro días más tarde, desde las 
orillas de la ciudad porteña, el fiel lugarteniente Ramírez se dirige afectuosamente al Protector, 
adjuntándole el texto del Tratado t asegurándole que la alegría de este pueblo y su 
reconocimiento hacia el autor de tantos bienes es inexplicable tf 129 

Pero cuarenta y ocho horas más tarde, el 29 de febrero, el mismo Ramírez exponía en un 
oficio “reservado” el plan de traición a su amado jefe. Dirigiéndose a su medio hermano Ricardo 
López Jordán y en su ausencia gobernador interino de Entre Ríos, le ordenaba confidencialmente 
que t procure entablar relaciones amistosas con el general Rivera, con el gobernador de 
Corrientes, etc. ti. En otros términos, los caudillejos menores se disponían a distribuirse las 
satrapías locales del poder federal: uno, pactando con los portugueses; el otro, con Buenos Aires. 
En el mismo oficio “reservado” Ramírez confiesa el influjo que en Entre Ríos conservaba Artigas 
y expresa sus temores: 

Usted conoce las aspiraciones del General Artigas y el partido que tiene en nuestra Provincia: su presencia aún 
después de los continuos desgraciados sucesos de la Banda Oriental podría influir contra la tranquilidad (...) 
Procure V. por cuantos medios aconseje la prudencia conservar en el ejército los auxiliares de Corrientes 
atrayéndolos, pagándolos y haciéndoles ver se les lleva al sacrificio por una guerra civil, cuando quedando en 
nuestras banderas todo será paz y trabajar por la verdadera causa. 131 ’ 

Después de Cepeda, Ramírez, presa de inquietud por la previsible reacción del Protector de 
los Pueblos Libres, maniobra con la burguesía porteña para conseguir armas en pago de su 
inminente ruptura con Artigas. En una carta, también “reservada”, que dirige al chileno José 

129 Reyes Abadie y otros, ob. cit., tomo I, p. 591. 

Ibíd., p. 592. 


130 



Miguel Carrera, expone sin disimulos la situación: 


En estos momentos sin tener recursos ningunos, cómo quiere V. que yo me oponga al parecer de Artigas cuando 
estoy solo y que él ya debe haber ganado la Provincia de Corrientes como estoy cierto que la lleva adonde él 
quiere. Nada digo de Misiones porque son con él. 131 

Aludiendo a la apatía del gauchaje por su política de acuerdo con Buenos Aires y de renuncia 
a la guerra con Portugal, Ramírez agrega estas palabras significativas: 

V Cómo podré persuadir a los paisanos ni convencerlos en ninguna manera? Cuando los elementos precisos para 
la empresa fuesen en algún tanto proporcionados al número que yo solicité (a Buenos Aires) podría 
convencerlos; por lo de lo contrario, seré con el voto general de aquellos que sólo se confonnan con la 
declaratoria de guerra a los portugueses. 

Ramírez concluye su nota “reservada” confesando su capitulación ante la burguesía porteña: 

No he anoticiado a la provincia del auxilio que se nos presta, porque me abochorno, y tal vez causaría una 
exaltación general en los paisanos. 132 

Se comprende el carácter reservado de semejantes testimonios. En estos documentos 
fundamentales se encuentran los hechos irrefutables que rodean el hundimiento de la Federación 
artiguista. Ramírez se dirigía a Sarratea el 13 de marzo, reclamando humildemente los “auxilios” 
que en virtud del acuerdo secreto firmado al mismo tiempo que el Tratado del Pilar, debía 
proporcionar la burguesía porteña al incorruptible teniente de Artigas. 

Recordaba el carácter secreto de este convenio por el cual se entregarían a las tropas de 

mi mando en remuneración de sus servicios e indemnización de gastos en la cooperación que había prestado para 
deponer la facción realista que tenía oprimido el país el auxilio de quinientos fusiles, quinientos sables, 
veinticinco quintales de pólvora, cincuenta quintales de plomo, que se repetiría según las necesidades que tuviese 
el ejército; teniéndose en consideración para este suplemento el interés propio de esta Ciudad como de todas las 
demás Provincias de la federación en mantener la libertad del territorio de Entre Ríos (...). Añadía: “En este 
concepto me veo precisado a suplicar a V. S. como lo hago, tenga bien en las circunstancias dar alguna extensión 


131 


132 


Ibíd., p. 593. 

Ibíd., p. 594. 



a aquel tratado y facilitarme un auxilio capaz de subvenir a los primeros objetos que nos propusimos. Yo 
quedaría satisfecho con que se doblase el número y municiones que debieron dárseme la primera vez y que se 
diese a la tropa un vestuario y una corta gratificación al arbitrio de V. S. dando para ello las disposiciones más 
prontas que estén a su alcance pues no espero más para retirarme...”. 133 

Quince días más tarde, las gestiones parecen haber tenido éxito y las armas y recursos del 
Puerto se ponen al servicio de Ramírez para enfrentar al Protector, y garantizar la “libertad de 
Entre Ríos”, es decir, su localismo y, en consecuencia, su dependencia de Buenos Aires. El 28 de 
marzo, desde Pilar, Ramírez, escribe a Carrera: 

El estado de cosas en mi provincia no puede ser peor, pues D. José Artigas no pasa por los tratados ni deja de 
mirar la opinión de los habitantes de ella para atraerlos a su partido (...) Por otra parte V. me dice que el 
armamento está seguro por la combinación de Monteverde y sabe que con esto ya puedo hablar a Artigas como 
debo. 

Con la ayuda porteña, Ramírez podría, al fin, hablar con Artigas “como debía”. La intriga 
estaba a punto de consumarse trágicamente. Pocos días más tarde Artigas escribe a Ramírez, le 
recuerda su situación de dependencia hacia él y lo acusa de haberse entregado con el Tratado del 
Pilar a la facción porteña. Califica al Tratado de “inicuo” y la firma de Ramírez al pie del 
documento prueba su apostasía y traición. Y agrega: 

Recuerde que V. S. mismo reprendió y amenazó a don Estanislao López, gobernador de Santa Fe, por haberse 
atrevido a tratar con el general Belgrano sin autorización suya y que hizo anular esos tratados; lo que prueba que 
tratando ahora V. S. con Buenos Aires sin autorización mía que soy el Jefe Supremo y Protector de los Pueblos 
Libres, ha cometido V. S. el mismo acto de 
25 

insubordinación que no le consintió al gobernador López; y eso que V. S. tenía entonces y tiene ahora menos 
jerarquía en el mando y en la confianza de los Pueblos Libres de la que tengo yo (...) V. S. ha tenido la insolente 
avilantez de detener en la Bajada los fusiles que remití a Corrientes. Este acto injustificable es propio solamente 
de aquel que habiéndose entregado en cuerpo y alma a la facción de los pueyrredonistas, procura ahora privar de 
sus amias a los pueblos libres para que no puedan defenderse del portugués (...) 

Artigas concluía su nota definiendo el contenido del Tratado de Pilar: “Y no es menor crimen haber hecho ese vil 


133 


Ibíd., p. 598. 



tratado sin haber obligado a Buenos Aires a que declarase la guerra a Portugal y entregando fuerzas suficientes 
para que el Jefe Supremo y Protector de los Pueblos Libres pudiese llevar a cabo esa guerra y arrojar del país al 
enemigo aborrecido que trata de conquistarlo. Esa es la peor y más horrorosa de las traiciones de V. S.”. 134 

Con las armas porteñas en su poder, Ramírez eleva el tono ante Artigas y desnuda el fondo de 
su política: 

V Por qué extraña V. S. que no se declarase la guerra al Portugal? (...) V Qué interés hay en hacer esa guerra 
ahora mismo y en hacerla abiertamente? V O cree V. S. que por restituirle una Provincia que se ha perdido han de 
exponerse todas las demás con inoportunidad? 135 

En esa mera enunciación, y pese a la retórica “federal” de sus proclamas, Ramírez anticipaba 
la traición de Urquiza, que no mezquinó el cintillo rojo después de Caseros, pero que libró al 
hierro porteño las provincias federales. 

Que la política antiartiguista de Ramírez era lisa y llanamente una traición a la causa de la 
unidad nacional, termina de probarlo acabadamente una nota de Fructuoso Rivera, escrita desde 
Montevideo el 5 de junio de 1820. De traidor a traidor, el diálogo entre el oriental aportuguesado 
y el entrerriano aporteñado alcanza una asombrosa claridad retrospectiva. Le pide a Ramírez la 
devolución de algunos oficiales portugueses en su poder y la “reposición del comercio”. Añade 
don Frutos que tales actos demostrarían por parte de Ramírez la 

extremosa afección a la Provincia a su mando. Cooperarán a esto último con todo su poder las fuerzas de mar 
portuguesas cuyo Jefe tiene las competentes órdenes para ponerse a disposición de V. cuando lo crea necesario. 
Más para que el restablecimiento del comercio tan deseado, no sea turbado en lo sucesivo es de necesidad 
disolver las fuerzas del general Artigas, principio de donde emanarán los bienes generales, y particulares de 
todas las provincias, al mismo tiempo que será salvada la humanidad de su más sanguinario perseguidor. 136 

El choque entre las fuerzas de Artigas y Ramírez se produjo el 24 de junio en Las Tunas. 
Artigas fue aniquilado: el epílogo es rigurosamente homérico. Poseído de un miedo sobrecogedor 
al prestigio de Artigas, el caudillo Ramírez inicia una persecución inexorable del Protector para 
impedir que rehaga sus fuerzas en la huida. Rodeado de un puñado de oficiales e indios, Artigas es 

134 Ibíd., p. 613. 

135 Ibíd., p. 619. 

Ibíd., p. 622. 


136 



obligado a luchar cada día: el 17, en la costa del Gualeguay; el 22, en las puntas del Yuquery, y así 
sucesivamente. J En qué fundaba Ramírez su temor ante su jefe fugitivo, rodeado tan sólo de una 
docena de hombres? En el hecho de que sólo el nombre de Artigas levantaba en masa al paisanaje 
de las provincias que atravesaba en su retirada. Ramírez sabía muy bien que si le otorgaba dos 
semanas de tiempo, Artigas pondría de pie un nuevo ejército. La persecución tenía el objetivo 
preciso de eliminar a Artigas u obligarle a abandonar el territorio de las provincias. Las tropas 
improvisadas en esa marcha forzada hacia el interior eran deshechas hora por hora por Ramírez 
antes que pudieran armarse y luchar. Desde el Paraná hasta la frontera paraguaya transcurre esa 
lucha donde Artigas se desangra y con él la esperanza postrera de la Patria Grande. En el umbral 
de la provincia gobernada por el doctor Francia, jaqueado, traicionado y vencido, Artigas mira 
por última vez la escena y entra a galope a la larga prisión guaraní. 

Muchos años más tarde, cuando la Banda Oriental se transforma por la presión británica en la 
República del Efruguay, el viejo Protector de los Pueblos Libres dirá: t Ya no tengo patria tt. 7 se 
era todo su secreto. La patria se había perdido en la balcanización y con Artigas desaparecían 
simultáneamente los unificadores: Bolívar y San Martín. 

Francisco Ramírez había traicionado a su jefe; pero, V cómo había podido vencerlo? Mitre y 
Vicente Fidel López, feroces antiartiguistas, no lo ocultan en sus obras. Por las estipulaciones 
secretas anexas al Tratado del Pilar, sabemos que Buenos Aires había entregado armamento a 
Ramírez para resistir a Artigas. Pero no lo sabemos todo a ese respecto: Ramírez triunfó sobre los 
gauchos mal armados que seguían a Artigas t gracias a! concurso de un piquete de artillería de 
seis piezas y un batallón de trescientos veinte cívicos que estaban a las órdenes del comandante 
Lucio Mansilla tf. 137 

Agreguemos que Mansilla era porteño y estaba a las órdenes de Ramírez por autorización 
expresa del gobernador de Buenos Aires, Manuel de Sarratea; que el tesoro de Buenos Aires 
quedó exhausto; que se le entregaron 250.000 pesos a Ramírez para elevar el espíritu de su tropa; 
que los vestuarios de la ciudad porteña fueron vaciados para los soldados de Ramírez, con lo que 
éste quedó dueño del Paraná y pudo jaquear a Artigas. 

He aquí a Ramírez dueño del litoral, en apariencia, ebrio de poder. El vástago entrerriano del 
Protector abandona enseguida la concepción confederal y nacional para proclamar la República de 
Entre Ríos. Intenta edificar la misma insularidad que Urquiza creará más tarde, indiferente al 
destino de las provincias federales. Pero desaparecido Artigas, Buenos Aires ejecuta la segunda 


137 


Acevedo, ob. cit., p. 902. 



maniobra. Había empleado la traición de Ramírez para eliminar al Protector; ahora utilizará a 
Estanislao López para desembarazarse de Ramírez. En efecto, al negarse a cumplir Buenos Aires 
las estipulaciones del Tratado del Pilar que beneficiaban a las provincias litorales, se reinicia una 
crisis entre ambos sectores. El poder excesivo que con la derrota de Artigas había alcanzado 
Ramírez en Entre Ríos y Corrientes, mueve a la burguesía porteña a pactar nuevamente con 
Estanislao López, dejando a un lado las aspiraciones entrerrianas. Esta defección de López del 
frente común, lleva a Ramírez a amenazarlo con la invasión de Santa Fe. Se repite en este caso la 
intriga porteña contra Artigas. 

A espaldas de Ramírez, Estanislao López firma con el nuevo gobernador de Buenos Aires, 
Martín Rodríguez, el Tratado de Benegas: en pago de su gesto por levantar el cerco de Buenos 
Aires y traicionar a Ramírez, el otro teniente artiguista recibía una compensación de 25.000 
cabezas de ganado. Fue el estanciero Juan Manuel de Rosas quien intervino en la negociación 
para domesticar al caudillo de Santa Fe, revelando desde sus comienzos singulares condiciones de 
político. 

Era el litoral librecambista e impotente quien inclinaba sus amias en el Tratado de Benegas. 
López reclama entonces la ayuda ofrecida por Buenos Aires para enfrentar a Ramírez. El coronel 
Lamadrid parte de la ciudad porteña con 1.900 soldados para apoyar a López. Las fuerzas 
coaligadas de Santa Fe y Buenos Aires deshacen al Supremo Entrerriano —que tal era el nombre 
orgullosamente asumido por el antiguo oficial de Artigas—. Al cabo de una despiadada 
persecución, Ramírez cae, al intentar salvar a su compañera Delfina, hermosa poirteña que 
cabalgaba junto a él en sus campañas; la muerte caballeresca se corona con el degüello. Sus 
vencedores cortan la cabeza del caudillo y la envían a Estanislao López. 

El gobernador de Santa Fe escribió a su congénere de Buenos Aires: t La heroica Santa Fe, 
ayudada por el Alto y aliadas provincias, ha cortado en guerra franca la cabeza del Holofernes 
americano tf 

López t envolvió la cabeza en un cuero de carnero y la despachó a Santa Fe, con orden de 
que se colocara en la Iglesia Matriz, encerrada en una jaula de hierro 

La estrategia del puerto de Buenos Aires se realizaba con el sistema de las complicidades 
sucesivas. El más grande caudillo argentino meditaba en la selva la quimera de su Nación 
infortunada. 


138 


Ibíd., 904. 



Los hombres de casaca negra 


“La gente decente” de Buenos Aires tenía motivos para regocijarse. Artigas en su sepulcro 
verde, la cabeza de Ramírez en una jaula de hierro, el ladino López comprado con vacas, la 
ciudad podía respirar al fin, con su Aduana intacta y sus ríos cerrados. Justamente el señor 
Rivadavia, recién llegado de Europa, acababa de ser designado ministro de Gobierno del general 
Rodríguez, t teniendo en cuenta Ia importancia de sus servicios y la extensión de sus luces ty. 139 
El júbilo reinaba en ese vecindario cuyas hijas pasearon sus miriñaques por las calles porteñas del 
brazo de los oficiales ingleses de 1806. Eran las mismas familias que apoyarían luego la 
presidencia espectral de don Bemardino. Esta aristocracia mercantil y vacuna asistiría más tarde a 
los saraos de Palermo durante el ciclo escarlata del ganadero restaurador, a quien aduló y execró, 
a quien derribó cuando pudo hacerlo, y cuya política de exclusivismo portuario erigió en religión 
suprema de Buenos Aires. Esta sería por un siglo la Salónica descaracterizada de que habló 
Lugones. Ceñida en nuestra época por el cinturón proletario, no ignora que los obreros de hoy 
son los herederos de aquella Patria Grande que volverá. 

Lavalle llamaría a los unitarios “los hombres de casaca negra”. Eran personajes totalmente 
persuadidos de su ciencia, taciturnos y severos, embanderados de latines, como don Julián 
Segundo de Agüero, con su prosapia curialesca, o sinuosos como don Salvador María del Carril. 
Rivadavia fue su jefe indiscutido. Hijo de un funcionario del rey, de la cepa paterna había 
heredado el empaque, la ausencia de humor y su respeto por los documentos oficiales. Su 
matrimonio con la hija del virrey Del Pino daría mayor vuelo a su arrogancia natural y a su gusto 
por el oropel. 140 Los tenderos, importadores y negociantes de Buenos Aires —una aldehuela 
batida por el barro del río maestro— se habían enriquecido con el librecambismo de la revolución 
frustrada. Sus vinculaciones con el comercio y la industria británicos estaban impuestas por la 
naturaleza misma de las cosas. El comercio libre era su doctrina. El puerto, la Aduana, el crédito 
público, su irrenunciable propiedad. Juan Agustín García escribiría: t Buenos Aires fue 
comerciante desde su origen; nació con el instinto del negocio it. 141 

Esta ciudad improductiva, burocrática, mercantil, hipnotizada por Europa y sobre todo por 

139 Mariano de Vedia y Mitre, Historia de la unidad nacional, Estrada, Buenos Aires, 1952, p. 

198. 

140 Piccirilli, ob. cit., 1952, p. 9. 

141 Juan Agustín García, La ciudad indiana, Claridad, Buenos Aires, 1938. 



Manchester, sería la principal plataforma para la expansión latinoamericana del poderoso Imperio 
que nacía a orillas del Támesis. La burguesía comercial de Buenos Aires necesitaba un político 
que la representase. Tal fue el papel de Rivadavia. 

Se ha hablado del utopismo rivadaviano, pero la expresión no es feliz. Muy diversos 
apologistas se han referido a los ensueños e ilusiones de este hombre público. Nada más alejado 
del espíritu de Rivadavia que la credulidad maravillada del nativo elemental que muda, en la playa 
virgen, la soberanía de su pueblo por un puñado de abalorios. Rivadavia representó intereses bien 
específicos —el puerto de Buenos Aires y los comerciantes a él ligados—. Carecía de otro 
objetivo que no ñiera la rápida asimilación de Buenos Aires al progreso comercial europeo. 
Juzgaba al resto del país —que jamás visitó— como una frontera ambigua y bárbara. Su 
cipayismo, la carencia de todo sentimiento nacional y su admiración, entre cándida y servil, por 
Inglaterra, no nacía de una peculiaridad de su carácter, sino del complejo de fuerzas económicas 
que encamaba. No en vano Mitre lo llamaría t el más grande hombre civil de la tierra de los 
argentinos tf 

El hechizo de Europa 

La intransigencia de Rivadavia en defensa de los intereses porteños, en cuyo holocausto se 
disponía a sacrificar al país entero, ocasionó su ruina política. Se propuso hacer de Buenos Aires 
una ciudad europea, penetrada del espíritu de las luces y de la eficacia del progreso. Sus ojos 
estaban iluminados por el espectáculo de una Europa opulenta y brillante, que digería 
voluptuosamente las prebendas obtenidas por la Revolución del 89 y por la férula de Bonaparte. 

Pero si en 1815 la revolución plebeya respiraba todavía, bajo la Santa Alianza el propio 
Napoleón ya era un espectro. El oscuro indiano admiró en Europa la civilización burguesa y su 
ornamento jurídico, originados por la revolución estabilizada. 142 En las maletas del retomo 
importó aquellas instituciones y decretos que no eran sino la imagen abstracta de un proceso real. 
Aquel progreso había sido consecuencia de una revolución y Rivadavia lo ambicionaba para la 
ciudad de Buenos Aires, pero rechazaba la revolución genesíaca. Por el contrario, era el suyo un 
liberalismo “afrancesado” y conservador, infinitamente más próximo al despotismo ilustrado del 
absolutismo europeo en agonía, que al jacobinismo plebeyo de Moreno. Julio Irazusta y Ernesto 
Palacio han coincidido en filiar la naturaleza conservadora del liberalismo rivadaviano en el 
pensamiento del conde de Aranda y de Floridablanca, políticos del ciclo borbónico. 


142 


Rosa, ob. cit. p. 77. 



Dicho liberalismo conservador deseaba infundir un espíritu moderno a España, sin 
democratizar desde la base la estructura de su vida política y social. Esa corriente ideológica se 
había transmitido a muchos ñincionarios virreinales de América y a algunos sectores criollos 
atraídos ya por sus intereses a la órbita inglesa. De ahí que Rivadavia entrara a la posteridad como 
un reformador que jamás existió. Mientras Moreno, San Martín y Monteagudo tendían a 
representar en América del Sur las tendencias del liberalismo revolucionario y popular de que 
estaban imbuidas las Juntas Populares de la Revolución española, el partido de los unitarios 
rivadavianos, los Del Carril, los Agüero, los Manuel José García, los Valentín Gómez, traducían 
en Buenos Aires el estilo y los métodos del absolutismo ilustrado español, anacrónico ya en 
España, a mitad de camino entre el feudalismo y el capitalismo. 

Pero una ideología es indisociable de la realidad; no se nutre del aire. El liberalismo borbónico 
de los rivadavianos encontró en la burguesía comercial de la ciudad-puerto el fundamento de su 
política. Como no podía ser de otro modo, estos intereses se fundieron en la política rioplatense 
del capitalismo británico. Así fue como Rivadavia encamó por completo la vanidad, el esnobismo 
y la avidez de esa engreída sociedad de tenderos, exenta de toda grandeza, que había hecho de la 
ciudad de Buenos Aires su centro de operaciones y de Inglaterra su poderosa metrópoli. No sin 
razón Vicente López y Planes habría de caracterizar el período rivadaviano, en sus cartas a San 
Martín, como el tperíodo de la contrarrevolución tt . 143 

La burguesía comercial en el poder 

Con el apoyo del joven estanciero Rosas, el general Martín Rodríguez era el gobernador de 
Buenos Aires. A diferencia de Rosas, que administraba personalmente sus establecimientos de 
campo, adquiriendo una vasta nombradía de “gaucho”, el general Martín Rodríguez pertenecía a 
ese género de ganaderos que sería tan corriente más tarde y que residía en la ciudad de Buenos 
Aires, delegando el gobierno de sus estancias en manos de mayordomos hábiles. Rodríguez era 
propietario de vastos campos; tanto por sus vinculaciones sociales como por sus gustos, estaba 
íntimamente ligado a la “gente decente” de la ciudad porteña; de ahí su entrelazamiento con la 
burguesía comercial “culta”, urbana, europeizante. En realidad, el gobierno de Martín Rodríguez, 
cuyos ministros fueron Bemardino Rivadavia, Manuel José García y el general Cruz, constituyó 
un bloque de dos clases, los ganaderos bonaerenses y los comerciantes porteños. 

La dirección política de este bloque fue ejercida por Bemardino Rivadavia como ministro de 


143 


Frizzi de Longoni, ob. cit ., p. 89. 



Gobierno y como virtual representante de los intereses portuarios ligados a Gran Bretaña. 144 

Rodríguez era un hombre cortés, valeroso y mediocre, fascinado por los admiradores de las 
luces, como Rivadavia. Creía en la eficacia de estadista del ministro solemne, que le 
proporcionaba la pompa de un Estado en la ciudad aldeana, reservando a Buenos Aires el goce 
particular del puerto y la Aduana. De ahí que entregara virtualmente las riendas de su gobierno a 
don Bemardino. Obsérvese que si el hacendado Rodríguez prestaba su incondicional apoyo a 
Rivadavia, el ganadero Rosas respaldaba a Rodríguez: mientras el unitarismo rivadaviano hacía su 
experiencia en el poder, Rosas y los ganaderos vigilaban su política. 

Los tres años de gobierno de Rodríguez presenciaron la muerte del caudillo Ramírez, la 
desaparición de la vida política de Artigas y la neutralización de Estanislao López en Santa Fe. Al 
mismo tiempo que el país vegetaba, despojado de sus rentas por los porteños enriquecidos, los 
portugueses ocupaban la Banda Oriental, antigua provincia argentina, incorporándola a los 
dominios lusitanos en América con el nombre de Provincia Cisplatina. 

La política continental de la juventud revolucionaria, inspirada por San Martín y sus amigos, 
salvada en 1819 por la famosa desobediencia sanmartiniana, se desarrolló al margen del gobierno 
rivadaviano de Rodríguez. San Martín había liberado Perú al fin; Bolívar realizaba a su vez una 
campaña triunfal en el norte. Pero la situación de San Martín en Lima era extraordinariamente 
inestable, como pudo probarse más tarde con su renuncia histórica. En realidad, su situación 
dependía del Congreso Constituyente de Córdoba. 145 Convocado por el general Bustos, dicho 
Congreso debía constituir la República a pesar de la resistencia porteña. Obligado por su 
compromiso con López en el Tratado de Benegas, el gobernador Rodríguez aprobó el envío de 
diputados porteños a Córdoba, pero su ministro Rivadavia, enemigo de toda organización 
nacional que no estuviese controlada por Buenos Aires, conspiró contra el Congreso, utilizando 
los mismos argumentos que más tarde emplearía Rosas para postergar indefinidamente la unidad 
del país. 146 

La fúndación de la República habría proporcionado a la empresa sanmartiniana las fúerzas 

144 Ricardo Font Ezcurra, Rivadavia y el proletariado. Instituto de Investigaciones Históricas 
Juan Manuel de Rosas, Buenos Aires, 1942, p. 29 y ss. 

145 Riviére, ob. cit., p. 23. 

146 Vedia y Mitre, ob. cit., p. 200. Es sugestivo que para desalentar el Congreso de Bustos, 
Rivadavia emplee una argumentación similar a la que empleara Rosas más tarde: las provincias, 
antes de reunirse en Congreso Constituyente, debían “arreglar su sistema de rentas”. Es que 
querían reunirse precisamente para “arreglarlo”, o sea, „ para disponer de las que gozaba 
Buenos Aires! 



militares necesarias, no sólo para salvaguardar la independencia de América del Sur, sino también 
para conservar dentro de las fronteras políticas del naciente Estado las provincias del Alto Perú. 

Pero Rivadavia hostigó la reunión: argüyó primero que las provincias interiores no estaban 
preparadas para la organización nacional. En tal sentido instruyó a los diputados porteños en 
Córdoba. Luego observó que antes que el país adoptara una organización definitiva, convenía 
esperar un año, para que las provincias t arreglen su sistema de rentas tt (afectando ignorar que la 
renta porteña era de todo el país). Finalmente se arrancó la máscara e incitó al gobierno de 
Buenos Aires a cancelar los poderes de sus diputados. Así hundía este “organizador de la 
República” al Congreso Constituyente de Córdoba de 1821. 

Este hecho, en verdad, se encadenaba férreamente con la entrevista de Guayaquil y los 
desesperados pedidos de ayuda militar de San Martín a Bolívar. 

En la misma medida en que ascendía en el cielo del Ría de la Plata la estrella política de 
Rivadavia, y con ella los intereses de los ávidos comerciantes y ganaderos, San Martín se 
eclipsaba para siempre. Abandonado en el Perú clerical y hostilizado por el gobierno porteño, sin 
recursos suficientes para resistir, San Martín formula su célebre renunciamiento, que es al mismo 
tiempo el fin de su vida pública. En esta trágica operación de recambio desaparecía en el destierro 
el más eminente representante de la generación americana que aspiró a convertir las antiguas 
colonias españolas en una gran nación. Los intereses regionales, particularmente porteños, 
antiamerícanistas y librecambistas, europeizantes y pseudodoctos, contribuían a nuestra 
balcanización nacional. Así se quebró la unidad de destino de América Latina en esa hora fatídica. 

El unitarismo de frac 

Mientras esto ocurría bajo el gobierno de Martín Rodríguez y Rivadavia, V cuál era la 
situación de la provincia de Buenos Aires y su capital? Desaparecidos los peligros inmediatos y 
los caudillos más combativos, t la alegría puso en contacto todos los espíritus ti, escribe Vicente 
Fidel López: 

Ya no había amenazas intemas ni extemas. La España estaba reducida a la impotencia y envuelta en todas las 
miserias de la minúscula pobreza, de la crisis final y de la guerra civil. Artigas hundido en el báratro paraguayo 
“in profundis” y Ramírez, muerto. Nada ni nadie quedaba que pudiera perturbar la alegría de los que habían 
llegado a puerto después del terrible vendaval. Al menos, si alguien quedaba, no se le veía la cabeza ni se oía su 
voz. Bustos era un caudillo incómodo pero bonachón y pacífico. La provincia de Buenos Aires estaba pues, libre 



y entregada al espíritu del progreso en todos sentidos . 147 

o La provincia de Buenos Aires! López detalla en seguida los signos de este progreso: sistema 
representativo con Cámaras, elecciones, debates públicos, magistrados responsables, leyes 
económicas, progreso literario y artístico, publicación de la revista Abeja Argentina, el periódico 
Argos, la Sociedad Filannónica, la Academia de Dibujo y Pintura, etc. Y agrega López: 

La provincia estaba toda entera como en una fiesta de familia: contados eran, quizá no pasaban de seis, los 
hombres de nombre o de influjo que no habían concurrido con los brazos abiertos y con el semblante amigable a 
estrecharse y poner su contingente en este esfuerzo común . 148 

Véase ahora, admirablemente retratado por la viviente prosa de López, el júbilo de la familia 
bonaerense, de espaldas al país y a América Latina, al respirar un breve período de paz, que era 
para Buenos Aires el período de los negocios pingües: 

El comercio inglés buscaba con avidez los cueros de nuestros ganados y los demás productos de nuestros 
campos. Con este fervor se levantaron viejos hacendados, los Míguez, Castex, Obligado, Lastra, Suárez, 
Acevedo, Anchorena y cien otros que pusieron en conocimiento de los hombres de gobierno bonaerense las 
condiciones y localidades de nuestros campos . 149 

Los ganaderos y comerciantes bonaerenses respiraban un poco al fin; ya no tenían necesidad 
de desprenderse de un solo peso de los ingresos aduaneros para pagar los ensueños de libertad 
americana de San Martín y otros ilusos como él, ni mucho menos comprometerse en la 
organización nacional que les arrebataría el control de esa aduana puesta en sus manos por la 
providencia. Rivadavia fue y debía ser su hombre, aunque por poco tiempo. 

La Ley de Enfiteusis y su secreto 

Los exégetas de Rivadavia han consagrado muchas vigilias a estudiar la Ley de Enfiteusis, que 
probaría el carácter visionario del reformador. Habríase propuesto don Bemardino echar las bases 
jurídicas de la distribución racional de la tierra, con el propósito de poblar la campaña de una 

147 López, ob. cit., p. 356. 

148 Ibíd. 

149 Ibíd. 



manera capitalista y asegurar un régimen agrario burgués, es decir, moderno. La enfiteusis daba al 
Estado el dominio de la tierra no escriturada, vale decir, la mayor parte del campo argentino, pues 
las comunidades indígenas, los labradores y los gauchos nómades no requerían para el usufructo 
de la tierra sino la posesión virtual. Los fines teóricos de la ley se disolvieron en las manos rapaces 
de los especuladores, terratenientes y ganaderos, únicos usufructuarios de la supuesta utopía 
rivadaviana. Fueron los Anchorena, Lezica, Díaz Vélez, Viamonte, Dorrego, los más grandes 
enfiteutas. Los campesinos colonizadores europeos que debían venir a trabajar las tierras públicas, 
según la letra de la ley, o fueron atemorizados y expulsados por los terratenientes y ganaderos de 
la época, o prefirieron llegar al país seis décadas más tarde, pues los prudentes gobiernos 
europeos no veían utilidad momentánea en emprender semejante aventura colonizadora que 
tampoco era exigida por la situación económico-social de esos países. Eran mucho más 
convenientes, en ese momento, la intriga diplomática, la balcanización, el empréstito tramposo. 150 

La Ley de Enfiteusis amplió el asalto de la tierra pública y marcó en realidad el nacimiento de 
nuestra oligarquía terrateniente. La distribución a voleo de la tierra encontró una causa accesoria 
en la pobreza fiscal, incapaz de sufragar los abultados presupuestos de sueldos militares creados 
por la guerra de la Independencia y los conflictos civiles. A falta de dinero, los militares 
obtuvieron tierras, casi inmediatamente enajenadas en manos especuladoras. 

Bajo el gobierno de Rosas este sistema alcanzó gran desarrollo. En 1840, cincuenta familias 
bonaerenses poseían 160 estancias con un total de 2.093 leguas. La Sociedad Rural Argentina 
(nos referimos a la predecesora histórica y política de la actual, acerca de cuya existencia esta 
última guarda un decoroso silencio) fue una de las más activas participantes en esa operación de 
saqueo sin precedentes a una tierra que la ley destinaba a la colonización. La tentativa de la 
burguesía mercantil porteña de crear una agricultura capitalista estrechamente ligada a sus 
protectores británicos se habría desvanecido en la inmensidad pampeana. 151 En realidad, su 
política había fortalecido a esos t apacentadores de vacas empeñados en apacentar hombres y 
pueblos D, según la vigorosa expresión de Sarmiento. Tal es la versión extema y las consecuencias 
de la famosa Ley de Enfiteusis. Su verdadero móvil obedecía a causas mucho más inmediatas. 
Cuando el gobierno porteño realizaba gestiones para obtener un préstamo de Inglaterra, se 

150 Raúl Scalabrini Ortiz, Política británica en el Río de la Plata, Reconquista, Buenos Aires, 
1940. (Sobre el tema, puede leerse con provecho: Emilio A. Coni, La verdad sobre la 
enfiteusis de Rivadavia, Imprenta de la Universidad, Buenos Aires, 1927.) 

151 Véase Jacinto Oddone, La burguesía terrateniente argentina. Ediciones Populares 
Argentinas, Buenos Aires, 1956. 



publicó un decreto misterioso que no era otro que la Ley de Enfiteusis. En sus estudios sobre las 
tierras públicas, Avellaneda afirma: 


El decreto del 17 de abril de 1822 marca una de las fechas más importantes en nuestra legislación agraria. 
Rompe inopinadamente con la tradición, lanzándose por un camino desconocido: decreta la inmovilidad de las 
tierras públicas bajo el dominio del Estado, prohibiendo que se extendiera título alguno de propiedad a favor de 
particular. ') Con qué objeto se introducía una innovación tan trascendental? El Decreto no lo dice (...) El 
Decreto del 21 de julio del mismo año reiteró la prohibición en témiinos más explícitos. Uno y otro decreto 
guardaban silencio sobre el designio que los había inspirado pero éste no tardó en ser revelado. Un mes más 
tarde, el Gobierno solicitaba la autorización de la Legislatura para negociar un empréstito en Londres. Al 
proscribir la enajenación de las tierras, se había tenido por objeto el ofrecimiento en garantía a los prestamistas. 
Se inmovilizaba la tierra bajo el dominio del Estado, para que sirviera de base al crédito público. 152 

La famosa Ley de Enfiteusis, que erigió la fama de Rivadavia como estadista, era la cobertura 
legal de una garantía para un préstamo de los usureros ingleses. J Cuáles fueron las ventajas de 
esta operación? 

La filantropía de la Banca Baring 

La Banca Baring Brothers de Londres otorgó al gobierno de Buenos Aires un empréstito de 
un millón de libras esterlinas: como todos los empréstitos de los países adelantados a las regiones 
periféricas, lejos de estimular su desarrollo, fue el nudo inicial de la estrangulación argentina. En 
un ensayo sobre este negociado, Raúl Scalabrini Ortiz ha demostrado la naturaleza interna de la 
estafa. Por un millón de libras esterlinas, de las cuales se percibieron oficialmente a lo sumo 
570.000, en su mayor parte en forma de letras de cambio sobre comerciantes ingleses de Buenos 
Aires (no en oro, lo cual hubiera constituido la única ventaja supuesta del empréstito), el país 
pagó la suma de 23.734.766 pesos fuertes. 153 No incluimos en las cifras el porcentaje más 
importante: la fabulosa moneda política con que el rapaz Imperio británico comenzó a extender y 
profundizar su dominio en el Río de la Plata. 154 

152 Nicolás Avellaneda, Estudio sobre las leyes de tierras públicas. La Facultad, Biblioteca 
Argentina, Buenos Aires, 1915, p. 68. 

153 Scalabrini Ortiz, ob. cit., p. 67 y ss. 

154 Real, ob. cit., p. 353. El stalinismo es rivadaviano, como cabe esperar: t En aquella época, 
en que el capitalismo no se había transformado todavía en imperialismo, la contratación de 
un empréstito no determinaba de por sí la entrega de la riqueza nacional ni la colonización 
del país (...) En las condiciones reinantes en nuestro país en aquel entonces, el empréstito 



Al concluir el gobierno de Rodríguez, fue elegido gobernador de la provincia de Buenos Aires 
el general Juan Gregorio de las Heras, soldado de las campañas continentales, en las que había 
servido junto a Bolívar y San Martín. Su nombramiento, en medio de la era rivadaviana, debióse a 
que los grandes intereses bonaerenses advirtieron en el horizonte la inminente posibilidad de una 
guerra con el Brasil. La estrechez de Rivadavia, su ingénito pacifismo comercial, su declarado 
desprecio por la profesión militar, inconcebible en una época donde todo debía ser resuelto por las 
armas, rompieron circunstancialmente la unidad del gobierno y los puntos de vista de la 
Legislatura bonaerense. Las Heras fue designado gobernador; Rivadavia se resistió a participar en 
su gobierno, y fue nombrado ministro plenipotenciario y enviado extraordinario a las cortes de 
Inglaterra y Francia. 

La guerra con el Brasil 

En momentos en que Rivadavia partía para Europa, llegaban a Buenos Aires los diputados al 
Congreso Constituyente que el propio Rivadavia había preparado durante el gobierno del general 
Rodríguez. Se trataba de una tentativa porteña de imponer al país, bajo el manto de una 
Constitución, el predominio de la provincia-metrópoli. 

Sin embargo, las provincias hicieron oír su voz en las sesiones de dicho Congreso. En enero 
de 1825 el Congreso se declaraba Constituyente y aprobaba una ley cuyas disposiciones 
establecían esencialmente lo siguiente: hasta la promulgación de la Constitución que habrá de 
reorganizar el Estado, las provincias se regirán interiormente por sus propias instituciones; la 
Constitución que sancionará el Congreso no será promulgada ni establecida en ellas antes de ser 
aceptada; hasta la elección del Poder Ejecutivo Nacional éste quedará provisoriamente 
encomendado al gobierno de Buenos Aires; dicho Poder Ejecutivo podía manejar las relaciones 
exteriores, celebrar tratados, pero no ratificarlos sin obtener previamente la sanción del Congreso. 
Estas limitaciones terminantes no le impedirían a Rivadavia, a su regreso de Europa, tomar la 
presidencia de la República por asalto. 

Las Heras consagró sus esfuerzos a preparar un ejército nacional. Recibió el apoyo entusiasta 
de todas las provincias, hartas de la guerra civil y deseosas de reconquistar para la antigua 
hermandad rioplatense la Banda Oriental, que a partir de la derrota de Artigas había quedado en 
manos del Imperio del Brasil. 

Mientras el gobernador Las Heras preparaba la guerra, el Congreso Constituyente residente en 
Baring pudo contribuir a la solución de algunos problemas económicos tf 



Buenos Aires y dominado por el grupo rivadaviano, cometía un crimen más contra la unidad 
política de las Provincias Unidas del Sur: por ley del 9 de mayo de 1825 otorgaba a los 
encomenderos y propietarios de minas e indios de las provincias altoperuanas, la “soberanía” de 
dichas provincias, facultándolas a constituirse en “Nación”. Así se perdían las cuatro provincias 
del Alto Peni: La Paz, Chuquisaca, Potosí y Santa Cruz de la Sierra, por obra de la pérfida 
política centralista de la oligarquía portuaria. Al no incluir a las provincias altoperuanas en el seno 
de una política de integración nacional que contemplase sus intereses regionales, se produciría así 
otro acto debilitante de retracción y de autonomía seudonacional. La disgregación de las viejas 
colonias españolas en América proseguía. 155 

El factor desencadenante de la guerra con el Brasil fue la famosa expedición de los Treinta y 
Tres Orientales acaudillados por Lavalleja. Toda la simpatía del pueblo argentino acompañará esa 
aventura militar destinada a recoger en el seno de las Provincias Unidas del Río de la Plata a la 
Banda Oriental: Lavalleja barrió con los usurpadores y reunió el Congreso de Diputados en la 
Florida. El Congreso oriental declaró solemnemente disueltos los vínculos con que el Imperio 
brasileño había continuado la opresión portuguesa y 

reasumiendo la plenitud de sus derechos sancionó con fuerza de ley que la Provincia Oriental del Río de la Plata 
quedaba unida a las demás de este nombre en el territorio de Sudamérica por ser libre y espontánea voluntad de 
los pueblos que la componían, manifestada por testimonios irrefragables y esfuerzos heroicos desde el primer 
período de la regeneración política de las Provincias Unidas. 156 

Al mismo tiempo, la Banda Oriental enviaba como diputados al Congreso Nacional 
Constituyente de Buenos Aires, a don Tomás Javier Gomensoro y al doctor don Manuel Moreno, 
hermano del revolucionario de Mayo. Pero la diplomacia inglesa, inseparable de nuestra historia 
visible e invisible, tenía las dos manos puestas en este negocio. La influencia secular que Gran 
Bretaña ha tenido sobre Portugal se transmitió luego a la política brasileña, que jugó siempre un 
papel de elemento divisionista frente a toda tentativa de unidad sudamericana. Pero en este caso, 
Gran Bretaña tampoco estaba dispuesta a permitir que Brasil, ya bajo su forma imperial o 

155 t Si no me hubieran intrigado, yo hubiera reunido 20.000 hombres, porque todos los 
caudillos, incluso Bustos, tenían confianza en mi palabra y a la cabeza de ese ejército, no 
digo en Río Grande, en Río de Janeiro, también hubiera puesto en amargos aprietos a los 
portugueses , dirá Las Heras. (V. Vivián Trías, Las montoneras y el Imperio británico, 
Uruguay, Montevideo, 1961, p. 64.) 

136 Acevedo, ob. cit., p. 977. 



republicana, alcanzase una excesiva influencia en las costas del Atlántico, capaz de 
contrabalancear decisivamente el poder argentino. De ahí que el Foreing Office no contemplara 
con simpatía la integración de la Banda Oriental a la Argentina, o de la Provincia Cisplatina al 
Imperio del Brasil. 

Era de vital importancia para la política británica apoyarse en un puerto rioplatense, que no 
fuera ni brasileño ni argentino, sino “independiente”; dicho en otras palabras, los ingleses 
deseaban contar en nuestro estuario con un Gibraltar sudamericano. La “soberanía” uruguaya 
sería contemporáneamente para el imperialismo, la más plena garantía de su dependencia real. 

Algunos historiadores han señalado que el apoyo otorgado por los ganaderos y comerciantes 
bonaerenses encabezados por los Anchorena, primos de Rosas, a la expedición de los Treinta y 
Tres Orientales, perseguía como objeto el de asociar algunos sectores de la Banda Oriental a los 
intereses de los saladeristas de la ciudad de Buenos Aires, tendiendo las líneas para enfrentar 
unidos al monopolio comprador europeo. Lo que resulta indiscutible es que la guerra con el 
Imperio fue una guerra nacional en todas las provincias argentinas. Ni los historiadores 
reaccionarios han pretendido negar este hecho. Los gobernadores de las provincias se desprendían 
hasta de las tropas del cuartel que tenían a su servicio, como Bustos en Córdoba y Arenales en 
Salta; pero el partido unitario rivadaviano no veía en este conflicto sino el peligro de la formación 
de un Ejército Nacional que escapara al control de Buenos Aires y de los intereses a ella 
asociados. 

La fracción rivadaviana da un golpe de Estado 

Declarada la guerra, la política unitaria porteña consistiría en terminarla cuanto antes. En tales 
circunstancias Rivadavia regresó al país. Fue inmediatamente rodeado: había llegado el momento 
de inventar el “sillón de Rivadavia”. Para mostrar hasta qué punto se ha falsificado nuestra 
historia, basta decir que Rivadavia se hizo presidente mediante un golpe de Estado. 

La trama interior de ese golpe no puede ser más edificante. El gobierno de Las Heras era una 
conjunción de militares de la campaña de la Independencia y de hacendados bonaerenses. Por su 
carrera, su formación y su pasado, los militares de la Independencia como Las Heras tenían de la 
política una visión nacional y latinoamericana; los hacendados bonaerenses, por su parte, aunque 
vendían sus productos en los mercados exteriores, eran, en primer lugar, productores directos de 
la única rama importante de la economía argentina de esa época. Ligados al país por sus intereses 
y su psicología, si frente a las provincias paupérrimas querían mantener privilegios portuarios y 



aduaneros, poseían, en cambio, un desarrollado sentimiento nacional de carácter defensivo. La 
más perfecta encamación de estos rasgos fue, años más tarde, Juan Manuel de Rosas. 

En el seno del gobierno de Las Heras existía, sin embargo, un lazo de unión con ese poderoso 
grupo de intereses radicado en la ciudad de Buenos Aires, que era la burguesía comercial. El 
doctor Manuel José García, ministro de Gobierno, Hacienda y Relaciones Exteriores, era un 
agente de esa burguesía compradora, como llamaron los aventureros portugueses en Oriente a los 
mercaderes asociados al capital extranjero. Los perfiles sombríos de su vida pública no hacen sino 
reflejar el papel antinacional que ese sector económico-político ha jugado en la ciudad de Buenos 
Aires, a lo largo de nuestra historia. Frío, desapasionado, untuoso, indiferente al país, culto de 
ademanes, el doctor García había aceptado con contenido orgullo esa definición de “perfecto 
caballero británico” que le había discernido Lord Ponsonby, embajador de S. M. en Río de Janeiro 
y principal artífice de la balcanización rioplatense. 

Este siniestro personaje fue la más perfecta expresión de la burguesía porteña. Su vida pública 
abarca desde las invasiones inglesas hasta el ofrecimiento formulado por Rosas, y no aceptado por 
García, de una embajada en el Perú. Pero su papel de agente inglés, de enemigo irreconciliable de 
Artigas y de los caudillos, no ha sido quizás superado. Mitre traza de García un retrato sugerente; 
como le ocurre con frecuencia a este historiador, los resultados se parecen a las batallas que libró. 
En su Historia de Belgrano hasta el propio Mitre debe admitir que García tuvo participación 
preponderante en la invasión portuguesa a la Banda Oriental. „ Y era el diplomático argentino 
acreditado en la corte de Río! Se sabe, también por Mitre (ob. cit., p. 454), que el general 
Beresford, aquel británico de las invasiones de 1807, organizó en Río el embarque de las tropas 
portuguesas que se dirigían a la Banda Oriental, y que t Herrera y García cooperaron en efecto 
más o menos directamente a su realización tt (ibíd., p. 455). 

La Banda Oriental era una provincia “argentina” en el sentido de que formaba parte de las 
Provincias Unidas del Sur. Y el diplomático de Buenos Aires “cooperaba” a su pérdida, lo que no 
impide al mismo Mitre en la obra citada afirmar que se trataba de un t patriota decidido, hombre 
de elevación moral, cabeza de inteligencia poderosa nutrida con estudios serios (...) era un 
verdadero hombre de Estado D (ibíd., p. 455). En la misma página, Mitre señala, sin embargo, que 
García fúe el enviado de Alvear para ofrecer en 1815 las Provincias Unidas a Inglaterra como 
colonias. También dice Mitre que García, en esta oportunidad, t no retrocedía ante el 
protectorado del Portugal ti (de las Provincias Unidas). Por lo que puede verse, García era un 
viajante que estaba permanentemente dispuesto a vender su patria ante el mejor postor. Pero, para 



Mitre, era una pura especulación patriótica, ya que se atreve a justificar a García diciendo que se 
elevaba t ala región neutra desde la cual creía dominar el delirio de que estaba poseído su país 
(...) y establecía, como punto de partida, que las Provincias Argentinas eran impotentes para 
salvarse por sí solas tf. De donde García infería t que necesitamos la fuerza de un poder- 
extraño tt (ibíd., p. 457). 

Toda la significación de la personalidad de Artigas y de la política antinacional de los 
porteños, desde García, Rivadavia y Mitre, está meridianamente expuesta en el propio Mitre. 
Todo argentino debería leer las siguientes páginas del general Mitre: desde la 453 hasta la 464, en 
la Historia de Be Igrano. Esa lectura será suficiente para la vindicación del artiguismo y el oprobio 
de sus adversarios. 

Pero volvamos al relato. En el gobierno de Las Heras vemos un complejo de fuerzas que no 
habría de volver a repetirse: los hacendados, la burguesía comercial porteña y los militares 
americanos de la generación de San Martín. Estos últimos, ya sin base propia, no podrán 
desarrollar una política independiente. Eran respetados como se venera y se utiliza a los grandes 
muertos. 

La fracción rivadaviana en el Congreso Constituyente reunido en Buenos Aires, logró obtener, 
mediante maniobras electorales ilícitas, una circunstancial mayoría. Los rivadavianos estaban 
resueltos a terminar con la política de contemporización que Las Heras practicaba con los 
caudillos provincianos. Para Las Heras, el primer problema era la guerra con el Brasil y la 
adopción de una Constitución que respetase los diversos intereses enjuego. Aunque la política de 
Las Heras no respondía a las exigencias de una orientación genuinamente nacional, que hubiera 
debido poner las rentas aduaneras al servicio de la Nación toda, procuraba al menos encontrar una 
solución de equilibrio provisional. Tal fue el espíritu de la primera ley dictada por el Congreso 
Constituyente a que hemos aludido. Para los rivadavianos, el dilema estaba concebido en otros 
términos. El primer problema era liquidar la existencia de los caudillos, los “anarquistas” y los 
“vagos” del interior argentino. En segundo lugar, buscar una paz a toda costa con el gobierno 
esclavista del Brasil, cuya pomposa corte de opereta en el trópico reproducía, en una versión 
burlesca, el despotismo ilustrado de los viejos absolutismos europeos. Dichos rasgos herían la 
imaginación de Rivadavia, que tampoco ignoraba las vinculaciones del Imperio brasileño con la 
todopoderosa Gran Bretaña. En verdad, Rivadavia era “brasilero”, como habría de llamarse 
setenta años más tarde al general Mitre, un rivadaviano de la mejor escuela. 

Los resultados de las elecciones en algunas provincias que aún no habían enviado sus 



representantes al Congreso Constituyente, hicieron ver a Rivadavia el peligro de quedar en 
min oría. Tomando la ofensiva, hizo aprobar en la sesión del 6 de febrero de 1826 una ley electoral 
que establecía la creación de un Poder Ejecutivo Nacional a cuya cabeza se encontraría el 
presidente de las Provincias Unidas del Río de la Plata. 157 El término de su mandato se 
establecería en el momento de dictarse la Constitución Nacional. La ley fue promulgada 
inmediatamente por Las Heras, gobernador de la provincia y encargado accidental del Poder 
Ejecutivo Nacional; envejecido y amargado, Las Heras se sintió incapaz de resistir la intriga 
facciosa. Al día siguiente Rivadavia era designado presidente de la República. Un historiador 
señaló que t en vano fue observar que no habiendo constitución no podía haber Presidente y 
siendo Constituyente, el Congreso no podía elegir Presidente de una República inconstituida tf. 

158 

Así fue como Bemardino Rivadavia se hizo elegir primer mandatario de un país que lo 
rechazaba con todas sus fuerzas. Hace más de un siglo que oímos a sus epígonos declamar sobre 
la democracia. 

Su política inmediata estuvo en estrecha relación con los métodos puestos en práctica para 
conquistar el poder. Ella desató una furiosa y desgarradora guerra civil que cubrió bien pronto 
todo el territorio argentino. 

Los ganaderos rompen con Rivadavia 

La audaz maniobra de Rivadavia conmovió al país hasta sus entrañas. 

El golpe resonó profundamente en las provincias —escribe Pelliza— al ver que el nombramiento de Presidente 
se efectuaba sin la participación que les correspondía. Esta burla singular arrojada a la faz de los gobernadores y 
caudillos soberbios sublevó con nueva acritud la moderada conducta que observaron hasta entonces, y 
lanzándose en las vías de una reacción prepararon la ruina de aquella presidencia y la disolución del Congreso. 159 

El famoso liberal ya estaba en el camino de la dictadura. Un mes más tarde la mayoría unitaria 
del Congreso Constituyente, inspirada por Rivadavia, aprobaba una ley por la que se designaba a 
la ciudad de Buenos Aires capital de la República. Pero cometía el fatal error de anexarle el 

157 Véase Emilio Ravignani, Historia constitucional de la República Argentina, Peuser, Buenos 
Aires, 1926. 

158 López, ob. cit., p. 366. 

159 Pelliza, ob. cit., tomo III, pp. 174 y 175. 



territorio comprendido entre el puerto de las Conchas y el de Ensenada, con una línea en arco que 
subía hasta el puente de Márquez. El texto de la ley añadía que, con el resto del territorio 
bonaerense, se organizaría otra provincia por ley de la Nación. Mientras esto no se efectuara, el 
territorio de la provincia y el de la capital quedaban bajo el control de las autoridades nacionales 
designadas por sí mismas. 

Estos actos adolecían de una increíble torpeza política. Al destruir la existencia política de la 
más poderosa provincia argentina, Rivadavia disolvía la alianza mantenida hasta entonces con los 
ganaderos bonaerenses. J stos constituían, en realidad, su única base seria de sustentación. Por 
dicha medida, el general Las Lleras, gobernador de la provincia de Buenos Aires, era expulsado de 
su puesto, anulados los mandatos de los legisladores bonaerenses y de los magistrados elegidos 
por el pueblo de la provincia y desarticulados los posibles instrumentos del propio poder 
presidencial. Si la federalización de la ciudad de Buenos Aires no le atraía en modo alguno el 
apoyo de los caudillos provinciales que deseaban organizar el país por medios democráticos, la 
amputación de la provincia levantaba en su contra a los ganaderos que constituían su clase 
dominante. 

Desde ese momento, Rivadavia se agita en el vacío. El Congreso Constituyente aprobó una 
Constitución unitaria, violando así la voluntad expresa de las provincias interiores, que se sentían 
despojadas de su voluntad y sus derechos por la despótica minoría centralista de la ciudad 
porteña. Se trataba de hacer la unidad “a palos”, según la fórmula de Julián Segundo de Agüero. 160 

La Constitución de 1826 no hacía sino reproducir la de 1819, contra la cual se había levantado 
el país entero. La resistencia opuesta por Dorrego, diputado representante de la provincia de 
Santiago del Estero, a cuyo frente estaba el caudillo Ibarra, acompañado por Manuel Moreno, 
diputado por la Banda Oriental, fue inútil. La Constitución füe aprobada a tambor batiente. Para 
medir el espíritu democrático que animaba a sus autores, bastará señalar que la Constitución 
suspendía los derechos electorales del doméstico a sueldo y del jornalero, proposición que fúe 
impugnada por Dorrego y los federales democráticos. 

La Constitución abstraía las condiciones reales del país en ese momento, cuyos caudillos 
militares defendían obstinadamente el derecho de las diferentes regiones a participar de las 
ventajas del crédito público y de la renta aduanera que detentaba entonces la ciudad de Buenos 
Aires. 


160 Julio B. Lafont, Historia de la Constitución Argentina, F. V. D., Buenos Aires, 1953, tomo II, 
p. 64. 



Simultáneamente desconocía los derechos políticos de las provincias, reduciéndolas a simples 
agentes de un poder central que nadie había elegido. El destino de esta Constitución, que destituía 
de hecho a los caudillos armados hasta los dientes, y que eran el único poder real de la época, no 
fue sino un testimonio suplementario de la completa ceguera de Rivadavia y su círculo áulico. El 
golpe de Estado que lo llevó a la presidencia de la República había encendido nuevamente la 
guerra civil. La trágica presidencia de Rivadavia demostraría a los ganaderos que la burguesía 
comercial porteña era incapaz de mantener los privilegios bonaerenses con el equipo unitario. 

El país de Facundo 

Los delegados del gobierno rivadaviano partieron orgullosamente hacia el interior. Llevaban 
ejemplares de la Constitución para depositarlas en manos de los caudillos. Antes aún de que los 
emisarios llegaran, Catamarca rechazaba dicho documento, retiraba su mandato y sus poderes a 
los diputados que la representaban en el Congreso Constituyente y declaraba abiertamente que 
dicha provincia no admitía otra forma de gobierno que la republicana federal. 

Córdoba, bajo el mando del general Juan Bautista Bustos, separaba esa provincia de la 
República ilusoria de Rivadavia, y ordenaba al delegado de Buenos Aires, doctor Gorriti, 
abandonar el territorio de la provincia en el más breve plazo. 161 

En La Rioja estaba Facundo; allí enviaron al doctor Dalmacio Vélez Sársfield, para que 
entregara al temible caudillo una Constitución que lo destituía. Pero ya probaría Vélez en la 
circunstancia que no era lerdo y que llegaría a viejo. En vez de viajar a La Rioja se dirigió a 
Mendoza. Desde Cuyo probó el sistema postal: le envió una carta a Facundo, adjuntándole la 
Constitución. El sobre fúe devuelto sin abrir, pero el fúturo autor del Código pudo conservar la 
cabeza sobre los hombros. 162 

El doctor Tezanos Pintos fúe encargado de depositar en manos del general Ibarra, gobernador 
de Santiago del Estero, la flamante Constitución. Lina crónica regocijante cuenta que el enviado, 
hombre adicto a las normas, se presentó en la casa del gobernador, en una de esas tardes 
bochornosas de Santiago, con galera de pelo, levita abotonada, pantalones de grueso paño y 
puños almidonados. El caudillo lo recibió sentado en el umbral de su casa, descalzo, con chiripá y 
vincha, en camiseta y tomando mate. 163 Le ofreció un amargo al afanoso y estupefacto enviado 
porteño, pero se negó a recibir el desdichado pliego constitucional. 

161 Riviére, ob. cit., p. 55. 

162 Pedro de Paoli, Facundo, Ciordia y Rodríguez, Buenos Aires, 1952, p. 166. 

163 Domingo Maidana, Ibarra y el clero santiagueño, Santiago del Estero, 1947, p. 15. 



Entre Ríos desconocía por medio de su Legislatura la Constitución unitaria, agregando que 
estaba al mismo tiempo dispuesta a contribuir con sus fuerzas al sostenimiento de una guerra 
nacional contra el Imperio brasileño. 

La guerra civil en el interior ya había sido preparada por la fracción rivadaviana de Buenos 
Aires, estrechamente vinculada a varios militares, entre ellos el general Lamadrid. Este oficial — 
un soldado sin seso, con un apetito de aventuras siempre despierto— había sido enviado poco 
antes por el gobernador Las Heras para organizar algunos cuerpos destinados a la lucha con el 
Brasil. Pero, en realidad, Lamadrid utilizó su mandato para dar un golpe de Estado en Tucumán. 
Depuso al gobernador Javier López y se instaló en la primera magistratura de esa provincia con el 
objeto de ofrecer a la secta unitaria porteña un importante punto de apoyo militar en el interior 
sublevado. 

Instantáneamente se levantaron en armas Ibarra, Bustos y Quiroga, y con ellos, los pueblos de 
las provincias del norte. Es el momento en que revélase en escala nacional la personalidad política 
y militar del general Juan Facundo Quiroga. Sarmiento ha contribuido con el valor artístico de su 
Facundo a elaborar la leyenda fascinante y maligna de la barbarie de chiripá. No será un simple 
accidente que los estudiantes argentinos se nutran en esa versión oficial de nuestra epopeya 
gauchesca. No era Facundo ese gaucho de barba impresionante, oliendo a tabaco rústico y vino 
cartón, con habla carajeadora y bota reseca de potro, sediento de sangre, que Sarmiento dibuja en 
su panfleto célebre. Si el sanjuanino no conocía la pampa más que de oídas —lo que no impidió 
que su genio de escritor la describiese—, tampoco su versión de Facundo respondía al hombre 
real, ni a la verdad histórica. Como todos los caudillos argentinos, Facundo había hecho sus 
primeras armas en los ejércitos de la Independencia americana. Soldado del Regimiento de 
Granaderos a Caballo a las órdenes del general San Martín, capitán de milicias en La Rioja, 
colaborador del ejército de Belgrano, auxiliar con su padre de los ejércitos del Perú, benemérito 
de la patria, según un decreto de Pueyrredón, Juan Facundo Quiroga procedía de una familia de 
pequeños terratenientes de situación holgada, en relación con el carácter paupérrimo de los llanos 
esteparios; circunstancialmente, en la provincia de San Luis, Quiroga interviene en la represión del 
levantamiento de los prisioneros españoles que habitaban esa ciudad, y es factor decisivo en el 
aniquilamiento de esa conjuración. 

Mientras las llamas de las guerras civiles devoran el país, el joven militar y terrateniente 
provinciano vive consagrado a las labores rurales, siguiendo con atención las alternativas de la 
política porteña. El doctor Castro Barros, sacerdote exaltado, le ha enseñado en su infancia a leer 



la Biblia, cuya potente poesía enciende la imaginación del niño, y lo seduce hasta grabarla 
fielmente en su memoria. 164 

El ascendiente político de Facundo en La Rioja era ñuto de esas condiciones apacibles, 
derivadas de la economía natural en una provincia mediterránea cuyos intereses no dependían del 
capital extranjero, y cuya ideología espontánea era, en consecuencia, la de un nacionalismo altivo, 
ingenuo y profundo. La Rioja, como las otras provincias interiores, carecía de productos 
exportables; su única posibilidad de progreso material e intelectual consistía en el desarrollo de 
sus fuerzas productivas, en las industrias y en la min ería. Para Quiroga y sus comprovincianos 
más esclarecidos, la necesidad de organizar el país para restituir a sus pueblos el usufructo de la 
Aduana y del Tesoro Nacional era un problema de vida o muerte, no un tema de Derecho 
Constitucional. 

El unitarismo de frac conocía Londres y París, pero sus hombres jamás habían puesto los pies 
en Córdoba o La Rioja. Despreciaban profundamente a esas provincias del interior precapitalista 
que yacían en la miseria bajo un paisaje bíblico. La política librecambista, impuesta por la 
burguesía comercial porteña desde la Revolución de Mayo, tendió férreamente a convertir el 
interior del país, la zona más rica de la época virreinal, en el territorio más pobre de la era 
republicana. Al pretender Buenos Aires degradarlo a simple mercado de los ponchos ingleses, el 
interior resistió ese destino con las armas en la mano. 

De ahí derivaban la resistencia, la hostilidad y la desconfianza de las provincias mediterráneas 
hacia el núcleo dirigente de la privilegiada Buenos Aires. 

V Cómo no habrían de mir ar por encima del hombro los abogados rivadavianos a esas 
provincias cuyos mandatarios se cubrían con los ponchos lugareños y donde la vajilla de plata era 
excepción? David Peña ha retratado vividamente las costumbres políticas en las provincias de ese 
tiempo: 

Después del gobernador, casi siempre un viejo gaucho militar, cargado de malicia y de un profundo conocimiento 
de la psicología del paisanaje, venía la Sala, es decir, la Legislatura, grupo manso de pocos e ilustrados vecinos 
hacendados, mineros, sacerdotes. El gobernador disponía de un secretario ministro, hombre de pluma y labia, a 
veces un desgajado de Montserrat o Charcas con sus latines a cuestas; otras, con su sable además del doctorado. 
(...) No siempre el Ministro era del lugar por lo mismo que se le requería doctor, en varias ocasiones hemos de 
ver una especie de ambulancia ministerial en tres o cuatro provincias afines. La justicia estaba en manos 
indiestras: un juez pedáneo, casi siempre anual, sometido a reglamento; un juez de paz acompañado de dos 


164 


De Paoli, ob. cit. 



vecinos hombres buenos y el alcalde de primer voto. Estos y otros servicios como los piadosos los desempeñaban 
los miembros de la Santa Hermandad que fomiaban Juntas ya en Buenos Aires, y en la última aldehuela. 165 

Estos vecinos, junto a los pastores y artesanos de los llanos, montaron a caballo cuando la 
mano vigorosa de Facundo levantó su lanza para defender a su gente amenazada por la barbarie 
porteña. 

No se trataba solamente de la Constitución unitaria del año 26. En lo que a ésta respecta, el 
gobierno de La Rioja, con el apoyo de Quiroga, había resuelto desconocer a Rivadavia como 
presidente de la República. La Rioja fundaba su posición en que el Congreso general de Buenos 
Aires era sólo Constituyente y no podía nombrar presidente de la Nación. Asimismo, los riojanos 
resolvieron desconocer toda ley enviada de dicho congreso, hasta que no se sancionara legalmente 
la Constitución Nacional, por la opinión y el voto de todas las provincias argentinas. 

Los ingleses en las montañas riojanas 

La explotación minera de Famatina constituyó uno de los factores más decisivos de la crisis 
con Juan Facundo Quiroga. Tradicionalmente, la min a de Famatina había sido considerada una de 
las más importantes fuentes de mineral. Ya era el cerro un gran recurso desde la Revolución de 
Mayo, cuando la escasez de numerario se hizo angustiosa para los gobiernos revolucionarios. 
Posteriormente, cuando el drenaje en metálico efectuado de una manera sistemática por el 
comercio británico en Buenos Aires colocó a los gobiernos argentinos en una situación de 
completa dependencia del capital extranjero, el cerro de Famatina se reveló como un 
extraordinario proveedor para La Rioja y el país. 

La desorganización general, del mismo modo que la ausencia de capacidad técnica, impidió 
una explotación adecuada. Un grupo de capitalistas riojanos obtuvo el apoyo del general Quiroga 
y posteriormente el aporte de capital de un sector de ganaderos bonaerenses, con el objeto de 
constituir una compañía que se denominó “Establecimiento de la Casa de Moneda y Mineral de 
Famatina”. Se adquirieron maquinarias, fue contratado personal y se comenzaron los trabajos, que 
proporcionarían a la provincia riojana una industria de primera magnitud para la época. 

Fue en tales circunstancias que culminaron unas largas negociaciones llevadas a cabo por 
Rivadavia desde el año 1823. Al asumir la presidencia de la República, poco después de regresar 
Rivadavia de Londres, constituyóse en la capital británica la “River Píate Minning Association” 


165 


David Peña, Juan Facundo Quiroga, Americana, Buenos Aires, 1953, p. 68. 



con el objeto de explotar la mina de Famatina, y de cuyo directorio formaba parte el presidente de 
la República con un sueldo anual de 1.200 libras esterlinas. 166 

Rivadavia demostró una vez más un menosprecio completo por la existencia de la compañía 
argentina y una crasa ignorancia de las condiciones políticas del país. Presidente de la República y 
accionista de la compañía británica, puso en ejecución la ley que creaba el Banco Nacional y en 
cuyo articulado se declaraban nacionalizadas todas las minas del país. En los articulados 78 y 80 
de la ley que creaba esta institución controlada por mayoría absoluta de votos por los 
comerciantes ingleses, se establecía t que sólo el Banco Nacional podrá cuñar moneda en todo el 
territorio del Estado t. El artículo siguiente añadía t que no podrá tampoco establecerse otro 
cuyo capital exceda de un millón de pesos ti. De acuerdo a la ley que creaba el Banco Nacional, 
quedaba de hecho anulado el contrato celebrado por el gobierno riojano con la sociedad de la cual 
era accionista Quiroga, dejando en manos exclusivas de Buenos Aires el manejo de esa 
explotación minera. 

Para tranquilizar a los inversores británicos, Rivadavia escribía a la Casa Hullet Brothers de 
Londres: t Las minas son ya por ley propiedad nacional y están exclusivamente bajo la 
administración del Presidente tt. 167 

Pero nacionalizar las minas en Buenos Aires era más simple que tomar posesión de ellas en La 
Rioja. Las lanzas riojanas mantuvieron a distancia a los mineros ingleses. La quiebra de la 
“Minning” no fue el único escándalo que envolvió la caída de Rivadavia. 

La propia historia del Banco Nacional, a que hemos aludido, contribuirá a una mejor 
comprensión de la política rivadaviana en defensa de la burguesía comercial porteña. 

En 1822, siendo Rivadavia ministro de Gobierno del general Rodríguez, se creó por decreto el 
Banco de Buenos Aires, con un capital de un millón de pesos. Este banco tenía tales caracteres de 
privilegio que su creación levantó grandes protestas. 

A pesar de ser un banco particular, la ley le otorgaba la facultad de emitir papel moneda, 
derecho privativo de todo gobierno soberano. 

Se ha demostrado irrefutablemente que dicho banco estuvo permanentemente bajo el control 
de las finanzas británicas. En 1825, sobre un total de 702 votos, los comerciantes ingleses 
contaban con 381. Antes de transformarse en Banco Nacional, bajo la presidencia de Rivadavia, 
los ingleses contaban con 589 votos sobre un total de 838. Scalabrini Ortiz, en su estudio sobre el 

166 Para una exposición completa de la gestión financiera de Rivadavia, véase Scalabrini Ortiz, 
ob. cit. Las infortunadas gestiones mineras han sido resumidas por Rosa, ob. cit., cap. III. 

167 López, ob. cit., tomo X, p. 231. 



tema, ha demostrado hasta la evidencia el carácter subordinado de esta institución típicamente 
rivadaviana, que ponía en manos de una potencia extranjera el manejo de la moneda argentina, 
precediendo en más de un siglo al funesto Banco Central de Pinedo y Prebisch. 168 

Refiriéndose a la renuncia del comerciante Sáenz Valiente al directorio de dicho banco, Mr. 
Robertson, miembro asimismo del directorio, consigna en un acta del 27 de setiembre de 1824 
que 

el señor Sáenz Valiente protestándole la mayor franqueza le había expresado que el motivo que él tenía para no 
admitir dicho honor, era que creía lo que generalmente se decía en el pueblo y es que en el banco los extranjeros 
ejercen una influencia perniciosa para el país, a cuyo abuso él no quería contribuir. 169 

En 1836, con el poder político bonaerense en manos de los ganaderos, el Banco Nacional 
cerró sus puertas. Rosas restituyó al gobierno de Buenos Aires el derecho de emitir papel 
moneda. En su mensaje del año 1837 este gobernante afirmaba que 

el capital con que se levantó el Banco fue todo una ficción y desde los primeros momentos de su giro los billetes 
tuvieron el carácter de inconvertibles; el Banco Nacional hecho árbitro de los destinos del país y de la suerte de 
los particulares dio rienda suelta a todos los desórdenes que se pueden cometer con influencia tan poderosa. 170 


La tierra purpúrea que Inglaterra perdió 

Las masas y las lanzas estaban de pie. La indignación general de los caudillos contra el 
despótico poder porteño, erigido sobre arena, llevó al espíritu de Rivadavia la convicción de que 
sólo una paz a toda costa con el Brasil podría permitirle desviar las tropas argentinas 
comprometidas en la guerra nacional para sofocar la guerra civil. Esta necesidad interior de la 
burguesía comercial porteña respondía perfectamente a los planes de la diplomacia británica en el 
Río de la Plata. 

El general Alvear había obtenido un decisivo triunfo en la batalla de Ituzaingó. Se estaba a 
sólo un paso de reintegrar la Banda Oriental al seno de las Provincias del Río de la Plata. El más 
negro pesimismo reinaba en la corte de Río. Las tropas brasileñas estaban desconcertadas y eran 
impotentes para resistir un nuevo empuje argentino. Esa fue una hora histórica. En tales 

168 Scalabrini Ortiz, ob. cit., p. 65 y ss. 

169 Ibíd., p. 61. 

170 Ibíd., p. 69. 



circunstancias, Rivadavia decidió enviar a su ministro, el doctor Manuel José García, a negociar 
apresuradamente la paz ante la corte imperial de Río de Janeiro. Esta actitud inesperada, en la que 
el vencedor pide la paz al vencido, llenó de asombro y regocijo al emperador. 

El sesgo favorable que había tomado el curso de la guerra para las amas argentinas no podía 
satisfacer a la política inglesa, por otra parte. Era una vieja opinión del ministro de Colonias 
británico, que el Río de la Plata no podía quedar bajo el control de un solo país. También el 
Imperio del Brasil, influido por los ingleses, se oponía tradicionalmente a la consolidación de un 
poderoso Estado en la cuenca del Plata. Para Gran Bretaña era de alto interés imperial introducir 
una cuña en el río, llave del interior sudamericano, en forma tal que su comercio y su diplomacia 
controlasen un puñado de pequeños Estados para desplegar su juego de dominación sobre todos 
ellos. En un alarde de franqueza cínica, Lord Ponsonby había confesado al argentino José María 
Roxas y Patrón: 

El gobierno inglés no ha traído a la América a la familia real de Portugal para abandonarla, y la Europa no 
consentirá jamás, que sólo dos Estados, el Brasil y la Argentina, sean dueños exclusivos de las costas orientales 
de América del Sur desde más allá del Ecuador hasta el Cabo de Hornos. 171 

Educado en la escuela europea, por la que sentía una típica admiración colonial, Manuel José 
García, antiguo contertulio en Río de Janeiro de Lord Stranford, fue el agente natural de la 
política inglesa de fragmentación nacional en el Sur. Rivadavia exigía la paz enseguida. La 
sorpresa del emperador brasileño no tuvo límites al comprobar que los ejércitos argentinos 
victoriosos enviaban un diplomático para mendigar una paz a cualquier precio al día siguiente de 
ganar en Ituzaingó una batalla decisiva contra el Imperio. 

Así fue como el Imperio derrotado impuso condiciones draconianas al país vencedor. Brasil 
planteó la exigencia de retener bajo su férula a la Banda Oriental; también reclamó la isla Martín 
García. Pero este pedido del Brasil tampoco podía complacer a la política británica, que sólo 
deseaba debilitar lo suficiente a los antagonistas para imponer su propio objetivo: la creación de 
un Estado independiente en el Río de la Plata. Muy bien debió comprender este propósito el 
cónsul norteamericano Forbes, que en una carta dirigida a su gobierno en junio de 1826 afirmaba: 

Lo que yo había predicho se cumple: se trata nada menos que de la erección de un gobierno independiente y 


171 


Ibíd., p. 107. 



neutral en la Banda Oriental bajo la garantía de Gran Bretaña (...) es decir, sólo se trata de crear una colonia 
británica disfrazada. 172 

La intransigencia del emperador del Brasil era explicable. Esperaba aprovechar las 
divergencias intestinas del pueblo argentino para conservar en su poder la Banda Oriental. 173 Pero 
esta actitud irritó a Canning, primer ministro británico. El embajador brasileño en Londres, 
vizconde de Itaballana, informaba a su gobierno acerca de una conversación con Canning, en la 
cual el ministro inglés le afirmó su voluntad de intervenir como mediador en el conflicto. 

Quiere serlo tan a toda fuerza —escribía el embajador— que me intimó que si el Brasil no hiciese la paz con 
Buenos Aires dentro de un plazo de seis meses, es decir, si no cede la Banda Oriental, la Inglaterra se declarará 
a favor de Buenos Aires y contra el Brasil. 174 

Los ingleses sabían cómo apretar. Amenazaron al Imperio con negarle recursos financieros, 
paralizar los empréstitos y retirar la tripulación de la flota brasileña, compuesta en su mayor parte 
por marinos británicos. Pero contra todo lo previsto por el Brasil, los ingleses y los propios 
argentinos, el ministro García accedió a las más absurdas exigencias del emperador del Brasil y 
firmó el Tratado. 

La violencia de la indignación en Buenos Aires y en todo el país aterrorizó a Rivadavia, que 
sentía vacilar la tierra bajo sus pies; viose obligado en ese momento a desautorizar a García, 
acusándolo de haber traspasado sus instrucciones y se negó a ratificar el Tratado. García, 
veterano agente británico, se defendía afirmando que en las instrucciones verbales que había 
recibido se le había recomendado que 

el principal interés era salvar a la República de los gobiernos bárbaros que dominaban las provincias que 
amenazaban extenderse a la capital. Y que en la alternativa de ver perdida la cultura social y política del país o 
tener el ejército para salvarla, había creído que a esto último le obligaba su deber y su patriotismo, tanto más 
que cuanto a sus ojos los orientales no eran ni serán jamás argentinos. 175 

Bloqueado por los caudillos en armas, jaqueado por los ganaderos bonaerenses, abandonado 

172 Ibíd., p. 106. 

173 Palacio, ob. cit., p. 289. 

174 Scalabrini Ortiz, ob. cit., p. 106. 

López, ob. cit., p. 372. 


175 



por la propia ciudad de Buenos Aires, reducida a polvo la estructura institucional que fundara en 
el vacío, incapaz de hacer la paz con el Brasil, y sin poder dominar a las provincias, Rivadavia 
renunció, desapareciendo para siempre de la escena política argentina. El juego maestro de Gran 
Bretaña se revelaba en toda su amplitud. La frase jactanciosa de Canning podría comprenderse 
luego: t He hecho surgir a la vida un Nuevo Mundo, para restablecer el equilibrio del 
antiguo ti. 176 La grandeza de Europa debía fundarse en el sometimiento y dispersión de América 
Latina. A la primera edición de su libro admirable, Guillermo Enrique Hudson puso como título 
La Tierra Purpúrea que Inglaterra perdió. Luego, por intuición, o significativo azar, esa obra que 
tan magistralmente describe el campo de la Banda Oriental, se llamó simplemente La Tierra 
Purpúrea. No sabremos nunca si el artista sospechó tardíamente que en verdad Inglaterra había 
ganado una nueva partida en la historia de nuestra balcanización. 

El dorreguismo como tendencia 

El sector federal liberal de los ganaderos bonaerenses, encabezado por Dorrego, frente al caos 
originado por la política rivadaviana, formuló entonces un proyecto de ley aceptando la renuncia 
de Rivadavia y decretando la suspensión de las sesiones del Congreso Constituyente. La provincia 
de Buenos Aires se reconstituía como Estado, procedía a la elección de su Legislatura y al 
nombramiento de su gobernador. 

Tras una breve presidencia interina del doctor Vicente López y Planes, el coronel Manuel 
Dorrego fue elegido gobernador de Buenos Aires. 

La vergonzosa caída de Rivadavia con la erección de la Banda Oriental como “Estado 
independiente”, si no era un triunfo brasileño, era en cambio una victoria británica, y sobre todo, 
una derrota argentina. Hundió en el descrédito nacional más completo al partido rivadaviano 
porteño. Los ganaderos se persuadieron de que era imprescindible cambiar la política de Buenos 
Aires. Aceptaron la gobernación de Dorrego como una solución de emergencia, pero ése no era 
su hombre. 

Manuel Dorrego había sido un destacado oficial de las guerras de la Independencia. El voluble 
Dorrego, altivo, desenfadado, imaginativo, era un cabal argentino del Buenos Aires de su tiempo. 
Oficial notable de San Martín y de Belgrano, orador chispeante, amigo de gauchos y adorado por 
la plebe, Dorrego gustaba de la política, manejaba libros, era un soldado intrépido. 

Ante la política abiertamente antiargentina de la burguesía comercial, Dorrego recibió el 


176 


Vedia y Mitre, ob. cit., p. 215. 



apoyo pasivo de los hacendados bonaerenses, que no podían criar sus vacas en paz frente al 
fantasma de la guerra civil azuzado por la política rivadaviana. Dorrego contaba asimismo con el 
apoyo de las peonadas, gauchos, artesanos y capas populares de la población porteña y 
bonaerense, de las cuales se había hecho intérprete. No debemos olvidar, por otra parte, que el 
caudillo Ibarra lo había designado como diputado por Santiago del Estero en el Congreso 
Constituyente rivadaviano. Dorrego y su grupo estaban en condiciones de llegar a un 
entendimiento con los caudillos del interior para la organización nacional. 

Por otra parte, los intereses de Buenos Aires eran tan poderosos y tan obsesivo su localismo 
portuario, que nadie en esa ciudad de 1828 se habría atrevido a defender una política nacional 
como la exigida por las provincias interiores. 177 Dorrego fue la suprema expresión de una 
tendencia que buscaba un acuerdo, por más precario que fuese, con el interior nacionalista. De ahí 
la cólera redoblada con que los ingleses y los rivadavianos enfrentaron su política, y la indiferencia 
con que los ganaderos lo dejaron morir. 

Rosas, que haría de la tumba de Dorrego el escalón de su carrera hacia el poder, ya lo había 
traicionado en 1820, cuando apoyó al general Rodríguez, jefe del partido unitario en ese 
momento. Volvería a abandonarlo en la trágica jomada de Navarro al no prestarle apoyo militar 
frente a Lavalle. En esos dos gestos se cifraba toda la política de los estancieros. Los dueños de 
vacas no querían hacer política directamente, eran hombres de empresa: esperaban tranquilamente 
las pariciones anuales. La política era una miseria inevitable que los ganaderos más lúcidos —los 
Anchorena— pesaban en su valor aunque despreciaban su brillo, pues se consideraban por encima 
de ella. Unitarios o federales, lo mismo daba: los ganaderos querían para sí la capital, el puerto, la 
aduana. Toda perturbación al negocio era un crimen de Estado. Si Rosas apoya en el año 20 al 
gobernador unitario Rodríguez, será porque confía en él para mantener alejados a los montoneros. 
Su vocación política despertará ante el fracaso de los rivadavianos, que al convertir al país en un 
tembladeral de lanzas, arriesgaban el todo por el todo. Los provincianos, frente a la persecución 
despiadada de Rivadavia (que más tarde consumaría Mitre), podrían unificarse y avanzar sobre 
Buenos Aires. Ante este peligro, los ganaderos se harán “federales” con Rosas. 

Al asumir el cargo de gobernador de la provincia, Dorrego dirige una circular a todas las 

177 En la Memoria del brigadier general Pedro Ferré, ob. cit., p. 54, el jefe correntino, 
aludiendo a una conversación sostenida con el porteño Roxas y Patrón sobre el proteccionismo 
reclamado por el interior, dice lo siguiente: t Hablando conmigo sobre el particular me dijo 
francamente, que estaba persuadido que si consentía tal arreglo en favor de las provincias 
hasta los muchachos de Buenos Aires lo apedrearían por las calles. Todo esto le creí al señor 
Rojas porque con esa misma opinión nacen y se crían los hijos de Buenos Aires tf 



provincias. En ella da cuenta de la experiencia catastrófica de la administración rivadaviana en los 
negocios nacionales. Inmediatamente los caudillos hicieron llegar su confianza a Dorrego, con 
excepción de Salta, donde se había refugiado el último pelotón unitario. 

El principal problema para el nuevo gobernador, que contaba con las simpatías nacionales, 
consistía en resolver la guerra con el Brasil. Se trataba de rematar las negociaciones diplomáticas 
que habían entrado en una impasse con el rechazo de Rivadavia de la incorporación de la Banda 
Oriental al Imperio brasileño. Ya la diplomacia inglesa habíase lanzado febrilmente al asalto. Los 
antecedentes de Dorrego intranquilizaban al Foreing Office. 

Lord Ponsonby escribía a Dubley: 

Mi propósito es conseguir medios de impugnar al coronel Dorrego, si llega a la temeridad de insistir sobre la 
continuación de la guerra después de tener a su alcance los justos medios para hacer la paz. 178 

El agente británico parecía estar muy bien informado no sólo de la decidida oposición de 
Dorrego a enajenar una de las Provincias Unidas a las intrigas inglesas, sino aun con respecto a la 
situación del interior. El mismo Ponsonby escribe a Canning poco más tarde: 

Me parece que Dorrego será desposeído de su puesto y poder muy pronto. Sus amigos personales comienzan a 
abandonarlo. El partido opuesto a él parece esperar sólo noticias de Córdoba para proceder contra él. 179 

Los ejércitos argentinos habían obtenido una rotunda victoria sobre el Imperio esclavista. Pero 
eran incapaces de seguir adelante, primero por ineptitud y hostilidad del gobierno de Rivadavia 
hacia la guerra con el Brasil y luego por la falta de fondos del gobierno de Dorrego. En ese 
momento, los ingleses presionaban simultáneamente a Dorrego y al emperador del Brasil para 
encontrar en la independencia uruguaya una solución de transacción. Lord Ponsonby dice 
abiertamente a ese respecto: 

Es necesario que yo proceda sin un instante de demora y obligue a Dorrego, a despecho de sí mismo, a obrar en 
abierta contradicción con sus compromisos secretos con los conspiradores y consienta en hacer la paz con el 
Emperador (...) La mayor diligencia es necesaria (...) no sea que esta república democrática en la cual por su 
verdadera esencia no puede existir cosa semejante al honor, suponga que se pueda hallar en las nefastas intrigas 

178 Scalabrini Ortiz, ob. cit., p. 112. 

179 Ibíd., p. 113. 



de Dorrego medios de servir su avaricia y su ambición.. 180 


El cinismo de este bandolero de rapé, agente de un Imperio construido sobre la base del robo, 
la estafa y el crimen, no reconocía límites. En su notable estudio sobre la historia de la 
segregación del Uruguay, Raúl Scalabrini Ortiz nos cuenta de qué modo Dorrego se encontró 
paralizado por obra de los accionistas ingleses del Banco Nacional. (Nada menos que “nacional” 
se llamaba el banco manejado por Londres.) El infaltable Ponsonby informa con fruición el 5 de 
abril del año 1828: 

No vacilo en manifestar que yo creo que ahora el coronel Dorrego está obrando sinceramente a favor de la paz. 
Bastaría una sola razón para justificar mi opinión que a eso está forzado (...) Está forzado por la negativa de la 
Junta de facilitarle recursos, salvo para pagos mensuales de pequeñas sumas (...) y están forzados por la 
certidumbre de que si resisten a una paz honorable y ventajosa serán derrocados... 181 

Ponsonby fue más lejos aún y desnudó cínicamente el fondo de su pensamiento. No sólo amenazó 
al gobernador de Buenos Aires. Anunció también la decisión británica de intervenir en América 
cuando le conviniera. Dorrego se había hecho aborrecible no sólo al partido rivadaviano y a los 
ingleses por su popularidad en las provincias federales y entre las clases más humildes de la 
provincia, sino por su amistad con Bolívar y Sucre, en quienes había visto la posibilidad de 
obtener una alianza para formar una unión hispanoamericana de repúblicas y poner fin, al mismo 
tiempo, a la ocupación portuguesa en la Banda Oriental. Veamos aquí en toda su perfección al 
deslenguado Ponsonby. Antes de viajar a Río, escribe a Dorrego: 

Vuestra Excelencia no puede tener ningún respeto por la doctrina expuesta por algunos torpes teóricos de “que 
América debería tener una existencia política separada de la existencia política de Europa”; el comercio y el 
común interés de los individuos han creado lazos entre Europa y América, lazos que ningún gobierno, ni 
tampoco acaso ningún poder que el hombre posea, puede ahora disolver. Y mientras esos lazos existan, Europa 
tendrá el derecho y ciertamente no carecerá de los medios ni de la voluntad de intervenir en la política de 
América, por lo menos en la medida necesaria para la seguridad de los intereses europeos. 

La minoría de los accionistas del Banco Nacional, único banco emisor de papel moneda de 

180 Ibíd., p. 113. 

181 Véase documentación completa en Luis Alberto de Herrera, La misión Ponsonby, 2 tomos, 
Barreiro y Ramos, Montevideo, 1930. 



Buenos Aires, estaba formada por comerciantes porteños, socios menores de la banca inglesa. La 
mayoría de esos mismos accionistas eran directamente comerciantes británicos. Con ese nudo 
corredizo sobre el cuello del gobierno de Dorrego, Lord Ponsonby ahogó la continuación 
victoriosa de la guerra sobre el Imperio esclavista. Dorrego se vio obligado a firmar la convención 
de paz por cuyos términos se establecía en el Río de la Plata la fundación de un Estado 
independiente, formado por la antigua provincia oriental del Virreinato. Dicho Estado constituiría 
durante un siglo y medio de historia rioplatense el Gibraltar sudamericano. 

Esta capitulación no salvó al gobernador de la venganza del partido rivadaviano ni del odio 
mortal de la diplomacia inglesa. 182 Por el contrario, obligado a hacer la paz con el Brasil por la 
presión de la diplomacia británica, Dorrego ordenó el regreso al país de los ejércitos en campaña. 
Esta desmovilización le costó la cabeza. 

Los unitarios y el crimen de Navarro 

El 1 3 de diciembre de 1828 llegaba a Buenos Aires una división del ejército de la campaña del 
Brasil, al mando del general Juan Lavalle. Era Lavalle un bravo de palabra fácil, “cabeza alocada”, 
según San Martín, un soldado embriagado de coraje; su arrojo era tan legendario como su falta de 
equilibrio intelectual. No fue difícil al núcleo doctoral de los rivadavianos, recién expulsados del 
gobierno, seducir el espíritu del fogoso general porteño. Los Del Carril, los Agüero, los Valentín 
Gómez —ese grupo severo, sombrío y libresco— conocían las fibras vulnerables de Lavalle y füe 
bastante simple persuadirlo de que todos los horrores y culpas de la anarquía tenían como 
responsable a Dorrego, ese demagogo amigo de la chusma que tendía su mano a la montonera 
bárbara. Lavalle no quiso oír más. Con su división de veteranos volteó al gobernador de la 
provincia, lo persiguió en los campos de Navarro y lo hizo prisionero. 

Sin perder un minuto, la secta rivadaviana, conspirando en la ciudad para reconquistar el 
poder, le escribe dos cartas a Lavalle, que meditaba vacilante, en su tienda de campaña, sobre la 
suerte del gobernador. Una de ellas la firma Juan Cruz Varela: 

Después de la sangre que se ha derramado en Navarro, el proceso del que la ha hecho correr, está formado; ésta 
es la opinión de todos sus amigos de usted, esto será lo que decida la revolución; sobre todo si andamos a medias 
(...) en fin, usted piense que doscientos y más muertos y quinientos heridos deben hacer entender a usted cuál es 


182 López, ob. cit., tomo X, p. 336 y ss. Con claridad inobjetable, López describe la política 
británica en la guerra con el Brasil y la creación de una Banda Oriental independiente. 



su deber . 183 


Salvador María del Carril, segundón de Rivadavia, sanjuanino de origen y porteño de 
adopción, t carácter débil para los poderosos, petulante para los inferiores, infatuado en su 
valer, y desdeñoso del ajeno tf, según cuenta en sus recuerdos Vicente G. Quesada, escribió la 
segunda carta a Lavalle. Impulsándolo a ejecutar a Dorrego, este hombre sinuoso decía en su 
misiva secreta que 

una revolución es un juego de azar en el que se gana hasta la vida de los vencidos cuando se cree necesario 
disponer de ella. Haciendo la aplicación de principios de una evidencia práctica, la cuestión parece de fácil 
resolución . 184 


Perturbado, enceguecido, arrastrado por una oscura fatalidad, Lavalle fusila “por su orden” al 
capitán general de la provincia de Buenos Aires. Afronta solo, con su clásica arrogancia de 
granadero, el juicio de la historia. Pasarán muchos años antes que se descubran en su archivo las 
comprometedoras cartas de Del Carril y Varela. 

Lavalle confesaría en 1839, ante un grupo de oficiales, toda la verdad: 


Los hombres de la casaca negra, ellos, ellos, con sus luces y su experiencia me precipitaron en ese camino, 
haciéndome entender que la anarquía que devoraba a la Gran República presa del caudillaje bárbaro, era obra 
exclusiva de Dorrego. Más tarde, cuando varió mi fortuna se encogieron de hombros (...) Pero ellos, al 
engañamie, se engañaban también, porque no era así . 185 


La terrible decisión de Lavalle, lejos de consolidar al partido unitario, lo manchó de sangre. La 
oligarquía ganadera retiró su apoyo a los hombres de casaca negra. 

Sobre el drama de Navarro se elevó la divisa punzó de Juan Manuel de Rosas. 


183 La suerte de Dorrego, prisionero de Lavalle, no se decidió oficialmente. Su ejecución fue 
obra del partido unitario, reunido secretamente en una casa particular bajo la forma de un 
consejo de los Diez: Del Carril y Agüero instigaron epistolarmente al general vencedor para 
que ejecutara al gobernador. (V. López, ob. cit., tomo X, p. 367 y ss.) 

184 Este piadoso doctor Del Carril diría treinta años más tarde en una carta al general Ru- 
decindo Alvarado: t J Ha visto usted que nuestro país no adelanta nada, que está tan bruto 
como antes? Al diablo con él. Si fuese mi hijo le daría de patadas; si fuera mi esclavo o mi 
caballo, lo mandaría degollar, j No le parece tenazmente estúpido e incorregible? t (f ngel 
Justiniano Carranza, Lavalle ante la justicia postuma, Hachette, Buenos Aires, 1941, p. 59). 

185 Carranza, ob. cit., p. 85. 




Paz y Facundo: la tragedia mediterránea 


Entre Rivadavia, jefe de la burguesía comercial porteña, y Rosas, caudillo de los ganaderos 
bonaerenses, cuyas coincidencias y antagonismos examinaremos en el próximo capítulo, se alza 
un tercer factor que ha sido con frecuencia oscurecido en nuestra literatura histórica. Nos 
referimos al complejo de provincias mediterráneas y a sus dos jefes más destacados: el general 
José María Paz, hombre de Córdoba, y el riojano Juan Facundo Quiroga. 

Desgarrado entre el polo unitario o federal, parece que el país debe optar entre Rivadavia o 
Rosas, ambos porteños. Así se nos presenta el conflicto de ayer y nada hay más falso que este 
esquema afortunado. 

A un siglo de los acontecimientos que lo tuvieron como héroe, el general Paz es conocido por 
sus seductoras Memorias, por su genio militar y por su condición de unitario. En gracia a esta 
última filiación, la moderna oligarquía tolera su inclusión en el panteón de los proceres. V Paz, 
unitario? Es que en virtud de su oposición a Rosas serán también unitarios y “antinacionales” don 
Pedro Ferré, gobernador de Corrientes, el Chacho o Manuel Leiva, según el criterio de ciertos 
“revisionistas”. 186 Estos hombres eran argentinos provincianos y sus diferencias con Rosas serían 
producto de la dictadura portuaria de Buenos Aires, que Rivadavia ejerció y que Rosas 
mantuvo. 187 

Para estimar en todo su valor la personalidad de Paz, será preciso considerarlo como el 
vástago más notable que produce la Córdoba del siglo XIX; hombre de filosofía y de 
matemáticas, cursa sus años de estudiante en el Colegio Seminario de Loreto, en las horas 
postreras del dominio español en América. Cuando los sacerdotes americanos leían a Voltaire y a 
Rousseau, Córdoba también se escindía entre ultramontanos y revolucionarios. Era esta provincia 
la región económica más considerable de nuestras provincias interiores. Centro de importantes 
industrias artesanales, Córdoba constituía ya el nudo de comunicaciones intelectuales y políticas 
del país en formación. En sus familias principales se gestaba una burguesía provinciana que no 
podía alcanzar un verdadero desenvolvimiento sino a través de la unidad del país y del progreso 

186 Véase el importante trabajo de Roberto Zalazar, El Brigadier Ferré y el federalismo, 
Corrientes, 1963 (sin mención de Editorial [N. de E]), que ilumina desde el revisionismo 
socialista de la historia nacional la gran figura de Ferré. 

187 Federico Palma, Manuel Leiva, pregonero de la organización nacional, Colmegna, Santa Fe, 
1946. 



económico. 

José María Paz, a quien ya hemos visto participar con Alejandro Heredia y el general Bustos 
en el motín de Arequito, se destacará como el más notable representante de la burguesía 
cordobesa culta. Paz será siempre un provinciano, distinción capital en nuestro siglo XIX para 
situarse claramente en el caos de las luchas civiles. 

Si Paz se levantó en Arequito contra la orden del gobierno porteño de movilizar el ejército de 
Belgrano contra las montoneras santafesinas de Estanislao López, hará lo propio cuando Rosas en 
el poder se niegue a nacionalizar las rentas de la Aduana y postergue la organización nacional, 
reclamadas por las provincias. Vemos en su actitud una perfecta consecuencia, y en esa posición 
no está solo: el tucumano Alberdi dará más tarde una expresión teórica completa a las 
reivindicaciones nacionales del interior a pesar de las formidables contradicciones de su historia 
intelectual. 

El álgebra y la lanza 

Pero la tragedia de ambos, que en último análisis fue la del país, consistió en la imposibilidad 
de crear un frente del interior. Este sólo podía ser el resultado de un pacto entre el álgebra y la 
lanza, entre Paz y Quiroga, entre la burguesía intelectual y las masas armadas opuestas al núcleo 
corruptor de Buenos Aires, i nicamente así podría imponerse la unidad de los argentinos. En este 
orden de ideas, la sagacidad de Rosas, reflejo del formidable poder bonaerense, fue insuperable y 
sus intrigas divisionistas obtuvieron el éxito derivado de la impotencia económica provinciana. 

Las tentativas de un acuerdo entre las provincias mediterráneas y el litoral librecambista 
fueron consideradas como el peligro más grande por Buenos Aires: Rosas lo comprendió 
admirablemente y toda su estrategia estuvo dirigida a corromper a López a cambio de vacas y 
sinecuras, a engolosinar a Quiroga con promesas, a enredarlo en sus maquinaciones y a 
desmoralizarlo por medio del juego y de la sociedad porteña. A ese Facundo mundano, que se 
vestía en Buenos Aires en la sastrería francesa de Dudignac y Lacombe, a ese Facundo no lo 
retrató Sarmiento. Pese a todo, Quiroga, aunque a veces pareció flaquear ante los arrumacos de 
Rosas, no ocultó durante su estada en Buenos Aires, poco antes de ser asesinado, su 
independencia frente al Restaurador. Sus contactos con los federales “lomos negros”, partidarios 
de la organización nacional, y sus veladas amenazas, fueron un buen testimonio. 188 


188 Correspondencia entre Rosas, Quiroga y López, Hachette, Buenos Aires, 1958 (con una 
excelente introducción de Enrique Barba; v. p. 15). 



En su interesante estudio sobre Paz, Juan B. Terán escribe: 


Paz estaba más cerca de algunos federales que de Rivadavia: de los federales que querían el congreso general 
que dictaría la constitución; por ejemplo, de Heredia, de Tucumán, o de Leiva y Ferré, de Corrientes. Corrientes 
se puso al frente de Rosas justamente porque se empeñaba en la reunión del Congreso de Santa Fe de 1838, en lo 
que Rosas vio un sacrilegio. Rosas condenó el tratado que Quiroga hizo ñmiar en Santiago a tres provincias, 
pocos días antes de ser asesinado, porque lo consideró un acto preparatorio de la Constitución. 189 

El tratado firmado en Santiago del Estero por Quiroga era la respuesta a la famosa carta 
fechada en la Hacienda de Figueroa, enviada por Rosas a Facundo. Constituían dos políticas 
opuestas. Si Rosas, como Rivadavia, se oponía a la organización nacional y al reparto entre todas 
las provincias de las rentas porteñas, Quiroga persistía en esa solución para ahogar las chispas de 
la guerra civil, encendida por el monopolio de Buenos Aires. Rosas afirmaba que el país no podía 
emprender la tarea de organizarse hasta que se tranquilizara. Pero la convulsionada República 
tomaba las armas precisamente porque la palabra “organización”, que Rosas ridiculizara, no tenía 
otro significado que la liquidación del predominio bonaerense. La “constitución” era, ante todo, la 
Capital y la Aduana. 

Para enjuiciar el papel de Paz, no basta con su actitud en el motín de Arequito, que el partido 
unitario recordará como un baldón sobre su nombre, justamente porque en ella revelaba el ilustre 
manco su espíritu nacional. Es preciso iluminar su carrera a través de sus relaciones personales 
con los caudillos provincianos que como Heredia, gobernador de Tucumán, o Ibarra, gobernador 
de Santiago, habían sido sus camaradas de armas en las luchas por la Independencia. Heredia 
declaraba en una carta que si había aceptado el gobierno tucumano era para t poder hablar con 
influencia por el único hombre que ha sido mi confidente en esta vida y por el guerrero con 
quien a la par he corrido todos los peligros de la vida, pendiente la guerra de la 
Independencia U. Ibarra le dirá en una carta: t Debes persuadirte que tus glorias me interesan 
demasiado tf 190 

Muchos caudillos federales del tiempo de Rosas, aun manteniendo con éste relaciones 
oficiales, verán en la espada y el talento de Paz la esperanza de una organización nacional. Por 
otra parte, para comprender la actitud de los caudillos provinciales frente a Rosas, son 
esclarecedoras las palabras que el general Rojo diría a Paz: t Los gobiernos federales como 

189 Juan B. Terán, José María Paz, Cabaut, Buenos Aires, 1936, p. 171. 

190 Ibíd., p. 173. 



Benavídez se acogieron a Rosas más que por adhesión a él por temor a Lavalle tt. 6 

Rosas representaba a los ganaderos bonaerenses, coincidentes con los comerciantes en la 
posesión exclusiva del puerto. Difería de esos últimos (Rivadavia y Lavalle) en la táctica frente a 
las provincias. Rosas las abandonaba a su suerte; Lavalle y los unitarios, empujados por las 
fuerzas del comercio inglés, buscaban arrasarlas militarmente e imponer su política económica a 
sangre y fuego. De ahí que las exhaustas provincias, sin dejar de resistir a la dictadura portuaria, 
en general, pudieron llegar a un acuerdo vacilante con Rosas, imposible de lograr con Lavalle. 191 
Estas contradicciones aparecen en su más fuerte relieve cuando Paz vence a Quiroga en La 
Tablada. 

Lavalle, que acaba de fusilar a Dorrego, es en apariencia un aliado natural de Paz contra los 
caudillos. Sin embargo, había una gran distancia entre ambos hombres. Paz, t cultísimo, de 
inteligencia sutil y analizadora, escribe Ibarguren, encarnaba el espíritu provinciano, moderno y 
prudente, cauteloso y discreto, a diferencia del unitario porteño, arrebatado y romántico, fogoso 
y suficiente 192 

Pero las diferencias no eran sólo psicológicas, como parece creerlo Ibarguren. 

La victoria de Paz sobre el ejército gauchesco de Facundo llenó de esperanzas al partido 
rivadaviano de Buenos Aires, caído en el más absoluto descrédito por la inmolación de Dorrego y 
el epílogo de la guerra con el Brasil. 

Entre Lavalle, triunfador en Buenos Aires, y Rosas, poderoso ganadero bonaerense, temido 
por los unitarios como la cabeza más visible que empezaba a destacarse del partido federal 
bonaerense, se produce un acercamiento. Llegarán a un pacto para tranquilizar a la ciudad 
estremecida de horror después del asesinato de Dorrego. Lavalle dirá, en una proclama, que t no 
había encontrado sino porteños dispuestos a consagrar su brazo en honor de la patria ti. 193 
Ibarguren opina que en tales momentos Lavalle estaba t más cercano de Rosas que de Paz tt. 194 
Este acercamiento reflejaba un circunstancial frente único de estancieros y comerciantes de 
6 Ibíd., p. 173. 

191 Las aduanas “secas” eran la plaga de la economía en el interior. La Legislatura de Córdoba se 
quejaba en 1832 de que t en La Rioja se privaba a todo comerciante de extraña provincia, el 
vender por menos sus efectos: en Santiago [exigían] 10 pesos por carreta de las que 
transitaban; que en la actualidad el concurso de Córdoba está perjudicado, pues lo que 
empleaban antes en ésta, dejando 30 o 40 mil pesos, lo hacían ahora en Buenos Aires 
(Burgin, ob. cit., p. 185). 

192 Carlos Ibarguren, Juan Manuel de Rosas, Frontispicio, Buenos Aires, 1948, p. 149. 

193 Ibíd., p. 143. 

194 Ibíd., p. 149. 



Buenos Aires, ante el peligro de que los gauchos del interior llegaran a un eventual acuerdo con el 
cordobés Paz. 

Al proponer un acuerdo, Lavalle escribía a Rosas: t Desde que el gobernador López evacuó 
el territorio de la provincia y desde que en la actual lucha no hay sino porteños, no he excusado 
medio alguno que pueda llevarnos a la conciliación ti. 195 Lavalle se refería a Estanislao López, el 
santafesino aliado de Rosas. El mismo autor citado observa que para llevar a efecto este acuerdo, 
ni Lavalle consultó a Paz, ni Rosas a López. J Federalismo o unitarismo, o más bien provincianos 
y porteños, proteccionismo y librecambio, Nación y Puerto? 

A su vez, Paz proponía a López un pacto, sin consultar a Lavalle. El brigadier Ferré, una de 
las más originales y fuertes personalidades de nuestra historia, relata en sus memorias que 

el gobernador López y yo recibimos una invitación del general Paz para una entrevista. (...) Nos aseguraba de su 
buena fe de un modo que no dudamos de ella, y últimamente nos decía: “Soy un provinciano como ustedes y este 
título no debe hacerles esperar de mí sino el deseo del bien que nuestros pueblos necesitan y reclaman...”. 196 

Ibarguren cita a ese respecto una frase de Paz a Lavalle: t Cualquiera que sea la acepción en 
que usted ha usado la voz “argentino ” también debo yo decir que lo soy tf 197 

La capitulación de López 

La lucha de predominio entre Quiroga y López fue explotada y estimulada por Rosas con su 
reconocida habilidad. El jefe mediterráneo y el caudillo litoral trabajaban a espaldas de Rosas por 
constituir el país: uno, con base en el norte y Cuyo, y el otro, apoyándose en las provincias 
litorales. Pero ninguno de los dos contaba con fuerzas suficientes para realizar esa tarea por sí 
mi s mos. En obstaculizar la unidad de los aliados consistió la política de Rosas. 

Estanislao López estaba naturalmente predispuesto al compromiso, según hemos indicado, 
por el carácter exportador de su región que lo acercaba hasta cierto punto a Rosas, con quien 
coincidía —como Urquiza más tarde— en el criterio librecambista de los ganaderos. Los hombres 

195 Ibíd., p. 150. 

196 Ferré, ob. cit., p. 56, añade: t Es preciso conocer el valor de la palabra provinciano entre 
nosotros. Permítaseme explicarla para que sirva de advertencia al que componga un 
diccionario argentino. La voz provinciano o provinciana se aplica en Buenos Aires a todo 
aquel o aquella natural de nuestra República que no ha nacido en Buenos Aires (...) De poco 
tiempo a esta parte he observado que los naturales de Buenos Aires se llaman ellos 
exclusivamente argentinos tf 

ri 7 Ibarguren, ob. cit. 



del litoral (excepción hecha de Corrientes) eran ganaderos pobres, pura y simplemente. Acabarían 
siempre subordinados políticamente a Buenos Aires: tal es la historia de esa región desde 
Estanislao López y Urquiza hasta Lisandro de la Torre. A este respecto, el correntino Ferré ha 
incluido en sus memorias una frase esclarecedora. Recordando una conversación con López, 
repite las palabras que oyó al santafesino, aludiendo a Rosas: t Conozco que este hombre nos 
pierde, pero yo no sé qué influencia tiene sobre mi tf 198 

No se busque aquí ningún enigma moral. La “influencia” de Rosas que subyugaba a López era 
el poder económico de Buenos Aires, que el Restaurador utilizó siempre para atar las manos del 
caudillo de Santa Fe. 

Quiroga habría de lamentarse varias veces no haber negociado con Paunero, enviado de Paz, 
para obtener un acuerdo. En realidad, la intensidad de la lucha civil había aniquilado a los núcleos 
intelectuales de las provincias, dando el más absoluto predominio a las masas y a sus caudillos. La 
unión de Paz, Quiroga y López —la burguesía intelectual, las masas mediterráneas y el litoral 
montonero— habría asegurado la unión argentina medio siglo antes de verificarse y quizás habría 
cambiado el destino nacional. Pero López fue separado por Rosas del frente del interior y Quiroga 
muere cuando se dispone a emprender la gran tarea: Paz debió actuar sin base alguna, llevado por 
el signo de su genio militar, y obligado por las circunstancias a entrar en coaliciones 
circunstanciales con la emigración unitaria, sin dejar por eso de ser hostilizado por ella y sin que el 
notable jefe ignorase la irremediable impotencia de su situación. 

Al señalar que los unitarios y Florencio Varela seguían en su viejo propósito de desintegrar el 
país, Paz escribía a Domingo de Oro: 

Es curiosa la coincidencia que se echa de ver entre el empeño del señor Varela y el plan que siguieron desde 
mucho antes los gobiernos de Buenos Aires; consistía en lisonjear a las provincias litorales acordándoles hasta 
subsidios pecunarios a fin de que separasen sus pretensiones de las mediterráneas. 199 


198 Ferré, ob. cit., p. 58. t La Federación era una palabra sin sentido. La realidad era el poder 
tiránico de la Aduana de Buenos Aires, que con los recursos de toda la Nación tenía 
humillada a las provincias, (V. Carlos Pereira, El pensamiento político de Alberdi, Madrid, 
1919, p. 18.) 

Á 9 Terán, ob. cit., p. 297. En dicha carta el general pone la mirada en el punto esencial del 
problema: los unitarios esgrimían la fórmula de la “libertad de los ríos”, a lo que se plegaban 
los rosistas en nombre de la “soberanía argentina” sobre nuestro sistema fluvial. Pero tanto los 
primeros como los últimos rehusaban en redondo nacionalizar la Aduana de Buenos Aires, que 
era lo importante. 



En estas palabras clarividentes se encierra el secreto de la política rosista y la tragedia 
mediterránea. 

La genuina voz del interior nacionalista explicará claramente la dualidad histórica de los 
intereses porteños: 

Dos son los partidos que han aparecido en público en Buenos Aires. El primero es el de los unitarios, que tuvo su 
principio el 25 de mayo de 1810. Estos quieren que el país se constituya, pero al gusto de ellos, es decir, bajo el 
sistema de unidad y con una constitución a su paladar, para que siendo el gran pueblo la Capital, estén todos los 
demás sujetos a él, sin voluntad propia, ni cosa que se parezca, y como dependiente de una capital ilustrada no 
dejen tener empleado alguno que tenga el sueldo de 5 pesos para arriba que no sea también ilustrado; y como en 
los pueblos no hay sino carpinteros, estancieros, comerciantes y otros así, que no han cursado las escuelas, que 
creen todo cuanto cree y enseña la Iglesia Católica Romana y otras cosas semejantes, no debe, por descontado, 
ninguno de éstos ser gobernador, ni carcelero y, si es eclesiástico, ni cura, ni canónigo ni obispo. Todos estos 
empleos deben salir de Buenos Aires, proveídos en Doctores en aquella Universidad, tanto mejor si han 
estudiado el materialismo en el curso del doctor Agüero. V Es ésta una anécdota? No lo es, pues esto mismo 
ocurrió mientras estuvieron las provincias sujetas a Buenos Aires en los primeros años de la Revolución y detrás 
del Ejército de la Patria que iba arrojando a los españoles iba una gran división de pueblos porteños para ocupar 
los empleos que aquéllos dejaban. A Potosí fueron hasta para porteros de la Casa de Moneda, y lo han hecho tan 
mal en todas partes, que han tenido que echarlos a todos a la fuerza. 

El otro partido, es el de los federales, su autor Don Juan Manuel de Rosas, bajo el plan que tengo dicho, que 
lleva adelante con toda firmeza y que hasta ahora le va saliendo bien, porque todas las cosas le son favorables. 
Este partido, o más bien, diré Rosas, no quiere por ahora, que los empleados de los pueblos sean porteños, ni se 
fija en que los gobernadores sean doctores o carniceros, lo que se empeña es en que sean dependientes suyos 
personalmente, en que no se unan entre sí para que no se le vuelvan respondones, en que las provincias se 
arruinen cada vez más hasta que no tengan un caballo en que andar y que todo lo reciban de Buenos Aires, por 
favor, mientras llegue el tiempo de darles la ley, que será la de unidad tan rigurosa cuanto sea preciso para que 
no alcen cabeza jamás. Entre tanto él está satisfecho con estar autorizado para la paz, guerra y relaciones 
exteriores, que las ha extendido hasta ejercer por ellas el patronato de la Iglesia argentina. Cuida muy bien que 
no se hable de Constitución, ni de Congreso y mucho menos de rentas nacionales, y en esto es en lo único que se 
mete en la economía interior de cada provincia con el mayor disimulo posible, para que en lo exterior se entienda 
que los pueblos están en el pleno goce de sus derechos, y en una confederación estrechísima (...) Ambos partidos 
de Buenos Aires se dirigen a un solo objeto, aunque por distintos caminos, éste es el de dominar a las provincias, 
procurar la ruina de éstas, y el engrandecimiento de Buenos Aires, para que como a un único rico, las demás le 
sirvan de peones; y esto ha sido y es el sentimiento de todos los porteños manifestado hasta la evidencia desde la 
Revolución de Mayo hasta el día de hoy, y juzgo lo será siempre. 200 


200 


Ferré, ob. cit., pp. 69 y 70. 



Tal es el punzante resumen del brigadier Ferré, al que no es posible agregarle o quitarle una 
sola palabra. 

En cuanto al general Paz, la posteridad valorará su nombre como autor de las Memorias, una 
de las piezas más perfectas de nuestra literatura, espejo asombrosamente verídico de nuestras 
disensiones civiles y cuyo último tomo ha desaparecido, se cree que en las manos de algún 
unitario de manos hábiles. 

En la ancianidad, Paz transará: será ministro de Guerra y Marina del gobernador Valentín 
Alsina. Su lucidez jamás desmentida, no obstante, le advertirá el significado de la política porteña 
a que lo arrastra su capitulación. A los unitarios que reclaman la libre navegación de los ríos para 
halagar a las provincias litorales y abrir el camino al comercio extranjero, Paz respondería en una 
carta que la t libre navegación de los ríos nada significa si no se nacionalizaban las aduanas 
exteriores y se suprimían las interiores tf 201 

El fracaso de su vida pública se corona con su enfrentamiento final con el gobierno urquicista. 
Era el dramático eco en su vida personal de la derrota del interior mediterráneo ante la 
todopoderosa Buenos Aires. 


201 


Terán, ob. cit., p. 299. 



El nacionalismo ganadero 


Cuando Rosas asumió el poder, Buenos Aires no era la “Gran Aldea”: apenas una factoría 
pampeana, rica de color y movimiento, penetrada de ambición. El núcleo urbano se componía de 
un puñado de manzanas, dispuestas junto al codiciado río. Casas chatas y anchas construidas en 
sólidos muros de adobe —barro y agua—, no era ésa una ciudad para un virrey del Perú barroco. 
La vida pública transcurría alrededor de la Plaza Mayor; la Recova acogía a las pasteleras negras, 
procedentes del barrio del Tambor, donde vivía la población africana: mozambiques, minas, 
mandingas y banguelas, tales eran las “naciones” negras, con sus reyezuelos y sus cortes, que 
transmigraban a la tierra nueva los tantanes y la alegría visceral de la patria selvática. 

La “gente decente” habitaba cerca del Tuerte. Sus residencias eran simples y cómodas, 
arregladas las habitaciones con un gusto un poco ingenuo, más revelador de solvencia que de 
alcurnia. París o Londres señalaban las modas a las beldades que Santiago Calzadilla conoció y 
amó. Sedas, tisús, muebles dorados, vajilla de oro y plata, nada faltaba en los hogares de los 
comerciantes, ganaderos, importadores y terratenientes de que se componía la mejor sociedad 
aldeana. 

La pampa entraba en la ciudad, pues la Recoleta y el Congreso de nuestros días no eran sino 
rancheríos y tunales. En esas orillas vivía el mundo de extramuros, congregado en innumerables 
pulperías, frecuentadas por indios semiamansados, gauchos y negros. Veinte años después, 
todavía, la 

Avenida Alvear y las de Callao, Rivadavia, Santa Fe, sólo eran tortuosos y polvorientos callejones con cerco de 
pita. El Retiro, un cuartel siniestro; la Recoleta, un sauzal poco frecuentado; Flores, una posta rural; Belgrano, 
un campo casi desierto; Barracas, unos saladeros; la Boca del Riachuelo, unos bañados. 21 ’ 2 

A un paso del centro se multiplicaban los pantanos, en plenas rutas de tránsito; las lluvias 
producían escenas de heroicos rescates, cuando las chatas se hundían hasta los ejes. Algunas 
vecinas viejas comentaban entonces los tiempos del virrey, cuando en la calle de las Torres (luego 
Federación y más tarde Rivadavia) se colocaron centinelas para evitar que se ahogaran hombres y 

202 Ricardo Rojas, El profeta de la pampa, Losada, Buenos Aires, 1951, p. 406. 



caballos. 


Como el río sacudía el caudal de barro y su espuma negra sobre la ciudad, el señor Rivadavia, 
en su furia importadora, había traído de Europa, en sus tiempos, a Mr. Bevans, un ingeniero 
hidráulico perteneciente a la secta de los cuáqueros, que debía construir un muelle y contener las 
aguas. El proyecto quedó después en el Archivo del gobierno, como aquel otro célebre decreto 
rivadaviano que ordenaba al personal subalterno de Bevans vestir t casaca de color azul turquí 
con cuello y vueltas de terciopelo negro y vivos de color grana, botones dorados, pantalón 
ancho, etc., etc.... cuyo diseño será dado por el ministro de gobierno tt. 202 

Con el sombrero calado hasta las orejas y el severo traje sectario, Mr. Bevans, desocupado, 
paseó por las calles de Buenos Aires su mirada despreciativa, y el río continuó cubriendo de 
cascajo, arena y peces muertos el bajo de la ciudad. Allí iban a morir los caballos cansados, y de 
ese cementerio marino los arrastraban a la cincha, de tanto en tanto, fúnebres jinetes. 

Cerca de 4.000 ingleses y cuarenta casas mayoristas, propiedad de británicos, señalaban la 
presencia, en la ciudad del Plata, del lejano Imperio. El ingeniero Bevans, cuyo nieto Carlos 
Pellegrini tan importante papel jugaría en nuestra política, escribía a sus hijos: t Vivimos en un 
barrio poblado en su mayoría por ingleses; oímos hablar en igual proporción inglés y español a 
las gentes que pasan por nuestras ventanas tf - 204 Más de 2.000 comercios al menudeo, un 
centenar de talleres y otras tantas manufacturas constituían toda la actividad industrial y mercantil 
urbana, adherida vitalmente a esa costa sin puerto, a cuyo horizonte apuntaban ansiosamente los 
catalejos de los socios de la Sala de Comercio Británica, t Ser inglés entonces „ qué pichincha fl, 
diría más tarde Lucio V. Mansilla. Pocos eran los porteños admitidos en esa Sala tan exclusiva: 
sólo un puñado de barraqueros y comerciantes fuertes gozaban de las ventajas de una entidad tan 
poderosa: Del Zar, Santa Coloma, Sáenz Valiente, Almagro, entre otros asociados a los intereses 
británicos. Un autor que firma “Un Inglés”, ha escrito sus recuerdos del Buenos Aires de la época: 

A veces los criollos demuestran cierta envidia a los ingleses. Suponen que tenemos el monopolio de los negocios 
y le sacamos la moneda al país. Estos torpes alumnos de economía política no entienden que en los negocios las 
obligaciones son mutuas y que a menudo debemos comprar materia prima a precios irrisorios. 205 


203 Agustín Rivero Astengo, Ensayo biográfico sobre Carlos Pellegrini, en Obras de Pellegrini, 
Jockey Club de Buenos Aires, 1951, tomo I, p. 32. 

204 Ibíd., tomo I, p. 23. 

205 Un Inglés, ob. cit., p. 55. 



Toda la “flor de la canela”, como dice Calzadilla, se envanecía de la amistad de los ingleses, 
cuyos barcos exportaban los cueros crudos y regresaban con pianos de cola. Se hacía música y se 
aprendía a bailar pavanas, cuadrillas y gavetas en casa del maestro británico Mr. Guillermo Davis. 
Esa aristocracia mercantil a la que Rosas haría ceñir en sus sienes la insignia colorada, miró con 
disgusto, entre inquieta y curiosa, el ascenso al poder del millonario agauchado que le arrebataba 
el gobierno, la confinaba a sus salones y le garantizaba en cambio, el control del puerto, puesto en 
peligro por el insensato de Rivadavia. O Rosas, o la plebe provinciana sobre la ciudad. Había que 
elegir, y el puerto bien valía una misa federal. 


La política porteña: unitarismo y rosismo 

El conflicto entre las dos políticas —Rivadavia o Rosas— no fue sino la lucha entre las 
necesidades de la burguesía comercial porteña controlada por los británicos residentes, y la clase 
ganadera bonaerense. Estos dos grupos sociales fundaban su frente único en la posesión común 
del puerto de la ciudad de Buenos Aires, base del crédito público y del Tesoro Nacional. Si los 
comerciantes porteños y sus doctores encontraban la fuente del poder en la ciudad-puerto, 
modelada por Europa desde los orígenes contrabandistas del villorrio, los ganaderos eran amos de 
la provincia. Pero tanto la provincia como la ciudad formaban una unidad que en tiempos del rey 
llamóse la Provincia-Metrópoli. 

Ya hemos visto que el partido unitario expresó a través de Rivadavia la más completa 
esterilidad para organizar al país de acuerdo a las conveniencias nacionales. La rebelión de los 
caudillos testimonió que las provincias mediterráneas y litorales no estaban dispuestas a admitir la 
dictadura portuaria de Buenos Aires. Tampoco aceptaban la penetración de mercancías europeas, 
destructoras de las economías regionales. 206 


206 Dice el inglés Parish: t El Río de la Plata debe considerarse como el más rico mercado que 
se nos ha abierto desde la emancipación de las colonias españolas, si consideramos no sólo 
la cantidad de las manufacturas que aquel país consume, sino también las grandes 
cantidades de materias primas de retorno proveyendo a nuestros manufactureros de nuevos 
medios de producción y provecho. También ha resultado ventajoso para nuestros intereses 
marítimos el no tener los hijos del país buques mercantes de su propiedad, obteniendo 
nuestros buques la conducción de ida y vuelta , cit. por Adolfo Dorfman, en Historia de la 
industria argentina , Escuela de Estudios Argentinos, Biblioteca Servir, Buenos Aires, 1942, p. 
46. Por su parte, Alejandro Bunge señala que t los tejidos británicos de algodón se 
difundieron luego de tal manera que en 1830 alcanzaban a 11 millones de yardas, con un 
valor de 325.000 libras esterlinas í. (V. Bunge, t Las relaciones económicas argentinas con 
Gran Bretaña durante un siglo tf, en Revista de Economía Argentina, año XIX, núm. 224, 
febrero de 1937, tomo XXXVI.) 



La caída de Rivadavia hizo ver a los ganaderos bonaerenses que se imponía un nuevo curso. 
La fracción rivadaviana, como representante de los intereses del Imperio británico, deseaba 
organizar al país para acoplarlo como gran mercado interior de las fábricas inglesas. Ambicionaba 
realizar el aforismo de Cobden: t Inglaterra será ¡a fábrica del mundo y América su granja U. 
Desde ese punto de vista, Rivadavia y sus epígonos —ya lo veríamos después de Caseros con 
Mitre— no tenían más remedio que llevar adelante su “organización”. J sta consistía 
esencialmente en la liquidación militar de los focos provinciales de resistencia, para limpiar el 
camino a la aniquilación de los elementos de la economía natural o de las industrias artesanales y 
domésticas. El poncho tejido en Glasgow no podía venderse en el interior sin arrasar los telares 
vernáculos. Para los ganaderos bonaerenses, en cambio, la organización nacional no constituía un 
asunto de vida o muerte, como en el caso de los agentes comerciales de Inglaterra en Buenos 
Aires, que forzosamente debían conquistar nuestro mercado interior. El mercado de los ganaderos 
estaba en Cuba y Estados Unidos. Sus vacas vagaban en las praderas bonaerenses, sus saladeros y 
sus curtiembres estaban radicados en la provincia epónima: j a qué agitar tanto la cuestión del 
interior, a qué provocarlo, a qué hablar de Constitución Nacional? 

En 1825 el valor de las importaciones inglesas en el Río de la Plata asciende a 8.000.000 de 
pesos fuertes. Pero el valor de las importaciones no refleja el aumento de su volumen físico, pues 
la revolución industrial inglesa en pleno desenvolvimiento hace bajar continuadamente los precios 
de las manufacturas que exporta, barriendo a su paso las débiles industrias nacionales. En el 
período comprendido entre 1825 y 1850 el precio de los tejidos de algodón disminuye cuatro 
veces. Dice el inglés Parish que t los precios módicos de las mercaderías inglesas les aseguran 
una general demanda y ellos se han hecho hoy artículos de primera necesidad de las clases 
bajas de Sudamérica í . Agrega Moussy que los algodonales criollos prácticamente han 
desaparecido. Los célebres tejidos de Córdoba, que aventajaban por su calidad a los extranjeros, 
se extinguen. Y Dorfman: 

La extracción de metales preciosos (sobre todo bajo la forma de plata metálica y acuñada) es grande: en 1822 
alcanza la suma de 1.350.000 pesos fuertes; en 1829, de 710.000; en 1837, de 670.000 pesos. Las cantidades 
señaladas son muy considerables para el exhausto erario de la República, que nunca contó, tal como ya lo 
hicimos notar en otro pasaje, con abundancia de dinero. Esa sangría, que obedece a la necesidad de saldar el 
intercambio negativo con Europa, impide la acumulación y fonnación de capitales en América que podrían 
destinarse a la mejoría técnica de establecimientos fabriles o a otros usos reproductivos. 207 


207 


Dorfman, ob. cit ., p. 51. 



Si los ganaderos tenían su mercado en el exterior y los comerciantes anglo-porteños en el 
interior, no existía ninguna fuerza económica que produjera y vendiese en el propio territorio 
argentino; vale decir, carecíamos de una burguesía industrial, y ahí residía toda la cuestión. Las 
industrias criollas eran demasiado primitivas e inconexas como para decidir la política económica 
nacional, y como por otra parte, el núcleo de poder estaba en Buenos Aires, eran incapaces por sí 
mismas de subordinar al interés argentino los recursos cuantiosos de la gran ciudad. Sin un 
elemento de centralización económica decisiva y sin un ejército nacional, las provincias aisladas 
sólo atinaban a rebeliones episódicas. 

La política criminal de Rivadavia, que más tarde llevaría Mitre a la práctica con la ayuda de 
sus lugartenientes orientales y las bendiciones británicas, conducía inexorablemente a la guerra 
civil. Los riesgos de la provincia-metrópoli en un conflicto semejante eran incalculables. V No 
habría una fórmula hábil que permitiese a los apacentadores de vacas —ya arraigados, ya 
orgullosos de la bolsa y del nombre— la posesión de la Capital, la venta tranquila del tasajo y los 
cueros, las relaciones exteriores con las grandes potencias amigas? Quien diese con esa fórmula 
tendría el poder y la gloria. 

El Restaurador comprendió que la única salida del caos era encontrar un modo de transacción 
con la política proteccionista de las provincias mediterráneas y un status con las provincias 
ganaderas del litoral, que, excepto Corrientes, coincidían con el librecambismo bonaerense. Al 
mismo tiempo renunció a la intervención armada en el interior, dejando a los caudillos el control 
de las situaciones lugareñas. Reservándose a través de mil maniobras distintas el dominio 
completo de Buenos Aires y de su puerto, de sus rentas y del crédito público de ellas derivado, 
llamó federalismo a dicha estrategia. 208 

La descripción circunstanciada de todo este plan es uno de los más notables espectáculos que 
pueda apetecer un interesado en la política argentina. Ella nos presentaría a un psicólogo de 
inteligencia penetrante en el manejo de la cosa pública, de los hombres y los acontecimientos. No 
estamos en presencia de un revolucionario jacobino como Moreno, ni de un jefe militar de la edad 
heroica, como San Martín, ni de un hombre como Rivadavia, atosigado de modas francesas y de 

2°8 7 f [) e¡S( j e ese día d a t a ¡ a política de un partido localista de Buenos Aires, empeñado en 
mantener el bloqueo de las provincias por medio de la conservación del régimen colonial de 
navegación interior porque de ese modo no se arrebataba a Buenos Aires el monopolio del 
comercio de los pueblos mediterráneos, y la recaudación y empleo de la renta nacional ti 
(Olegario V. Andrade, Las dos políticas, Devenir, Buenos Aires, 1957, p. 54). 



textos constitucionales mal traducidos. Con Rosas aparece el primer ejemplar argentino del 
político estanciero. 

Personaje predilecto de nuestra literatura histórica, Rosas ha sido objeto de una caudalosa 
bibliografía. La escuela liberal y la escuela revisionista han proporcionado a los estudiosos una 
enorme masa de documentos. Pero como ocurre siempre en historia, la selección de los textos es 
una operación política o, dicho de un modo más prudente, de método interpretativo. 

Producto de la actividad práctica de los hombres, la historia puede ser descifrada por los 
hombres. Antes que Marx, ya lo había observado Vico; pero los hombres que hacen libremente la 
historia, se desenvuelven en ella bajo condiciones que heredan. Y esta interacción entre la libertad 
y la necesidad, entre la voluntad y la ley, entre el pasado y el presente está impregnada por los 
intereses de clase que determinan no sólo a los héroes históricos sino también a sus cronistas y 
escoliastas. Por eso resulta tan vana la pretensión de una historia científica que ignore la trama 
económica de la sociedad y la superestructura política, cultural y jurídica que sobre aquélla 
reposa. Revisionistas y liberales han concluido por magnificar la estatura histórica de Rosas en su 
negativa común a examinar las bases sociales y regionales del personaje. Y su propia clase social 
—la ganadera bonaerense— lo traicionó al concluir su ciclo, abandonándolo a su suerte y 
lapidando históricamente a su más grande político. 209 

Los intereses políticos y económicos de su época se han traducido a la nuestra bajo nuevas 
formas. Esos intereses presionan para desfigurar a Rosas y establecer ante los contemporáneos 
una opción extorsiva: tirano sangriento o patriota insigne. Simplificaciones de este género ocultan 
al espectador el cuadro íntimo de la época que se intenta revelar. 

Primo de los Anchorena, nacido en el riñón mismo de los grandes ganaderos bonaerenses, con 
su personalidad formada en el medio rural, se hizo “gaucho” por sus destrezas en las mil artes del 
jinete y por su astucia pampa. Rubio, esbelto, de un perfil cesáreo, frío, de una frialdad razonante, 
esta mezcla de gaucho y de patricio subió al poder en brazos de orilleros, aristócratas y negros: t 
¡os compadritos lo elevaron tf, diría Sarmiento. El indiscutible prestigio de Rosas en la campaña 
no ha sido desmentido jamás. 

Recordemos que la ley de vagancia de 1815, dictada por los intereses ganaderos, ponía fuera 

209 Juan Bautista Alberdi, Escritos postumos, Francisco Cruz, Buenos Aires, 1901, tomo XVI: t 
le oí decir (a Rosas) que Anchorena, al acercarse Urquiza a Buenos Aires, le dijo que si 
triunfaba Urquiza “no le quedaba más remedio que agarrarse de los faldones de la casaca de 
Urquiza y correr su suerte aunque fuese al infierno ”, y que en seguida lo abandonó. Recordó 
que toda su fortuna la había hecho bajo su influencia tf 



de la ley al viejo gaucho nómade que no acreditase su condición de propietario. La modificación 
técnica y económica de la ganadería no sólo comercializa el cuero sino que obliga a industrializar 
la carne. Este proceso pone precio al producto y convierte el carneo libre en delito. 

El gaucho debe optar entre ser enviado a la frontera cinco años para pelear al indio, o ingresar 
en la órbita de un gran estanciero. Rosas los protegió de las persecuciones desatadas por la ley de 
vagancia; a gran parte de ellos los transformó en peones de sus estancias, incorporándolos a un 
orden económico cristalizado. A la mayoría, más chúcara, la organizó en legiones militares, 
empleándolas indistintamente contra los indios o en las discusiones civiles. Ofreció así un oficio 
permanente a los que no tenían ninguno, y que por la expansión del sistema ganadero y de la 
propiedad de la tierra habían perdido el derecho de carnear sin trabas en la pampa. Las 
montoneras provincianas que hicieron la guerra de guerrillas a los ejércitos de línea unitarios, aún 
después de Caseros, no existieron en la provincia de Buenos Aires; en esta provincia los gauchos 
estaban organizados en los destacamentos disciplinados de Rosas. 

Jefe militar de la campaña, protector de gauchos en desgracia, diplomático sagaz con la 
indiada, el prestigio rural de Rosas era inmenso cuando subió al poder, y lo sobrevivió. Por otra 
parte, la esencia de su política sería defender los intereses globales de la provincia de Buenos 
Aires, frente a los “trece ranchos”. En tal sentido puede afirmarse que contó con el apoyo 
unánime de todas las fuerzas bonaerenses: del pueblo rural, por gaucho; de los artesanos urbanos, 
por proteccionista; de los estancieros, por ser uno de los suyos. A la burguesía comercial la dejó 
enriquecer, al mantener el monopolio del puerto, pero la apartó de la política sin miramientos. 

Rosas y el capitalismo agrario 

Juan Manuel de Rosas fue la primera expresión capitalista en la Argentina. Se trataba de un 
capitalismo agrario, ligado a la producción de cuero para la industria europea y de carne 
exportable destinada a ser consumida por los esclavos del Brasil, los Estados Unidos y las 
Antillas. J sta fue la primera industria aparecida en la provincia de Buenos Aires, organizada de 
manera capitalista. Los métodos técnicos más avanzados de su época fueron puestos en práctica. 
Dicha actividad económica encontraba su origen en las remotas vaquerías, nacidas de las 
condiciones climáticas y geográficas del territorio bañado por el Río de la Plata. Las exigencias 
del mercado exterior le imprimirían gran desarrollo. 

La sobreabundancia de ganado, cuya producción cíclica vegetativa constituía la admiración de 
los viajeros, fue el punto de partida para la formación de las grandes fortunas terratenientes de 



este país. A la cabeza de esta nueva clase social se encontraba el grupo formado por Rosas, sus 
primos de la familia Anchorena, y su socio Terrero. Este núcleo organizó saladeros con el fin de 
emanciparse de la tutela excesiva de los compradores británicos de cueros y sebo. Intentábase 
aprovechar así la carne, que en esa época constituía un simple producto derivado. Persiguiendo el 
mismo propósito de independizarse del transporte británico, el grupo de saladeristas organizó su 
propia flota, compuesta de goletas y sumacas que viajaban al sur en busca de sal, y luego llevaban 
tasajo a la Banda Oriental y al Brasil, t Es sugerente que éste no fuera embarcado sino por 
excepción en buques ingleses, debiendo realizar la casi totalidad del transporte en los pequeños 
barcos nacionales o en los navios portugueses, holandeses o norteamericanos t, dice José María 
Rosa. 210 

Los saladeristas alcanzaron un peso político notable. Esto ocurrió después de una reñida lucha 
con algunos sectores de la burguesía comercial porteña, integrados especialmente por 
comerciantes británicos. Dichos grupos propugnaban el cierre de los saladeros bajo el pretexto del 
“encarecimiento de la carne”. Su objeto era, en realidad, impedir la industrialización del animal, 
que otorgaba a los ganaderos una mayor capacidad de maniobra frente a los ingleses y a su 
monopolio comprador. 

En su calidad de capitalista —el más grande de su tiempo—, Rosas fue en tal sentido un 
hombre de progreso, si se lo compara, con esa “aristocracia mercantil” porteña interesada en las 
transacciones comerciales divorciadas de la producción misma. Rosas estaba directamente ligado 
a la pampa, a la fábrica de vacas, al cuero y al tasajo: capitán de empresa en un vasto y desolado 
país, el presunto “feudalismo” que le atribuyen desde Ingenieros hasta los comunistas 
rivadavianos, no resiste el análisis. 211 

Los miembros de la burguesía comercial de Buenos Aires eran los “refinados” europeizantes, 
embriagados por las luces del Viejo Mundo y aislados no sólo de la vida real de la campaña 
bonaerense, sino también del conjunto de las provincias interiores. Estas diferencias funcionales 
entre los ganaderos y los comerciantes se expresaban en el orden de la ideología, de los partidos y 
de la psicología de sus políticos representativos. 

Cuando se juzga el “criollismo” de Rosas, preténdese frecuentemente explicarlo como una 
“táctica” del caudillo, evidenciada en su confidencia famosa a Santiago Vázquez, algo así como el 

210 Rosa, ob. cit., p. 62. 

2lt Ingenieros, ob. cit., tomo III, p. 63. En relación al stalinismo mitrista, véase el trabajo de Juan 
José Real en Revista de Historia, Buenos Aires, 1957, núm. 2, p. 63, bajo el título “Notas 
sobre caudillos y montoneras”. 



discurso de Perón en la Bolsa de Comercio en 1944. En realidad, el secreto de este criollismo o 
“gauchismo” no se reduce a aquella explicación. Trátase al mismo tiempo del reconocimiento de 
un hecho real: los ganaderos bonaerenses no eran sólo los primeros agentes del capitalismo 
agrario desarrollado por obra de la complementación económica entre nuestra pampa y los 
mercados exteriores. Aunque no descendían de los soldados de la Conquista sino de la 
inmigración española del siglo XVIII, eran productores directos de una mercancía arraigada a la 
tierra, de ahí sus costumbres vernáculas y su original psicología. Sin duda, Rosas era infinitamente 
más “criollo” que esos tenderos, contrabandistas y comerciantes de Buenos Aires. Extasiados por 
las novedades ultramarinas, los hijos de estos últimos estudiaban en Europa. A su regreso soñaban 
con implantar en nuestras llanuras una sociedad que retratara en pequeño aquel universo luminoso 
y civilizado. 

Pero la crisis del Imperio español nos había dejado sin la posibilidad de un desarrollo industrial 
independiente. La región pampeana predominó sobre las otras. Sus vacas sellaron nuestro destino 
de territorio periférico del “taller industrial europeo”. En esa situación era imposible una política 
nacional definida y coherente. No existía en las Provincias Unidas una fuerza que nucleara a su 
alrededor a todo el país en la lucha por un mercado interior único, por un desarrollo industrial 
moderno y por la creación de una nación unificada e independiente. 

La única base auténticamente nacional estaba constituida por nuestras provincias 
mediterráneas, que careciendo de artículos exportables sólo podían desarrollar su economía 
mediante una política de índole nacionalista, es decir, proteccionista. Pero estas provincias, que 
levantaron sus anuas contra la absorbente Buenos Aires, y que se expresaron en la tacuara de 
Facundo, carecían de la fuerza suficiente para resistir el gran movimiento de pinzas que la historia 
tendió alrededor de su cuello: el litoral exportador, pariente pobre de Buenos Aires, y como 
Buenos Aires, librecambista, se alió casi constantemente con la provincia-metrópoli para 
traicionarlas. En esta alianza reposó permanentemente la política de Rosas. 212 

Al fin y al cabo, Facundo fúe asesinado por agentes de Reinafé, lugarteniente de Estanislao 

212 Burgin, ob. cit., p. 166: t Había una cosa evidente: que Buenos Aires no tenía nada que 
ofrecer salvo servicios de intermediarios, los cuales con un régimen proteccionista serían en 
gran parte innecesarios. El porvenir económico de Buenos Aires dependía por lo tanto, más 
bien del fortalecimiento de sus relaciones comerciales con Europa que de la expansión de las 
provincias del interior La adopción de una política de protección, como la que pedía el 
interior, presentaba para Buenos Aires la perspectiva de restablecer las condiciones que 
regían antes de la revolución. Por lo tanto, a Buenos Aires no le quedaba otra alternativa que 
la de mantener abierto el puerto it. 



López, patriarca de la Federación y gobernador de Santa Fe. López había cambiado hacía años los 
derechos de la primogenitura por 25.000 vacas; el autor del soborno había sido el joven 
Rosas, que se iniciaba en la política argentina amansando con ricos presentes al más fuerte de los 
caudillos litorales. Se trataba del mismo Estanislao López que había traicionado y degollado a su 
compadre Ramírez, mientras ambos traicionaban a Artigas, de acuerdo con Buenos Aires. Así 
habíamos venido a parar del Protector de los pueblos libres al Restaurador del privilegio 
monárquico de una gran provincia. De Artigas, que sólo luchaba por una Patria grande, a Rosas, 
que ni siquiera quería organizar una nación pequeña. 

El interior, foco de nacionalismo genuino, quedó aislado en virtud de la alianza entre el litoral 
exportador y la opulenta Buenos Aires. 

Los tres sectores de la economía argentina 

V Cuáles eran los sectores fundamentales del país cuando Rosas llegó al poder? Tenemos en 
primer lugar a las provincias mediterráneas: su debilidad económica era incontestable. En cuanto a 
las provincias litorales, su producción ganadera era similar a la de la pampa bonaerense; pero les 
faltaba el puerto y la Aduana, y tendían en consecuencia, a una política de compromiso crónico 
con los ricos librecambistas porteños. No quedaba sino el frente de Buenos Aires, y dentro de él, 
sus dos fuerzas fundamentales: los ganaderos de la provincia y los comerciantes e importadores 
de la ciudad. 

Rosas tomó el poder en nombre de los ganaderos y creó un equilibrio que, por inestable que 
fuese, duró casi veinte años. Para mantenerse en él debió doblegar la resistencia de la burguesía 
comercial porteña. Le permitió que ganara dinero, aunque le quitó toda participación política en 
los asuntos públicos. Subvencionó a los caudillos, los enfrentó entre sí, los corrompió, o los 
aniquiló en una paciente labor de décadas. Para su clase conservó el control de la Aduana, 
patrimonio de todos los argentinos. En esto último coincidía con los unitarios y la burguesía 
comercial porteña. 

Al mismo tiempo, el sistema político de Rosas se veía obligado a defender en escala nacional 
al conjunto de la Confederación, frente a las amenazas y bloqueos organizados por las potencias 
europeas colonialistas, en alianza con la emigración unitaria. Las tentativas de Florencio Varela 
ante las cortes europeas para obtener el reconocimiento de un nuevo Estado que estaría formado 
por Entre Ríos y Corrientes, simbolizaron la sistemática política unitaria de balcanizar el viejo 
territorio argentino. A falta de una burguesía industrial con visión nacional de nuestros problemas, 



los ganaderos ocuparon ese lugar dominante y su jefe los defendió, primero a ellos, luego a su 
provincia y en último análisis al país. Rosas encamó un nacionalismo defensivo, restringido, 
bonaerense, insuficiente sin duda, pero el único posible para la clase estanciera bonaerense. 

No caeremos en la simpleza de explicar la política y la personalidad de Rosas apelando 
únicamente a sus fúndamentos económicos de clase. En la vida política de Rosas, en sus actitudes 
de altivez o desprecio por las intrigas del capital extranjero y sus lacayos unitarios, se encierra 
parte del espíritu nacional, que los ganaderos del siglo pasado encamaban en alto grado. Este 
“espíritu”, del mismo modo que las “ideas”, actúa como un factor derivado pero independiente en 
el proceso histórico del que es, en muchas ocasiones, agente activo y fúndamental. Dicho 
“nacionalismo bonaerense” defensivo reconoce diversas causas: propiedad de los medios de 
producción, tradición española, vinculación estrecha a la pampa, relación con el extranjero en 
condición de socio menor, no de mero instmmento. 

Tales elementos sociales y psicológicos de los ganaderos en tiempos de Rosas, se combinaban 
con un porteñismo exclusivista y un acentuado odio oligárquico frente a las provincias. Esto 
último ha predominado históricamente sobre aquel “nacionalismo defensivo”. En una carta a 
Rosas, su primo y mentor Tomás de Anchorena, le decía el 4 de diciembre de 1846: 

En 1814 en el común del pueblo (del interior) más que odio a Buenos Aires había espíritu de desunión en cada 
pueblo respecto de los demás, un egoísmo el más completo para no contribuir a la guerra y sostén de nuestra 
independencia, que todas, todas querían se hiciese en contra de Buenos Aires y el efecto era que todos pedían 
congreso general, que también debía costearlo sólo Buenos Aires porque él sólo era o debía ser, como dijo un 
diputado en el Congreso de Tucumán que creo fue el doctor Aráoz, la vaca lechera de toda la república, 
entretanto que otro diputado cuíco de Chuquisaca dijo en Congreso, que era un andrajoso sucio con el que 
ningún pueblo se quería vestir. Entonces el que un porteño hablase de federación era un crimen. A mí me 
miraban algunos diputados, cuícos y provincianos con gran prevención, porque algunas veces les llegué a indicar 
que sería el partido que tendría al fin que tomar Buenos Aires para preservarse de las funestas consecuencias a 
que lo exponía esa enemistad que manifestaban contra él. 213 

El amable Anchorena llamaba “cuícos”, o sea, monos, a los diputados aindiados, o sea, 
criollos. 

La profunda desfiguración que los vencedores de Caseros imprimieron a nuestra historia hizo 

213 Enrique M. Barba, “Orígenes y crisis del federalismo argentino”, en Revista de Historia, 
Buenos Aires, 1957, núm. 2, p. 4. 



de Rosas un monstruo ávido de sangre y sediento de exterminio. Contemporáneamente, la 
influencia imperialista en la cultura argentina aniquiló toda posibilidad de examinar nuestro pasado 
desde un punto de vista nacional. Digamos de paso, que las palabras “nacional” o “nacionalismo” 
han llegado a ser execradas por el intelectual cipayo, que influye en el pequeño burgués de 
Buenos Aires, de manera hasta hoy decisiva. La sola mención de Rosas exalta sus sentimientos 
dramáticos. El imperialismo se ha cuidado de mantener despierto el odio a esa figura, en la 
medida en que encamó en muchos momentos de hace cien años la voluntad de resistencia 
nacional a las potencias extranjeras. El “rosismo”, por su parte, ha pretendido ennoblecer la 
significación de Rosas. Así se lo transforma en un patriota beato y duro, para emplearlo en las 
luchas políticas del presente. Es aquí donde se impone diferenciar de una manera tajante a Rosas 
como criatura histórica del pasado argentino, que exige un análisis objetivo del “rosismo”, en 
tanto es un movimiento ideológico con implicaciones políticas actuales. 214 

La Ley de Aduanas y la ausencia de una política dinámica 

La inauguración de la política librecambista en Buenos Aires no pertenece al año 10, sino al 
año 11; no a Moreno, sino a Rivadavia, importador y eminencia gris de los triunviros. El segundo 
gobierno de Rosas, iniciado en 1835, imprime un profundo viraje a la estrategia bonaerense frente 
al interior nacionalista. No había otra salida, por otra parte, si es que los hacendados de Buenos 
Aires querían evitar una nueva oleada de caudillos y montoneros sobre la orgullosa ciudad. 

Como Rosas expresaba en cierto modo una tendencia nacional —sobre todo en relación con 
el unitarismo ciego y colonialista—, el odio faccioso ha llegado a negar, en nuestros días, la 
función desempeñada por la Ley de Aduanas de 1835. Por ignorancia pura y por un sospechoso 
antirrosismo, argúyese que dicha ley —dictada por Rosas y que siendo forzosamente emanada de 
la Legislatura bonaerense tenía, sin embargo, alcances nacionales— no beneficiaba sino a los 
artesanos de la provincia de Buenos Aires, descuidando el florecimiento de las industrias 
artesanales del interior. 

Recaemos aquí en uno de esos casos de “antirrosismo” cipayo, tanto o más pernicioso que el 

“rosismo” idolátrico del nacionalismo clerical. La verdad es que la mencionada Ley de Aduanas 

214 En el capítulo consagrado a estudiar la “década infame” (1930 - 1943), dedicaremos un 
intermedio a la evaluación del “rosismo” como tendencia política. (V. el tomo IV de esta obra.) 

El autor se refiere a su obra El sexto dominio (retitulada luego La factoría pampeana ), 

título del tomo IV de Revolución y contrarrevolución... ob. cit. Próximamente, Peña Lillo / 
Continente editará el tomo II, Del patriciado a la oligarquía (1862 -1904). [N. de E] 



expresa uno de los más interesantes aspectos de la política rosista. 

Rosas comprendió —escribe Juan f lvarez— que no era posible limitar a los estancieros la protección oficial y 
en su mensaje de 1835 hizo público que la nueva Ley de Aduana tenía por objeto amparar la agricultura y la 
industria fabril, porque la clase media del país, por falta de capitales no podía dedicarse a la ganadería, en tanto 
que la concurrencia del producto extranjero le cerraba los restantes caminos. Coinciden a esta política los 
aplausos de las provincias del interior cuyos gobiernos volvieron a confiar al de Buenos Aires, la dirección de la 
guerra y las relaciones exteriores de la Confederación, conservando para sí las aduanas mediterráneas, garantía 
del ultraproteccionismo local. Conservóse de tal modo —observa el mismo autor en otra parte de su trabajo— un 
mercado intemo para los vinos, los aguardientes, los tejidos y los cueros manufacturados por las fábricas 
criollas. 215 

V A qué aplausos se refiere Alvarez? Que la política manifestada por la Ley de Aduanas no 
giraba en el vacío lo corrobora precisamente el apoyo unánime de las provincias mediterráneas. 
Un año más tarde de aprobarse dicha ley, la Legislatura de Salta aprobaba otra de homenaje a 
Rosas. Afirmábase en uno de sus considerandos que la Ley de Aduanas 

expedida en la provincia de su mando consulta muy principalmente el fomento de la industria territorial de las 
del interior de la República; que el comercio interior es por ella descargado de su peso considerable, a que será 
consiguiente su fomento y prosperidad (...) Que ningún gobierno de los que han precedido al actual de Buenos 
Aires, ni nacional ni provincial, han contraído su atención a consideración tan benéfica y útil a las provincias del 
interior. 

En el mismo sentido se manifestaba la provincia de Tucumán, que en una ley similar aludía a la 
reglamentación aduanera de Rosas que t ha destruido el erróneo sistema económico que había 
hundido a la República en la miseria, anonadado a la agricultura y a la industria ti, etc. 
Igualmente alababa la provincia de Catamarca la mencionada ley, que t refluye poderosamente en 
el aumento de la industria territorial ti. 216 

Hasta la sanción de la ley aduanera, la industria territorial argentina había estado bajo la 
amenaza del liberalismo económico vigente en los gobiernos porteños desde 1811. No sólo se 
estrangulaba al interior nacional por el monopolio del puerto y de la Aduana, sino por las 
tentativas unitarias constantes de inundar el interior con las mercaderías extranjeras, privando a 

215 f lvarez, ob. cit., p. 91. 

Rosa, ob. cit., p. 133. 


216 



las poblaciones criollas de sus recursos tradicionales de subsistencia. El estímulo otorgado por 
esta Ley de Aduanas, que la mayor parte de nuestros historiadores pretende ignorar, produjo una 
reanimación de nuestra industria artesanal. 217 

Fue perceptible el mejoramiento de las condiciones de vida de gran parte del pueblo argentino. 
Hasta Caseros, navegaban por nuestros ríos goletas y barcos de fabricación nacional, construidos 
en los astilleros de Corrientes o Santa Fe. Una personalidad insospechable de “rosismo” o de 
“federalismo”, el doctor Vicente Fidel López, ha dejado un claro testimonio sobre el tema. López, 
que al día siguiente de Caseros abrazó la causa nacional frente al mitrismo porteño, localista y 
escisionista, fue uno de los primeros argentinos de su generación que se lanzó a batallar en 
defensa de la industria. En un debate de la Cámara de Diputados en 1873, decía López con 
nostalgia: 


Residía yo en 1840, en Córdoba. Y lleno de gusto de ver los tejidos de lana que allí se hacían, me he vestido 
perfectamente bien, hasta con elegancia, con las telas que mandaba hacer a mi gusto a las gentes del pueblito. 
Estoy infomiado que hoy, ya no se puede hacer esto. 218 


La ley a que hacemos referencia prohibía la importación de ponchos, ceñidores, flecos, ligas y 
fajas de algodón o lana, jergas, jergones, y sobrepellones para caballos. La tarifa protectora 
también incluía la prohibición de importar velas de sebo, peines y peinetas de carey, artículos de 
hueso, etc. Se protegía el cultivo del tabaco y se gravaban fuertemente los sucedáneos del mate 
(café, cacao, té). En el ramo de la herrería se establecían prohibiciones aduaneras semejantes: la 
platería, la lomillería y la talabartería eran igualmente amparadas, de la misma manera que se 
restringió la importación de carruajes y de ruedas, los artículos de zapatería y los productos 
agrícolas que se producían en el país. 

En cuanto a las exportaciones, las distinciones fiscales eran precisas. A las exportaciones en 
general se les aplicaba una tasa del 4%, únicamente con fines rentísticos. A los cueros, en cambio, 
requeridos por la industria extranjera, se les cobraba por su exportación un impuesto equivalente 

217 Hecha esta concesión, transitoria por lo demás, Rosas pudo consagrarse al progreso de su 
provincia, t Los federales porteños no repitieron el error de sus adversarios. Proclamaron el 
principio de la autonomía económica y política de las provincias; negaron que tuvieran la 
intención de intervenir en los asuntos internos de las demás provincias, pero al mismo tiempo 
insistieron en reclamar la más completa libertad para organizar el destino económico de 
Buenos Aires. Este destino residía en la ininterrumpida prosperidad de la industria pastoril, y 
nadie lo entendió mejor que Rosas (Burgin, ob. cit., p. 317). 

218 López, Diario de Sesiones del 27 de junio de 1873, p. 261 y ss. 



al 25% de su valor. Los productos bonaerenses enviados al interior eran librados de todo 
gravamen. 219 

La carne salada que era transportada en buques argentinos estaba exenta de derechos de 
exportación, como se hacía con la lana y el carbón de Santa Fe y de Corrientes. Con el objeto de 
favorecer el comercio de las provincias interiores argentinas con Chile, los productos chilenos que 
llegaban por tierra no pagaban derecho alguno. Es frecuente observar en los historiadores 
oficiales una completa prescindencia en cuanto a las circunstancias técnicas del régimen de Rosas. 
Se olvida maliciosamente que la primera máquina de vapor —la del molino de San Francisco— 
fue establecida en 1846. Ya Martín de Moussy, el famoso viajero, anotaba que Buenos Aires t 
consume los artículos manufacturados en su capital, que es un gran taller industrial tf 22ü 

Es en esa época que se introducen los primeros vacunos Shorton, comienza el alambrado de 
los campos y adquiere caracteres nítidamente capitalistas la producción pecuaria. A la caída de 
Rosas existían en Buenos Aires 106 fábricas, entre ellas fundiciones, molinos de viento, de 
jabones, de licores, de cerveza, de pianos, de carruajes, carpinterías, ferreterías, talabarterías, 
lomillerías, mueblerías, etcétera. 

Todos los viajeros de la época coinciden en señalar la excelencia de los tejidos y zapatos 
elaborados en Córdoba y Tucumán. Las pieles de cabra curtidas en Córdoba eran exportadas por 
su calidad a Francia. Este último país debió prohibir su importación para proteger sus industrias 

219 H. S. Fems, Britain and Argentina in the Nineteenth Century, Oxford Press, Londres, 1960, 
p. 251 y ss. 

Este autor escribe: t Cuando Rosas se embarcó en una política proteccionista en 1835 
con el objeto de conciliar los pequeños intereses comerciales de las provincias del interior, el 
gobierno británico no hizo objeción. Informando sobre las nuevas tarifas de 1835, el coronel 
inglés Grifflths en verdad pudo encontrarlas buenas como medio de estimular a la industria 
local y las empresas agrícolas tf 

Las noticias de la ampliación de las tarifas, incrementadas en 1837, en Buenos Aires, no 
fueron recibidas con calma en el Foreing Office. Palmerston dijo al gobierno británico que él no 
había t reclamado el derecho de objetar formalmente, pero deseaba informar al Gobierno de 
Buenos Aires sobre las virtudes del libre comercio y la locura de las altas tarifas, y señalar los 
perniciosos efectos sobre el comercio de ese país que seguramente resultarían de tales 
medidas tf 

220 Martín de Moussy, Description of the Confederation Argén tiñe, cit. por Rosa, ob. cit., p. 
127. 



locales. La ebanistería tucumana exportaba a Chile, Bolivia y Perú. En ese tiempo adquiere 
volumen el cultivo industrial de la caña de azúcar, que abastecía a las provincias de Santiago del 
Estero, Catamarca y Salta. Lo mismo puede decirse de los cigarros, las suelas y demás artesanías 
salteñas. Catamarca abastecía a su vez a las provincias hermanas con algodón, que llegó a ser 
famoso por su calidad. 

Las tejedurías domésticas puntanas tenían también un mercado de consumo en Mendoza y 
otras provincias. En 1850 los viñedos mendocinos llegaban a abarcar más de 500 hectáreas y los 
vinos y aguardientes sanjuaninos eran conocidos en los mercados de todo el país. 

Ferré, Rosas y Carlos Antonio López 

La situación de Corrientes tenía características especiales. Como observa Juan f lvarez, era 
litoral por su topografía, pero podía considerarse una provincia del interior por las dificultades de 
navegación, que la obligaban a desarrollar sus industrias locales: prosperaba con sus carpinterías 
de ribera, sus cultivos de tabaco, de almidón, sus soberbios naranjales. Justamente el interior 
habría de encontrar en la vigorosa y rica personalidad del brigadier Pedro Ferré, el más penetrante 
expositor del proteccionismo industrial. 

Decía Ferré en 1824: 

Tenemos otras provincias —y son varias— cuyas producciones hace mucho tiempo que dejaron de ser 
lucrativas; que viven exclusivamente de ellas; que no pueden tampoco, aun con capitales, abrazar otras que su 
territorio no pennite. Más claro y más cierto: han de ser favorecidas por la prohibición de la industria extranjera, 
o perecer. Pero, sufrirán mucho en la privación de aquellos artículos a que están acostumbrados, ciertos pueblos. 
Sí, sin duda alguna un corto número de hombres de fortuna padecerán, porque se privarán de tomar en una mesa 
vinos y licores exquisitos (...) las clases menos acomodadas no hallarán mucha diferencia entre los vinos y 
licores que actualmente beben, sino en el precio, y disminuirán el consumo, lo que no creo ser muy perjudicial. 
No se pondrán nuestros paisanos ponchos ingleses; no llevarán bolas y lazos hechos en Inglaterra; no vestiremos 
ropa hecha en la extranjería, y demás renglones que podemos proporcionar, pero en cambio empezará a ser 
menos desgraciada la condición de pueblos enteros de argentinos y no nos perseguirá la idea de la espantosa 
miseria a que hoy son condenados. Y aquí es tiempo de notar que sólo propongo la prohibición de importar 
artículos del comercio que el país produce, y no lo que puede producir, pero que aún no fabrica . 221 

La capital de la República aún debe su estatua al gran representante de nuestros pueblos 


221 


Ferré, ob. cit., p. 372. 



artesanos. 

Si bien Rosas rechazó las exigencias del comercio importador y del capital extranjero, 
interesado en el mercado intemo argentino, promulgando la Ley de Aduanas de 1835, no es 
menos cierto que nada hizo para tecnificar nuestras primitivas industrias territoriales y buscar en 
el país una nueva base de sustentación acorde con el desarrollo mundial del capitalismo. El 
“nacionalismo” de Rosas estaba limitado por la restringida base de clase en cuyos límites se 
movía. 

La misma Ley de Aduanas fue anulada por Rosas a partir de los bloqueos de 1838: 

La nueva política fue lanzada de manera nada manifiesta. En diciembre de 1841 el gobierno ordenó al 
recaudador general que pennitiera la importación de artículos cuya entrada al país no estaba autorizada por la 
ley arancelaria de 1835. Los artículos que hasta entonces figuraban en la lista de importaciones prohibidas, 
serían admitidos mediante el pago de un derecho del 17%. La decisión del 31 de diciembre de 1841 cerró un 
importante capítulo de la historia arancelaria bonaerense (...) El gobierno porteño se vio obligado una vez más a 
abandonar principios por conveniencia, a “traicionar” los intereses económicos de las clases medias tanto de la 
provincia como del interior y el litoral (...) [La política proteccionista] ya no era practicable. En parte por 
decisión propia y en parte por imposición de las circunstancias, Buenos Aires se había vuelto a separar de las 
restantes provincias que integraban la Confederación. En su esfuerzo para rehabilitar su propia economía 
Buenos Aires abandonó las necesidades y aspiraciones de las provincias. En este sentido Rosas quedó prisionero 
del egoísmo económico de su partido. [Después de la anulación virtual de la Ley de Aduanas] las provincias 
volverían a considerar su actitud hacia el régimen de Rosas a la luz de las exhortaciones lanzadas por Ferré diez 
años antes. Desde su punto de vista no había mucha diferencia entre Rosas y Rivadavia, entre el federalismo 
porteño y el unitarismo. Rosas se convirtió tanto como Rivadavia en el representante de Buenos Aires, defensor 
de sus intereses especiales, presto y dispuesto a sacrificar las más vitales necesidades de las provincias. 222 

Los ganaderos de Buenos Aires eran el sector económicamente más fuerte del Río de la Plata, 
pero su fuente de ganancias se encontraba en el mercado exterior; su visión de los problemas 
nacionales no iba más allá del Arroyo del Medio. Por eso fue que su político más agudo dictó la 
Ley de Aduanas para neutralizar a las provincias interiores, pero le hubiera resultado inconcebible 
volcar los recursos aduaneros a fin de echar las bases de la era maquinista capaz de transformar al 
país. 

Mantuvo el viejo status; indiferente al avance técnico de la industria, no habría de seguir el 
camino genial de Carlos Antonio López, caudillo paraguayo, que con una base de operaciones 


222 


Burgin, ob. cit., p. 311 y ss. 



infinitamente menor que la de Rosas, supo mantener a raya la provocación imperialista y construir 
en el corazón de la selva la primera potencia sudamericana. 223 Rosas era, al fin y al cabo, un 
estanciero godo, políticamente un reaccionario de los pies a la cabeza, insensible al progreso, que 
él, sin embargo, encamó en un momento, en su condición de gran empresario; su prodigioso 
talento político estuvo esencialmente orientado a la conservación de la base regional de su poder. 
No le interesó otra cosa. Sus ideas políticas generales demostrarían una completa indigencia en su 
larga agonía de desterrado, en el odio a la Comuna, a la clase obrera y al movimiento general de 
su siglo. Pero en la Vuelta de Obligado todos los argentinos estuvieron con él. 

Los mercaderes de opio bloquean el Río de la Plata 

La historia del segundo imperio colonial de Francia empieza con el reinado burgués de Luis 
Felipe. La diplomacia británica había reducido la capacidad de maniobra de Francia en el teatro 
continental. Desde su reducto insular, los ingleses manejaban Europa, y a través de Europa, el 
comercio mundial. Cuando Francia decide intervenir militarmente en el Río de la Plata, esta 
aventura marítima no respondía solamente a una política de prestigio, como algunos autores han 
pretendido insinuar, sino a la etapa de exportación de mercancías que precede a la aparición del 
imperialismo. El bandidaje francés en Argel y en México sería probado también por los argentinos. 

Estas empresas de rapiña tenían para Francia —la famosa Francia “eterna”, “democrática” y 
“socialista”, según los cipayos francófilos— hasta un justificativo moral. Los europeos acariciaban 
una idea bastante curiosa de nuestra América del Sur. Aún a principios del presente siglo, Gustavo 
Le Bon generalizaba una opinión muy difundida en el Viejo Mundo, afirmando: 

Los pueblos de todas las repúblicas españolas de América son ingobernables. No hay educación ni hay 
institución que pueda surgir de la anarquía. La anarquía de esos países tiene un carácter sangriento. Todos ellos 
naufragan en la insolvencia. No tienen voluntad ni moralidad. Su inmoralidad excede cuanto pueda imaginarse y 
llega hasta el punto de que las ciudades aquellas son inhabitables. Si no retrogradan a la pura barbarie, es 
porque los alemanes y los ingleses se encargan de la industria y el comercio de esos dos países. Su decadencia es 
espantosa. 224 

Es fácil presumir la opinión que les merecíamos a los compatriotas del doctor Le Bon en 
1830. El resultado de las invasiones inglesas de 1807 no desanimó, sin embargo, al gobierno 

223 Julio César Chávez, El Presidente López, Ayacucho, Buenos Aires, 1955, p. 291. 

224 Cit. en Carlos Pereyra, Rosas y Thiers, Padilla y Confieras, Buenos Aires, 1944, p. 238. 



francés. Thiers, el sanguinario ministro que en el ocaso de su vida política habría de reprimir la 
Comuna de París, y que fuera uno de los artífices de la intervención francesa en el Río de la Plata, 
declararía virtuosamente en el seno de la Asamblea de París que t cuando se trata de nuestro 
comercio y de nuestros nacionales es necesario que seamos como los ingleses, que por un 
marinero herido han emprendido grandes guerras tf 225 

Carlos Pereyra, eximio historiador mexicano, observaría que las mismas potencias que 
ocuparon Hong Kong, construyeron un ferrocarril en Port Arthur o limpiaron los cofres y vitrinas 
de los palacios del Asia como bandidos de guante blanco, eran las que venían a imponer la 
civilización con la boca de sus cañones en la América del Sur. 

Al principio comenzaron los franceses; y luego se agregaron los ingleses, temerosos de que 
Francia adquiriera excesiva influencia en el Plata. Las dos cancillerías europeas trabajaron 
duramente desde 1838 a 1849. Los británicos, como siempre, se quedaron con la parte del león. 

El primer bloqueo contra Rosas fue organizado en 1838 por la escuadra francesa al mando del 
almirante Leblanc. Los pretextos y exigencias eran fútiles: reclamación por la detención de 
súbditos franceses, e igual tratamiento que a los ingleses. El fondo de esa política, como hemos 
visto, ya no era tan inocente. Ha quedado un testimonio irrecusable de los propósitos reales del 
bloqueo: los cónsules franceses y el almirante Leblanc firmaron en Montevideo un acuerdo con la 
“Comisión Argentina”, formada por los unitarios emigrados ligados al comercio de importación. 
Se trataba de una alianza contra las Provincias Unidas, a cuyo frente se encontraba Rosas. Una de 
las actas decía textualmente: 

Y considerando (...) 3 3: la conveniencia de no dejar escapar esta ocasión favorable, sea de llevar a Rosas a 
pactar con nosotros, sea de ocasionar su caída, y por consiguiente, de establecer la influencia de Francia a la vez 
en Buenos Aires y en Montevideo, y de preparar aquí a nuestros compatriotas y nuestro comercio un porvenir 
tranquilo y próspero... 226 

La clausura de los ríos 

El curso de los acontecimientos demostró que la reivindicación de la libre navegación de los 
ríos era la razón central del bloqueo extranjero. Rosas la rechazó, aunque este asunto habría de 


225 Ibíd., p. 227. 

226 John F. Cady, La intervención extranjera en el Rio de la Plata, Losada, Buenos Aires, 1943, 
p. 45. En esta obra puede consultarse todo el proceso diplomático que rodeó la agresión 
europea y el papel del grupo unitario. 



jugar un papel extraordinariamente importante en la organización de los bloqueos internacionales 
y finalmente en su caída política. 

Las contradicciones anglo-francesas en nuestro estuario no impidieron que en el bloqueo 
internacional contra la Argentina las dos potencias se pusieran de acuerdo. Inglaterra había 
logrado por medio del min istro Canning, en la época de Rivadavia, la independencia artificial de la 
Banda Oriental del Uruguay. Así quedó en el Río de la Plata una plataforma “neutral” que el 
imperialismo ha utilizado desde ese tiempo como base de operaciones para contener la influencia 
argentino-brasileña en esta región del planeta. La “intemacionalización” del Uruguay es uno de 
los hechos más monstruosos de la historia latinoamericana. 

El investigador norteamericano John F. Cady, en su notable obra La intervención extranjera 
en el Río de ¡a Plata, observa lo siguiente: 

El Foreing Office estaba prácticamente inundado de cartas, memoriales y solicitudes, en los que se sostenía que 
para el bien del comercio británico y la causa de la civilización sudamericana, debía mantenerse en su integridad 
la independencia del Estado Oriental. Por sobre todo, debía arrancarse de las manos funestas de Rosas el control 
de la navegación de los ríos. 227 

La vulnerabilidad del régimen en este aspecto era evidente ante los ojos de todos. Si los 
unitarios rivadavianos y algunos jóvenes de la generación de Mayo radicados en Montevideo 
pudieron llegar a un convenio con los agentes de las potencias imperiales contra Rosas, fue 
precisamente porque contaban con el descontento y la inquietud de las provincias litorales 
argentinas. Rosas, de la misma manera que los gobiernos unitarios anteriores, mantenía el control 
del puerto, negándose a nacionalizar los ingresos aduaneros. Repartidas proporcionalmente con 
las demás provincias estas rentas, habrían constituido el fundamento inmediato de la organización 
nacional, desapareciendo los recelos y las contradicciones que oponían la Capital al resto del 
territorio. 228 

Debe tenerse en cuenta que los puertos de Paraná, Santa Fe y Corrientes sólo se beneficiaban 
con el tráfico de las goletas que realizaban desde Buenos Aires el comercio de trasbordo. Pero 

227 Ibíd., p. 119. 

228 Burgin, ob. cit., p. 355: t Buenos Aires quería, y hasta ansiaba, cargar con la 
responsabilidad de dirigir las relaciones exteriores del país y lo concerniente a la guerra y a 
la paz;pero se negó a responsabilizarse por el bienestar económico y social del país. Ahí 
residía la trágica inconsecuencia del sistema que Rosas construyó con tanta paciencia y 
defendió con tanta obstinación tf 



estaban impedidas de hacer por sí mismas el intercambio de sus productos exportables, 
coincidentes con los de la campaña bonaerense. 229 

Este monopolio constituyó para el Restaurador, no sólo el pivote de su poder económico, sino 
también la razón de su derrota. La provocación de las potencias europeas y las tendencias 
separatistas de la Mesopotamia argentina encontraban en este régimen voraz su verdadero 
fundamento. 

De la misma manera, el Paraguay había sido aislado completamente por el sistema de los 
intereses porteños, que Rosas no modificó. 

Dicho sistema negaba a la provincia paraguaya toda posibilidad de importar o exportar sus 
productos si no era pagando tributo al puerto de Buenos Aires; esta obligación impuesta a los 
paraguayos no era contrabalanceada por ningún beneficio de carácter nacional, porque según se 
ha dicho, los porteños se embolsaban las entradas de esa aduana. El Paraguay de López era 
forzado así a declarar su independencia, como una tentativa de amparar su economía. Rosas 
rehusaba reconocer esa independencia; esa política empujaba al Paraguay a un frente con las 
provincias argentinas perjudicadas e incluso con los unitarios, debilitando así la unidad argentina y 
contribuyendo a la balcanización del Sur. 

Durante la campaña contra el general Paz, ocurrió un suceso de la mayor importancia para Entre Ríos. El 
gobernador Crespo abrió los puertos de la provincia al comercio con Montevideo, corriendo el peligro de 
enfurecer a Rosas, como sucedió (...) El gobernador Crespo, fundándose en los tratados entre las provincias 
litorales, siguió pemiitiendo el comercio de importación y exportación con aquella plaza (...) A su regreso de 
Corrientes, el general Urquiza recibió una nota enérgica del ministro Arana, exigiéndole que le explicara la 
resolución del gobernador Crespo. El general Urquiza contestó sosteniendo la teoría, que en realidad era la 
verdadera, establecida por el gobernador Crespo (...) Debido a esa política comercial del gobierno de la 
provincia, ésta tuvo en diciembre del año 1848 un sobrante de renta en su tesoro, efectiva de cuatrocientos 
veintiséis mil doscientos sesenta pesos y un medio real... 230 


229 Herrera, ob. cit., p. 163, cit. Ruiz Moreno: t La clausura de los ríos de la confederación se 
había conservado como en la época del dominio de los reyes de España para las banderas 
extranjeras. Sólo el comercio de Buenos Aires era accesible al comercio exterior. Durante la 
dictadura de Rosas se consideraba una ofensa a la independencia nacional (americana decía 
Rosas) la entrada de un buque mercante extranjero a un puerto de Entre Ríos, Santa Fe o 
Corrientes tf 

230 Martín Ruiz Moreno, Contribución a la historia de Entre Ríos, cit. por Herrera, ob. cit., p. 
209. 



El Estado-tapón 

Las potencias europeas encontraron de este modo varios puntos de apoyo contra Rosas en las 
provincias argentinas, como directo resultado del monopolio aduanero porteño. La primera base 
extranjera en el Río de la Plata era el Estado oriental, obra de Rivadavia. Téngase presente que 
Montevideo era una plaza fuerte inglesa y francesa, cuyos connacionales constituían la mayor 
parte de la población permanente. Thiers diría abiertamente en el Parlamento, en una interpelación 
a Guizot, que Uruguay era ti una verdadera colonia francesa ti . Había en Montevideo 20.000 
extranjeros, entre ingleses, franceses e italianos. Esta importante colonia europea era dueña de la 
ciudad y ocupaba los puestos claves del comercio de importación y exportación; mantenía 
asimismo una estrecha vinculación con las grandes empresas coloniales y sus metrópolis 
respectivas. 231 

Cuando el general Oribe, caudillo federal uruguayo, aliado de Rosas, pone sitio a Montevideo 
para reconquistarla como capital histórica de la Banda Oriental, el comercio extranjero y los 
emigrados unitarios se hacen cargo de la defensa. En su folletín famoso, Alejandro Dumas llamará 
al sitio “La Segunda Troya”. Tan popular ora la causa de Montevideo en París, que los novelistas 
en boga adoptaban las epopeyas mercantiles de sus connacionales, en los teatros más remotos del 
globo, como tema para sus obras. Las fuerzas defensoras, en efecto, estaban integradas en su 
aplastante mayoría por esos mismos comerciantes y sus hijos. Dice Cady: 

El dominio de Oribe sobre el Uruguay, con excepción de los dos pueblos, era indiscutible. Tenía más de 6.000 
orientales bajo sus órdenes, además de 8.000 de sus fuerzas argentinas. En cambio, de las fuerzas que se 
oponían a los orientales de Oribe, sólo 400 eran soldados nativos y los 3.100 restantes eran extranjeros. 232 

La Legión Extranjera que defendía la ciudad comercial contra las masas orientales y 
argentinas, estaba integrada por unos 3.000 milicianos vasco-franceses y un grupo más reducido 
de 700 italianos al mando de José Garibaldi. 233 

La leyenda garibaldina en el Plata merece una observación, pues estuvo muy lejos de 
desempeñar el papel que le atribuye la historia postuma. Muy diferente fríe el significado de su 
lucha por la independencia y la unidad de Italia. En el Río de la Plata cumplió una función inversa, 
contribuyendo a impedir la unidad nacional sudamericana. El propio José Luis Bustamante, 

231 Julio César Vignale, Oribe, Impr. Letras Edit., Montevideo, 1942, p. 217 y ss. 

232 Cady, ob. cit., p. 164. 

233 Ibíd., p. 130. 



conmilitón de Fructuoso Rivera —ambiguo caudillo rural que se adaptaba al poder dominante sin 
someterse, en realidad— escribía: t Garibaldi saqueó 1a Colonia y Gualeguaychú 
escandalosamente ti. 234 Sarmiento, admirador del célebre guerrero, señalaba: 


Garibaldi no vino a enseñamos a ser libres ni a damos ejemplo de heroísmo. Apenas se muestra y ya todos ven 
en él al caudillo de la masa de italianos poco manejables por los elementos aventureros de que se componía. 235 

Importa precisar este aspecto de las luchas rioplatenses, puesto que los corifeos del partido 
unitario profrancés habrían de fijar con caracteres indelebles en la historia escrita los términos de 
una antítesis imposible: si los unitarios y la coalición extranjera representaban la civilización, 
Rosas y el federalismo provinciano o bonaerense encamaban la barbarie. El más ilustre exégeta de 
esta patraña fue Sarmiento. 

La verdad es que en el sitio de Montevideo —que los cipayos de nuestros días consideran una 
cabal muestra de batalla griega “por la libertad”— participan las huestes garibaldinas. Nadie mejor 
que Garibaldi puede ilustramos acerca de los Héctores y Patroclos que formaban en sus filas. En 
sus Memorias escribe el héroe: 


La gente que me acompañaba era una verdadera chusma cosmopolita compuesta de todo y de todos los colores y 
naciones. Los americanos eran en su mayor parte negros libres y mulatos y generalmente mejores y de más 
confianza. El resto estaba compuesto de esa clase de marineros aventureros, conocidos en la costa americana del 
Atlántico con el nombre de “Fréres de la Cote”, clase que había fomiado el contingente a los filibusteros y a los 
tratantes de negros. 236 


A este respecto bastaría agregar que la bandera de la legión garibaldina era una enseña negra. 
En su centro aparecía el Vesubio en erupción, reposando sobre una calavera y dos tibias cruzadas. 
El propio gobierno oriental, que no padeció nunca de prejuicios “nacionalistas”, fue impotente 
para obligar a estos defensores de la soberanía montevideana a usar la bandera uruguaya. 237 


234 Pereyra, ob. cit., p. 184. 

235 Juan B. Tonelli, Garibaldi y la masonería argentina, Rex, Buenos Aires, 1951, p. 10. 

236 Garibaldi, Memorias, cit. por Tonelli, ob. cit., p. 12. 

237 Rául Frischauer, Garibaldi. El héroe de dos mundos, Claridad, Buenos Aires, 1944, p. 107. 
(Véase el ensayo apologético de Amaro Villanueva, Garibaldi en Entre Ríos, Cartago, Buenos 
Aires, 1957, en el que rinde tributo a Garibaldi por su t lucha contra las tiranías feudales en 
América ti, p. 17. Amaro Villanueva es un erudito en el arte de cebar mate. Escribió un libro 
sobre este tema apasionante. Pero al mismo tiempo, este escritor entrerriano es un stalinista 



La Vuelta de Obligado 

La política británica en el Río de la Plata constituyó un modelo clásico de duplicidad 
imperialista. Las enormes dificultades interiores y exteriores que la resistencia de Rosas 
ocasionaban al ministerio inglés, obligaron a los hombres de Londres a buscar una solución al 
conflicto. Mientras Mandeville en Buenos Aires apoyaba suavemente las exigencias de Rosas 
(interpretando las necesidades del comercio inglés residente), el comodoro Purvis apoyaba la 
causa de Montevideo, donde también vivían comerciantes de esa nacionalidad. Esta evidente 
contradicción de la política británica no existía sino para la candidez sudamericana. 

La política dual de los ingleses les permitía defender simultáneamente sus intereses en ambas 
márgenes del Plata, contribuir a la división uruguayo-argentina, aparentar neutralidad en todos los 
casos, y sacar ventajas en los dos puertos. Al mismo tiempo, utilizaba los servicios de la legión 
francesa que luchaba en Montevideo, arrojando sobre el prestigio de Francia todo el peso del odio 
argentino. 

Los intereses comerciales que traficaban con la región del Plata presionaban al gabinete 
británico para que solucionara en cualquier forma el conflicto. La lucha de Rosas con Montevideo 
había paralizado el comercio rioplatense. 238 

Peel viose en 1844 —escribe Cady— ante el pedido insistente de plazas como las de Liverpool y Manchester, 
que urgían al gobierno británico para que conjuntamente con el de Francia, adoptase medidas para limitar las 
restricciones puestas al comercio en el Plata. Solicitaban también se pusiera fin a los disturbios en el Umguay y 
se asegurara el acceso de los comerciantes británicos a los mercados del Paraguay y regiones del interior. 239 

Respaldando estas reclamaciones, estaban diez memoriales de los centros industriales de 
Yorkshire, Liverpool, Manchester, Leeds, Halifax y Bradford, suscriptos por 1.500 banqueros, 
comerciantes e industriales de las ciudades citadas. La opinión generalizada en Gran Bretaña, por 
otra parte, era que ni siquiera el comercio libre con Buenos Aires y Montevideo tendría plena 
importancia sin las comunicaciones con el interior sudamericano. En esta apreciación del gobierno 
y la industria británicos, encontraremos más adelante la clave de la trágica guerra del Paraguay. 240 

garibaldino. Curioso criollismo.) 

238 Cady, ob. cit., p. 132. 

239 Ibíd., p. 141. 

240 Ibíd., p. 173. 



Los ingleses planeaban en su correspondencia diplomática la balcanización, como lo 
demuestran las investigaciones contemporáneas en los archivos del Foreing Office. Un agente 
británico escribía a Londres: 

El reconocimiento del Paraguay, conjuntamente con el posible reconocimiento de Corrientes y Entre Ríos, y su 
erección en estados independientes, aseguraría la navegación del Paraná y del Uruguay. Podría así evitarse la 
dificultad de insistir sobre la libre navegación que nosotros hemos rechazado en el caso del río San Lorenzo. 241 

El cini s mo de esos caballeros no dejaba nada que desear. 

De esa manera se llegó hasta la invasión internacional de los ríos argentinos, que originó el 
heroico combate de Obligado. Las cadenas extendidas por Mansilla sobre el Paraná, a guisa de 
barrera, fueron destruidas por los cañonazos de la imponente flota anglo-francesa. Al pasar, 
saquearon Gualeguaychú, bombardearon e incendiaron el puerto de Colonia y se apoderaron de la 
isla Martín García. La hostilidad general, la ausencia de fuerzas de tierra y el carácter de guerra 
nacional que la descarada intervención internacional otorgaba a la resistencia de Rosas obligaron a 
los piratas civilizados a retroceder primero y a negociar después. 

Según el investigador norteamericano ya citado, 

la tentativa resultó un fracaso desde el punto de vista comercial, pues muchos de los barcos regresaron con sus 
cargamentos completos. La consecuencia más importante fue exaltar el patriotismo del pueblo argentino hasta un 
grado sin precedentes. 242 

El descrédito más completo rodeó a los unitarios, artífices de la coalición de las potencias 
europeas. Los ministros de las grandes metrópolis miraban por encima del hombro a esos 
“nativos” desaprensivos y pedigüeños. Los argentinos de todas las provincias los abrumaban con 
su desprecio. El general San Martín ofrecía la espada de la Independencia a Rosas. 243 A su vez, el 
gobierno títere de Montevideo dependía por completo de la buena voluntad de los grandes 
imperios. A cargo de la Tesorería de Francia, se firmaba un tratado que disponía el pago de un 
subsidio mensual a beneficio de las autoridades de Montevideo por 40.000 pesos fuertes. 

241 Véanse Ernesto Quesada, La época de Rosas, Del Restaurador, Buenos Aires, 1950, p. 161 y 
ss.; Roberto de Laferrére, El nacionalismo de Rosas, Haz, Buenos Aires, 1953, p. 23; I. B. 
Mackinnon, La escuadra anglo-francesa-en el Paraná (1846), Hachette, Buenos Aires, 1957, 
p. 136. 

242 Cady, ob. cit., p. 176. 

243 Julio Irazusta, Vida política de Juan Manuel de Rosas a través de su correspondencia. 
Huemul, Buenos Aires, 1961, tomo V, p. 108. 



Después del levantamiento del bloqueo internacional contra Rosas en el Río de la Plata (1848) 
las defensas de Montevideo habían quedado tan desguarnecidas frente a los ejércitos gauchescos 
del general Oribe, que la escuadra francesa debió enviar a tierra 400 infantes de marina para t 
servir a las baterías casi desiertas ti. 244 

A todo este espectáculo la tradición mitrista unitaria y cipaya llamó la “Segunda Troya”. El 
ministro de Relaciones Exteriores del gobierno de Montevideo, desesperado por la situación, 
gestionaba inútilmente ante los gobiernos europeos el otorgamiento de una ayuda militar y política 
más efectiva. 245 

Propuso que dichas potencias —dice Cady— asumieran el protectorado conjunto del Uruguay por un período 
indetenninado, alegando que la libre navegación de los ríos podía lograrse si todas las partes interesadas se 
unían para tal fin. 246 

Pero los ingleses y franceses tenían ya las manos ocupadas en otras gestiones; sus rencillas 
domésticas les eran gravosas, y por otra parte, ya habían probado las lanzas rioplatenses. Era 
evidente que no se trataba de un paseo militar. El cortés ofrecimiento fue rechazado, todo lo cual 
no impidió que estas almas dóciles que deseaban ser colonizadas ingresasen firmemente a la 
mitología escolar de los héroes nacionales. 

En 1849 los intervencionistas firmaban con Rosas un tratado por el cual se reconocía que la 
navegación fluvial argentina estaba únicamente sujeta a sus leyes y reglamentos; las potencias se 
obligaban a evacuar la isla Martín García, devolver los barcos argentinos apresados y saludar la 
bandera nacional. 247 Esta victoria de Rosas no constituyó, en realidad, sino una tregua hasta 
Caseros. 

Buenos Aires y el federalismo provinciano 

El litoral había sido la zona crítica de la política rosista. Los historiadores liberales explican las 
guerras civiles contra Rosas en virtud del espíritu de “libertad” contra la “dictadura”. Pero los 
historiadores “revisionistas” caen en una explicación no menos abstracta y errónea: se trataría de 
las intrigas unitarias, de la falta de patriotismo, del “oro francés” o del maquiavelismo brasileño. 

244 Cady, ob. cit., p. 255. 

245 Ibíd., p. 256. 

246 Ibíd., p. 257. 

247 Manuel Gálvez, Vida de Don Juan Manuel de Rosas, Tor, Buenos Aires, 1949, 3 I ed., p. 
289. 



En realidad, las provincias litorales disponían de producciones coincidentes con la de Buenos 
Aires (Entre Ríos, Santa Fe) o estaban interesadas tanto en el comercio internacional como en el 
mercado intemo (Corrientes). La clausura que Rosas imponía a los ríos interiores afectaba no sólo 
los intereses de las potencias europeas sino primordialmente a las provincias litorales. En el 
monopolio exclusivo de la Aduana porteña, se encuentra el origen de las inquietudes políticas del 
litoral, de sus tentativas crónicas para resistir el poder de Rosas, y de sus eventuales alianzas con 
el capitalismo extranjero. 248 

La opulenta provincia de Buenos Aires negaba al litoral el derecho de comercio con los 
europeos; eso tiene, sin duda, un tinte muy nacionalista. Pero Buenos Aires practicaba 
infatigablemente ese mismo comercio internacional que la enriquecía. 249 Ya esto es más difícil de 
explicar a los “revisionistas”. 

V Cómo juzgaban los políticos provincianos de la época esta actitud de Buenos Aires bajo 
Rivadavia, Rosas o Mitre? 

Don Manuel Leiva, uno de los más destacados hombres públicos del interior (ministro de 
Estanislao López, de Cullen, de Ferré, de Urquiza), escribía a un colega catamarqueño palabras 
muy claras. 


Buenos Aires es quien únicamente resistirá a la fonnación del Congreso, porque en la organización y arreglos 
que se meditan pierde el manejo de nuestro tesoro con que nos ha hecho la guerra, y se cortará el comercio de 
extranjería que es el que más le produce; pero por esas mismas razones los provincianos debemos trabajar en 
sentido contrario a ellos, para que nuestro tesoro nos pertenezca y para poner trabas a ese comercio que insume 
nuestros caudales, ha muerto nuestra industria y nos ha reducido a una miseria espantosa. Nada importan, mi 
amigo, la paz y tranquilidad, si la industria territorial, que es manantial fecundo de riqueza, ha de quedar sin 
protección, siguiendo el problema si el tesoro de la Nación nos pertenece a todos o sólo a los señores porteños 
como hasta aquí y nuestros puertos desiertos. 250 


248 Burgin, ob. cit., p. 314: t En los asuntos que afectaban al “status" económico de las 
provincias los actos del gobierno de Buenos Aires no eran diferentes de los que haría un 
gobierno unitario. En realidad Rosas era mucho más peligroso que Rivadavia, porque, a 
diferencia de este último, poseía los recursos políticos y materiales necesarios para imponer 
la voluntad de Buenos Aires, y mientras la hegemonía política y económica de Buenos Aires 
siguiera siendo indiscutida las provincias no podrían esperar ninguna concesión de la 
administración porteña tf 

249 Luis Alberto de Herrera, La clausura de los ríos, Montevideo, 1920, tomo IV, p. 7. 

250 Palma, ob. cit., p. 47. Se trata de una carta de Leiva dirigida a don Tadeo Acuña, ministro de 
Catamarca. Esta carta cayó en poder de Quiroga, quien la remitió a Rosas. „ Buena lanza y 
mala cabeza! Ya tendría Facundo que arrepentirse por sus concesiones hacia Buenos Aires. 



Buenos Aires dábase así el lujo de apropiarse de la renta aduanera del país, de estrangular el litoral 
y de reivindicar la bandera de la soberanía nacional frente a la alianza con los europeos creada por 
su exclusivismo. 

Caseros y el Imperio británico 

La crisis final del régimen rosista estalló como una consecuencia directa de los efectos 
económicos del bloqueo internacional. El enfrentamiento de Rosas con las potencias europeas lo 
obligó a aflojar el control aduanero del puerto de Buenos Aires. La Mesopotamia argentina 
conoció en esos días una prosperidad sin precedentes 

Gracias al conflicto, los estancieros de esa región, en especial los en tremarlos, ven abrirse un gran porvenir ya 
que su ganadería cobra poderoso impulso al amparo de un comercio directo —sin intervención bonaerense— con 
las grandes potencias europeas. Las aguas del Paraná y Uruguay eran surcadas por naves que traían mercaderías 
manufacturadas y llevaban cueros, tasajo, astas, cerdas, tabaco y yerba. 251 

Según el periódico de Entre Ríos El Federal Argentino, entran en los puertos de dicha 
provincia 2.144 buques en 1851 y salen 1.887. Entre Ríos exportó 574.693 astas, 24.369 
quintales de carne salada, 16.605 arrobas de cerda, 216.867 arrobas de grasa vacuna, 368.620 
cueros vacunos, etcétera. 252 

Entre Ríos aparecía ante los ojos de toda la República como la principal beneficiaría del 
bloqueo internacional. Lo que era más importante aún: se reveló bien claramente la base 
económica de la negativa de Rosas en abrir los ríos. Todos los caudillos comprendieron en el acto 
que si Rosas los cerraba, no era por aversión a la “extranjería”, sino exclusivamente porque 
aspiraba a que sólo Buenos Aires gozase de ese comercio. La conclusión del bloqueo 
internacional derivó nuevamente todo el tráfico del comercio exterior al puerto de Buenos Aires. 
Rosas quedó con las manos libres para arrebatar a las provincias litorales los beneficios de ese 
comercio. Urquiza no tenía más remedio que rebelarse contra el puño de hierro del dictador 
porteño. 

Los saladeros entrerrianos debieron aceptar, por imposición de Rosas, el papel inconvertible 

251 Horacio C. E. Giberti, Historia económica de la ganadería argentina, Hachette, Buenos 
Aires, 1961, p. 139. 

252 Ibíd., p. 140. 



de su Banco, pues Rosas les prohibía la extracción de toda clase de moneda metálica, al mismo 
tiempo que les ratificaba a las provincias litorales la prohibición de comerciar con el extranjero en 
otro puerto que no fuera el de Buenos Aires. Receloso de las maniobras urquicistas, Rosas 
prohibió asimismo la extracción de pólvora, material necesario para fabricar cal y que constituía, 
después de la ganadería, la más importante actividad económica de Entre Ríos. 253 

Como el cierre de los ríos era perjudicial a los saladeros de las costas del río Uruguay y 
Paraná, Rosas subvencionaba a veces a las provincias afectadas, Entre Ríos y Santa Fe. En otras 
ocasiones, ahogaba el descontento por medio de las armas, sin suprimir la contradicción. 254 Las 
provincias litorales encontrarían en la burguesía comercial uruguaya —alerta siempre a las 
tentativas absorbentes de Rosas— una firme aliada contra el puerto rival de Buenos Aires. 

El régimen de producción comenzaba por otra parte a sufrir profundos cambios técnicos. Con 
Rosas concluye históricamente la economía del saladero. La exportación de tasajo comienza su 
declinación en 1853. En efecto, dicho rubro declinará durante los cincuenta años posteriores, y el 
frigorífico, al comenzar el siglo XX, pondrá fin definitivamente al ciclo saladeril. Al caer Rosas se 
produce un auge notable del merino. La exportación de lanas, bajo el estímulo de la industria 
textil europea, alcanza cifras considerables. José María Jurado escribe: 

En el año de 1852 a 1853 las ovejas nos daban ya productos para la exportación equivalentes en su valor a la 
cuarta parte de lo que nos daban las vacas. Diez años después, de 1862 a 1863 daban a la exportación iguales 
valores las vacas que las ovejas. 255 

Los principales compradores laneros eran Francia, Inglaterra y Estados Unidos. El auge del 
merino mueve a los ganaderos a cambiar de producción y reemplazar en sus campos la vaca por la 
oveja. 

Los mercados esclavistas americanos pierden interés por la carne salada argentina. Se imponía 
un cambio de orientación de la producción ganadera del país hacia los mercados consumidores de 
Inglaterra y Francia. En 1865 la esclavitud era abolida en Estados Unidos por el triunfo de la 

253 Manuel E. Macchi, Urquiza. i Itima etapa, Castellví, Santa Fe, 1954, p. 46. 

254 Burgin, ob. cit., p. 166: t El aislamiento, lejos de vigorizar la situación económica de las 
provincias, intensificó la dependencia de Buenos Aires. Quizá por esta razón más que por 
ninguna otra querían las provincias terminar la organización nacional de un modo que les 
garantizara la autonomía económica y política y estabilizara al mismo tiempo las relaciones 
económicas interprovinciales it. 

255 José María Jurado, La estancia en Buenos Aires, cit. por Giberti, ob. cit., p. 153. 



burguesía industrial en la guerra civil, lo que obligó a los honrados cuáqueros del Norte a 
proporcionar a sus ex esclavos una alimentación superior al tasajo elaborado por nuestros 
saladeros. La completa extinción de la esclavitud en América Latina (Cuba en 1885 y Brasil en 
1888) señaló el fin de la producción de tasajo argentino. La vieja estancia criolla se veía solicitada 
por un mercado de características nuevas. Los estancieros como Rosas, aferrados a su antigua 
técnica, eran superados por las exigencias modernas del mercado mundial; la clase ganadera de la 
provincia bonaerense fue encontrando demasiado costosa la dictadura del caudillo. Un abismo se 
abría entre su política hasta cierto punto nacional y los intereses de los ganaderos, cada vez más 
inclinados a una vinculación estrecha con el capitalismo extranjero y atentos a las particularidades 
específicas del comprador. 

El ganadero argentino tendía a asociarse con el Imperio británico en formación. La burguesía 
comercial e importadora porteña, desplazada del poder político por Rosas, volvería a ser 
nuevamente la intermediaria entre el país y el capital extranjero. 256 El total abandono político y 
personal en que dejaron a Rosas sus primos, los Anchorena (que se lo debían todo), no sería sino 
el miserable testimonio del alejamiento de toda esta clase vacuna del hombre que la defendió y al 
que dejaron morir en el olvido, la mi s eria y el descrédito. 

Caseros fue una batalla únicamente para las litografías escolares. Rosas comprendió muy bien 
que había sonado su hora. Entregó su ejército intacto a Urquiza —un ganadero entrerriano, viejo 
rosista e irritado competidor—. Sarmiento, que no podía con su genio retozón por momentos 
cínico y siempre incómodo a sus amigos, era el boletinero del Ejército Grande. Su indiscreción era 
proverbial. Se cuidó de hacer saber a “los de casa” que no hubo combate, sino por parte de los 
brasileños: t en cuanto a la batalla para el público, puede leerse en el Boletín N - 26, novela 
muy interesante que tuvimos el honor de componer entre Mitre y yo í. Sarmiento, ya célebre por 
su audaz mistificación del Facundo, se había presentado en el cuartel general de Urquiza, junto 
con Mitre, haciéndose reconocer, ambos, imaginarios grados de tenientes coroneles. Su 
extranjerismo delirante proporcionó al Ejército Grande un inesperado espectáculo, que las 
legiones entrerrianas habrán apreciado intensamente. El propio Sarmiento describiría más tarde su 
atuendo de guerra: 


256 Manuel Leiva, cit. por Herrera, ob. cit., p. 79: t Temen la constitución como si viesen 
estrellarse en ella y desaparecer sus antiguos planes de usurpación. Resisten la franqueza de 
los puertos, para que siendo uno el depósito general del tesoro, los demás pueblos, sumidos 
en la indigencia y la miseria, dependan de aquel y nada puedan por sí tt. 



Yo era el único oficial del ejército argentino que en la campaña ostentaba una severidad de equipo estrictamente 
europea. Silla, espuelas, espada bruñida, levita abotonada, guantes, quepí francés, paletot en lugar de poncho, 
todo yo era una protesta contra el espíritu gauchesco (...) Esto que parece una pequeñez, era una parte de mi plan 
de campaña contra Rosas y los caudillos, seguido al pie de la letra, discutido con Mitre y Paunero y dispuesto a 
hacerle triunfar sobre el chiripá, si permanezco en el ejército (...) y para acabar con estos detalles de mi 
propaganda culta, elegante y europea en aquellos ejércitos de apariencias salvajes, debo añadir que tenía botas 
de goma, tienda fuerte y bien construida, catre de hierro, velas de esperma, mesa, escritorio y provisiones de 
boca. 257 

El mexicano Carlos Pereyra observó que t lo único que le faltaba era música de Offenbach 
para inmortalizarse en todos los escenarios del universo U. En las Memorias del general César 
Díaz, dicho militar refiere la frialdad con que el pueblo de la campaña bonaerense recibió a las 
fuerzas de Urquiza. Al recordar una conversación sostenida con el vencedor de Caseros, escribe el 
general Díaz: 

Se trató primero de la triste decepción que acabamos de experimentar respecto del espíritu de que habíamos 
supuesto animada a la provincia de Buenos Aires. El general se quejaba y con razón, de que no había encontrado 
en ella la menor cooperación, la más leve muestra de simpatía. “Si no hubiera sido, dijo, el interés que tengo en 
promover la organización de la república, ya hubiera debido concertarme aliado a Rosas, porque estoy 
persuadido de que es un hombre muy popular en este país”. Y en efecto V cómo explicar de otra manera el 
indiferentismo que habían ostentado ante nosotros las poblaciones que habíamos atravesado y la absoluta 
concurrencia de todos los habitantes de la campaña a las filas del tirano? 

En cuanto a mí, tengo una profunda convicción, fomiada por los hechos que he presenciado, de que el prestigio 
de su poder en 1852 era tan grande o mayor tal vez de lo que había sido diez años antes, y que la sumisión, y 
que aún la confianza del pueblo en la superioridad de su genio no le había abandonado jamás. 278 

Con Rosas desaparecía el último representante de un nacionalismo defensivo de características 
semicoloniales que ya no podía sobrevivir. El dictador sabía muy bien que la provincia de Buenos 
Aires no lo había abandonado; pero rehusaba admitir que el país interior, sediento de organizarse, 
abrir los ríos y nacionalizar la Aduana, había aplaudido su derrocamiento. Fingió atribuir su 

257 Manuel Gálvez, Vida de Sarmiento , Tor, Buenos Aires, 1952, p. 164. (Asimismo, véase Luis 
Alberto de Herrera, La seudo-historia para el delfín , El Siglo Ilustrado, Montevideo, 1947, 
tomo II, p. 22.) 

258 Luis Alberto de Herrera, Buenos Aires, Urquiza y el Uruguay, Homenaje, Montevideo, 1943, 
p. 269. 



derrota a los brasileños. Político de seguro olfato, pretendió abandonar la lucha envuelto en un 
nacionalismo verbal que rara vez practicó. Ante la inquietud del ministro inglés que lo asiló 
después de Caseros, el caudillo porteño dijo: 

Amigo, no tenga cuidado. Mire, aquí está la bandera inglesa que yo he enseñado a respetar. Aquí no vendrán, 
este pueblo yo lo he montado, le he apretado la cincha, le he clavado las espuelas, ha corcoveado, no es él quien 
me ha volteado, son los macacos. 259 

Criollísima la imagen, sin duda, pero no era una metáfora de gaucho, sino de estanciero. 

Es preciso no olvidar que alrededor de Urquiza se nuclean las lanzas de los caudillos 
gobernadores, gran parte del federalismo popular de la campaña bonaerense y toda la 
intelectualidad de la época: Alberdi, el primero; Lucio Mansilla, Juan María Gutiérrez, Santiago 
Derqui, Manuel Leiva, y entre los jóvenes, José Hernández, el futuro autor de Martín Fierro. 
Todos eran (o llegarían a ser) federales antirrosistas, partidarios de los caudillos provincianos. 
Caseros era inevitable, en tanto faltaba en nuestro país una fuerza nacional basada en la industria, 
capaz de estructurar una economía propia, de contrabalancear el poder político bonaerense y de 
resistir al intento deformador de las potencias europeas. Rosas se fundaba en los estancieros, cada 
día más vinculados a los ingleses y para quienes el desarrollo de nuestra industria fue, al principio, 
indiferente, y a partir de 1852, inconveniente. La base misma del poder de Rosas tendía 
inexorablemente a disgregarse. 260 

La política británica frente a su régimen reveló una vez más su habilidad: al principio, al no 
poderlo derribar, negoció con él, sin renunciar en ningún momento a suprimirlo en una 
circunstancia favorable. Algunos simplificadores afirman que si bien es cierto que los unitarios 
eran protegidos de los franceses, Rosas lo era de los ingleses. En verdad, los ingleses (mucho más 
que los franceses) sostenían la independencia de la Banda Oriental para impedirle tanto a Rosas 
como al Brasil, controlar el puerto clave de Montevideo. Al mismo tiempo hacían sus buenos 
negocios con Buenos Aires. Disponiendo de la perspectiva necesaria, resulta evidente que les era 
mucho más beneficioso un gobierno librecambista de la burguesía comercial, que les abría sin 
restricciones el mercado argentino y sudamericano —tal como lo haría Mitre—, que la mano 

259 Jorge M. Mayer, Alberdi y su tiempo, Eudeba, Buenos Aires, 1963, p. 400. 

260 Burgin, ob. cit., p. 359: t Ocho días después de la batalla de Caseros, Vicente López, 
gobernador provisional de Buenos Aires, se refirió al caído dictador llamándolo el salvaje 
unitario Juan Manuel de liosas. El epíteto no estaba del todo injustificado, porque en cierto 
sentido Rosas y el federalismo se habían divorciado mucho antes de Caseros ti. 



fuerte de Rosas, obligado a contemporizar con las provincias mediterráneas proteccionistas. 

Para derribar a Rosas se unieron fuerzas que inmediatamente después de Caseros debieron 
separarse: la burguesía comercial porteña, que exigía una política abierta con el Imperio británico; 
las provincias mediterráneas, que buscaban la organización nacional; las provincias litorales, 
ahogadas por la clausura de los ríos y el puerto único; Brasil, que deseaba la libre navegación para 
su comercio; y los propios ganaderos bonaerenses, interesados en sacudir el pesado puño de 
Rosas para un trato “más libre” con sus compradores europeos. 261 

Pero los vencedores reales de esta coalición fueron los ganaderos y comerciantes de Buenos 
Aires. La Argentina fue incorporada brutalmente al sistema de complementación económica de 
Gran Bretaña. Sobre las ruinas de las industrias provincianas se introdujo una economía de 
mercancías importadas. Bajo el manto purpúreo del Imperio comenzó a organizarse el granero de 
la era victoriana. 

Desde cierto punto de vista esto era previsible. El régimen de Rosas se había vuelto un puro 
anacronismo. No era desde luego un gobierno realmente nacional, sino bonaerense. La oligarquía 
del puerto heredó un interior paralizado y una provincia más próspera que nunca. Pero la 
diferencia entre la política bonaerense de los ganaderos y la política porteña de los comerciantes 
se advertirá agudamente en el siniestro gobierno de Mitre. 


261 La coalición antirrosista de Caseros, que se disuelve inmediatamente después de la victoria, se 
fundaba en razones económicas evidentes. El cierre de los ríos t afectaba por igual a las 
provincias mesopotámicas, a los saladeros ubicados sobre la margen oriental del río 
Uruguay, a las exportaciones de tabaco y yerba paraguaya, a los envíos de maderas y frutos 
brasileños y a las importaciones efectuadas por todas esas regiones U. Cuando el revisionismo 
habla de un Urquiza “vendido al oro brasileño”, reduciendo así la magna cuestión a la avidez 
del estanciero entrerriano, olvida que el litoral argentino, la Banda Oriental, el Paraguay 
enclaustrado y el Brasil cabalgaron en Caseros contra el puerto de Buenos Aires, patrón del río 
maestro. (V. Giberti, ob. cit., p. 140.) 



La provincia soberbia y rebelde 


El triunfo de Urquiza se produce poco después del hundimiento de la Santa Alianza europea. 
El capitalismo mundial proseguía su expansión triunfante. Las naciones burguesas más 
desarrolladas, aquellas que no sólo fundaban su poder en el capital comercial sino en la potencia 
de su industria, como Inglaterra, buscaban mercados y zonas de influencia. Tan poderosa era la 
fuerza que las impulsaba, que no retrocedían ante el empleo de la violencia y de las expediciones 
militares. Bajo esta luz debe explicarse la guerra del opio en China, la formación de la flota 
prusiana para propagar el comercio en Asia, y las aventuras francesas en México. La doctrina 
inglesa de este movimiento europeo fue el librecambio. 262 

El desarrollo de la economía argentina se orienta, al sobrevenir Caseros, dentro del esquema 
creado por las necesidades del Imperio británico. Dicho en otras palabras, nuestro país será un 
complemento agrario de la gran industria inglesa. A la pampa ganadera se agregará, con el apoyo 
inmigratorio, la pampa agrícola. 

Resulta evidente que Gran Bretaña necesitaba arrasar las condiciones precapitalistas del 
interior argentino. Nuestra economía natural se combinaba con cierto desarrollo de la producción 
artesanal de mercancías, que alimentaba el transporte de tracción a sangre y la vida comercial 
provinciana. Este conjunto de formas productivas, atrasado, sin duda, constituía el fundamento de 
la vida argentina en el interior. 

Pero era un obstáculo para la importación de artículos ingleses a bajo costo producidos por 
sus grandes manufacturas. El monopolio industrial británico tenía un carácter mundial y era 
arrollador por su potencia, su flota y su diplomacia. 

Privado el país de una fuerza nacional lo suficientemente unificada en sus objetivos para 
resistir al capital extranjero, Caseros abrió el camino para su penetración. La derrota de Rosas es 


262 Thiers, que treinta años más tarde se consagraría como el chacal de la Commime, 
pronunciaba un discurso en el Parlamento de París, en el cual invocaba los ejemplos anglo- 
yanquis para decidir a sus colegas a conquistar las provincias argentinas: t Hace algunos días, 
bajo nuestros ojos, ¡os americanos del Norte, con tropas cuyo número no excedía de 5.000 
hombres, han dado cuenta de México y han hecho la más bella conquista; los ingleses, con 
4.000 hombres de tropa y 3.000 marineros, han dominado el Imperio chino ti (exclamaciones 
en la derecha) (...) tj Es cierto que Inglaterra, con 4.000 hombres de tropas europeas y 3.000 
marineros, ha concluido con el Imperio de China, lo ha obligado a entregar y a aceptar el 
opio, el Opio?*) (risas de aprobación). (V. Laferrére, ob. cit., p. 77.) 



su fracaso para una política genuinamente nacional —y de todas las fuerzas económicas y sociales 
que Rosas encamaba—. No sería un simple accidente que al día siguiente de su caída su primo 
Nicolás Anchorena tendiera sus brazos a los vencedores del día. 

Algunos seudomarxistas y liberales han pretendido ver en la barbarie de la vieja Argentina y la 
era de “progreso” que supuestamente le sucede a partir de Caseros, una contradicción entre el 
feudalismo y el capitalismo moderno. Nada más equívoco que este aserto. La Argentina se 
incorpora plenamente a partir de Caseros al mercado mundial, subordinada a las necesidades del 
capitalismo inglés, en cuyo beneficio se destruye la economía precapitalista criolla. El desarrollo 
capitalista argentino es reprimido y el país se pliega a Europa como provincia agraria. La 
metrópoli industrial no será Buenos Aires sino Londres; a la oligarquía se le reservará solamente 
la función de proveedora de alimentos a bajo costo del consumidor europeo. Este hecho 
irrefutable destruye por la base la teoría de ciertos historiadores de “izquierda” tendiente a 
demostrar la legitimidad histórica de la política del mitrismo, esto es, de la burguesía comercial 
porteña, a la que atribuye el papel de “burguesía industrial”. 263 La verdadera burguesía industrial 
que se apropia de los beneficios de la unificación “a palos” impuesta al país desde Caseros se 
encuentra en el exterior, no en el interior del mercado y la sociedad argentina. Es la burguesía 
británica; el comercio porteño será un simple agente comprador y exportador y el interior 
argentino una colonia cristalizada en el atraso. 

En las luchas clásicas contra el feudalismo europeo, el capitalismo inglés o francés 


263 Real, en Revista de Historia, ob. cit., p. 64 y ss.: t El partido centralista unitario era 
expresión política e ideológica de la burguesía (...) El partido unitario centralista 
representaba lo nuevo, lo que surgía y se desarrollaba; el partido federalista, sus ideólogos y 
sus caudillos representaban lo que había entrado en crisis, lo que tendía a desaparecer; lo 
caduco. Lo nuevo eran las fuerzas económicas, sociales, políticas e ideológicas vinculadas al 
capitalismo mundial en auge y a sus correspondientes concepciones; lo viejo, lo caduco, eran 
las fuerzas vinculadas al feudalismo, en crisis, que se disgregaba bajo los golpes de la 
burguesía... 11 ). Y añade: t Que Buenos Aires fuera el centro económico social más importante 
del país, fue en todo momento, históricamente, muy beneficioso para el país. Sin ese centro, 
la suerte de la guerra civil de independencia hubiera sido harto dudosa y la unidad nacional 
difícil si no imposible. La guerra de independencia y la unidad necesitaban para 
“imponerse” un centro económicamente desarrollado . Para sostener su inaudita tesis 
portuaria, Real acude a Marx. Así ha quedado el marxismo de Stalin y sus sostenedores en 
nuestro país. Refiriéndose al problema de los ingresos de aduana, Real, en fin, afirma: t Y no 
puede ser indiferente que ellos se destinaran a montar los ejércitos de la independencia o a 
una obra de sentido y contenido nacional como la que intentó Rivadavia, o para beneficio 
exclusivo de los terratenientes-saladeristas porteños bajo el gobierno de Rosas tf He aquí en 
todo su esplendor la filosofía de la historia del stalinismo en la Argentina: Rivadavia, Mitre, 
Codovilla y Braden. Sin duda, no falta coherencia. 



desempeñaron una función revolucionaria: derribaron el particularismo feudal, crearon un 
mercado nacional único, unificaron el sistema tributario y echaron las bases del Estado moderno. 

En Francia y en Inglaterra ese desarrollo empujó al capitalismo a trascender los límites 
nacionales. Con el apoyo de sus conquistas coloniales del período mercantilista, Gran Bretaña 
inició su marcha forzada hacia el imperialismo. Su expresión más pura habrá de aparecer 
alrededor de 1880. Con el hierro y el fuego conquistó para su industria los mercados no 
capitalistas de los países americanos, asiáticos y africanos. 

Rosa Luxemburgo ha demostrado que el desarrollo capitalista europeo era inconcebible sin su 
fusión con las economías atrasadas. 264 La subyugación de las colonias se planteará como una ley 
de hierro en la época del imperialismo. El desenvolvimiento de las fuerzas productivas dentro del 
marco de las fronteras nacionales exigió en su momento una política revolucionaria de contenido 
burgués: ésa fue la significación de Cromwell y Robespierre. Pero la consolidación política de la 
burguesía en Europa y las limitaciones de las fronteras nacionales generaron la política 
colonialista. La exportación de mercancías primero y de capital luego hace de todo el planeta el 
teatro natural de las tropelías metropolitanas. Las potencias del Viejo Mundo intervienen en el 
mundo semicolonial con métodos económicos, políticos y militares. Nadie que no sea un agente 
del imperialismo vería en esta intervención una lucha entre el capitalismo y el feudalismo y, en 
consecuencia, una lucha históricamente justificada para Europa. En términos políticos, en la lucha 
entre la democracia inglesa y los jefes religiosos de la India la causa del porvenir de la humanidad 

264 Véase Rosa Luxemburgo, La acumulación del capital, Cénit, Madrid, 1933. 

t El imperialismo es la expresión política del proceso de acumulación del capital en su 

lucha para conquistar los medios no capitalistas que no se hallen todavía agotados (...) Dado el 
gran desarrollo y la concurrencia cada vez más violenta de los países capitalistas para 
conquistar territorios no capitalistas, el imperialismo aumenta su agresividad contra el mundo 
no capitalista, agudizando las contradicciones entre los países capitalistas en lucha. Pero 
cuanto más violenta y enérgicamente procure el capitalismo el hundimiento total de las 
civilizaciones no capitalistas, tanto más rápidamente irán minando el terreno a la acumulación 
del capital (Rosa Luxemburgo, ob. cit., p. 433.) 

En el momento de caer el régimen de Rosas, el imperialismo como expresión del capital 
financiero no se había construido históricamente, pero la lucha de los imperios coloniales por la 
hegemonía en los países atrasados preparaba justamente las condiciones económicas de su 
aparición. 



(y aun, en términos económicos, del “desarrollo de las ñierzas productivas”) se encontraba del 
lado de la India. El carácter profundamente reaccionario de este “antifeudalismo” europeo ya no 
requiere demostración. Los civilizadores cierran el paso a los que necesitan civilizarse. Cuando 
algunos “teóricos” hablan del progreso posterior a Caseros, mencionan los ferrocarriles, el 
telégrafo, la producción agrícola, la inmigración. Ejemplos semejantes nos están diciendo que este 
progreso de un “agrocapitalismo” consistió en organizar la plataforma administrativa y técnica de 
la dominación imperialista. Su objetivo central era impedir el desarrollo autónomo de un 
capitalismo argentino, análogo al que había permitido el desarrollo completo de la civilización en 
Europa. 

Un ganadero entrerriano en Buenos Aires 

El estanciero Urquiza, vencedor de Rosas, gobernaría su provincia durante treinta años. La 
posteridad liberal que lo glorificó, verá con embarazo en el longevo gobernador al tipo 
paradigmático de la democracia argentina. De la necesidad de oponer al tirano Rosas un modelo 
salido de las páginas de Montesquieu, se hará la leyenda benévola de un paladín del progreso. 
Pero si se pasa de esta poesía jurídica a la realidad de la época, Urquiza es otro hombre. 

El caudillo de Entre Ríos era un varón de maciza corpulencia, empacado y receloso, diestro 
jefe militar de una cólera fría, al que el dinero apasionó siempre y cuya personalidad vacilaba entre 
la prudencia política dictada por su ambición y los tempestuosos arrebatos de un temperamento 
sanguíneo. En 1851 se recordaba todavía —con un estremecimiento— entre los círculos unitarios 
que lo aclamaron al derribar a Rosas, las ejecuciones ordenadas después de la batalla de Vences, 
donde se degolló por la nuca o se despellejó por la espalda a centenares de prisioneros. La batalla 
de Caseros no purificó a Urquiza de sus hábitos de viejo degollador —que eran los del país 
entero, unitario y federal, mestizo, blanco o indio pampa, país en armas donde el salvaje se 
refrescaba en el desierto abriendo la yugular de las yeguas para beber con fruición el chorro 
escarlata—. Unitarios de levita, gauchi-doctores o gobernadores gauchos, brotaron todos de esa 
sociedad despiadada: ninguno de ellos escapó a sus violencias. 

Urquiza, el padre de la Constitución, era hijo de una época donde todos los partidos se 
diezmaron recíprocamente: V quién había olvidado que las orejas saladas del coronel Facundo 
Borda fueron enviadas a Manuelita Rosas como un respetuoso homenaje de federales netos; que 
el unitario Lamadrid paseaba a la madre de Quiroga cargada de cadenas por las calles; que el 
coronel Bárcena degollaba en Córdoba con sus propias manos a cuatro prisioneros y ponía sus 



cabezas, en fila, sobre un banco de madera? 265 

La caída de Rosas no había cambiado a Urquiza, ni al país. En el atardecer de Caseros hacía 
fusilar por la espalda al coronel Chilavert. A la misma hora el federal Martín Santa Coloma era 
degollado por su orden. Esa noche los soldados de la División de Aquino, que rehusaron combatir 
junto al Ejército Grande, eran fusilados y colgados de los árboles que perfumaban con sus copas 
tupidas la residencia de Palermo. Bajo esos frutos macabros desfilaron al día siguiente las damas 
aterrorizadas de la sociedad porteña, que visitaron al campeón de la libertad en el besamanos 
oficial. 266 

Antes de firmar la alianza internacional contra el Restaurador, no se le ahorró a Urquiza 
ninguna diatriba, ni calumnia alguna. Fueron las mismas que recibió de sus eventuales amigos 
porteños cuando alrededor de su persona se nuclearon en los años siguientes los intereses de la 
provincias interiores. 267 

Su levantamiento contra Rosas le atrajo la atención de todo el país; ya se sabía que Echeverría 
le había enviado su Dogma socialista, aplicando la tesis alberdiana de que el dictador porteño 
sólo podría ser abatido por un hombre salido de sus propias filas. Si Rosas sentía debilidad por los 
bufones, como buen déspota criollo, Urquiza amaba el lujo y los productos exquisitos. Encargaba 
su vajilla en París; en la porcelana ya venía grabado su nombre, como en la mesa de los 
príncipes. 268 

Todos los historiadores han coincidido en confirmar un hecho que emparentaba a Urquiza con 
Rosas: el orden policial perfecto que reinaba en la provincia de su mando. Era el rigor de un gran 
propietario, para quien el orden era fundamental en el mantenimiento de la prosperidad. 
Interesado en múltiples negocios, financista de otros ajenos, hábil militar y flexible político, el 
hombre que suplantó a Rosas se creía apto para gobernar a los argentinos de su tiempo. Sabría al 
día siguiente de Caseros qué no era tan fácil gobernar a los porteños. Probaría muy pronto la 
fuerza de la provincia soberbia y rebelde. 

Entró en Buenos Aires, al frente del Ejército Grande, con los hombres del emperador, 
marchando un 20 de febrero, aniversario simbólico de la batalla de Ituzaingó —formidable 

265 Mayer, ob. cit., p. 258. 

266 Manuel Gálvez, Vida de Sarmiento, ob. cit., p. 170. Carta de Mitre a Mariano Sarratea: t 
Tenemos con Sarmiento la lista de los asesinos y hemos jurado que ni uno solo ha de quedar 
vivo tt. 

267 León Rebollo Paz, Historia de la organización nacional, Librería del Plata, Buenos Aires, 
1951, p. 77. 

268 Julio Irazusta, Urquiza y el pronunciamiento, La Voz del Plata, Buenos Aires, 1952, p. 8. 



revancha de los esclavistas brasileños. 269 


Venía Urquiza con su rico uniforme de brigadier general, cubierto con un poncho blanco y 
adornada su cabeza con una galera de pelo; con ese atuendo desfiló por la calle Florida en un 
caballo que fuera de Rosas. La ciudad de tenderos y doctores sintió de golpe al provinciano 
gaucho; ya vio en el vencedor al enemigo inmediato. Toda la emigración unitaria y los jóvenes de 
Mayo, que ya no eran tan jóvenes, estaban de regreso. Muchos volvían sin haber olvidado ni 
aprendido nada. Inmediatamente se produjo un reagrupamiento en las fuerzas de Buenos Aires. 
Caído el poder centralizador de Rosas, un sector importante del rosismo porteño advirtió sin 
esfuerzo que sus divergencias con los unitarios eran circunstanciales, mientras que la 
contradicción con Urquiza (en tanto que representante de las provincias) era fundamental. 

El localismo porteño fue el gran factor que superó todas las diferencias del pasado. Se trataba 
de perpetuar la supremacía del puerto sobre los “trece ranchos”, espejo del pobrerío argentino. 
Los diarios porteños, con admirable facilidad, cambiaron de frente en una noche. El antiguo 
órgano rosista Agente Comercial reapareció bajo un nuevo título: Los Debates, bajo la dirección 
del joven coronel Mitre, furiosamente antirrosista y protoporteño. A su vez, el Diario de la Tarde 
pasó a ser dirigido por Dalmacio Vélez Sarsfield, tan famoso en su calidad de contertulio de 
Palermo, como lo sería más tarde por el Código Civil y por su aptitud sobrenatural para adaptarse 
a todos los gobiernos y sobrenadar victoriosamente todas las borrascas. Por supuesto, el viejo 
rosista y cordobés Vélez, entregado definitivamente a los porteños, también tomaría bajo su 
defensa la causa de Buenos Aires contra el país. 270 

269 Algunos autores niegan que las tropas brasileñas hayan desfilado por las calles de Buenos 
Aires justamente el 20 de febrero (Mayer, ob. cit., p. 405: t No hubo coincidencia en las 
fechas, ni Urquiza lo hubiera permitido tt ). Sin embargo, los historiadores brasileños 
consideran la batalla de Caseros una victoria del Imperio: t Sabemos perfectamente que no 
habiendo nunca un general argentino derrotado nuestras tropas en los suburbios de Río de 
Janeiro, y en esta, desfilado triunfalmente con ellas a banderas desplegadas, al compás de la 
música, aunque fuera junto a revolucionarios nuestros, no es nada agradable para nuestros 
amabilísimos vecinos que Porto Alegre haya conseguido esa gloria tt. (A guerra de Rosas, por 
Barroso, en José María Rosa, La caída de Rosas, Instituto de Estudios Políticos, Madrid, 
1958, p. 548.) Lo cierto es que al mediodía del día 20 de febrero, aniversario de Ituzaingó, 
desfilaron las fuerzas del Ejército Grande, incluidos los brasileños. 

270 Benito Hortelano, comerciante español radicado en Buenos Aires, refiere en sus memorias 
que numerosos rosistas t cambiaron de casaca al triunfar Urquiza. Caballeros que habían 
arrastrado el carruaje de Manuelita entre gritos contra el loco Urquiza, rodeaban al 
triunfador por un momento para abandonarlo en seguida, fieles al localismo portuario: 
“Entre los que vi tirar del coche recuerdo a D. Santiago Calzadilla, al hijo, al doctor Agrelo, 
a Rufino Elizalde, a Gimeno, a D. Rosendo Labardeny a Toro y Pareja; yo también empujé 
de la rueda derecha al partir el carruaje. No recuerdo los nombres de otros muchos federales 



En sus Memorias de un viejo, don Vicente G. Quesada escribe: t Los unitarios, los 
emigrados y los rosistas se unieron contra el vencedor de Caseros tf. 271 

La mayoría de los porteños —rosistas o unitarios— formaron un frente contra Urquiza. La 
razón era bien simple. Si el caudillo entrerriano encamaba los intereses del litoral, y reclamaba 
sobre todo la libre navegación de los ríos y la abolición de las restricciones de Rosas que 
afectaban particularmente a su provincia, la desaparición de Rosas movía a las provincias 
mediterráneas a cerrar filas en torno a Urquiza, pero siguiendo objetivos de amplio interés 
argentino. Para contar con el apoyo mediterráneo en las reivindicaciones del litoral, Urquiza debía 
hacerse intérprete en parte, de aspiraciones nacionales. Así, la gran cuestión cuyo planteo temían 
los porteños ante la presencia dominadora de Urquiza, era la Aduana porteña, el Tesoro Público y 
la ciudad-puerto. He ahí que cada paso dado por el vencedor con un sentido nacional despertara 
la desconfianza y la suspicacia de la ciudad portuaria. No olvidará el lector que la Aduana no sólo 
daba a Buenos Aires el irritante privilegio de origen real, expresado en una prosperidad y una 
cultura desconocidas para todo el resto del territorio argentino, sino que blindaba a sus 
gobernantes la posibilidad de defender ese privilegio con la organización de ejércitos de línea. 
Buenos Aires era, y lo sería por mucho tiempo, el principal foco antinacional del país. 

Los últimos caudillos se reúnen en San Nicolás 

Apenas llega Urquiza a Buenos Aires se producen los primeros incidentes. Uno de ellos es 
suscitado por una ley de olvido de agravios: t no hubo vencedores ni vencidos ti, declara el 
caudillo federal ante el asombro de la vieja emigración rivadaviana. Al mismo tiempo, declara 
obligatorio el uso del cintillo punzó, de vieja tradición federal. Diez días después de Caseros, 
Urquiza dicta un decreto declarando tres días feriados en festejo del triunfo sobre 1 1 as hordas del 
salvaje unitario Juan Manuel de Rosas ti. Esta reiteración en el lenguaje execrado despierta 
nuevas aprensiones en la ciudad y crea simpatía en la campaña, pasada la euforia de las primeras 
horas. 272 Hechos más sólidos que los meros símbolos reivindicados vendrían muy luego a desatar 
la crisis entre la ciudad y el país. 

que tiraron, porque no los conocía entonces y hoy son muy unitarios...” ^ . (V. José Luis 
Busaniche, Rosas visto por sus contemporáneos, Kraft, Buenos Aires, 1955, p. 139.) 

211 Vicente G. Quesada (Víctor Gálvez), Memorias de un viejo, Solar, Buenos Aires, 1942, 

p. 200. 

272 Bernardo González Arrillo, Vida de Rufino de Elizalde, Francisco A. Colombo, Buenos Aires, 
1948, p. 137. 



El doctor Vicente López y Planes fue designado por la Legislatura, a insinuación de Urquiza, 
gobernador provisorio de la provincia de Buenos Aires. López era el respetado autor del Himno 
Nacional, magistrado honorable y gris, funcionario de Rosas, contemporáneo de las jomadas de 
Mayo. Tenía todas las características que hacen de un hombre, en nuestro país, un patricio, es 
decir, un hombre opaco “que no ofrece resistencias”. Pero ya en el gabinete de Vicente López se 
filtró un agente de los intereses porteños: junto al anciano formado en los ideales de la Revolución 
de Mayo, estaba Valentín Alsina. Era un abogado penetrado de odio y de sed de revancha, 
rivadaviano petrificado en el desprecio a la barbarie autóctona y envanecido por el predominio de 
Buenos Aires. Alsina sería un precursor del estrecho y obtuso Carlos Tejedor que haría correr 
sangre argentina en el 80. Valentín Alsina intrigó desde el comienzo contra Urquiza. 

El entrerriano se movió buscando un apoyo en las provincias interiores. Necesitaba una base 
nacional para contrarrestar el poder de Buenos Aires. La idea del Acuerdo de San Nicolás surgió 
de esa orientación. Encargado de las Relaciones Exteriores de la Confederación por decisión de 
los gobernadores de Buenos Aires, Corrientes y Santa Pe, Urquiza apresuró la convocatoria de 
los antiguos caudillos provincianos que mantenían su poder hasta la caída de Rosas, para reunirse 
en la ciudad de San Nicolás de los Arroyos. 

Con dicha reunión, Urquiza esperaba restringir el área de las maniobras porteñas, cada vez 
más evidentes a través de Alsina y Mitre. Los hombres del Acuerdo, apuntalados por las lanzas 
nacionales, eran objeto de las intrigas y burlas aldeanas de la “gente decente” de Buenos Aires. No 
eran sino los “mazorqueros”, émulos de Rosas y Urquiza, que concurrían a San Nicolás para 
obtener la organización nacional tanto tiempo esperada. Allí discutieron los representantes rurales 
de nuestra democracia elemental. Muchos de ellos eran sombras difusas de aquellos caudillos de 
la época de hierro: ya no vivían Artigas ni Pacundo. Ocuparon su sitio, en la mesa del Acuerdo, 
Pablo Lucero, patriarca de la tierra puntana, y el general Benavídez, guerrero valeroso y 
bonachón, gobernador de San Juan, que caería asesinado en 1858 por los secuaces de la burguesía 
comercial enmascarados en el partido liberal. También dialogaron con Urquiza en San Nicolás, el 
general Celedonio Gutiérrez, gobernador de Tucumán, protector de la industria del azúcar, 
además de otros gobernadores elegidos entre la burguesía de provincia, como el riojano Manuel 
Vicente Bustos, don Domingo Crespo, de Santa Pe, y don Pedro Segura, de Mendoza. 

Jefes populares o primi Ínter pares de aristocracias lugareñas —escribe José María Rosa—, los gobernadores 
de 1852 “representaban” en mayor o menor grado la realidad política de cada una de las provincias. 



El autor citado agrega: 


Aquellos que debían su poder a la influencia de Rosas no pudieron resistir el cimbronazo del 3 de febrero: como 
López Quebracho de Córdoba, Saravia de Salta, o Iturbe de Jujuy, y fueron despojados por respectivas jomadas 
libertadoras de campanario. 273 

Los caudillos negociaron con Urquiza. Como dijo antes de la convocatoria el general Lucero: 
t Si viene a hablar, hablaremos. Si viene a pelear, pelearemos tí. 274 

El Acuerdo de San Nicolás precipitó una nueva crisis. Los gobernadores gauchos resolvieron, 
en primer lugar, otorgar a Urquiza, hasta la realización del Congreso Nacional Constituyente, el 
manejo de las Relaciones Exteriores de la Confederación; ratificaron el pacto federal de 1831, 
encargando a Urquiza su cumplimiento; él mismo debía proceder inmediatamente a organizar una 
Administración Nacional, suprimir las aduanas, declarar el libre tránsito de las mercaderías 
nacionales y extranjeras. En cuanto al próximo Congreso General, los diputados debían ser 
designados por cada provincia, no en virtud de su población, sino por una cifra fija de dos por 
cada una de ellas, con el objeto de evitar el predominio de cualquier región sobre las otras (es 
decir, de Buenos Aires). 275 

Al mismo tiempo, el general Urquiza quedaba al mando de todas las fuerzas militares 
existentes en el país, que serían consideradas como partes del Ejército Nacional. 

La burguesía porteña rechaza el Acuerdo 

Los acontecimientos se desencadenaron como un huracán. Los comerciantes, doctores e 
importadores de la ciudad porteña se pusieron de pie unánimemente contra el Acuerdo de San 
Nicolás, o Habrase visto tamaña insolencia de los trece ranchos! 

En dicho acuerdo, los diputados de la Legislatura provincial bonaerense veían aproximarse el 
rescate de su Aduana para todos los argentinos. La libre navegación de los ríos les quitaría, por 
otra parte, el privilegio subsistente desde Rivadavia y Rosas. Rosistas y antirrosistas porteños se 
unieron contra la voluntad nacional. 

El lenguaraz del clan portuario en la Legislatura fue el joven diputado Mitre. De muchacho 

273 José María Rosa, Nos, los representantes del pueblo, Theoría, Buenos Aires, 1955, p. 19. 

274 Julio Victorica, Urquiza y Mitre, Lajouane, Buenos Aires, 1906, p. 450. 

275 Juan A. González Calderón, La organización nacional, Kraft, Buenos Aires, 1940, p. 65 y ss. 



había sido jardinero en la estancia de Prudencio Rosas; luego estudió artillería en el sitio de 
Montevideo, donde compuso rimas de circunstancias. La ciudad cosmopolita le llenó la cabeza de 
ideas generales, lo hizo más porteño aún. Cuando llegó a Buenos Aires, después de Caseros, ya 
era un t pálido proscripto ít profesional. Su énfasis declamatorio, aunque insustancial, encantó a la 
ciudad. Militar de notable ineptitud en un país de espadas, Mitre sería convertido por la Buenos 
Aires mercantil en su más vacuo tribuno. 276 

A su lado se sentaba el cordobés Vélez Sarsfield, verdadero cerebro del localismo, viejo 
taimado y ubicuo, puesto definitivamente al servicio de la oligarquía porteña. 

Vélez había pertenecido al equipo rivadaviano: admirador juvenil de Julián Segundo de 
Agüero, diputado por San Luis al Congreso de 1825 antes de cumplir la edad reglamentaria, gozó 
de la privanza de Rivadavia; esa época y ese modelo conformaron por entero su carácter y sus 
ideas, lo que no le impidió vivir tranquilamente como abogado durante la época de Rosas, 
asesorar al señor de Palermo en algunos asuntos y convertirse en un poderoso ganadero de 
Arrecifes. Este último hecho explica que su condición social pesara más en sus opiniones que su 
origen mediterráneo. 277 

Frente a la exposición magistral del doctor Vicente Fidel López, que en su calidad de ministro 
urquicista defendía el Acuerdo, Mitre pronunció una de sus arengas más jactanciosas: el Acuerdo 
significaba una „ dictadura irresponsable, que constituía un poder despótico (...) a la cual se le 
pone en una mano la plata, y en la otra las bayonetas, y a cuyos pies se ponen el territorio, los 
hombres y las leyesñ. Tal era el hombre y su estilo. 278 

El favorito del público porteño aludiendo a López, no vaciló en echar una bravata, género en 
que adquirió celebridad: t He pasado mi vida en los campamentos y mi oficio es echar a 
cañonazos las puertas por donde se entra a los ministerios ti. 279 

276 Carlos D’Amico, Buenos Aires, sus hombres, su política (1860 - 1890), Americana, Buenos 
Aires, 1952, p. 61. 

277 Dalmacío Vélez Sarsfield, Escritos y discursos, Rosso, Buenos Aires, 1927, p. 46. 

Vélez Sarsfield pronunció el principa] discurso contra el Acuerdo. 

278 González Calderón, ob. cit., p. 88. 

279 Victorica, ob. cit., p. 49. 

El mismo Victorica refiere que el coronel Espinóla, entrerriano, encontró al comandante 
Mitre durante la batalla de Caseros, refugiado con su batería detrás de un monte y habiéndole 
preguntado qué hacía allí Mitre le respondió: t Estoy economizando sangre ti (ob. cit., p. 27). A 
decir verdad, los éxitos oratorios de Mitre fueron para sus contemporáneos más reales que los 


castrenses. 



Los ruidosos aplausos de la barra de la ciudad imperial ya prefiguraban el golpe de Estado del 
11 de septiembre. Esta revolución porteña separaría a la parasitaria Buenos Aires del resto de la 
República. La brutal coerción de la ciudad-puerto obligó al gobernador López y Planes a 
presentar su renuncia. Después de varias incidencias e interinatos, Urquiza se decidió a intervenir 
en el caos de la provincia y munido de su autoridad de director provisorio de la Confederación 
Argentina, asumió el mando en Buenos Aires: disolvió la Legislatura sediciosa. Mientras se 
organizaba el Congreso de Santa Pe que daría una Constitución al país, la agitación crecía en 
Buenos Aires. Pue en esas circunstancias que Urquiza nacionalizó las aduanas el 28 de agosto. 280 

Sólo su presencia y sus tropas evitaron el estallido contrarrevolucionario de la oligarquía 
porteña. Pero cuando el 4 de septiembre delega el poder en el general Galán y viaja a Santa Pe 
para participar en el Congreso General Constituyente, la suerte estaba echada. En la madrugada 
del 11 de septiembre —mes aciago en la historia argentina— se produce el previsto golpe de 
Estado. Tropas adictas a los intereses locales expulsan al general Galán y reconstituyen la disuelta 
Sala de Representantes. Es elegido gobernador propietario de la provincia don Valentín Alsina. En 
su gabinete figuraba el coronel Mitre. 

Se abrazan unitarios y resistas porteños 

Mariano Pelliza ha evocado la personalidad de Valentín Alsina: 

Alsina antes que todo era un porteño. Ateniense del Plata, consideraba iletrado a todo el que no pertenecía a la 
Universidad de Buenos Aires y no había cursado latines en los colegios máximos del período colonial. El 
elemento dirigente, en la paz como en la guerra, a juicio suyo no podía ser otro que el urbano de la capital. Nada 
o muy poco concedía a las provincias, sujetas a caudillos irresponsables fomiados en la escuela siniestra de la 
dictadura y dictadores a su tumo de pueblos atrasados. 281 

Inmediatamente de asumir el cargo, Alsina hace dictar una ley por la cual t la provincia de 

280 Ramón J. Cárcano, Urquiza y Alberdi, La Facultad, Buenos Aires, 1938, p. 18. 

Alberdi escribe a Urquiza: t T odo dependerá de la suerte que haya tenido el decreto del 

28 de agosto sobre aduanas extranjeras en lo interior de los ríos. A mi ver, ese decreto es la 
llave de todo. J l dará en gran parte a las provincias empeñadas en la obra de la Constitución 
los medios de ejercer el ascendiente que debió siempre Buenos Aires a la ventaja de ser la única 
aduana marítima de nuestra inconmensurable República th 

281 Mariano Pelliza, Historia de la organización nacional , Buenos Aires, 1897, p. 9 y ss. 



Buenos Aires no reconoce ni reconocerá ningún acto de los diputados de Santa Fe, como 
emanados de una autoridad nacional convocada e instalada debidamente tt . 2fi2 Así fue como la 
provincia de Buenos Aires rompió con la Confederación Argentina. 283 Al retirar a Urquiza el 
manejo de las Relaciones Exteriores conferido por la voluntad de todas las provincias, se otorgaba 
a sí misma el carácter de Estado independiente y soberano, apto para entenderse con las potencias 
extranjeras a espaldas del país. Era la política rivadaviana, llevada hasta sus últimas 
consecuencias. En ningún momento la unidad argentina estuvo tan amenazada como en ese 
período que se extiende desde el motín del 11 de septiembre hasta el crepúsculo de Pavón. En 
esta última batalla Urquiza rendiría las armas nacionales a la soberbia portuaria. La fúsión de los 
partidos bonaerenses fúe instantánea, pues todos ellos gozaban del común privilegio. 

Para penetrar la verdadera naturaleza del golpe del 11 de septiembre —la fatuidad porteña 
daría ese nombre fúnesto a una plaza central de la capital argentina— es preciso señalar la 
inquebrantable solidaridad que se estableció entre los antiguos rosistas y los unitarios emigrados, 
alrededor de la defensa de los intereses del puerto. El monstruoso triunfo es festejado con un acto 
público en el Teatro Coliseo. En su escenario se abrazan simbólicamente las figuras más 
representativas de esa hora: Lorenzo Torres, legislador servil de Rosas, su favorito en la 
Legislatura unánime, y Valentín Alsina, un rivadaviano valetudinario, porteño típico. Llamóse a 
este encuentro el “abrazo del Coliseo”. 284 Todos se habían hecho antiurquicistas. Un cambio de 
frente tan radical obedecía a que la política del entrerriano abrazaba ciertos intereses nacionales. 
Urquiza tendía a sustraer forzosamente a Buenos Aires porciones de su anterior dominio. Por eso 
estalló el motín de los mercaderes. 285 


282 González Calderón, ob. cit., p. 129. 

283 La batalla de Caseros había conquistado t la apertura de los ríos, que absurdamente 
persistió en cerrar el gobierno anterior, pero como esa restricción no procedía del error sino 
del interés de los importadores de Buenos Aires que lucraban con el monopolio (manteniendo 
un partido político local que disfrutaba de las entradas del puerto único), bien pronto la 
ciudad en masa se levantó contra el jefe triunfante cuyos proyectos resultaban peligrosos 
para la estabilidad económica de la familia porteña. Ese levantamiento (revolución de 
septiembre 11 de 1852) que respetaron los vencedores si importaba la segregación de una 
provincia no podía ya cerrar los ríos, cuya libre navegación estaba garantizada por un 
ejército considerable y por tratados hechos con una potencia extranjera (Brasil)^ (f lvarez, 
ob. cit., p. 321). 

284 Jorge M. Mayer y Ernesto A. Martínez, Introducción a Cartas inéditas de Alberdi a Juan 
María Gutiérrez y a Félix Frías, Luz del Día, Buenos Aires, 1953, p. 25; González Calderón, 
ob. cit., p. 128; Victorica, ob. cit., p. 79. 

285 Fems, ob. cit., p. 283. 

Escribe el autor británico: t Tcd vez, lo mejor sea decir que la Argentina estaba 



Mientras el Congreso de Santa Fe sesionaba para dotar de una Carta constitucional a la 
República, el Estado de Buenos Aires (como se llamaba a sí mismo en sus documentos oficiales) 
organizaba la guerra. En posesión de los cuantiosos recursos proporcionados por la Aduana 
porteña, levantó un ejército a las órdenes del general Hornos, que invadió la provincia de Entre 
Ríos. Una escuadrilla lo condujo desde Buenos Aires. El general José María Paz, vencido, 
espectral, desdeñando su pasado, también había puesto su espada al servicio de los separatistas, 
haciéndose perdonar el motín de Arequito: „ era ministro de Guerra de Buenos Aires! La intentona 
porteña fracasó y el Congreso de Santa Fe pudo terminar su labor. La Constitución Nacional fue 
jurada el 1 H de mayo de 1853, excepto por la provincia de Buenos Aires. 

El “Estado” de Buenos Aires abocóse a la tarea de organizarse como “nación” 
independiente. 286 Pero al mismo tiempo, el general Hilario Lagos se sublevaba en la campaña 
bonaerense. Levantaba la bandera de la unidad nacional, con el apoyo del gauchaje federal, de la 
plebe rosista y de los sectores agrarios más independientes del comercio exterior. 

La ciudad mercantil se dispuso a organizar una tercera Troya. 287 Apretando nerviosamente los 
cordones de la bolsa, los comerciantes llamaron a la defensa. Por el rabillo del ojo miraban a la 
Sacra Aduana, que los bárbaros querían nacionalizar. Se cavaron trincheras, se congregaron 

aburguesándose. Sarmiento hubiera dicho que se estaba civilizando. Un sociólogo moderno 
podría encontrar un término mejor. Pero no hay que equivocarse sobre lo que estaba 
sucediendo. En 1852 la firma Baring Brothers envió un agente a Buenos Aires, en un esfuerzo 
por cobrar la deuda emergente del Empréstito de 1824 que no había sido pagada. La Baring 
Brothers entregó al agente un hermoso rifle y un par de pistolas para regalar al vencedor de 
Rosas. Después de un breve período en Buenos Aires, el agente decidió vender los obsequios a 
un oficial de la Armada Real porque, como escribió en su diario, “estas cosas se han vuelto 
excesivas en este país (...) todos los dignatarios y dirigentes que yo he tenido que ver son cultos 
doctores en leyes y pacíficos ciudadanos. La era de los caudillos ha terminado: Gracias a 
Dios ”1 

286 Renée Pereyra Olazábal, Mitre, Kraft, Buenos Aires, 1955, p. 89. 

Arenga de Mitre; t Ciudadanos de Buenos Aires (...) Habéis sido despojados de vuestros 

soldados, de vuestros tesoros, parques y depósitos, declarados botín del vencedor O . La Aduana 
nacionalizada era el crimen supremo. 

287 Pelliza, ob. cit., p. 195: t Buenos Aires, separada por obra de las facciones disolventes, 
quería vivir sola, formándose a su vez un estómago provisorio, que alimentara con el jugo 
abundantísimo de su aduana tf 



milicias. Los diarios publicaban cotidianamente editoriales inflamados. El coronel Mitre se 
convirtió en esos días en el caudillo de la ciudad. 


A caballo una vez y con los pies bien afmnados en los estribos —dirá luego— me quité en media calle el frac 
negro de ministro y me puse la casaca militar que me trajo un sobrino de Rosas, que quiso ser mi ayudante. Otro 
sobrino de Rosas me alcanzaba mi espada y mis pistolas. 288 

En la defensa de Buenos Aires coinciden todos, el enemigo del tirano y los sobrinos de éste, 
que ya no era “tirano” sino “Rosas”, al menos en ese momento. 289 

Pero al movimiento de Lagos le escaseaban los recursos que le sobraban a la ciudad-estado. 
Urquiza corrió en socorro de Lagos: por medio de una escuadra dirigida por un marino yanqui 
llamado John Halted Coe, bloqueó el puerto de Buenos Aires. 

Como era lógico esperar, dicho marino era un condoííiero: esta lucha civil no era la suya. 
Imposibilitado para romper el bloqueo que ahogaba su Aduana, el gobierno porteño acudió a una 
estrategia que el general Paz no pudo aceptar sin repugnancia. Esta consistió, lisa y llanamente, en 
sobornar al jefe de la escuadra. La Sala de Representantes autorizó al Poder Ejecutivo a emitir 76 
millones de pesos para gastos. Este eufemismo cubría legalmente la operación incruenta de esta 
guerra de tenderos. El comodoro Coe se vendió por 26.000 onzas de oro. 290 Paz, que no era 
unitario, sino un argentino de Córdoba, en el ocaso de su vida frustrada comentó amargamente: t 
Este es el mayor sacrificio que pueda hacer por mi patria ty. 291 V Cuál era su patria? V Buenos 
Aires? 

Urquiza se encontró batido por los métodos fenicios de la ciudad experta en transacciones, 
que hacía un negocio de la política y de la guerra. El bloqueo marítimo estaba deshecho por la 
maniobra. El caudillo entrerriano diría en una proclama: U Esta es ¡a primera vez que se trafica 
con la bandera gloriosa de la patria fl. No era la primera vez, ni sería la última. Mitre, Torres y 
Alsina, verdaderos artífices de la maniobra de soborno a Coe, sabrían disimular entre el papelerío 


288 Pereyra Olazábal, ob. cit., p. 89. 

289 Herrera, ob. cit., p. 33: t Con las rentas nacionales monopolizadas, invertidas en el propio 
provecho, se adquirieron los armamentos traídos para combatir a la confederación. Habla, 
en la carta citada, el gobernador Alsina: “Cuento que dentro de un mes llegará al menos la 
tercera parte de los fusiles buenos que encargamos a Europa ”1t. 

290 Victorica, ob. cit., p. 114; Palacio, ob. cit., tomo II, p. 162. 

291 Ramón J. Cárcano, Del sitio de Buenos Aires al campo de Cepeda, Coni, Buenos Aires, 
1921, p. 211. 



de la historia oficial su participación en la política corruptora. 292 

Las fuerzas del coronel Lagos, por su parte, se descomponían rápidamente: el Congreso 
reunido en Santa Fe terminaba de federalizar la ciudad de Buenos Aires. Los jefes y oficiales del 
ejército de Lagos sintieron despertar una vez más su pasión localista y comenzaron a pasarse a la 
ciudad sitiada. Eran porteños y en ese tiempo pesaba más en su ánimo la ciudad que el país. 

Las trece provincias representadas en el Congreso de Santa Fe habían jurado la Constitución 
Nacional y elegido a Urquiza como primer presidente de los argentinos. Ante la negativa de 
Buenos Aires de ceder la capital, el gobierno de la Confederación fijó su sede en la ciudad de 
Paraná. 293 

Sería la capital más pobre que pueda imaginarse, sin recursos ni para pagar embajadores en el 
extranjero. Buenos Aires, en cambio, succionando la savia nacional a través de su monopolio 
portuario, enviaría varios agentes diplomáticos a Europa para gestionar su reconocimiento. En 
1854 Buenos Aires se daba su propia Constitución y se organizaba como Estado independiente. 

Mientras tanto, la burguesía comercial del puerto no perdía tiempo. Cinco meses después de 
desconocer la Constitución Nacional jurada en Santa Fe, la Legislatura del Estado de Buenos 
Aires se sumergía en un debate sobre la política económica que debía adoptar la provincia-nación. 
En esta discusión pudo advertirse que todos los legisladores, fueran de origen unitario o rosista, 
estaban en perfecto acuerdo para rechazar la idea misma de una industria argentina. En 
consecuencia, la tarifa de avalúos aduanera debía tener aforos bajos, con fines exclusivamente 
fiscales. El debate es ilustrativo. El antiguo legislador rosista Lorenzo Torres dirá lo siguiente: 

En el país no hay fábricas sino talleres en que los trabajadores alcanzarán si se quiere 500 hombres, y no es 
justo, por beneficiar a estos pocos, perjudicar a toda la población, haciendo que el pueblo todo compre más caro, 
lo que abriendo los puertos tendría más barato; los expresados talleres nada adelantan, pues están como ahora 
veinte años. 294 

Así opinaba el porteño federal y con él coincidía Mitre, porteño unitario: 

El sistema de protección es un terreno falso, en Inglaterra se creía que el aceite sería sustituido con el gas, y sin 

292 Victorica, ob. cit., p. 114. 

293 Cárcano, ob. cit., p. 154: t Buenos Aires resistirá la organización nacional, porque pretende 
usufructuar exclusivamente la renta de aduana y el comercio de los ríos tf 

294 Diario de Sesiones de la Sala de Representantes de la Provincia de Buenos Aires, Imprenta 
de la República, Buenos Aires, 1853. (V. sesión del 31 de octubre de 1853, p. 112.) 



embargo se vio que aumentó su valor, asi también con la baja de los derechos no disminuirá la renta. 295 


El legislador Mitre no quería dejar dudas sobre su pensamiento. Para la burguesía 
intermediaria, todo el sistema de aforos debía subsistir en su expresión mínima como fuente de 
ingresos gubernamentales y jamás como propulsor de la industria nacional: t La Aduana no es 
instrumento de protección, sino fuente de rentas ti. 296 

El debate concluyó con la aprobación de un proyecto de Anchorena —el apellido secular de 
los vacunos—, por el cual pagarían un 15% de derechos los tejidos de lana, hilo y algodón, las 
obras de madera, de metales, el papel de todas clases, incluso el de imprenta, utensilios e 
instrumentos de ciencias y artes, las drogas y todos los demás artículos no comprendidos en las 
disposiciones de esa Ley de Aduanas. De jure quedaba derogada la Ley de Aduanas promulgada 
en 1835 y que Rosas había derogado en los hechos en 1841. Se iniciaba una era de librecambismo 
total. 

El ministro de Hacienda formuló algunas tímidas observaciones sobre la necesidad de proteger 
algunas industrias locales, ni siquiera nacionales sino porteñas. Pero los abogados y estancieros de 
la Sala rechazaron, como puede verse, esa inicua pretensión. Con su estilo curialesco, Vélez 
Sarsfield decía: 

Deben seguirse los principios fijos cuales los tienen la ciencia económica: jamás se traerá más de lo que 
podemos comprar, es imposible proteger a los pocos según se quiera, sin dañar a los otros, que son los más. 

Este reciente ganadero agregaba en la sesión del 7 de noviembre: 

En Inglaterra la protección es a la propiedad territorial, punto que allí es muy atendido. Entre nosotros, sí hay 
especialidades que deben consultarse, pues no merece protección el trigo. En nuestros campos el pasto es 
abundante, pero no hay árboles, que es lo que realmente reclama una protección decidida y si la Aduana grava el 
trigo no protege en realidad el territorio. 

Ni industria, ni agricultura siquiera. El famoso civilista y embrollón de oficio sólo exigía 
propiedad territorial, poncho inglés y buena policía. 

Billinghurst, otro legislador porteño, insistía: 

295 Ibíd. (V. sesión del 4 de noviembre, p. 57.) 

Ibíd., p. 117. 


296 



Nosotros llegaremos a exportar manufacturas dentro de mil años y los productores de agricultura y pastoreo 
dentro de 20, por lo que se ve que éstos son los ramos que merecen una protección preferente. 


Un solo hecho bastará para iluminar la política porteña: 

El primer censo de la ciudad de Buenos Aires —escribe Luis Alberto de Herrera— levantado el 17 de octubre de 

1855, dio 54.332 habitantes y 38.063 extranjeros. Aunque ahora parezca inverosímil, lo cierto es que en el 
número de los nacionales sólo se incluyó a los porteños, contándose a los provincianos por extranjeros. 

Sarmiento, que en ese momento era concejal de la ciudad rebelde y que si estaba aporteñado, 
era al fin sanjuanino, protestó contra un censo que t consignaba una clasificación odiosa, colocando a 
los argentinos nacidos en las demás provincias entre los extranjeros ti. 2,7 

La idea de constituir la República del Plata, lanzada por Mitre, ve la luz en esos años de 
furioso separatismo. 

t A este género de política desquiciadora —escribe J. A. González Calderón— pertenece el 
famoso artículo-comunicado que el coronel Mitre publicó en El Nacional 9 de diciembre de 

1856, sobre el que nuestros historiadores pasan ahora sobre ascuas, limitándose a hacer breves 
referencias, ty 298 

Se trataba del artículo titulado t La República del Río de la Plata í, en el que se sugería 
abiertamente la separación definitiva y su organización como nación. Importantes pasos en esa 
dirección habían sido dados ya con el nombramiento de sesenta y dos cónsules en las principales 
capitales del mundo. Entre tanto, el gobierno de Paraná no podía pagar sus sueldos atrasados a 
Juan Bautista Alberdi. El solitario y torturado pensador argentino que defendía los intereses 
nacionales en Europa. 299 

Mitre fusila al general Costa, héroe de Martín García 

De pronto, un nuevo suceso conmueve a los porteños y los obliga a recordar al resto del país. 
Un núcleo de militares y civiles emigrados de Buenos Aires por la persecución niitrista 
(combatientes en la sublevación de Lagos, habían sido borrados de las listas del Ejército) invade la 

297 Luis Alberto de Elerrera, Buenos Aires, Urquiza..., ob. cit., p. 352. 

298 González Calderón, ob. cit., p. 365. 

299 Mayer, ob. cit., p. 34. 



provincia en pequeño número, haciendo pie en Zárate. Eran alrededor de 140 hombres. A su 
frente venía el general Jerónimo Costa, militar distinguido en la defensa de Martín García durante 
el bloqueo francés de 1838. Costa era de filiación federal e intentaba derribar al gobierno 
separatista porteño para unir la provincia al resto de la República. Presumiblemente traicionados, 
fueron atacados por fúerzas numéricamente superiores al mando del coronel Mitre. „ Triunfo 
espectacular! 

El mismo día del desembarco el gobierno de Buenos Aires había dictado un decreto en 
acuerdo de min istros (Alsina, Mitre, De la Riestra), en el cual se calificaba al general Costa de 
“famoso criminar y se ordenaba a las fúerzas porteñas pasar por las armas a todos los enemigos 
capturados. Se buscará en vano, en el largo gobierno de Rosas, un decreto semejante. Con la 
crueldad del inepto triunfante, Mitre ejecutó al grupo del general Costa y a Costa mismo. 

De los ciento cuarenta sólo salvaron la vida quince hombres. 300 Esto ocurría en 1856. Debía 
transcurrir exactamente un siglo para que en la Argentina se volviera a fúsilar por razones 
políticas, y los fúsiladores del siglo XX también serían mitristas. 

El diario oficialista, redactado por Sarmiento, llamaba a la espada de Costa “ruin y mohosa”. 
Las bárbaras expresiones de alegría que el asesinato del general Costa arrancó a la prensa de 
Buenos Aires, pueden leerse en la obra de Julio Victorica Urquiza y Mitre. Se trata, como es 
lógico esperar, de un libro olvidado. Fuera de la primera edición de 1906, publicada por Lajouane 
y Cía., sólo José Ingenieros la reeditará en su colección “La cultura argentina” hace más de 50 
años. J se será el destino de los libros genuinamente argentinos en el último medio siglo. 301 

Después del asesinato del general Costa, Mitre fúe premiado con un álbum y un banquete en 
el Club del Progreso. Los agiotistas del puerto saludaban a su salvador. 

No habrá mejor testimonio sobre el estado del espíritu público en el Buenos Aires separatista 
de esos años, que reproducir unos párrafos entresacados de una carta de Sarmiento a su amigo 
tucumano Pepe Posse, el 15 de junio de 1856: 

No hablemos de Buenos Aires. Nada hay que esperar de él, precisamente porque todo lo tiene, sino es 
inteligencia y previsión. V Qué podéis esperar de un pueblo que sin gobierno, sin prensa útil, sin administración, 
sin ejército, casi, emprende a la vez la construcción de un muelle, un camino de hierro, un alumbrado de gas, una 
aduana, varios templos, diez leguas de empedrados, 1.500 edificios particulares, y que dobla las entradas de 
aduanas; tiene doce millones de depósitos particulares en el banco; y recibe tres mil inmigrantes por mes que 

300 D’Amico, ob. cit, p. 75: t Fusiló de cabo arriba todo ¡o que cayó en sus manos it. 

301 Hay una reedición reciente de Eudeba, Buenos Aires, 1969. 



gastan 12 reales de plata diarios, y los trabajos se suspenden por falta de brazos? V Qué van a decirle de 
provincia, nación, Urquiza y puterías, a quien tiene a la Ida y a la Biscachianti en la f pera luchando, con dobles 
entradas, a la compañía española y a la Hispanoamericana en el drama, y a más de dos clubs, y la filarmónica y 
exhibiciones en la Sociedad de Beneficencia, y comunión de los enfermos del Hospital a donde concurren por 
millares las señoras a derramar lágrimas de contento y de entusiasmo? j Qué contarle de miseria a un pueblo 
que, amenazado por los indios, que le arrebatan cien mil cabezas de ganado de un golpe, y deja que un agiotista 
compre doscientas mil onzas de oro, las sustraiga del mercado y las haga subir de 335 a 367 en quince días y 
bajar a 350 de ayer a hoy? ) Vas a hablarle a este pueblo de Urquiza, el Congreso y todas esas majaderías? 

Yo estoy aquí como en mi casa en Chile, estimado de todos, como estiman a cualquier otro. Más sensación hizo 
mi presencia en el Morro y en Río Cuarto que aquí. Estoy bien, saludo a todos, me saludan, me agasajan, se 
complacen que venga a habitar en este país. Si les digo que son unos malvados, me hallan razón y me ofrecen un 
habano. En seguida se habla de la Biscachianti, de Pórtela, del precio de las onzas de oro; de Urquiza, de vos, y 
de la Confederación nunca, o pocas veces, pues la conversación cae con este comienzo: “Con Urquiza nada 
puede hacerse”. 302 

El sanjuanino Sarmiento, como Paz, el cordobés, se había hundido en el pantano dorado de 
Buenos Aires. Bien lo veían, pero si hablaban, dejaban de comer. En el mismo epistolario de 
Saimiento y Posse, el sanjuanino decía a su amigo: t Mi situación es la más precaria. No 
represento nada. No estoy con la opinión ni me atrevo a contrariarla porque al día siguiente no 
tendría ni un suscriptor ty. 303 

o Y esto lo decía nada menos que Sarmiento, el más agresivo de los publicistas argentinos, el 
más independiente y el más “loco”! Tal era la atmósfera de opulencia y sordidez, de mercantilismo 
y frivolidad que se respiraba en la ciudad filistea. Que las cosas no cambiarían durante 30 años, lo 
probaría la crisis del 80. 

El propio doctor Ramón J. Cárcano, cuya prudencia crítica hacia Mitre es conocida, no ha 
podido evitar un juicio objetivo sobre la política porteña, representada en la figura de Valentín 
Alsina. Para éste t la patria se reducía al suelo en que nació (...) sólo pensó en la “patria 
chica ”, la bandera que veintitrés años después todavía levantó Tejedor, el último abencerraje de 
la política regional ti. 304 

A este mismo Carlos Tejedor lo veremos actuar más tarde, en la revolución del 80, como 
representante de esos intereses localistas. Frente a la Confederación Argentina y su presidente 

302 Epistolario entre Sarmiento y Posse, Museo Histórico Sarmiento, Buenos Aires, 1946, tomo 
I, p. 61. 

303 Ibíd. 

304 Ramón J. Cárcano, De Caseros al 11 de septiembre, Mendelsky, Buenos Aires, 1918. 



Urquiza, Tejedor demostraría que pertenecía a la escuela de Rivadavia, Mitre y Alsina: t No 
hemos de consentir —exclama— ser gobernados por un chino, ni un japonés, ni en el estado 
actual, por un provinciano tf 

Nuevos partidos porteños: pandilleros y chupandinos 

El separatismo porteño había encontrado en el partido liberal a su expresión política más 
acabada. Este partido era la prolongación histórica del unitarismo clásico, si no por sus hombres, 
al menos por sus ideas. Del partido liberal saldría luego el mitrismo. Su plana mayor estaba 
formada por Valentín Alsina, Mitre, Obligado, Rufino de Elizalde, Vélez Sársfield, el uruguayo 
Juan Carlos Gómez. El propio Sarmiento, a regañadientes, militaba en el partido liberal, y era su 
más eficiente y temible periodista. „ Unitarios, resistas y “jóvenes” de Mayo, todos juntos! 

Parecía que Buenos Aires íntegra era liberal, antinacional y antiurquicista. Pero no era así. En 
1856 nace un nuevo partido que se agrupa alrededor del diario La Reforma Pacífica. Su 
inspirador es Nicolás Calvo, que no es porteño, sino más bien un “argentino de Buenos Aires”, 
como lo sería el joven José Hernández, quien aparecía en la vida política precisamente como 
“reformista”, es decir, del partido de Calvo. El espíritu faccioso inventa nombres pintorescos a los 
dos bandos. El partido liberal, oficialista, distinguido, patotero, cuyos partidarios atacan a sus 
oponentes en grupos, sería llamado “pandillero”. Los jóvenes amigos de Nicolás Calvo, que 
desean la unidad argentina en el seno de la Confederación, serán conocidos como los 
“chupandinos”; se les atribuye gusto por discutir en los almacenes y paladear el vino cartón. 

La lucha entre “pandilleros” y “chupandinos” será muy áspera, porque se necesitaba gran 
valor en aquella Buenos Aires, cuya población entera se beneficiaba con el goce de la Aduana, 
para reclamar su nacionalización. La agudeza del conflicto entre los dos partidos se pondría de 
manifiesto en las elecciones de 1857. 

Los diputados elegidos designarían al gobernador de la provincia; en este hecho radica la 
importancia del comicio. Con la ayuda de la policía, de la agresión y del aparato oficial, triunfa el 
partido liberal y Valentín Alsina es elegido gobernador. Esta designación era una virtual 
declaración de guerra a la Confederación Argentina. Resultaba derrotado, de este modo ilegal, el 
candidato “reformista” o “chupandino”, que era el general Escalada, suegro de San Martín. 
Acerca de los métodos “liberales” para ganar las elecciones, los cronistas de la época han dejado 
asombrosos testimonios probatorios de que Manuel Fresco y nuestra oligarquía contemporánea 
no han inventado nada. La Reforma Pacífica se refería a “la mazorca de Mitre”, y al gobernador 



Obligado, que presidió las elecciones, como al “Nerón argentino”. El fraude electoral no conoció 
límites, ni tampoco la brutalidad impar de los procedimientos. 

Desde el diario El Nacional, Sarmiento condujo una campaña de terrorismo verbal, simétrica 
a los golpes de mano que los “pandilleros” llevaban a cabo en cada parroquia. En una carta a 
Domingo de Oro, desbocado como siempre, el sanjuanino narrará con un regocijo cínico los 
detalles del fraude. La carta sería interceptada por Urquiza y publicada en Paraná, suscitando gran 
escándalo. Sarmiento decía, con su proverbial desenvoltura: 

Nuestra base de operaciones ha sido la audacia y el terror, que empleados hábilmente, han dado este resultado 
admirable e inesperado (...) algunas bandas de soldados amiados recorrían de noche las calles de la ciudad, 
acuchillando y persiguiendo a los mazorqueros (...) en fin, fue tal el terror que sembramos en toda esta gente, 
con éstos y otros medios, que el día 29 triunfamos sin oposición. 

Y añade, en una carta que no esperaba ver publicada: 

El miedo es como una enfennedad endémica en este pueblo; ésta es la gran palanca con la que siempre se 
gobernará a los porteños; manejada hábilmente, producirá infaliblemente los mejores resultados. 305 

El partido de Mitre cumplió al pie de la letra estas esperanzas de Sarmiento, que mientras 
escribía estas líneas era jefe del Departamento de Escuelas de Buenos Aires. Su busto solemniza 
actualmente los establecimientos de educación, para edificación de nuestros niños. 

En ese momento Sarmiento trabajaba al servicio de los porteños, pero no ocultaba, en sus 
cartas a sus amigos provincianos, el juicio que le merecía la ciudad portuaria. En 1851 ya había 
escrito: t Diréselo a Ud. en el oído, a fe de provinciano, porque el pueblo de Buenos Aires, con 
todas sus ventajas, es el más bárbaro que existe en América tf 

La presión llegó a ser tan intimidatoria para los porteños que ambicionaban la unidad nacional, 
que comenzó a producirse una corriente emigratoria de la ciudad; su punto de destino ya no era 
Montevideo, como en la época de Rosas, sino Paraná. En 1857 abandonan Buenos Aires más de 
2.000 porteños; los más notables argentinos de su tiempo huirán del gran emporio mercantil. 
Entre los “hombres del Paraná” figuran Lucio V. Mansilla, Benjamín Victorica, Mariano 
Fragueiro, Juan María Gutiérrez, Vicente G. Quesada, Santiago Derqui, el general Guido, Nicolás 


305 


Gálvez, Vida de Sarmiento, ob. cit., p. 212. 



Calvo y, desde Europa, Alberdi. Paraná era el centro de toda la inteligencia argentina. 306 Rafael y 
José Hernández y gran parte del partido “chupandino” irán a la capital provisoria de la 
Confederación en Entre Ríos. 

El mismo Rafael Hernández, en un discurso de 1892 307 evocando el período nocturno del 
separatismo mitrista, recordará el odio y la hostilidad que la sola palabra “porteño” suscitaba en 
las sufridas provincias argentinas. 

En Corrientes se llamaba taimé al porteño, es decir, “hombre de otra raza”; en Santa Fe 
circulaba un refrán que decía: t Porteño y víbora de la cruz no se pueden dejar vivos H; en 
muchas provincias, cuando en la presidencia de Mitre (1862-1868) se lanzaría a los ejércitos de 
línea para exterminar a los últimos caudillos, los porteños serían llamados “patas blancas”, por 
alusión a las polainas de ese color que llevaban los soldados de Buenos Aires en sus sangrientas 
expediciones. 

La guerra económica entre la ciudad porteña y la Confederación 

La situación entre la Confederación Argentina con asiento en Paraná y el Estado de Buenos 
Aires, carecía de un carácter estable. No podía tenerlo a riesgo de sancionar definitivamente el 
cisma porteño. Ahogada la Confederación por el monopolio aduanero de Buenos Aires, inicia una 
política llamada de los “derechos diferenciales”. El propósito de esa ley era transferir al puerto 
nacionalizado de Rosario todo el movimiento comercial que se hacía hasta ese momento por 
Buenos Aires, sin que rindiera ningún beneficio al pueblo argentino, aunque enriqueciera a la 
oligarquía porteña. 

Tenga presente el lector que cada producto extranjero que ingresaba al país pagaba un arancel 
en el puerto de Buenos Aires, antes de buscar su mercado en el interior. Mediante este simple 
mecanismo, tributaba a la oligarquía enancada en el puerto un impuesto extorsivo. Buenos Aires, 
rica metrópoli, había convertido al resto del país en su colonia interior. 

En un debate en la Legislatura de Buenos Aires en 1857, Rufino de Elizalde decía: 

El principio de la libre navegación de los ríos es una ley del estado (de Buenos Aires), no es un tratado y fue 
referente a la navegación únicamente del Paraná. Sin embargo, ese mismo decreto que establece la libre 
navegación hace reservas: por ejemplo, un buque de ultramar no puede entrar por las aberturas que se acercan a 
la costa; no todos los canales del mismo Paraná están abiertos a los pabellones extranjeros porque eso sería 

306 Quesada, ob. cit., p. 191. 

307 Rafael Hernández, discurso en la Legislatura de la provincia de Buenos Aires, 1892. 



matar nuestra nación (la de Buenos Aires). 


Lo que no decía el antiguo bufón de Rosas es que si se admitía la navegación únicamente por 
el Paraná Guazú, es porque este canal corre junto a la isla Martín García, cuyos cañones porteños 
mantenían bajo su control la navegación fluvial que podía favorecer el comercio con las provincias 
de la Confederación. Con Rosas o con Mitre, el bufón Elizalde permanecía invariable como bufón 
y como porteño. 

La ley de los derechos diferenciales tendía a corregir la monstruosidad del monopolio. Pero su 
resultado fue mediocre. Los barcos extranjeros preferían descargar en Buenos Aires, para no 
exponerse a las dificultades de la navegación en el Paraná, porque la Confederación no había 
podido improvisar en el insignificante villorrio de Rosario un sistema comercial comparable al de 
Buenos Aires. Por otra parte, la guerra de Crimea, al bloquear el comercio exterior del zar, desvió 
hacia el Río de la Plata la demanda europea de materias primas. La exportación cobró enonne 
vigor; lejos de languidecer, la ciudad-estado florecía en su soledad. Nuevos edificios se levantaban 
y su fisonomía urbana se europeizaba, mientras la Confederación yacía en el agotamiento. 

En tales circunstancias, no cabía sino la reiniciación de la guerra civil. 

Contra todo lo que era de esperarse —escribe Pelliza— el gobierno de la Provincia fue el que primero empezó a 
manifestar su mala voluntad a la Confederación, restringiendo el tránsito libre de que antes gozaban los frutos 
del país, retirándoles, por decreto del 1 J de febrero de 1859, el boleto de depósito que antes aseguraba su libre 
exportación y sometiéndolos a los trámites que para su reembarco sufrían las mercaderías extranjeras. 308 

Ante esa ofensiva económica el gobierno de Paraná se dispuso a combatir. Poco tiempo antes 
la pandilla mitrista hará asesinar en San Juan al general Nazario Benavídez, firmante del Acuerdo 
de San Nicolás y prestigioso caudillo. La muerte de Benavídez conmoverá a la República en esa 
época: quitaba de en medio a un sostenedor de Urquiza en Cuyo. Mitre obsequiará un álbum a los 
asesinos, vinculados al partido liberal porteño. La ciudad estremecíase de gozo: „ un bárbaro 
menos en el país devastado! Urquiza sintió el golpe. Su propio nombre era execrado públicamente 
en la prensa de Buenos Aires. 309 

308 Pelliza, ob. cit., p. 229. 

309 Sarmiento escribía una carta al gobernador Pujol, el 9 de junio de 1857: t Por ahora deje al 
cerdo de Urquiza engordar, con su estancia de Entre Ríos, el oprobio y la vergüenza de esa 
confederación th (V. Herrera, ob. cit., p. 271.) El bufón Elizalde, en la sesión del 11 de mayo 
de 1859 de la Legislatura de Buenos Aires, propuso una ley según la cual todas las personas 



Así provocó Buenos Aires el choque de Cepeda. Narraremos ahora cómo, habiendo perdido la 
batalla, disfrutó de la victoria la ciudad astuta: sabía hacer brillar el oro en las negociaciones, 
como el usurero ante el cliente aterido. Pero también sabía comprar cómplices, usar ganzúas y 
trampear a la historia. Docta en trucos leguleyos, era inhábil en el oficio de las armas. Le bastó su 
caja fuerte. 

Urquiza y Mitre se enfrentaron en los campos de Cepeda, en el límite histórico que ligaba a la 
pampa bonaerense con el resto del territorio nacional: el Arroyo del Medio. Como siempre habría 
de ocurrirle en el manejo de la guerra, Mitre fue derrotado. La victoria nacional de Cepeda llevó a 
Urquiza a las puertas de Buenos Aires; desde San José de Flores negoció las condiciones que las 
armas argentinas imponían a la provincia separatista. 310 

La ciudad-estado bajó hipócritamente la cabeza, como en aquel otro Cepeda del año 20, 
viendo temblar las lanzas federales. Lo aceptó todo: la entrega de la Aduana sagrada, su 
incorporación a la unidad argentina, la humillación de la caballería entrerriana pastando en su 
periferia. Todo lo aceptó, porque la ciudad contrabandista sabía que finalmente no cumpliría nada 
o casi nada. Admitiría la “unidad nacional” tan sólo cuando pudiera imponer su ley a las 
provincias, no antes. Según el acuerdo de San José de Flores, ya demostrativo de la debilidad de 
Urquiza, se otorgaba a Buenos Aires el derecho de incorporarse a la Confederación Argentina, 
previa discusión de la Constitución del 53. Buenos Aires podía sugerir algunas reformas que 
consideraría una Convención Nacional Reformadora reunida al efecto. Al mismo tiempo, se le 
prohibía mantener relaciones diplomáticas de ninguna clase. 

Pero esta unión nacida en Cepeda, era, según Mitre, t la unión con presilla, que se podía 
soltar si tiraba mucho tf. Ya veremos que no era una simple fiase. En el citado ensayo sobre 
Alberdi, Jorge M. Mayer dice: 

Los porteños no estaban dispuestos ni siquiera a aceptar la Constitución refonnada. No podían permitir que se 
reuniera el Congreso y que se dictara la ley que nacionalizara las entradas de aduana, medida para ellos 
“escandalosa”. Tratados, convenciones, discursos y abrazos, habían sido un procedimiento dilatorio; su lema era 
“prepararse y esperar”. 311 


avecindadas en la provincia, adictas a la causa de Urquiza y que suscribieran petitorios o 
solicitaran la incorporación de esa provincia a la Nación, saldrían t del territorio del Estado, 
imponiéndoles las penas que por el derecho de guerra tienen los espías del enemigo tf 

310 Victorica, ob. cit., 287. 

311 Mayer, ob. cit., p. 33. 



La hora de Pavón se acercaba y con ella el crepúsculo de Urquiza. 


Derqui y el drama de Pavón 

Derqui, hombre del Paraná, ministro de Urquiza, cordobés, era un “argentino del interior”, 
como llamaría Lucio Mansilla a los intelectuales provincianos arrojados a la emigración por la 
furia de la guerra civil, y que no eran unitarios, sino “federales pobres”, federales lugareños sin 
Aduana. De ahí la pavorosa incomprensión que rodea la figura de Santiago Derqui. 
Despectivamente juzgado por algunos resistas contemporáneos, que lo incluyen en el saco 
unitario, Derqui es silenciado por la historia oficial. 

Al ser elegido presidente de la Confederación Argentina en reemplazo de Urquiza, que ya 
había cumplido su mandato legal, Derqui representaba en Paraná la tendencia “nacional”, es decir, 
la del interior mediterráneo, a diferencia de Urquiza, que era el litoral ganadero y exportador. El 
triunfo de Derqui lo convirtió en la primera figura constitucional del país dividido. Lejos de 
constituir una ratificación práctica del acuerdo de Cepeda, su elección proporcionó un nuevo 
motivo de cólera a la insolencia oligárquica. „ Un cordobés al frente de la República, un cordobés 
sin lanzas, ni vacas, ni ríos! 312 

La inmensa debilidad de nuestras provincias interiores, único y verdadero núcleo del 
nacionalismo democrático argentino, se evidenciaba en la presidencia vacilante de Derqui, era su 
encamación viva. Todas las dificultades se acumularon sobre el presidente para volver imposible el 
ejercicio del poder nacional. La reincorporación efectiva de Buenos Aires era su obsesión: pero 
estaba más allá de sus fúerzas impedir el estallido de una guerra civil. 

El incumplimiento de Buenos Aires al convenio de San José de Flores, particularmente en lo 
que se refiere a la nacionalización de su Aduana, sometía a la Confederación a la agonía 
financiera: el Congreso debió autorizar a Derqui para solicitar préstamos de 100 y 200 mil pesos 
en Santa Fe y Rosario. No había dinero ni para pagar a los empleados administrativos. 313 


312 León Rebollo Paz, Derqui. El presidente olvidado, Impr. López, Buenos Aires, 1949, p. 43. 

313 Juan José Real, “Notas sobre...”, ob. cit., p. 70. 

Este autor stalinista dice: t Las penurias del gobierno de Paraná no eran sólo motivadas 

por el monopolio aduanero de Buenos Aires; lo eran por la base económico-social en que se 
asentaba la capital de la Confederación tf. „ Qué amigos marxistas le irían a salir a la oligarquía 
porteña! Con semejante justificación histórica de la oligarquía, no necesitan siquiera explicar su 
alianza con Braden en 1945. 



En ese momento, el comercio provinciano ligado económicamente a la ciudad porteña, dio un 
golpe de Estado en San Juan. En la acción participaron núcleos de tenderos y de empleados de 
comercio. Su inspirador era el diario El Nacional, dirigido por Sarmiento, ministro del 
gobernador Mitre. El Nacional instigaba al crimen político: clamaba por la supresión del coronel 
Virasoro, gobernador de San Juan impuesto por Urquiza. Este caudillo, como los demás, 
representaba la voluntad popular y era, a su modo, uno de los obstáculos finales para una 
verdadera penetración comercial del capital extranjero que se movía detrás de la oligarquía 
portuaria. No deben olvidarse en este relato ni por un solo momento estos poderosos resortes 
económicos, no siempre visibles, que constituyen el trasfondo histórico del drama argentino. 
Baste decir que el órgano oficial del gobierno porteño anunció con seis días de anticipación el 
asesinato del gobernador Virasoro. El ministro Elizalde pudo desmentir la acusación de haber 
entregado al ministro de Gobierno de Mitre, Sarmiento, un millón y medio de pesos para financiar 
el motín sanjuanino. 314 

El brutal asesinato de Virasoro fue la última advertencia; todo el país miró instantáneamente a 
Urquiza. Pero el entrerriano ya no quería ver ni oír. Esa vieja manía del separatismo pasivo de 
Buenos Aires, tipificada por Valentín Alsina, y que era al fin y al cabo la indiferencia ganadera 
frente al interior, empezaba a ser reemplazada por una política activa, sangrienta y exterminadora, 
propia de la burguesía comercial. Su expresión fue Mitre, similar en esta línea a Rivadavia. 
Mientras Alsina (Rosas) se volvían de espaldas al país interior (guardando estrechamente la 
Aduana), Rivadavia (Mitre) eran más “nacionalistas”, como se llamaría a sí mismo el traductor del 
Dante muy pronto. Es que estos últimos representaban al comercio importador y al capital 
extranjero, que pugnaban por “entrar” al interior. La presión de Europa era irresistible. La 
presidencia de Mitre nos ofrecerá testimonios de una elocuencia sangrienta. 

Amenazado por todas partes, privado de recursos, huésped de Urquiza en Paraná, Derqui 
acudió al caudillo entrerriano, al que había nombrado comandante en jefe del Ejército, para 
comprometerlo en una política nacional. Urquiza vivía aletargado en el lujo barroco del Palacio de 
San José. Tenía 6.000.000 de pesos, 8 estancias, 150.000 vacas y un profundo hastío. Replegado 
en su feudo entrerriano, satisfechas ya las reivindicaciones que lo lanzaron a las armas en Caseros, 
ya no podía ni quería luchar. Una placidez indefinible paralizaba su brazo. La bandera nacional 
había caído de sus manos y Derqui —el interior mediterráneo— no podía recogerla. La vieja y 


314 


Sarmiento, Epistolario, tomo I, p. 83. 



fatídica alianza del litoral y Buenos Aires contra el interior ( „ Estanislao López y Rosas!) 
pondríase nuevamente en práctica, enajenando en Pavón la posibilidad de una gran Argentina. 
Veamos el desenlace. 

En el Congreso Nacional reunido en Paraná se presentaron los diputados elegidos por Buenos 
Aires; pero el Congreso rechazó estos mandatos, pues las elecciones se habían practicado de 
acuerdo a la ley provincial bonaerense, en lugar de efectuarse confonne a la ley nacional. V Qué 
había detrás de esta diferencia formal? Por la ley provincial Buenos Aires estaba dividida en 
distritos y elegía un mayor número de diputados que las otras provincias, perpetuando así su 
condición de privilegiada. El Congreso Nacional rehusó aceptar a esos diputados, que regresaron 
a Buenos Aires. 

La tensión aumentaba sin cesar, devorando todos los intentos de conciliación puestos en juego 
por Derqui. La prensa “libre” de Buenos Aires, manejada casi totalmente por periodistas 
uruguayos (como serían uruguayos los militares que en la presidencia de Mitre exterminarían a los 
últimos caudillos), creaba la atmósfera bélica. Mitre se autodenominaba abiertamente “gobernador 
del Estado de Buenos Aires”. Mantenía la cartera de Relaciones Exteriores, expresamente anulada 
por el acuerdo de Cepeda, y obstaculizaba la nacionalización de la Aduana. La movilización de las 
fuerzas militares de la provincia alarmó a Derqui. Buenos Aires utilizaba los recursos aduaneros 
de todos los argentinos para resistir a la voluntad nacional. 315 

Las armas estaban desenfúndadas; Urquiza, de mala gana, debió ponerse a la cabeza del 
Ejército Nacional. En una postrera y desesperada tentativa para evitar un choque con Buenos 
Aires, la Confederación propuso el nombramiento de una comisión negociadora. Sus miembros se 
reunieron en Santa Fe, a bordo de un buque de guerra británico. Estos ingleses no han faltado 
nunca en nuestras horas decisivas. Los delegados de Buenos Aires propusieron condiciones 
inaceptables, donde se evidenciaba la avidez mercantil de sus mandantes. 

La provincia separatista proponía permanecer independiente durante cuatro años, al cabo de 
los cuales se gestionaría su incorporación a la Confederación. Al mismo tiempo, proponía que la 
Aduana quedara en poder de Buenos Aires, que subvencionaría a su vez a la República con 

315 Saldías, cit. por Herrera, ob. cit., p. 25: t Con los cañones, fusiles y demás armamentos 
comprados en Inglaterra, había remontado la artillería y armado convenientemente hasta 7 
batallones de infantería y otros tantos regimientos de caballería O (las fúerzas de Buenos 
Aires). Pelliza dice a su vez (Historia de la organización nacional, p. 309): t La pobreza de 
medios en el ejército confederal llegaba a tal extremo que el presidente Derqui vistió alguna 
parte de sus batallones cordobeses con franela amarilla, a fin de presentarlos siquiera 
uniformados en la próxima campaña H. 



750.000 pesos mensuales. A cambio de los recursos totales del pueblo argentino, que Buenos 
Aires ilegalmente retenía, los mercaderes ofrecían una limosna para el rancherío provinciano. Aquí 
quedaba al desnudo, bajo una potente luz, toda la política de Mitre y su grupo. Pelliza lo enjuició 
claramente en su Historia: t Buenos Aires buscaba un pretexto para declarar la guerra tt. 

Los acontecimientos se desencadenaron. Los dos ejércitos se pusieron en marcha. Mientras 
Derqui giraba en el vacío, haciendo de presidente sin dinero, ni tropas, ni capital propia, Urquiza 
marchaba a la batalla disgustado, fuera de su cauce, pensando que una victoria decisiva en Pavón 
fortalecería el poder nacional de Derqui y sus cordobeses. Aplastar a Buenos Aires en ese minuto 
cardinal era plantear una política argentina de gran vuelo. 

Pero el ganadero entrerriano, un hombre del litoral, acariciado por la idea de la agricultura, de 
las colonias gringas, de la exportación saladeril, fatigado de la guerra, no expresaba sino las 
limitaciones de su propia clase librecambista. La abulia de Estanislao López se reencarnaba en 
Urquiza. El enorme peso de Europa decidió toda la cuestión. Pavón demostró que Urquiza 
llevaba la muerte en el alma. No quiso luchar: esto no impidió a su poderosa caballería arrollar a 
Mitre que, según Carlos D’Amico —ex gobernador de la provincia de Buenos Aires— t nunca 
sabía qué hacer en el campo de batalla ít. El coronel López Jordán —ascendido por Derqui a 
general en el terreno de la lucha— creía ya en la victoria cuando advirtió que su general en jefe se 
retiraba del combate. Urquiza se fue de Pavón “al tranco”, dejando a Mitre persuadido de su 
propia derrota y en la más completa confusión. Sólo después de varios días advirtió Mitre que 
Pavón significaba la victoria de Buenos Aires y un trágico descalabro argentino. Durante mucho 
tiempo pagó el país la traición de Urquiza a la causa nacional de Derqui. 

Urquiza se recluyó en Entre Ríos, desinteresándose del gobierno nacional. En un esfuerzo 
final por atraer al ganadero de San José a la lucha por la unidad argentina, Derqui renuncia a la 
presidencia. Ocupa su cargo el vice Pedemera. 316 Pero el ocaso de Urquiza ha llegado; el litoral se 
prepara a ser el granero del mundo europeo: ya no puede jugar un papel verdaderamente nacional. 
Tácito o expreso, el acuerdo de Mitre con Urquiza se probaría en los hechos. 

La Legislatura de Entre Ríos, bajo la presión de Urquiza, deja sin base alguna al 
vicepresidente general Pedemera. Dicta una ley el 1 H de diciembre de 1861 por cuyos términos 
esa provincia reasume el ejercicio de su soberanía. V Qué significaba esto? Era perfectamente 
claro: Urquiza asestaba una puñalada por la espalda a la Confederación y su gobierno legal, 
sustraía su provincia a la unidad nacional y libraba a su suerte al interior. En su trágico decreto del 

316 Luis Horacio Velázquez, Vida de un héroe, Peuser, Buenos Aires, 1958, p. 275. 



1 H de diciembre del mismo año, el general Pedemera declaraba disueltos los poderes nacionales 
que presidía, por cuanto se le privaba al gobierno de la administración de sus aduanas y rentas que 
ellas producían. Añadía que por ese mismo acto, Urquiza despojaba t de la autoridad del 
Ejecutivo Nacional todas las fuerzas militares de la provincia y demás elementos bélicos ti 317 
necesarios para afrontar la situación planteada después de la batalla de Pavón. La misma ley 
entrerriana establecía que dicha provincia se anexaba el territorio anteriormente federalizado; o 
sea, que Paraná dejaba de ser sede legítima de la Confederación. 

Ante tales circunstancias, decía el general Pedemera: t No le queda al Ejecutivo Nacional ni 
el suelo indispensable y necesario para continuar su difícil administración ti. En definitiva, t no 
siendo posible reunir el Congreso Nacional por la premura del tiempo y por el estado de 
conflagración en que se encuentra la República (...) declárase en receso al Ejecutivo 
Nacional ti. 318 

Con esta actitud Urquiza dejaba libre el camino para que las fuerzas de la provincia 
bonaerense arrasasen el interior argentino. Abdica virtualmente, destruye la alianza con las 
provincias mediterráneas y se esfuma del escenario. 

El federalismo entrerriano habrá de eliminarlo diez años más tarde, cuando la propia Entre 
Ríos recoja los frutos aciagos de la política urquicista. 319 

Ante la crisis de la Confederación, abandonado por todos, librado a la aquiescencia de los 
porteños sedientos de sangre gaucha, el general Pedemera disolvía el gobierno nacional. Su 
secretario, un mocetón barbudo llamado José Hernández, cantaría para siempre la potente 
tragedia que lo tuvo de testigo. El estratega victorioso a pesar suyo, se encargó del gobierno 
nacional provisorio: en 1862 era elegido presidente de la República el general Mitre. Se abría el 
ciclo de las guerras civiles más crueles de nuestra historia. El capital británico comenzaba el 
aniquilamiento de la industria territorial, la transformación del gaucho en peón de estancia, la 
incorporación argentina al sistema mundial de las grandes potencias. A este período tenebroso y 
mal conocido se le ha conferido la dignidad académica de titularlo “nuestra era de progreso”. 

Al día siguiente de la batalla de Pavón y cuando Mitre se dispone a invadir con los ejércitos 
orientales nuestras provincias interiores, Sarmiento habrá de escribirle su carta famosa: t No trate 

317 Martín Ruiz Moreno, La presidencia del doctor Derqui y la batalla de Pavón, Librería La 
Facultad, Buenos Aires, 1913, tomo II, p. 303. 

318 Ibíd., p. 299. 

319 t No deje cicatrizar la herida de Pavón. Urquiza debe desaparecer de la escena, cueste lo 
que cueste. Southampton o la horca í, Sarmiento a Mitre, 20 de septiembre de 1861. (V. 
Herrera, ob. cit.) 



de economizar sangre de ganchos, es lo único que tienen de humano. Este es un abono que es 
preciso hacer útil al País ty. 320 

Los consejos de Sarmiento serán aplicados con ejemplar brutalidad por los jefes mitristas. 
Cuando la ralea civilizadora recibe la rendición de las fuerzas federales en Cañada de Gómez, 
después de Pavón, el general Venancio Flores —que más tarde adquiriría una aureola siniestra al 
invadir Uruguayana— pasó a degüello a todos los prisioneros. No era más que el comienzo de la 
presidencia de Mitre. 

El destino personal de Santiago Derqui, refugiado en Montevideo, pobrísimo y olvidado, 
encama esa hora del país, y de sus ineimes provincias mediterráneas. Dos años después de 
presidir la República vive en una fonda montevideana a costa del dueño compasivo; con muchos 
meses de la pensión impaga, se le sostiene de lástima. El mandatario de la Confederación 
Argentina muere en la indigencia más completa en 1867, en Corrientes. Durante tres días sus 
familiares no sepultarán sus restos por carecer de dinero. 321 

Los ferrocarriles ingleses se extendían por las tierras montoneras. El Chacho ya había sido 
degollado. 


320 Archivo del general Mitre, tomo IX, carta del 20 de septiembre de 1861. 
Rebollo Paz, ob. cit., p. 120. 


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